viernes, 17 de abril de 2015

Charla sobre la vigencia del celibato eclesiástico

 “POR AMOR AL REINO DE LOS CIELOS”

Su Santidad Francisco ha visitado  Tierra Santa. Al igual que un día lo hicieran sus más inmediatos sus predecesores, Beato Pablo VI (1964), San Juan Pablo II (2000), y Benedicto XVI (2009). Durante el viaje de  regreso a la Sede de Pedro, el Santo Padre esbozó una serie de afirmaciones en medio de una rueda de prensa que ya se ha hecho habitual durante el vuelo. Como es de suponer la agudeza de los periodistas, cuya próvida experticia probablemente los hace ir en ese selecto vuelo, se esmera en sacar una buena cuña tal como fue la que logró la periodista al consultar sobre la vida de los sacerdotes ortodoxos en relación al celibato: “No es un dogma, siempre está abierta la puerta”.

Padre Jaime Herrera

Huelga decir la rapidez con que algunos sacaron cuestas alegres. Más de algún clerygjeans vería en esas palabras lo que los periodistas proclamaban en primera plana y en concurridos foros: la supresión del celibato.

Tomando el texto en su contexto, y circunscritas las palabras a lo dicho por el Sucesor de Pedro, podemos afirmar que “una puerta abierta” no necesariamente marca la posibilidad para discutir sobre la obligatoriedad del celibato, sino que implica la invitación a entrar a una mayor aceptación, y más rica valoración de este don, que desde hace unas décadas ha caído en el desprecio no sólo de ambientes extra eclesiales sino que también al interior de quienes están llamados a vivirlo en primera persona y recibirlo en tercera, toda vez que todo don entregado por Dios es conferido  para el bien de toda la Iglesia. Nadie puede apropiarse de un Don de Dios y  una vida no bastaría para agradecer haberlo recibido.

Es sabido que cuando una verdad de manera intencional se dice a medias, es porque está la intención de mentir. Se suele afirmar que la Iglesia “inventó” o “introdujo” el celibato en el siglo IV. Lo cierto, es que al interior de la Iglesia católica, que fue fundada por Jesucristo, de acuerdo a lo que los creyentes profesamos semanalmente en el Credo, dio origen al sacerdocio célibe desde aquel primer acto fundante, al momento de llamar a los discípulos por su nombre (San Mateo X, 1-2), los cuales “dejándolo todo” (San Lucas V, 11) lo siguieron. Redes, padres, hermanos, familias, proyectos personales, ideologías, pasado, presente y futuro: ¡Todo  es todo,  no la sola  parte de algo! ¡Dios no quiere competencia!

La esmerada formación de unos, sumada a la casi nula de algunos, no fue obstáculo para comprender a cabalidad que sólo existía una forma de responder a la invitación hecha por el Señor, a quien gradualmente reconocerían,  pero que desde el primer momento exigía radicalidad en el seguimiento. En caso particular de los doce Apóstoles, la misma llamada estuvo precedida de un acto personal y especial de Cristo que pasó “una noche entera en oración” (San Lucas VI, 12). Hubo un antes y un después en aquella jornada, la cual  para los discípulos marcaría indeleblemente el resto de sus días.

Si leemos detenidamente el Nuevo Testamento  no aparece en ningún párrafo alusión a que hayan tenido descendencia. De hecho, en ocasiones son citados por su nombre  nuevos discípulos como “teófilos” e “hijos espirituales”,mas, sería esperable que tanto en los cuatro evangelistas como en el relato de San Lucas de los Hechos de los Apóstoles hubiesen consignado el nombre de los familiares directos, pero no aparecen. ¡Solo la suegra de Simón Pedro aparece citada, la cual fue sanada por el Señor! (San Marcos I, 29-34). Si bien hay que reconocer que tuvieron familia, ningún texto bíblico certifica, ni lugares históricos posteriores lo afirman que hubiese una descendencia entendida más allá de la espiritual.

El hecho que San Juan Evangelista fuese el único apóstol que no muriese martirialmente ha de ser visto, en parte,  como una extensión de la gracia recibida. Los Padres de la Iglesia han visto en este hecho una consecuencia de la virginidad, y en consecuencia de su vida célibe. Este hecho, tiene consecuencias: quien debidamente valore el celibato como un camino de más perfección, valorará otros caminos de consagración, uno de los cuales es el santo matrimonio.

Como creyentes entendemos que la reciente “puerta abierta” a que aludió el Papa Francisco nos lleva a preguntarnos si acaso Jesucristo fue célibe ¿Por qué sus sacerdotes van a vivir de manera diferente? Pues, unívocamente los últimos pontífices han marcado claramente la ruta a los ungidos como sacerdotes, los cuales no sólo deben imitar a los discípulos de Jesucristo sino que primeramente deben configurarse con Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, de tal manera que son lo que representan y representan lo que son: Alter Chistus.

Esto último, es fundamental porque quien reconoce que su vocación a ser sacerdote no se detiene en la de un docente, un asistente social, un gestor cultural, o la un promotor de causas religiosas, sino que hunde su raíz más profunda en su unión con Cristo en el Altar, entonces, asumirá y promoverá el don del celibato como opción segura para ser aquel Jesús que –inmerecidamente- lo llamó un día.

El Sacerdote célibe hace presente a Jesús, le hace presente hoy al mundo tal como lo recuerda una plegaria del Siglo XIV: “Cristo, no tiene manos, tiene solamente nuestras manos para hacer el trabajo de hoy; Cristo no tiene pies, tiene solamente nuestros pies para guiar a los hombres en sus sendas; Cristo no tiene labios, tiene solamente nuestros labios para hablar a los hombres de sí; Cristo no tiene medio, tiene solamente nuestra ayuda para llevar a los hombres a sí. Nosotros somos la única Biblia que los pueblos leen aún, somos el único mensaje de Dios de Dios escrito en obras y palabras”. Por esto, con San Agustín decimos: Cuando el sacerdote apacienta, “es Cristo quien apacienta” (Sermón 46, Sobre los Pastores). Por medio del celibato del sacerdote: perpetuo, voluntario, y eclesial, Cristo prolonga su consagración y redención del mundo.

El celibato en la historia y en el mundo.
El celibato no es algo propio de la Iglesia Católica. San Pablo nos recuerda cómo se afana un deportista para obtener una presea terrenal, ¡Cuánto más deberá el creyente  sacrificarse para obtener aquello que no tiene fecha de vencimiento! El gran deportista Mohamed Ali reconocía que antes de una pelea de box previamente tenía semanas de vida célibe, al igual que no pocos deportistas lo hicieron con ocasión del mega evento futbolístico  realizado en Brasil.

Más, no sólo las razones deportivas seculares exigen una conducta célibe. Jeremías y el profeta Elías optaron por el celibato, antes de Cristo los rabinos enseñaban que existía la posibilidad de “casarse con la Torah” (la Palabra de Dios) y dedicarse por entero a su enseñanza y su profundización. El ejemplo más claro es el del apóstol San Pablo, no solo lo vivió sino que recomendó a otros a vivir célibemente como un camino de mayor configuración con Jesucristo (1 Corintio VII,7.17.32-35). El Apóstol de los gentiles  siempre refiere la virginidad y el celibato como un estado más perfecto y mejor que el matrimonio, porque este estado de vida expresa más claramente la entrega total a Cristo: “El hombre casado está dividido, y tiene que agradar a su mujer; pero los que permanecen célibes no tienen el corazón dividido, sino que están consagrados a Dios tanto en cuerpo como en espíritu: ellos viven sirviendo al Señor con toda dedicación” (1 Corintios VII, 32-35).

¡El Sacerdote no puede ser bígamo cuando se trata de hacer presente a Cristo en cada Altar!
Ya en el antiguo Testamento las tradiciones judías establecían el corte de pelo total como signo de una vida célibe, de ello se desprende por qué el monacato original exigía este signo, que luego se extendió para las religiosas que usaban toca o velo precisamente por lo corto de su cabellera, en tanto que los monjes usaban una capucha u otros distintivos.

Es importante reconocer que no es un mandato del Señor. Claramente el Apóstol San Pablo señala que no es un dogma (1 Corintios VII, 25), sino que constituye una invitación personal de Dios que concede el don del celibato a quienes libremente elige para ello. Como acontece en los misterios de Dios, sólo se pueden descubrir a la luz de la fe y por medio de las enseñanzas del Magisterio perenne que no deja de recordar lo dicho por el mismo Cristo: “El que pueda entender que entienda”.

Nuestra Iglesia  lo establece el camino del celibato como obligatorio,  en tanto que la confesión ortodoxa lo exige para quienes llegan al sacerdocio en plenitud,  tal como es el episcopado. ¡Ser de Cristo y tener la Iglesia como esposa exige la radicalidad del celibato!

Quizás, para muchos pase desapercibidos el hecho que los budistas vivan célibemente.   Ninguna cadena de noticias organice foros para que opinen sobre lo supuestamente anacrónico de ese estilo de vida. ¿Alguien ha escuchado pedir que los monjes budistas se casen?

Celibato: Una vida con amor y un amor con vida.

No es un dogma la pobreza de Cristo…acaso por ello se vivirá en la opulencia, o se menospreciará al que siga un camino exigente del consejo evangélico de vivir tal como Cristo que “no tenía donde reposar su cabeza” y cuyo cuerpo debió ser sepultado en una tumba prestada por José de Arimatea.
No es un dogma el celibato….Curioso que al interior de los ambientes más liberales y autodenominados modernos, saquen como argumento para modificar el celibato con el hecho que no sea un dogma. ¿Será que quieren dogmatizar su vida futura? En buena hora si acaso los dogmas rigen sus conductas, o terminan sus conductas modificando sus dogmas.

Debemos asumir que ha llegado la hora de explicitar “ciertas verdades” y “verdades ciertas” referentes al celibato. Seamos claros: quien cuestiona que los sacerdotes no se casen suelen argumentar,  de la misma manera,  en lo anacrónico del pudor, en lo imposible de una vida casta y en lo obsoleto de la santa pureza.

Hay un manifiesto interés entre quienes persiguen la pureza, la castidad, la virginidad y el celibato porque el estilo de vida que emerge del Evangelio siempre estará en contradicción, por más hipérboles casuísticas que se esgriman,  con los antivalores que la vida mundana ofrece. En este caso, se trata de desincentivar una vida que opte por la excelencia, por una vida que avance por la radicalidad de la virtud, y finalmente, que se deslave en una humana bondad la vocación que toda persona tiene desde el bautismo a ser santo.

¡Para qué tanto! Es lo que se escucha actualmente, olvidando que cuando Dios libérrimamente confiere una llamada, mira con cariño, e invita a cada uno por su nombre, no quiere competencia ni rivales, así como tampoco, dejará de exigir a quienes Él ha invitado a una vida más perfecta.  Los cantos de sirenas de las “morales de las circunstancias”, cuyos consejos tanto mal ocasionan, tienen una responsabilidad en la sequía vocacional porque desincentivan a los jóvenes cuyas vidas están en la etapa de los grandes ideales a optar por caminos en los cuales: de nada hay que privarse, no hay que hacer sacrificios, y tampoco por lo tanto,  será urgente implorar al Cielo aquellas gracias que no parecen necesarias.

Los epicúreos contemporáneos que frenéticamente se deslizan en la búsqueda del placer por el placer, suelen ser los primeros en no valorar el camino de la oración, como camino para estar con Dios. Orar es más que hablar de Dios, orar implica hablar con Dios, y conduce a estar con Dios. Si esto se deja de lado, entonces no hay vida cristiana posible: ¡como rezas, eres!. San Alfonso de Ligorio sentenció: “El que reza se salva, el que no reza se condena”.

De la misma manera, aquellos que permanentemente reniegan del valor del sacrificio, suelen desacreditar todo tipo de penitencia en su vida. La experiencia nos enseña que nada en la vida que sea valioso deja de costar un sacrificio. El fuego purifica la nobleza del metal, del modo como la penitencia -hecha por amor a Dios- lo hace con las escorias del pecado en el alma.

¡No sea cuático! Es una expresión que forma parte de la jerga juvenil, deslizada inicialmente en los centros penitenciales. Implica: “lo escandaloso”, “lo raro”, “anormal”, y “extravagante”. Sacrificarse para obtener algo para muchos no tiene sentido, pues, estamos inmersos en la cultura del menor esfuerzo, donde si uno puede hasta mañosamente obtener algo que evite cualquier esfuerzo, se hace pues para ellos, el fin justifica los medios. A fin de cuentas se preguntan: para qué privarme de aquello que no molesta a nadie, claro que esto se dice cuando se coloca a Dios al margen del horizonte de la existencia.

La mediocridad nace de renegar el sacrificio. Y, en la actualidad corremos el riesgo de endiosarla, toda vez que se incentiva “hacer lo que todos hacen” y “ser como todos”. El asunto es que en el plano de las virtudes de ordinario se suele emparejar la cancha hacia abajo. En vez de colocar material para que eleve toda la cancha se tapan hoyos con el material que aparentemente sobra. La expresión del prefacio de la Santa Misa es elocuente: ¡Sursum corda! Siempre será una acción estéril elevar el corazón si la vida cotidiana queda a ras de suelo. El creyente sabe por tanto que optar por la santidad siempre será transitar por un camino cuesta arriba, es decir, que implica esfuerzo, sacrificio, y privaciones.

El celibato, como la virginidad, la castidad y la santa pureza, confieren al cristiano una entidad que le permite ver más claramente las cosas que se refieren a Dios, y por lo tanto a la vida humana, la cual no quiso dejar un día de asumir para siempre,  con ocasión de la Encarnación del Verbo. Desde el día de la Anunciación, el rostro del mundo cambió totalmente, ya prefigurado en lo que será la vida de la Santísima Virgen María: Primera redimida (Efesios I, 7), primera creyente (San Juan XVII, 20-26), primera plenigraciada (San Lucas I, 28),  y la primera ciudadana del cielo (1 Corintios XV, 22).

La Virgen Santísima fue capaz de donarse plenamente al proyecto de Dios porque Dios le ofreció su amor infinito, de tal manera que como en todo orden de cosas referidas a las virtudes y la santidad, “Dios no quita nada,  lo confiere  todo” (Benedicto XVI, 24 de Abril del 2005). Por esto, el celibato no se explica finalmente por el camino de la renuncia sino de la entrega, según lo cual,  se vive no encerrado por una muralla que segrega sino por un puente que comunica. A diferencia de lo que comúnmente se suelen afirmar, el célibe no es una persona reprimida sino alguien que voluntaria y libremente a optado por amor a vivir como anticipadamente lo que se vivirá luego en al Reino de Dios, tal como el mismo Jesucristo lo dijo: “Hay algunos que por amor al Reino de Dios no se casan” (San Mateo XIX, 12). Un amor absoluto requiere de una consagración absoluta y perpetua.
         

                                                                SACERDOTE JAIME HERRERA  SS.CC VIÑA


lunes, 6 de abril de 2015

EXULTEN POR FIN EL CORO DE LOS ÁNGELES

 HOMILÍA   VIGILIA   DE   RESURRECCIÓN   ABRIL   2015

PUERTO CLARO VIGILIA PASCUAL 2015

¡Exulten por fin el coro de los ángeles! Con esta frase la Iglesia comienza el anuncio de la Resurrección del Señor. Encontramos en ello una triple invitación: a estar felices, a un anhelo alcanzado luego de un largo caminar, y a la universalidad de la gracia del misterio anunciado.

En efecto, los grandes momentos de la presencia de Jesús fueron precedidos por una invitación a estar alegres, así cuando el arcángel Gabriel se presenta ante la joven doncella nazarena le dijo: “Alégrate María, el Señor está contigo”, lo cual Ella se inmediato cobijó en su corazón como una verdad cuya hermosura era menester comunicar con urgencia. Por eso, con premura partió a la localidad de Ain Karem ubicada a seis kilómetros de la cosmopolita Jerusalén, en medio de las montañas.
Etimológicamente el nombre de esa ciudad de las serranías de Judea, significa “La Fuente del Viñedo”. ¡Cómo no recordar  aquel salmo que dice: “El fruto de la vid alegra el corazón del hombre”! Pues ello, resulta un anuncio de lo acontecido aquel día en Ain Karem.

Ni la soledad, ni lo abrupto, ni lo agreste del camino, como tampoco su estado de gravidez, ni los eventuales rechazos que eventualmente podría experimentar al presentarse embarazada ante sus familiares, le impidió a la Virgen cobijar un gozo que en su mirada y en sus palabras era  portadora.

¿Nos sorprenderá entonces que su prima Isabel al verla dijese: “En cuanto entraste el niño en mi vientre saltó de alegría”? y luego añadiese parte del rezo del Ave María que decimos día a día en el Santísimo Rosario: “Bendita eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre” (San Lucas I, 43).

¿Nos sorprenderá que en ese lugar la Virgen, llena de alegría recitase el Magnificat como un himno de alegría al decir: “Se alegra mi alma en Dios mi Salvador?
¿Nos sorprenderá que el anciano Zacarías, presente en ese día, recitando el Benedictus que nuestra liturgia proclama diariamente al decir; “nos visitará el sol que nace de lo alto, para iluminar a los que viven en tinieblas”(San Lucas I, 78-79) ?

Desde el momento de la anunciación hasta la natividad misma de Jesucristo, verificamos  una constante, una nota que en la sinfonía de la salvación Dios ha colocado como una melodía de fondo, que percibimos a lo largo de todo el Evangelio: “Estad alegres porque el Señor está cerca” (Filipenses IV, 4-5). ¡Es el Señor la cusa definitiva de toda alegría en el mundo!

Desde esta Noche sólo tenemos derecho a ser felices. Porque,  Jesucristo ha resucitado por cada uno de nosotros, dando su vida por la salvación de muchos.

Ninguna realidad por adversa que sea en el plano espiritual, como es el pecado, o la muerte corporal que para muchos no parece tener solución, en plano material, tiene la capacidad de silenciar y cegar el misterio que hoy descubrimos: Cristo, que hasta los historiadores paganos contemporáneos acreditaron su muerte, apareció vivo nuevamente entre los suyos, terminan reconociendo.

Por cierto, para nosotros a la luz de la fe, tenemos la certeza de lo acontecido no porque muchos o pocos lo reconozcan; ni porque por mucho tiempo así se sostenga, sino,  -esencialmente- es porque Dios mismo nos lo ha revelado en su Palabra, la cual extensamente hemos escuchado y acogido hace unos momentos.

Toda la historia de la salvación tiene como protagonista principal, al Verbo Encarnado que hoy resucita para darnos vida en abundancia. ¡No es el hombre quien debe primerear, es Cristo quien debe reinar! ¡Viva Cristo Rey!

PADRE JAIME HERRERA  VIA CRUCIS 2015     

Entonces, no es el hombre el centro del universo. No lo ha sido ni lo será. Es Dios el admirable, es Dios el adorable, es Dios el amable. Al Él debemos todo honor y gloria…A Él nos debemos por Siglos y Siglos.

La primacía del amor a  Dios y del amor de Dios no oprime ni diluye la debida caridad fraterna, por contrario, sólo desde que asumimos la realidad de sabernos amados por Dios, y desde la certeza de contar con un Dios que se ha revelado como un Dios que es amor, podemos tener la luz y la fuerza necesaria para cumplir el programa de vida que nos entrega el Señor en labios de su Apóstol al decirnos: “La caridad es paciente, la caridad es amable; no es envidiosa, no obra con soberbia, no se jacta,  no es ambiciosa, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal,  no se alegra por la injusticia, se complace en la verdad;  todo lo aguanta, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. (1 Corintios XIII, 4-7).
Lo anterior lo comprendemos porque no tenemos una visión parcial ni temerosa de Dios, sino porque participamos de la plena revelación de la cual nuestra Iglesia Católica es custodia predilecta, enseñándonos que,  Aquel que nos ha creado de la nada, y ahora,  nos ha recreado desde todo, que es Jesucristo Resucitado, es la única garantía que no se doblega, que siendo más íntimo a nosotros que nosotros mismos, es el mejor aliado, la más fiel compañía, la amistad más perfecta, que en todo momento está a nuestro lado y de nuestra parte.

Sabiamente sentenciaba el recordado Benedicto XVI: “Dios no es el rival de nuestra libertad sino su primer garante”. Por ello, en este día sin ocaso, el Señor nos invita a ser portadores de certezas no de ambigüedades; nos permite participar de su vida alejándonos de la cultura de la muerte que es alzada por una sociedad que se afana en doblar la mano de Dios.
Se equivocan quienes piensan que Dios cambia de parecer: lo que dijo en la Santa Biblia vale para siempre, lo que hizo Jesucristo permanece inmutable por siglos y siglos.

Si hace un instante recodábamos  que tenemos derecho a ser felices, además, poseemos  en Cristo vivo la fuerza más poderosa del universo para transformar la sociedad egoísta y sin sentido por medio del sentido más hondo del alma cristiana que hoy  sale de las tinieblas hacia la luz que no se extingue.
 Dios en Cristo nos salva para salvar, por lo cual la alegría es contagiosa, la fe es comunicable, y la caridad de suyo  se participa. Entonces, procuraremos no colocar cerrojos a lo que Cristo ha abierto, nos esmeraremos en cultivar las virtudes, las cuales, aunque requieren de mayor esfuerzo para obtenerlas terminan, imponiéndose  sobre la fragilidad y caducidad de los vicios.
¡El amor vence siempre, el amor puede más! ¡Dios siempre puede más! El anhelo alcanzado no sólo es una respuesta a lo que creemos necesitar sino que sobrepasa lo inimaginable. La respuesta del Cielo siempre es desbordante, no puede contenerla ni nuestra imaginación ni nuestros deseos. ¡Más es Dios!
En el himno de esta Vigilia de Resurrección se proclamó: “Esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, y doblega a los poderosos”.
La universalidad del misterio de la salvación, que  a todos nos convoca a vivir en santidad, nos hace asumir la gracia bautismal no como un recuerdo del pasado sino como un compromiso vital, existencial, plenamente vigente, del cual debemos dar razón de nuestra fe y de nuestra vida presente. Como católicos debemos tener una personalidad creyente, un estilo de  vida en consonancia con lo profesado. En efecto, ahora vamos a renovar las promesas de nuestro bautismo, con el fin de no quedarnos en la inercia de rechazar el mal sino en la grandeza de procurar vivir según el querer de Dios.
Que nuestra Madre del Cielo, la Santísima Virgen de las 
de Puerto Claro nos conceda la gracia de resucitar como hijos de Dios e hijos de su Iglesia Santa en esta Noche luminosa para el alma y el mundo entero. Amén.
                                                                SACERDOTE JAIME HERRERA COLEGIO 2015
  


lunes, 16 de marzo de 2015

LO SANTO LLEVA A LO SANTO, LO PAGANO A LO PAGANO


TEMA  DE  FORMACIÓN  PARA LAICOS MES  DE  MARZO  2015.

Selfie Padre Jaime Herrera y acólitos  Puerto Claro

¿Dónde va Padre? “Voy a hacer un machitún”…Lo que hasta hace unos años podía ser una simple humorada dicha a alguna persona que preguntaba respecto de hacia dónde se dirigía un sacerdote con cura de almas (Párroco), en estos días adquiere una connotación que entraña desde la sorpresa hasta el absurdo.
Con preocupación constatamos ciertos ejemplos, crecientes e indesmentibles, referidos a la celebración de algunos actos litúrgicos en los cuales,  se  incorporan elementos ajenos y contrarios a  puntos esenciales de la doctrina y vida de los fieles católicos.
En la actualidad, la inmediatez -tiempo real- de los medios de comunicación hace que la recepción de las imágenes, recibidas -en ocasiones- sin textos explicativos o referenciales, induzca a emitir juicios valóricos que no cuenten con todos los elementos necesarios.
Pero, tratándose de celebraciones litúrgicas donde existen rituales y normas muy exactas, se hace más evidente el carácter nocivo de la incorporación de algunos signos precristianos, y abiertamente contrarios a la fe.
El “retorno a lo esencial” no puede ser entendido como un anhelo de primitivismo, en caso contrario,  los creyentes anglosajones volverán su mirada a Stonehadge, los sudamericanos mirarán hacia las alturas de Machu Picchu, los creyentes de Egipto hacia las pirámides predinásticas, y  los devotos guadalupanos deberán nuevamente subir los agudos peldaños de aquellas  pirámides donde un día se hacían grotescos sacrificios humanos.   
Nuestra liturgia católica actual es convocada a asumir el desafío de tener que ser no sólo el puente que vincula el cielo y la tierra, en el caso de los sacramentos y lo hace más propicio en el caso de los sacramentales, sino que el acto litúrgico en si está llamado a explicar y enseñar la fe con mayor prolijidad, pues, los sacramentos y sacramentales han llegado a ser, en el mejor de los casos,  el único camino que en la práctica religiosa se tiene para profundizar en las verdades de nuestra fe. En general diremos que lo poco que se sabe sobre las verdades de nuestra  fe son aquellas que se han recibido al interior de nuestros templos.
Quienes hoy acuden a los ritos fúnebres, a matrimonios, a ceremonias de bautismo, con frecuencia,  visitan de manera esporádica nuestros templos, por lo que el criterio pastoral exigible, junto a la acogida y a la caridad fraterna, deberá estar marcado -en el futuro-  por el imperativo de la formación y la catequesis litúrgica, impartida a través del modo celebrativo. ¡Aprender lo que se ve, para ver lo que se vive!

  Sacerdote Jaime Herrera en San José de Casablanca.

No se trata de multiplicar palabras, ni de extender el ceremonial por cualquier razón,  sino que se precisa celebrar con piedad, fidelidad y verdadero sentido de Iglesia.
Recordemos: ¡Palabras conmueven, ejemplos arrastran! Son innumerables las conversiones cuando la sagrada liturgia se celebra con unción, piedad y armonía. Mas, no podemos dejar de preguntarnos cuántos feligreses se han alejado de la vida de nuestra Iglesia a causa de celebraciones litúrgicas que resultan desvaías y carnavalescas en sus actos, e incomprensibles por el uso del lenguaje utilizado,  con fines de mayor acercamiento,  que finalmente terminan resultando como desconocidos y ajenos a la vida y espíritu de la Iglesia, al sensus fidei del verdadero y nuevo Pueblo de Dios.
El  tema del sincretismo religioso no es algo nuevo en lo que es la historia de nuestra Iglesia. Si miramos el Antiguo Testamento, a semanas de haber salido de Egipto,  donde los israelitas padecían severa esclavitud, camino a la tierra prometida, en instancias   que el  patriarca Moisés estaba recibiendo el más importante de los mensajes desde el cielo -en el monte Sinaí- paralelamente, hubo un grupo que fue capaz de crear un becerro de oro y rendir culto a un dios falso. Los ejemplos se multiplican a lo largo de toda la Biblia, por lo que simplemente diremos que dejemos un pueblo por un tiempo sin el debido amor a Dios y de inmediato surgirá la idolatría.
Pero, hay otros ídolos que cautivan el corazón del hombre actual, estos son: El poder, el placer, y el tener, ante los cuales no se vacila en quemar: ideales, compromisos, vocaciones,  y consagraciones. Sea con el fin de obtener, o bien,  para no perder las cuotas de placer y poder, se es capaz de sostener en el tiempo mentiras, y actitudes burdas.
Nuestra  Iglesia Católica, en el cumplimiento de la misión encomendada por el Verbo Encarnado, al momento de llevar a todos y en todo el Santo Evangelio que es Jesucristo, perfecto Dios y perfecto hombre a la vez,  se ha incorporado a las comunidades de una manera profunda, evitando ceder a la fácil tentación de crear colonias o ghuettos separados de todas aquellas realidades a evangelizar por medio de los Sacramentos, de la Palabra y de la vivencia de la Caridad Fraterna.
La evangelización emerge desde la Encarnación como un llamado para volver a Dios y con el fin de vivir con Dios para siempre, por eso se busca, se acerca, descubre,  encuentra, purifica, enriquece y defiende la expansión del Reino de Dios, presente ya en medio nuestro e implorado ardientemente en la oración: Adveniat Regnum Tuum. 

Sin ánimo de detenernos en el tema, diremos que nuestra Iglesia, a diferencia de lo hecho por algunos movimientos religiosos, no tuvo un inconveniente insalvable para comprender las exigencias al momento de impregnar las culturas, porque la finalidad esencial era dar a conocer la fe recibida y vivida, pues, desde el día de la Anunciación: “Dios no quita nada, sino que lo da todo”.  “Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y resurrección del Hijo de Dios” (Declaración Domine Iesus, número 14,  Sagrada Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de Agosto del2000).
En efecto, nuestra Iglesia conoce la riqueza de la gracia de Dios, que eleva y perfecciona la naturaleza, posibilitando y encaminando la vida del hombre y de la sociedad a su fin más noble.
Todo en la Iglesia nos habla de universalidad. Así fue al inicio, es en el presente y lo será en el futuro. Si consideramos el origen de los Papas desde Simón Pedro al Sumo Pontífice actual, constatamos diversidad de dones, nacionalidades, y culturas. De modo semejante, acontece con quienes son participes de la plenitud del sacerdocio en el episcopado., donde los ejemplos se multiplican, tal como es el caso de quien fuera prefecto de la Sagrada Congregación para el Culto Divino hace unos años, monseñor Albert Malcolm Ranjith o quien ejerce como Arzobispo de Filadelfia Monseñor Charles Chaput, quien próximamente será el anfitrión del Encuentro Mundial de las Familias, y cuyos ancestros son de nativos sioux americanos.
Todo en la Iglesia nos habla de unidad: Desde ella nuestra Iglesia Católica es maestra de humanidad, por esto, allí donde el Santo Evangelio ha llegado se ha constatado una forma de vida diferente, la cual sólo puede ser posible de mantener si se es fiel a esa vocación a la que Cristo la ha llamado, apoyados en tres pilares fundamentales: vida sacramental centrada en la Santa Misa, devoción creciente el torno a la Virgen María y profunda fidelidad a las enseñanzas del magisterio pontificio de todos los tiempos.
En torno e estos tres puntos esenciales nuestra Iglesia se abre a la cultura, al mundo –entendido como ámbito de la evangelización-y a la historia. Y, esta comunidad de creyentes, se presenta como portadora del don recibido desde el Cielo en orden a ser custodia de la verdad y no como pordiosera de bagatelas.
En efecto, no resulta comprensible ni aceptable que ad intra eclessia se tienda a mirar el pasado con nostalgia, abrogando -parcial e indebidamente- la riqueza de la vida, de la experiencia, de los dones, de las conversiones, que la voluntad de Dios ha hecho propicio por medio de la Tradición viva, la cual es parte del carácter indeleble de nuestra Iglesia.
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¿Avanzar es lo mismo que recorrer? Cegados por la ideología del progresismo feroz, los nietos del modernismo promueven una vivencia de la fe desde un punto histórico único de la Iglesia, olvidando la riqueza que implica el camino por el cual los católicos hemos recorrido durante dos milenios, aun en los momentos en que haya experimentado el sentimiento de zozobra y socialmente hubiese sido vista aquella Iglesia como un cadáver, ha tenido la fuerza interior, dada por Quien la dirige para emerger con nuevos bríos.
Ese caminar sostenido ha sido iluminado por la enseñanza infalible del Romano Pontífice, a quien y en quien se prometió de una vez para siempre: “El poder del mal no prevalecerá sobre ti y tus sucesores”. Este carácter fue dado  con la finalidad de cumplir la misión dada por Jesús el Buen Pastor: “Ve y confirma a tus hermanos”…”Apacienta el rebaño”…”cuida mis ovejas”. Por ello, la Iglesia siempre ha estado de salida: desde aquel Pentecostés en Jerusalén, hasta nuestros días, prueba de lo cual,  es el testimonio de tantos santos, mártires y beatos que han dado su vida en los lugares más inhóspitos y adversos logrando con su vida y martirio,  la conversión de tantas almas y sociedades.
Son los liberacionistas quienes se suelen quedar en la orilla, puesto que,  siempre quieren retornar al punto inicial, olvidando que estamos llamados a ser peregrinos, que vamos a la casa del Señor (Salmo CXXII, 1) por medio de un “valle de lágrimas” y una vida eclesial no exenta de vicisitudes. Nuestro Señor prometió que aquella barca no se hundiría, no que no tendría que enfrentar tormentas y oscuridades.
Digamos claramente con el Apóstol San Pablo: “Somos ciudadanos del cielo”, no tenemos derecho a permanecer anclados a este mundo, tal como es lo que promociona el progresismo teológico actual que promueve una espiritualidad, una pastoral y una liturgia de bomerang, es decir, del  retorno constante a un origen cuyo crecimiento de suyo siempre será estéril, porque desconoce la riqueza de una tradición viva. Al negar el camino recorrido y no valorar las luces del Espíritu Santo que ha sostenido a cada instante ese caminar,  el católico liberal se queda en la orilla con la sequedad de las novedades temporales y sin la savia vivificante de la tradición y magisterio perenne.
Si queremos ver cómo está nuestra vida interior miremos como está nuestra vida litúrgica, pues, en ella celebramos lo que creemos, y eventualmente vivimos aquello que creemos.
Entonces, la vida del creyente manifestada entre otras realidades  -también-  en la Sagrada Liturgia, se enriquece permanentemente, por lo tanto, la incorporación de ritos paganos, previos o durante cualquier acto religioso, constituyen un peligro inminente para la vida de los creyentes, pues confunden no sólo a los fieles sino a quienes están llamados a serlo en virtud del apostolado.

El Sumo Pontífice actual nos invita a “salir a la calle”, a “hacer lío”: por esto, no puede quedarse encerrada en una sacristía, como tampoco en las aulas, en las CEBs, en los encuentros, en las oficinas, en las curias, en las conferencias, pues la vida de la  Iglesia no termina ni ha comenzado en ellas, pero si cada día nace en nuestros altares. Es muy claro: lo santo lleva lo santo, lo pagano, a lo pagano.
                                                 
                                                                    Pbro. Jaime Herrera e la  Parroquia de Puchuncaví       

sábado, 14 de marzo de 2015

Una alegría verdadera en cuaresma

CUARTO DOMINGO / TIEMPO CUARESMA / CICLO “B”. LAETARE.

1.        “Ellos se burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de sus profetas, hasta que subió la ira del Señor  contra su pueblo a tal punto que ya no hubo remedio” (2 Crónicas XXXVI, 16).
Este Cuarto Domingo de Cuaresma se denomina “Laetate”, en virtud de la antífona de inicio de la Santa Misa, denominada introito, y que está tomada del libro del profeta Isaías (LXVI, 10): “Laetare, Ierusalen: et conventum facite omnes qui diligitis eam: gaudete cum laetitia, qui in tristitia fuistis: ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis vestrae”.
“Latetare” es el imperativo del verbo “laetor” que significa: “alegrarse”, “regocijarse”. De ese verbo deriva la expresión “laeticia” (gozo, júbilo). ¿Por qué esa alegría? Hoy lo sabemos, puesto que,  quien morirá, como lo anunció, al tercer día resucitará como lo prometió. Por eso hablamos en este día de una penitencia atenuada, que lleva a una “alegría comedida” mezclada con trazos de tristeza, por lo que nuestra Iglesia nos recuerda lo cerca que está la redención para lo cual ya hemos recorrido parte importante de la Cuaresma.
Tal como lo señalamos al inicio de estos cuarenta días, el pasado miércoles de cenizas, este tiempo del Año Litúrgico es eminentemente penitencial, significado por la austeridad de los signos de luces, flores, música, ornamentos, lo cual en este día se ve algo “atenuado” con el uso del color fucsia, de la temática de los himnos, y del uso de algunas flores en altar, lo cual no implica una detención de la penitencia sino que incluye el recuerdo de que tenemos el deber de aborrecer el pecado, con el firme propósito de no volver a pecar, confesando sacramentalmente nuestros pecados, para procurar vivir en estado de gracia, es decir, en amistad con el Buen Dios que se ha hecho misericordia.
La Primera lectura vincula el espíritu agrio de quien está alejado de Dios y del cumplimiento a sus preceptos, hecho burla, desprecio y mofa. Suele haber una concordancia entre quien se “hecha al bolsillo” los mandamientos, llevando y promocionando una vida contra lo que Dios y nuestra Iglesia nos piden, con un tipo de humor marcado por la burla y el sarcasmo. Es que quien sabe lo que debe hacer, evitará proferir aquellas expresiones, verbales y gestuales, que denigren y menosprecien al prójimo. El germen del bullying nace no por una falta de educación sino por haber impartido una enseñanza carente de trascendencia, de espiritualidad, de sentido de Dios, la cual es la única capaz de garantizar el reconocimiento a la grandeza de toda persona y de toda la persona. ¡Si no queremos bullying, entonces,  comencemos por hablar de Dios!

2.        “Allí nos pidieron nuestros deportadores cánticos, nuestros raptores alegría: ¡Cantad para nosotros un cantar de Sión!” (Salmo CXXXVII, 3).
Resulta curioso pero no sólo los animales están en extinción en los circos, sino –también-  los payasos. Me llama la atención que muchos niños, que antes reían con los “payasitos” hoy los miran con desconfianza y cierta distancia. ¿A qué se debe? Probablemente a tantas series televisivas donde el payaso termina siendo un personaje siniestro. Por otra parte, en el fondo,  aquel personaje ficticio es alguien que aparenta ser lo que realmente no es. Una suerte de ilusión, que revestida de un buen humor de fantasía, se transforma en una sonrisa sin alma. Si absurdo es regar una flor plástica, o tocar una campana plástica, de la misma manera lo es obligarse a estar sonriente con el corazón lloroso. Y, precisamente, esa dicotomía es lo que produce distancia hacia una alegría artificial, la cual es tan estéril como lo es el permanente el mal humor.
Por esto los israelitas, que padecían el rigor de la lejanía obligada de su tierra en Babilonia, exclaman melancólicamente: ¡como cantar himnos alegres en tierra extranjera! La alegría aparece entonces unida a la libertad, cuya esencia es cumplir la voluntad de Dios. Si la esclavitud les hacía a los israelitas en el exilio estar como ensimismados,  la posterior libertad recuperada, les hizo experimentar el gozo interior nacido de la plena realización, la cual, en todo momento tenía a Dios como protagonista principal. El Buen humor es más que esbozar una sonrisa fácil; el buen humor es más que reír por algo, el buen humor surge por la convicción de estar con bien con Dios. El buen humor cristiano no es circunstancial sino que es relacional: porque amamos a Dios y a su Creación, y porque experimentamos a diario su cercanía es que somos plenamente felices.
Esa libertad no es el fin último del hombre. Fuimos creados para vivir con Dios, por lo que la libertad siempre irá de la mano con la fidelidad. No conozco infiel feliz, pero,  nunca he conocido a alguien que siendo fiel no sea feliz. ¡Se le nota! ¡No lo puede evitar! La infidelidad como toda mentira,  según el refranero popular,  “tiene piernas cortas”: no llega lejos y dura poco, lo mismo pasa con las alegrías superficiales, mundanas y payasescas: son breves y falsas.
Siempre recordamos que el bien es esencialmente difusivo, contagioso. Como solía decir San Alberto Hurtado: “Un fuego que contagia otro fuego”. En una cultura abiertamente renuente a la fe, como nunca antes lo había experimentado la Iglesia en nuestra Patria, se requiere del testimonio de cada bautizado para lograr, apoyados en la fuerza de la gracia, lograr que la llama humeante aún, pueda revitalizarse en el alma de tantos que van por el mundo  alejados de Dios y de su prójimo. Hace unos días me encointre en una transitada avenida con un hombre que estaba durmiendo en la mitad de la vereda. Como me era iumpisible agacharme para preguntarle cómo estaba opté por rápidamente  llamar a un fono de emergencia, los cuales “llegaron más rápido que una piza” en tres veloces motocicletas.
Mas, en los minutos previos a su arribo, observé cómo ninguna persona atinó a mirar siquiera al hombre. No era su problema, seguían su caminar. Bueno, el hombre sólo tenía las consecuencias de un abuso etílico. Pero, el hecho de la carencia total del deseo de ayudar, de hacer algo, de tomar parte de una situación complicada en apariencia es sintomático y extensible a muchas otras que acontecen en la vida diaria.
Han pasado dos milenios y la tarea de impregnar el mundo del espíritu de Cristo sigue plenamente vigente. La historia de un hombre que yace en una calle se repite a diario, como las páginas en blanco de cuantos pasan de largo. Si leemos con detención la segunda lectura de esta Santa Misa veremos la invitación que nos hace San Pablo a ser apóstoles, testigos y misioneros de la verdad de Cristo y de su Iglesia: Con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo mostrar en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, Jesús, a fin de por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios II, 6-7).
3.      “El que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios” (San Juan III, 21).
Ahora bien, ¿de qué manera podemos implementar la invitación que el Señor nos hace? Básicamente,  nos centraremos en dos medios. El primero, ofrecer a Dios una penitencia efectiva, que nos cueste algo que para nosotros es importante y necesario. En esto la creatividad es amplia y hemos de implorar al Espíritu Santo que nos ilumine para optar por aquella penitencia que arrebate la misericordia de Dios. ¡Que por cierto no le cuesta mucho ser arrebatada!  “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo desprecias, Señor”. Todo lo que se revista de esa humildad detiene la mirada de Dios…y lo que El mira, no deja de atender porque está –permanentemente- a la puerta llamando.
El segundo medio para responder a la invitación de este día es acercarnos al sacramento de la confesión.  Recordemos lo que dijo Nuestro Señor: “Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepiente, que por noventa y nueve justos”. Cada confesión saca una sonrisa en el cielo. Por tanto, la confesión sacramental instituida por Jesús, es el camino más seguro para fortalecer la vida pastoral de cualquier comunidad, es la senda más poderosa para acrecentar las virtudes, y finalmente es la escuela por donde ningún santo de la Iglesia ha dejado de estar matriculado ni ha dejado de ser un alumno aventajado. ¡No se llega a la Bienaventuranza eterna sin el sacramento de la confesión!
A la Virgen María en este día de Laetare, a quien veneramos en las letanías como “causa de nuestra alegría" y “refugio de los pecadores” encomendamos estos días de Cuaresma donde avanzamos a paso firme hacia el misterio central de nuestra fe: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús. Amén.  
Párroco Jaime Herrera González. Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro