miércoles, 6 de noviembre de 2013

Causa final del hombre


 
EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO  

Venimos a hacer retiro para ordenar la vida la cabeza inteligencia, la voluntad el corazon y ¿Como se hace esto? Para ordenar la vida, como para ordenar cualquier movimiento,  resulta indispensable conocer la causa final,  porque de otra manera es imposible. Saber hacia donde vamos. 
 
En la bóveda de la capilla Sixtina Miguel Ángel pinto dos manos famosas: las de Dios, indicando cual es el fin dando el ser, mostrando el fin de la existencia del hombre y la mano receptiva  de Adán, que recibe el ser de Dios, indicando hacia donde debe dirigir su vida.
 

¿Cual es el fin absoluto último?: Es  la gloria de Dios que es darle luminosidad a Dios nuestro Señor, acercar a los hombres a  Dios. Santa Teresa de Calcuta con su vida, con su obra, indudablemente acerca a los hombres a Dios, nadie dudaría de ello. Ser luminoso es dar gloria a Dios.  

El fin absoluto y ultimo de toda persona es darle eternamente luminosidad el fin aquí en la tierra es acercar las almas a Dios de ese para que le amen, para que le  sirvan y para que le conozcan. De ese conocimiento nace el amor. El amor no es ciego. El amor no anda a tientas. 

¿Que significa este conocimiento, este estar sujetos a Dios?. Nosotros dependemos de Dios. Es una dependencia esencial,  absoluta, total, universal, amorosa. 

Esencial: Si yo no dependo de Dios yo seria nada. No podría existir.

Absoluta: Yo no le puedo poner condiciones a Dios nuestro Señor. Respecto de esta dependencias. Punto final.

Total: Depende mi inteligencia, depende mi voluntad, depende mi quehacer entero. Nada escapa de El.

Eterna: Siempre dependí de Dios, dependo actualmente, y dependeré siempre de El. 

Amorosa: No dependo simplemente como un  esclavo o un siervo,  sino como un hijo depende de un Padre infinitamente bueno. Esto es lo esencial.

Advirtamos que nosotros tenemos una libertad  ascética, jurídica, moral, sicológica. Con esta libertad sicológica nosotros le podemos decir no, yo no quiero sujetarme a Ti,  a Dios: La libertad sicológica consiste en la facultad de decir si o no a Dios independientemente del valor moral. 

¿Y qué pasa si yo le digo a Dios que no deseo depender de El? Si yo no quiero depender de quien si debo, terminaré dependiendo de quien no debo. El alcohólico no quiere depender de Dios respecto del alcohol y se hace esclavo del alcohol, así el drogadicto, y el ludópata. Un leproso convertido al catolicismo señaló que “Durante ese tiempo era un estropajo humano. En un leproso se convirtió, yo era nada”.
 
El hombre debe sujetarse a la voluntad divina, tiene que sujetarse a Dios, ahí esta su libertad y su grandeza. Un gran sociólogo italiano, beato, padre de familia, salesiano y consejero de León XIUII, Guiuseppe Toniolo (7 Octubre 1918) decía: “mi dignidad es darle a Dios todo lo que tengo, porque yo dependo de El,  sin cortapisas ni demoras, sin reticencias

Ahora nosotros tenemos que pensar: ¿Yo, dependo de Dios realmente?  Con esta sujeción humilde,  total y plena. ¿Estoy tranquilo en mi conciencia con Dios” ¿No le niego nada a Dios nuestro Señor?

Advertid que todo está en ser coherente con lo que me dicta mi conciencia iluminada por la fe. Porque, la santidad consiste en  la ecuación perfecta entre la inteligencia iluminada por la fe y el corazón corroborado con el Espíritu Santo. Cuando hay una cohesión entre el corazón y la inteligencia, una ecuación, entonces hay santidad. Evidente que la ecuación absoluta es inasible aquí en este mundo. La gracia consiste en tender siempre hacia ese ideal. 

Para esto necesitamos esta ayuda de Dios nuestro Señor que siempre la otorga a quien la implora. Un dogma de fe nos dice que: “El hombre no puede de ninguna manera  alcanzar a Dios sin la gracia divina”. De la misma manera “La gracia sola no puede hacer nada si acaso  nosotros no colaboramos”.  

Sintetizando para qué vivo: Vengo de Dios que es mi principio. Voy por Dios que es mi Padre. Voy hacia Dios que es mi fin.  

Tengo que decirle a nuestro Señor: ¡Yo quiero hacer tu santa voluntad! ¡Yo quiero estar contigo!  ¡Yo quiero hacer tu santa voluntad!

Advertir que la perfección consiste en buscar siempre el fin: La ciencia ascética consiste en la cohesión que hay entre el fin de la vida y la misma vida. Porque alcanzado el fin ya no se puede exigir más. 

La palabra “Ascética” proviene del verbo griego “asqueo” que significa “entrenamiento”, “esfuerzo”, para dominar tendencias desordenadas. En sentido literal significa “pulimiento”, “refinamiento”, y “suavizamiento”. En estricto rigor los griegos usaban esta palabra para desarrollar las fuerzas dormidas, y obtener la corona de laureles que se otorgaba al vencedor en los juegos.  

La vida del cristiano es una lucha para conquistar el Reino de los Cielos (San Mateo XI, 12). San Pablo que fue formado a la manera griega utiliza la figura del pentatlón griego para ejemplificar la batalla espiritual y el esfuerzo moral. Por la gracia de Dios podemos lograr perfectamente este fin.

La lucha moral consiste ante todo en atacar y eliminar los obstáculos, es decir, las concupiscencias de la carne, de los ojos y del orgullo de la vida, que son los efectos del pecado original que sirven para probar al hombre.

A este primer deber, San Pablo lo llama “despojarse del hombre viejo” (Efesios IV, 22).

El segundo deber, es “revestirse del hombre nuevo”, según la imagen de Dios (Efesios IV, 24). ¡El hombre nuevo es Cristo! Es nuestro deber luchar por asemejarnos a Cristo, viendo que El es: “El camino, la verdad y la vida” (San Juan XIV,6). Debe quedar claro que este esfuerzo es de orden sobrenatural y no puede ser realizado sin la gracia divina. 
 
Sin vida acética no puede haber vida mística. En la vida mística tenemos experiencia de Dios porque El se nos muestra, pero para que esto suceda primero debemos “vaciarnos de nosotros mismos”, tal como enseña el Evangelio: “Quien quiera seguirme que cargue con su cruz de cada día y se niegue a si mismo. Sin negación y purificación de uno mismo Dios no puede venir a nosotros. Es como si alguien nos dice: “si quieres que vaya a visitar tu casa, primero bárrela, tenla limpia y después iré”.

Si deseamos tener experiencia de Dios, primero tenemos que llevar a cabo un trabajo y un esfuerzo a vaciarnos de nuestras emociones, de nuestros instintos, de nuestros deseos, de nuestras ambiciones humanas. En definitiva: ¡hay que abandonar el ego! Sin esto, no puede haber un a experiencia mística. La vida ascética es imprescindible para la vida mística. La vida ascética es una vida en la cual las virtudes dominantes son virtudes adquiridas, y por virtud adquirida se entienden aquellas que resultan adquiridas de un esfuerzo personal, acompañado de la gracia que Dios no deja de conceder. 

La vida mística es una vida que, por medio de los dones del espíritu Santo, se remonta sobre los esfuerzos humanos. Es una vida en que las virtudes infusas la elevan sobre las virtudes adquirida, y el alma se ha de mas pasiva que activa.  

Es semejante comparar entre la vida ascética (en que la acción humana prevalece), y las vida mística (en que la acción divina prevalece) la misma diferencia que hay entre un remo y una vela. El remo representa el esfuerzo ascético, la vela la pasividad mística que se despliega para recibir fructuosamente la brisa divina.

 

 

 

 

 

 

viernes, 1 de noviembre de 2013

Homilía en la Solemnidad de Todos los Santos

Hemos conocido el amor que Dios nos tiene



1.- El desamor como signo de nuestro tiempo.

        ¿Qué valora el mundo de hoy en una persona? ¿A quién considera bueno la mayoría de las personas que están a nuestro alrededor? Indudablemente, al exitoso, al que logra sus deseos, al que satisface sus necesidades. Al que tiene poder, bienes, capacidades. En general, a aquella persona que lo pasa bien.

        En esto la vinculación con los demás no parece tener un carácter determinante: los vínculos con el prójimo sólo parecen justificarse en tanto cuanto importan a los propios e inmediatos intereses, como si todo el mundo dependiera de nosotros y debiese girar a nuestro alrededor. El hombre actual piensa que es como el sol alrededor del cual todos le sirven. Nada bueno tiene esto, si consideramos que al comienzo de la revelación la humanidad ya empieza a inclinarse hacia el mal, no sólo en el triste episodio del paraíso terrenal con nuestros primeros padres (Gen. 3, 19), sino luego con pretender alzar una edificación que rivalizase con Dios en Babel (Gen. 11, 1-19)

         Más cercanamente, tanto en el denominado renacimiento, como en el siglo de las luces, o en la llamada era industrial, siempre el hombre ha tendido a dejar a Dios de lado: mas, el hombre autónomo puede alzar por un tiempo un mundo sin Dios, pero dicha marginación termina prontamente por volcarse contra el hombre mismo.

         Sin Dios, el hombre y la sociedad se pierden, se termina diluyendo, por lo cual las fuerzas del Maligno no parecen ser contenidas por la cultura actual más que por la senda de una espiral decadente. Entonces, si acaso no importa Dios, su obra, tampoco será relevante, por lo que de la indiferencia fácilmente dará paso al desprecio, manifestado en maltratos, olvidos y persecuciones.
  
        La crispación social no tiene otro origen basilar más que en el rechazo a Dios y sus designios. Pues, la crisis del hombre y la sociedad, que se manifiesta de múltiples maneras: por una parte, en violencia desenfrenada, donde la vida humana en ocasiones tiene el simple valor de una cerveza o de un cigarrillo ¡se mata a una persona por unas cuantas monedas! Se manifiesta en la falta de perdón, donde se urde en los resquicios y se exacerban rencores para la premisa anticristiana de "ni perdón ni olvido", con la cual sólo "se siembran nubes y cosechan tempestades".

         El eclipse de Dios obscurece la vida humana: alejados voluntariamente de Dios, quien se ha revelado como un Dios de Amor, hace que en el corazón del hombre termine anidando el egoísmo más recalcitrante, en el cual el yoismo e individualismo cierra las puertas al compartir, cierra las puertas al sentir las necesidades ajenas como propias, cierra las puertas a salir de uno para ir al encuentro del otro. Todo ello, porque se siente autosuficiente.

2.- El amor: distintivo del cristiano.
         Como en un espejo, cuando el Evangelio nos habla del amor, debemos procurar reflejar en toda nuestra vida: nuestros sentimientos y actitudes, con aquel camino que el Señor nos pide claramente: sin tardanzas ni recortes, porque las Escrituras no admiten vaguedades ni liviandades. Así leemos en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios: "Porque el amor es paciente, es servicial, no es envidioso, no se jacta, no se engríe, es decoroso, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo cree, todo lo excusa, todo lo espera. Soporta todo, porque el amor, es Dios ( 13, 1-13).

2.1. El amor es paciente: Porque más que tolerar, como algo irremediable, se asume y acepta con paz interior, aquellos males que devienen.

2.2. El amor es afable: Porque en su rostro expresa que procura en todo momento devolver el bien por el mal, asumiendo con convicción que si quiere ser verdadero discípulo de Jesucristo y recibir su perdón misericordioso no puede sino aplicar lo implorado: "perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores".

2.3. El amor no tiene envidia: Al evitar compararse con los demás, y al procurar tener presente sólo el cumplir la voluntad de Dios, no se llena de soberbia al tenerse como superior de otros ni su alma se colma de envidia al no saberse bajo los demás. ¡Quién a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta! Como creyentes que somos, asumimos que nuestros logros avanzan por un carril distinto del que avanzan los éxitos  mundanos.

2.4. El amor no es presumido: Cuando uno vive desde la fe, cada acontecimiento y realidad es medido desde la perspectiva espiritual. Me acerca a Dios, es importante, me aleja de Dios es desechable...Sus éxitos, logros, objetivos tienen relevancia desde la búsqueda y vivencia de la vocación universal a la santidad, a la que está llamado todo bautizado. ¿De qué podríamos presumir si sabemos que Dios es el que sostiene nuestras vidas?

2.5. El amor no se engríe: ¡Estamos en un mundo ensimismado! En ocasiones, preferimos cobijarnos en un caparazón, para así imponer nuestra voluntad sobre los demás. Por cierto, que el demonio puede hacer que bajo una apariencia de humildad se anide el mayor de los orgullos. La distancia que suele imponer nuestra actitud temerosa, tiende finalmente a elevarme siempre a mí mismo para sentirme seguro. En cambio, el amor hace alegrarse al descubrir el valor y los méritos ajenos, descubriendo que no debemos luchar por conseguirlo ni imponernos sobre nuestro prójimo.

2.6. El amor no es ambicioso: La posesión del creyente es el desprendimiento, por ello al dedicarnos con ardor al crecimiento espiritual, los deseos por las cosas ajenas y exteriores resultan finalmente secundarios. Desde la visión del creyente, que se sabe de paso en este  mundo, pues, tiene anclada su carta de ciudadanía en el Cielo, hemos de tener como propio únicamente aquello que está llamado a perdurar con nosotros.

2.7. El amor no se irrita: A pesar de que el cristiano en todo momento puede estar sujeto a persecuciones, por lo cual, desde el primer discurso nuestro Señor nos previno, nunca la ira ha de adueñarse del corazón y transformarse en rencor, toda vez que tenemos la convicción de esperar un premio que no dice relación con los sufrimiento. ¡Es un negocio con rentabilidad del ciento por uno! Es cierto que el hecho de no enojarse, implica un esfuerzo, un sacrificio, que en ocasiones, no es menor y requiere de gran virtud, por ello, recordaremos que, cuando uno se sacrifica, lo esencial de ello no es la privación, sino que es el enriquecimiento. Si nos sabemos unidos a Dios nada nos separará de su amor. Sólo el amor de Dios puede vencer el rencor del hombre.

2.8. No lleva cuentas del mal: En el disco duro de nuestros recuerdos hemos de guardar los buenos momentos, las buenas intenciones, evitando una camáldula de faltas ajenas. ¡No podemos tener un Dicom de los defectos ajenos!, simplemente porque Dios nos ha perdonado de más y más veces de las que nosotros - eventualmente - lo hemos hecho con nuestros hermanos. Aprender a olvidar hará que nuestra alma se libre de toda maquinación malsana, evitando el camino de la venganza que suele estar abonado de recuerdos. ¡Seamos libres: perdonando primero, y olvidando después!

2.9 No se alegra de lo injusto: Hemos de tener una mirada favorable, confiada, y positiva del prójimo porque "con la medida que midamos seremos medidos". Por cierto inmersos en una cultura donde antes se colocan los cercos y luego se planta, donde primero las rejas y luego la casa, se vive en un ámbito de desconfianza. No podemos alegrarnos de los males ajenos, celebrando su encarcelamiento, sus padecimientos y hasta su muerte, sino queriendo el bien nuestro - también - para los demás (San Gregorio Magno, Moralia in Iob, 10,7-8.10). No otra cosa nos enseña Jesús al decir: "Amaos los unos a los otros como Yo os he amado".

          Los Santos descubrieron una clave: ¡La medida del amor es amar sin medida! Los verdaderos límites son los que no existen, lo cual, San Agustín con su capacidad de síntesis habitual señaló: Delige, et quod vis fac, "Ama y haz lo que quieras" ( Homilía VII, de San Juan). Esto último, lejos de ser una invitación al libertinaje nacido de una conciencia endiosada, marca un camino exigente y definitivo, puesto que cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desfallecerán; y el único que permanecerá para siempre será la caridad , pues "Dios es amor" (1 San Juan 4, 8) y "nosotros seremos semejantes a Él" (1 San Juan 3, 2), llamados a vivir en comunión perfecta con Él.
 
          Por ahora, la caridad es el distintivo de los bautizados. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. El amor es la esencia del mismo Dios, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por así decir, el "estilo" de Dios y del creyente, es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo.
       
         Si pensamos en Todos los Santos, reconocemos la verdad de sus dones espirituales, y también de sus caracteres humanos, pues, la vida de cada uno de ellos fue un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Amén.

R.P. Jaime Herrera, Festividad de Todos los Santos, Noviembre de 2013.-

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martes, 29 de octubre de 2013

Las postrimerías


          Dice el Santo Evangelio que el Apóstol San Pedro luego de la triple negación salió del lugar donde estaban reunidos. 
 
          El pecado siempre divide, y aquella noche no era la excepción. Divide interna y externamente, creando un mundo de soledades.  Se apartó del lugar donde tuvo ocasión para pecar, llegando a rechazar –incluso- el hecho de no haber conocido a Nuestro Señor. Si habría bastado una sola vez en desconocer a Jesús, y solo haber respondido: no tengo nada que ver con esto. Pero,
 la debilidad le hizo repetir tres veces: “no lo conozco”, “no se quien es”, y “bajo juramento afirmo que nunca lo he visto”. Estamos ciertos que estas palabras ocasionaron mayor sufrimiento a nuestro Señor que los fríos metales taladraron sus manos y pies. Una mujer de condición simple, pudo enmudecer al que Jesús elevo como Príncipe de los Apóstoles y a quien colocó como roca para confirmar en la fe a sus hermanos bautizados, por ello todo era oscuro e invitaba a llorar amargamente. 

La gustducina, es aquella sustancia que al probarla es amarga y produce “tristeza”, “aflicción” y “desagrado”. Las lágrimas del Príncipe de los Apóstoles tenían esos tres componentes, porque de algún modo son los que habitualmente ocasiona todo pecado. Las lágrimas no piden perdón, pero lo terminan obteniendo.  

Más, luego del episodio del Calvario,  Simón Pedro se arrepintió de manera profunda y con gran humildad.  En su condición de Primado de la Iglesia ofendió al Señor, pero, en su misma condición, luego,  se arrepintió y ese arrepentimiento lo termina transformando  definitivamente. 

Nunca nos debemos desanimar por los pecados cometidos. Nuestra  Iglesia “no es un cementerio de cadáveres sino un hospital de enfermos”, señalaba el actual Pontífice. No debemos volver a los pecados cometidos. No es bueno sacar frecuentemente la costra de una herida.  Podemos adelantar muchísimo en el terreno de la perfección en la conversión. Por tanto, hay un momento decisivo de conversión, y ello lo han experimentado todas las almas de los bienaventurados.   

Los Santos no fueron los que no cometieron faltas sino los que se arrepintieron de haberlas hecho. Es inmensa la constelación de estrella que la Iglesia nos presenta como sus mejores y ejemplares hijos:  

San Agustín de Hipona: Nació el 354, hijo de Patricio y Mónica. Dejó la escuela a los dieciséis años, lo sedujeron ideas paganas, el teatro, y las mujeres, con una de las cuales convivió durante catorce años. Por una década estuvo en la secta de los maniqueos, quienes afirmaban la existencia de un dios del bien y del mal. Hasta que Dios lo llamo, porque a Dios lo conmovieron las lagrimas de Santa Mónica. San Agustín deseaba cambiar, incluso escribió: “Señor, hazme puro, pero todavía no” (Confesiones, número 8). Un día, San Agustín estaba en el jardín orando a Dios para que le ayudara, escucho una voz que le dijo: “Toma y lee” (Confesiones, capitulo VIII).

Abrió la Biblia, y lo primero que leyó fue la carta de San Pablo a los Romanos: “Nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos…revestíos mas bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer la concupiscencia” (XIII, 13-14). Este momento marcó indeleblemente el resto de su vida, pues tomó la firme resolución de permanecer casto por el resto de su vida. Al año siguiente fue bautizado en la fe católica.
 

San Ignacio de Loyola: Es el Patrono de los cojos, porque así quedo luego de tres crueles intervenciones, producto de una herida inicial que sufrió mientras ejercía como militar en defensa del castillo de Pamplona. Era el 20 de Mayo de 1521. Desde ese momento, gracias a la lectura de la vida de Cristo y a la de algunos santos considero que si ellos estaban hechos de su misma materia prima por que no podría imitarlos. Largo fue el proceso de conversión, hasta que lo llevó a una caverna cerca de Barcelona, conocida como Manresa. Allí estuvo un año completo, donde escribió, entre otros, el libro de los Ejercicios Espirituales: “A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez mas, quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre mas que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, mas que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo”. Con ello, eligió el camino de Dios en vez del camino del mundo, hasta lograr alcanzar su santidad.
 

San Pablo de Tarso: Es el autor de trece de los veintisiete libros que componen el Nuevo Testamento. Nació en una familia acomodada, de la tribu de Benjamin, en Tarso de Cilicia –actual Turquía-. Su nombre semita era Saulo. Jesús era diez años mayor que Pablo. Su formación era una mezcla de la cultura judaica, romana y griega.  Estudió en la prestigiosa escuela rabínica de Hillel, bajo la observancia del maestro Gamaliel (la otra escuela era la de Shammai) y aprendió el oficio de construir tiendas (Hechos XVIII,3). Convencido totalmente que los cristianos eran una amenaza para el judaísmo, se dedicó a perseguirlos con ahínco. Prueba de ello es que estuvo presente en la lapidación de San Esteban, el primer mártir de la fe. Poco tiempo después, camino a Damasco se le apareció Jesús y le dijo: “Saulo, Saulo…¿Por qué me persigues?” (Hechos de los Apóstoles IX, 4). Desde ese momento su vida cambio totalmente. Sus criterios, valores, principios, cambiaron totalmente. Fue un hombre nuevo que escribió “Lo que para era para mi ganancia, lo he juzgado una perdida a causa de Cristo. Y mas aun: juzgo que todo es perdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Filipenses III, 7-8).
 

San Francisco de Asís: Nació en Asís, Italia el ano 1182. Como su padre comerciaba con Francia, desde temprano la gente le apodó como “Francesco” (el francés), pues en el bautismo recibió el nombre de Juan. Desde joven fue aficionado a las tradiciones caballerescas que anunciaban los trovadores. Ni los negocios ni los estudios le interesaban mucho, solo divertirse y gozar la vida. No era de costumbres licenciosas, era muy generoso con los pobres. A los veinte años surgió una disputa entre las ciudades de Perugia y Asís. 

Estuvo preso durante un año. A pesar de lo cual, no dudó en volver a enrolarse para lo cual se compró una costosa armadura y un valioso manto. Se encontró con un pobre a quien le regaló su vestimenta y sintió una potente voz en su alma que le decía: “! Sirve al amo no al siervo!”. Esto fue un momento radical en su vida. No hubo vuelta atrás. 

Cual es el remedio para no pecar: Dice la Santa Biblia: “Piensa en las postrimeríades o novísimos  y no pecarás”. Cuales son: Muerte, juicio, infierno, gloria y resurrección 

1. La muerte: Es una gran maestra, nos dice San Agustín,  que nos da muchas lecciones.

La incertidumbre.

La certeza que vamos a morir: 

Cuan malo es el pecado:

Cuan malo es El mundo:  

Es bienaventurado el que muere en el Señor: 

a). La incertidumbre: No se cuándo, dónde y cómo voy a morir. Por lo tanto, siempre tengo que estar preparado para ese momento. ¿Y qué significa esto? Alejados del pecado mortal. Estar exento de pecado mortal, y tener a Dios en el alma dentro de nosotros, puesto que quien tiene la gracia de Dios es un “sagrario viviente”. Tiene al Padre al Hijo y al Espíritu Santo dentro de si. Esto es muy importante. Siempre debo estar preparado para el encuentro con Dios. Como si fuera el último de nuestros días, tendremos cautela y prudencia necesaria de presentarnos al Tribunal de Dios con las manos limpias. Además, por ser el primero de nuestra conversión, tendremos el entusiasmo, el anhelo, y la fuerza del primer encuentro con el Señor.

Hay una inscripción que se colocaba en los relojes antiguos. “El tiempo huye”: por ello siempre hemos de estar vigilantes, siempre avizorando lo que Dios quiere de nosotros.

b). Certeza que moriremos: Esto lo sabemos y no lo sabemos. Siempre el que se muere es otro. ¿Te has dado cuenta que siempre mueren los demás? Nunca nos morimos nosotros. Aquel murió, sabes… A mi esto no me va a suceder tan pronto. Ya voy a arreglar mis asuntos. Tengo tiempo aun… Dejamos pasar las cosas para después, después, después… ¡El que va por la cale de después llega a la plaza de  nunca! 

c). Cuan malo es el mundo: ¡Que te dice un cadáver!. A partir de 1850, en Europa se colocó como costumbre sacar fotos a los muertos. Al mirar aquellas fotografías y mirar el cadáver, solo podemos decir ¡que poca cosa es la fama del mundo! ¡Qué poca cosa es la vanidad del mundo! Como un cadáver…  

Conocemos por la prensa y por lo que a diario hacemos respecto de la malicia del mundo: Dice el Nuevo Testamento: “Por el pecado entró la muerte en el mundo”. Pensemos por un momento en todos los cadáveres que hubo desde el primero que fue el de Abel, hasta el último de este minuto, tendríamos una cordillera de cuerpos. Esta es la consecuencia del pecado, puesto que  por los efectos podemos considerar las causas.  ¡Que malo es el pecado! Que trae como consecuencias estos hechos tan nefastos.

d). Bienaventurados los que mueren en el Señor: ¿Quiénes son?  Aquellos que pasaron su vida haciendo el bien. Los que mueren “al pie del cañón”, cumpliendo lo que deben.

Teresa de Calcuta: Nació en Macedonia el 27 de Agosto de 1910, día de su bautismo. A  los cinco años hizo su Primera Comunión, a los seis se le confirió la confirmación y a  los dieciocho ingresó como religiosa el 15 de Agosto de 1928.  Una vez que profeso como  religiosa fue enviada al Colegio de Loreto en Calcuta, donde permanecerá  dos décadas, luego de lo cual funda la Congregación de las Misioneras de la Caridad.  

Gabriel García-Moreno: De improviso fue llamado por Dios. Un día mientras oraba, como todos los días en la Catedral, evitando mayor protección, salio del templo y fue emboscado y asesinado. 

Si esta noche Dios te llamase para rendir cuenta de nuestras acciones ante su Tribunal,  ¿Nos sentiríamos  urgidos para confesarnos? ¡Seamos sinceros! ¿Qué habría en nuestra cuenta? ¿Qué nos da el balance de nuestra vida: superávit o déficit?  

Estamos al debe con el Señor. ¡Hay cuentas que aclarar! Mas como hacerlo sino por medio del camino que El mismo nos enseñó. Tan bondadoso con nosotros, que nos dejo un puente para llegar a El. 

Contemplando las verdades definitivas, los novísimos recordemos las palabras atribuidas a San Juan de Ávila: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tu me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”. 

En la confesión lo que mas importa es el dolor por la ofensa hecha, digámosle al Señor que le queremos. Aunque lo repitamos dos veces como Tomas o tres como Simon Pedro.

¿Cuándo te vas a confesar?

 

martes, 22 de octubre de 2013

LA DISPONIBILIDAD A LA VOLUNTAD DE DIOS

           El fin último absoluto del hombre es Dios. Tomamos esta premisa para nuestra segunda meditación del día. 
¿Y todo lo demás?  Los seres animados e inanimados. Y las personas que nos rodean  ¿que fin tienen? ¿No hay contradicción entre los fines de las personas y mi fin? No.
 
Hay cosas y  hay personas que nos acercan y otras que nos alejan de nuestro fin último que es Dios.
 
Por lo tanto, la contestación para resolver este problema de la concordancia entre el medio que me rodea –cosas, personas, sociedad- y mi actividad es esta: el sentido común. ¿Cuál es mi fin?
         Yo tengo que usar de las cosas y personas si acaso me acercan o alejan de Dios. Es de sentido común, que si voy a emprender un viaje un viaje no me interesa primordialmente el color del bus sino principalmente hacia donde va. ¡Hay que saber donde va la micro! Ninguno tomaría cualquier bus que vaya a cualquier parte. 
         La norma del mundo actual, que diariamente conocemos por la prensa y conversaciones,  es hacer lo que “me gusta” o “no me gusta”. Esta es una reina que exige adoración absoluta: la reina Gana: “me da la gana” o  “no me da la gana”. 
         La norma de la santidad es esta: tanto cuanto me conduce  o me aleja de Dios,  cueste lo que cueste. 
         Por ejemplo: un viaje en tren. ¡Andar en tren es de lo mejor! Entonamos más de una vez cuando como escolares íbamos de paseo al Jardín botánico. Supongamos que nos ganamos el Loto acumulado durante varios meses. Imaginemos que para ir a Santiago a cobrar nuestro premio sólo dispusiéramos de buses para ir. Llegamos al terminal, compramos un pasaje y nos dirigimos a los andenes. Miramos, y vemos un pullman de última generación: con butacas, teléfono, pantalla, aire acondicionado personal. Rápidamente nos subimos a el, y emprendemos el viaje. Sin darnos cuenta del paisaje a causa de la buena película que vamos viendo, se acerca el auxiliar a cobrar el pasaje. Le pasamos el boleto y algo sorprendido nos dice: debe bajarse de este bus, porque no vamos para Santiago sino que vamos para Arica. Le respondemos que no nos vamos a bajar porque estamos muy cómodos, lo vamos pasando bien con la película, y el bonito el bus. ¿Y el premio que vamos a cobrar? ¿Lo despreciamos por unas horas de placer en un bus? 
         ¡Cuántos hombres hay que suben al tren del placer! Olvidando el fin absoluto. ¿Hemos colocado el pie en el primer peldaño? Lo que tengo que hacer es bajar de ese bus si acaso no me conduce hacia donde me dirijo. Algo semejante pasa con Dios: si no me lleva a El, lo dejo; si me acerca lo tomo.
         Hay que distinguir entre lo que es necesario bajo pena de pecado y lo que no es bajo pena de pecado: por ejemplo, que actitud vamos a tomar, ¿Qué queremos? ¿Salud o enfermedad? , ¿Riqueza o pobreza?, ¿Vida breve o extensa?, ¿Honor o deshonor? ¿Qué quieres?
         Hemos de responder resueltamente: ¡Yo no elijo nada de lo que Dios no quiera! ¡Yo elijo lo que Dios quiere! Todo lo que no tenga que ver con su voluntad, con sus Palabra, con sus designios, nada tiene que ver conmigo. Con la misma resolución que clamaba el Papa Urbano II al emprender la primera cruzada: Era el año 1095 en el Concilio de Clermont al terminar su homilía  con la frase del Evangelio “Renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” (San Mateo XVI, 24), la multitud, entusiasmada, manifestó ruidosamente su aprobación con el grito ¡Deus le volt! ¡Dios lo quiere!
         San Pablo camino Damasco iba con plenos poderes para perseguir y apresar a los cristianos. En el retiro anterior recordamos cómo fue su proceso de conversión: de eximio perseguidor a católicos a fidelísimo seguidor de Cristo. Todo ello en virtud de  la gracia que lo derriba del caballo. Pero más bien, lo derriba de donde el se había encumbrado. En nuestra Patria utilizamos de manera peyorativa  el término “trepador” para designar aquella persona que avanza en posiciones y situaciones más que por méritos personales a costa de postergar los méritos ajenos a cualquier costa. El Apóstol de los Gentiles antes de convertirse a Cristo,   estaba totalmente lleno de sí mismo, por lo que Dios no cabía en su corazón, porque simplemente no había espacio para El.
        ¿Qué quieres que yo haga Señor?  ¡Qué quieres! Delante del Señor preguntemos claramente.

 La disponibilidad de Cristo:
          Jesús no sólo es ejemplo de disponibilidad sino a la vez es la fuente de la gracia necesaria para obtenerla. Nuestro Señor se entregó totalmente por nosotros: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a si mismo en rescate por muchos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Timoteo II, 5-6). El no se preguntó por que tengo qué hacerlo yo, ni delegó su responsabilidad en que otro lo haga, o adujo no tener tiempo.

          1. La disponibilidad de Cristo era radical: no admitía vaguedades. Si es si y no es no, es algo tan obvio pero tan arduo de entender e implementar en la vida cotidiana. No hay condiciones ni excusas. Cristo respondió con plena disponibilidad al Padre porque el Padre Eterno no lo dejó a la deriva. La certeza de la unión con Dios fue el fundamento de la disponibilidad de Jesús, que implicaba: salir, moverse y dejar.
         Así lo leemos en la plegaria del Huerto de los Olivos. Allí se nos presenta un Jesús en medio de la tristeza, la angustia y la incertidumbre. ¡Pero sin perder su  Señorío divino y humano! Es el momento más crucial de su vida. Es la hora decisiva, ya no hay otro momento. Es inminente la hora del cumplimiento de la misión que su Padre Dios le había encargado. La voluntad de Dios está primero, antes que cualquier deseo personal.
          En todo momento Jesús se nos presenta como el gran disponible, abierto a todo lo que el Padre le pida: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió”. No sorprende que cuando la traición ya ha sido anunciada oraría expresando su deseo humano, sin que llegue a ser un impedimento al plan de Dios: “Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz, pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tu”. 

         2. La disponibilidad de Cristo era permanente:
         Sabiamente escribió san Bernardo que la caridad para ser verdadera debe ser ordenada. Por ello, la disponibilidad, que es un eco de la caridad, se debe encaminar primeramente hacia los que están a nuestro lado. Nuestro prójimo son los mas cercanos: familia, amigos, vecinos, cercanos, conocidos. Realidad preferencial pero no exclusiva pues nos debemos a todos cuantos nos requieran. Ninguno imagina a nuestro Señor a una persona: «No, mira, yo soy Galileo, tu eres samaritano, no te puedo atender. Seguramente en tu ciudad habrá alguien que te echará una mano». Eso es imposible. Entonces nosotros, que nos decimos seguidores de Cristo, ¿No tenemos que actuar de igual modo? E imitar la permanente disponibilidad de Jesús.

Max Jacob, converso

 

               

Jacob según Picasso
                               

La disponibilidad consiste en adecuar nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Y aquí esta la raíz de la santidad, para ello hay que pagar un precio y es el gran amor a Dios. El identificarse con Cristo disponible no nos hace perder la propia personalidad sino que por el contrario nos permite llevarla a su plenitud. Los santos, que son todos conversos a Jesucristo, se identificaron con El manteniendo su propio carácter. No hay ningún carácter que con la ayuda de la gracia de Dios no se pueda mejorar.

 

Tenemos el ejemplo del pintor y poeta, nacido en la Borgoña hacia 1901: Max Jacob. Nació en el seno de una familia semita, llevo una vida licenciosa junto a tres amigos, uno de los cuales era Picasso. Por las adoquinadas calles de la parte baja de Montmartre, deambulaban más de noche que de día. Ello hasta que un día en la pared de su habitación contemplo la imagen de Jesucristo.  

Fue tal la impresión, que al despuntar el alba corrió al Santuario del Corazón de Jesús ubicado a pocas cuadras de su hogar, y pidió ser bautizado. Su petición fue aceptada con la salvedad que aquello que profesaba en el Credo debería hacer el esfuerzo por vivirlo cotidianamente durante un tiempo, por lo que pasados unos meses fue incorporado a las aguas bautismales, oficiando como padrino su amigo y reconocido pintor parisino.  

Compuso unas hermosas letanías en honor a la Virgen, y vivió junto a un monasterio benedictino hasta que en medio de la segunda gran guerra fue detenido. Su cuerpo fue encontrado teniendo en el bolsillo un Santo Rosario. El haber visto a Cristo un día hizo cambiar para siempre a Max Jacob.

Santa Edith Stein

         La experiencia de conversión es común a los santos. Así sucede con otra hija de Sión, la reconocida filósofa Teresa Benedicta de la Cruz, en vida llamada Edith Stein. Nos reservamos la opinión que tenia nuestro recordado Capellán Enrique Pascal García Huidobro sobre las mujeres que se dedicaban a la filosofía… ¡Que decir de lo afirmado por las universitarias del reconocido historiador Retamal Faverau…Lo cierto es que nuestra Santa citada era brillante. Judía de pura cepa nació el día de Yon Kipour de 1891.

 

Inmersa en el campo de la fenomenologia, en el año 1921, tras la muerte de un muy cercano amigo, Edith decide acompañar a la viuda, pensando que se iba a encontrar con una mujer totalmente desconsolada ante la perdida de su esposo tan querido. La muerte le causaba siempre un impacto interior muy grande, porque le hacia sentir la urgencia de dar respuesta a los grandes interrogantes de la vida.
Teresa Benedicta de la Cruz
 En este momento de su vida, ya vivía interiormente una cierta kenosis, pues había experimentado el vacío de las aspiraciones de sus ideas filosóficas. Estas no eran capaces de llenar su alma, ni de calmar su deseo de una verdad mas profunda, mas completa. Reconocía que en ellas quedaban grandes vacíos y lagunas. Ella buscaba más. Fue por tanto de gran impacto para ella, encontrar que su amiga, no sólo no estaba desconsolada, sino que tenía una gran paz y una gran fe en Dios. Viéndola, Stein deseaba conocer la fuente de esa paz y de esa fe.   

Mientras estaba en casa de la viuda, Edith tiene acceso a leer la biografía de quien pasaría a ser su maestra de vida interior, Santa Teresa de Jesús. Paso una noche entera leyendo un libro hasta que lo termino. Intelectual y lógica como era, leía y analizaba cada página hasta que finalmente su raciocinio se sometió a la gracia haciéndola pronunciar aquellas palabras desde su corazón femenino: ¡Esta es la verdad! Ingresó como religiosa de clausura carmelita, hasta que,  luego de muchos padecimientos fue asesinada en agosto de 1942.

 

 

sábado, 7 de septiembre de 2013

FELIZ CUMPLEANOS SIEMPRE VIRGEN MARIA


   SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA  VIRGEN MARIA.

    “Puerta hacia la gracia y la verdad” (San Andrés de Creta).
Habiendo meditado diariamente en la Santa Novena sobre las virtudes con que Dios adorno el corazón de su Madre, celebramos solemnemente la Solemnidad de la Natividad de la Virgen Santísima, que, junto al nacimiento de Cristo, y de San Juan Bautista, durante cada Ano Litúrgico nos hacer mirar el natalicio como una verdadera puerta hacia la gracia y la verdad.

Ya lo dice el poeta: “Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que con ser una estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella”. El hecho de celebrar el aniversario de la Natividad de la Madre de Dios implica honrar el misterio de salvación que encerraba aquella niña de Nazaret. En efecto, “Purísima debía ser la que diese origen en sus entrañas al Salvador del Mundo, Jesucristo”. Si bien la liturgia de la Iglesia a lo largo del Ano nos invita a honrar a la Virgen bajo diversas advocaciones y misterios, es evidente que no podría quedar fuera el recuerdo de su nacimiento. Lo mismo pasa en nuestros hogares: aunque hay muchos motivos para celebrar, como aniversarios, onomásticos, graduaciones,  es frecuente que el cumpleaños sea siempre el primero en ser recordado. 
 
 
En este sentido, resulta lógico que deseemos anualmente celebrar el propio nacimiento toda ver que Dios quiso que naciéramos, y porque nos llama a una vocación universal de santidad. Así sucede con la Virgen: ya que la llegada al mundo de la que fue constituida como Madre de Dios, indicaba el anuncio y anticipo de la redención obrada por Jesucristo. Libre de todo pecado, la Virgen nacía como llena gracia y santidad. Con la Natividad de María se aproximo la hora de la salvación. 

Si Dios quiso honrar a María como la propia Madre del Unigénito, entonces, cuanto mas como hijos en el Hijo deberemos hacerlo: María, la que no conocería en si misma ni la mas breve brisa de mal pensamiento, aquella cuya única debilidad seria desbordar en amor y atención hacia Dios y sus hijos bautizados, aquella que en el instante de su concepción era alzada como el Templo de la Santísima Trinidad, aquella que con el ramo de virtudes que fue revestida hace que la sombra del pecado se retire ante la llegada de su luz de su graciosa intercesión. 

En este Mes de Septiembre, que tradicionalmente encierra el mayor número de fiestas dedicadas en honor de la Virgen Santísima, recordamos como la Santa Biblia anunció la grandeza de su alma denominándola, en la antigüedad como “la toda bella”, “la elegida que es bella como la nieve del Líbano”, y finalmente, la comparo  como “la que avanza como un sol”.

 

sábado, 24 de agosto de 2013

Hambre de perfección en el mundo


 
         Prácticamente en los cuatro puntos cardinales surge al unísono el anhelo de una vida tan nueva como mejor de la que se tiene, lo cual no responde ni es  producto de una determinada estación climática que de suyo es diversa, ni dice relación con que la sociedad goce de determinados días de asueto. Se trata de algo mas hondo y extendido, pues incluso se verifican signos de natividad en culturas que son  mayoritariamente adversos a la fe pues profesan un credo distinto,  o que simplemente han prescindido de ella.
         El deseo de Dios no se detiene en las fronteras de la vida cristiana, porque es inherente –propio- de nuestra naturaleza. El hambre de Dios se puede ver en el rostro de tantos que famélicos en su vida espiritual, sólo tienen fuerzas para encauzar su nostálgica mirada a los escaparates que se llenan de luces y señales que anuncian el advenimiento de la Buena Nueva.
        ¿Qué quiere nuestro corazón? ¿Qué necesitamos realmente? En la tensión de ambas preguntas subyace finalmente la presencia de Dios que es el único capaz de elevar nuestra alma hacia la búsqueda de la virtud y perfección, a la vez que es capaz de dar respuesta y satisfacer las mayores y más urgentes necesidades en nuestra vida.
        Todos alguna vez hemos participado de un cumpleaños, en medio del cual, se coloca una piñata que el festejado debe romper con los ojos cubiertos. Los invitados hacen girar repetidas veces al cumpleañero, con el fin de desorientarlo lo más posible. Sólo entonces, comienza a dar golpes al aire, al vacío el festejado, que eventualmente, logra apuntarle por casualidad al objeto que custodia los anhelados dulces y sorpresas que los invitados con viveza y presteza  buscan apoderarse.
         Mucha gente al no escuchar a Dios está dando “palos al aire”: buscan con denuedo, incluso, con  sinceridad lo intentan, pero irrevocablemente terminan quedando vacíos en su interior. Entonces, a nadie le sorprenderá el hecho que la nostalgia sea una de las características de nuestro tiempo. 
          Los antiguos, buscaron la felicidad en el desenfreno y sólo experimentaron soledad; otros, por el camino del orden social impuesto mas para los demás que para si, terminaron  desapareciendo producto de luchas intestinas, debiendo beber la sabia amarga de la violencia fraticida. Pues, si la simple búsqueda de “ser feliz”,  de “pasarlo bien” no logran colmar al hombre, y por otra parte, la búsqueda del poder solo termina por ser en ocasiones con la posesión de una fantasía de lo que aparenta pero no es, entonces ¿Dónde buscar? ¿Hacia donde dirigir nuestros pasos?
         La Escritura en uno de sus salmos señala: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Qué es el hombre para darle poder? Aquí nos detenemos. No podemos pasar de largo ante tan honda interrogante, porque tiene que ver con lo que somos y estamos llamados a ser. 
         Liberados nuestros cielos de la nube gris capitalina, aunque sin la pureza propia de amplio norte grande, podemos mirar hacia lo alto, cuando la inmensidad del cielo se devela por la luna y las estrellas ¿Y qué descubrimos? No otra cosa que el saberse como un simple grano de arena en la infinidad y en los espacios ilimitados que lo envuelven.
         Realmente, ante el concierto del universo cada uno puede repetir con el Salmista: “Lo coronaste de gloria y dignidad” (v. 6). Siempre resulta oportuno recordar que al momento de ser creados, hubo un Dios que, con la salvedad limitada de una analogía, “se detuvo” para pensar en nosotros, “en escribir” el genoma de nuestras circunstancias, hasta en los mas mínimos detalles que, como sabemos,  para Dios no existen porque todo lo sabe y mira desde su inmensidad.
Pero la inmensidad del cielo no solo habla de nuestro Dios, también elocuentemente lo hace de aquella frágil criatura a la cual no dudo en confiarle todo el universo para que pudiera conocerlo y sustentarse. 
        Por ello, en el Génesis cuando Dios creo al hombre y la mujer, sin error y para siempre en su naturaleza, le entrego los bienes creados para que les diese un nombre, no para actuar abusivamente de ella, sino para que en su Nombre Santo dominara la creación entera no para ser siervo de ella ni ella ser esclava de la ceguera antojadiza del hombre y la sociedad. 
         Dios nos entregó desde el inicio el poder de descubrir las realidades mas profundas de la creación con el fin de que la respetásemos y transformásemos por medio del trabajo bien hecho, convirtiéndola en fuente de belleza y de vida. Por cierto, que el citado salmo –atribuido al Rey David- nos invita a ser conscientes de nuestra grandeza y de nuestra responsabilidad ante la creación.
         Cuando escuchamos hablar del trabajo en nuestra vida, solemos circunscribirlo estrictamente a una labor fáctica, es decir, a algo que se puede empíricamente evaluar con criterios humanos, como el precio, la duración, la exclusividad. El hombre trabajador es colocado como parte de un engranaje que hace cosas. Hoy, por hoy se endiosa al hombre productivo, como ayer se hizo con el hombre novedoso.
         Mas, la inmensidad del oficio nuestro se fundamente en la capacidad de cumplir el proyecto que Dios ha trazado para nosotros: cumplir su voluntad nos lleva a vivir en libertad: “Dios nada nos quita, sino que todo nos da”, sentencia el actual Pontífice.
         Ama y haz lo que quieras: a la luz de la fe esta frase de San Agustín nos coloca de lleno en nuestra realidad de creyentes. Es necesario purificar nuestras intenciones permanentemente, pues con los avatares de cada jornada, suelen ir acumulándose en nuestra alma una serie de intereses que terminan, en ocasiones ahogando el primer amor, y secando la lozanía de la entrega. Queridos alcaldes; ambos en estos días, cumpliendo el dictamen de dado por una mayoría, han retomado las labores alcaldías. Ello es una oportunidad para renovar con mayores brios el deseo de servir a sus respectivas comunidades, las cuales desde este templo podemos contemplar. Más, solo será posible hacerlo bien si aman de verdad a quienes dirigen comunalmente. Es posible que otra persona puede hacer lo mismo que han hecho hasta ahora, pero ninguno podrá interpretar la bondad de Dios como El se los pide transmitir a los mas necesitados en este nuevo periodo. 
         Lo que vale cuesta: La ley del mínimo esfuerzo, tan extendida en nuestra Patria, incita a no invertir en lo que cuesta alcanzar, en retirarnos de una carrera porque agota nuestras fuerzas. La practica de una voluntad recia, y el seguimiento de un estilo de vida marcada por la búsquedas de los ideales, no son parte del curriculum que en las escuelas y hogares se enseñe, por el contrario, el endiosamiento de lo inmediato hace que la impaciencia se manifieste de muchas maneras. Mas, el premio es para quien persevera, la promesa de Cristo pasa por aceptar previamente a llevar parte de su cruz, sin tomar atajos de ilusiones. A este respecto recordaremos que “Si descartas el combate de los mártires, descartarás también sus coronas; si descartas sus suplicios, descartarás también su dicha” (San Ambrosio de Milán). Como autoridades durante el; ejercicio del cargo cuentan con el afecto, cercanía y reconocimiento de innumerables estamentos, lo cual hace bien y es bueno que así sea. Mas, deben estar preparados para cuando las puertas se traben, cuando los incondicionales callen, y cuando el Señor les conceda el merito espiritual de ser participes de parte de lo que El hizo por nosotros. Ambos serán bienaventurados, según enseña la bienaventuranza si con ello pueden “completar los sufrimientos de Cristo en la Cruz para bien de su cuerpo místico que es la Iglesia”, sentencia el Apóstol de los Gentiles. Hay que aferrarse a la Cruz, porque lo de mas está de  paso.
          Quien vive para servir, sirve para vivir: La autoria de esta frase es tan desconocida como la genealogía de Melquisedec. Mas, el fondo nos evidencia una enseñanza permanente de Cristo en orden al valor de servir: “El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”. No dudo en lavar y secar los pies de sus discípulos con el fin de decirles: “Lo que yo he hecho hacedlo también vosotros”. Quien sirve reina; quien sirve gobierna. Y, esto trae bondades no solo como parte del premio prometido por el Señor al final de nuestra vida, sino que nos hace participes anticipadamente de múltiples signos de su bondad. Por ello, los cuatro años venideros son sin lugar a dudas una real bendición que Dios les ha concedido, pues tienen muchas ocasiones para hacer bien el bien, recordando que el tiempo invertido en tantos afanes y necesidades de las familias de ambas ciudades es un tiempo prestado a Dios para que su Reino se inicie ya en nuestros días.
Amen.