sábado, 20 de agosto de 2016

Soportar con paciencia los defectos ajenos

MES DE LA CARIDAD FRATERNA / AÑO DE LA MISERICORDIA.

“Nadie es una moneda de oro”. Este dicho forma parte del refranero popular y por cierto del sentido común, que suele ser el menos común de los sentidos (Chesterton). Saber a cabalidad quién uno es constituye una tarea que puede llevar la vida entera, si para los demás es arduo saberlo, no es menos evidente para cada uno, por lo que de cara el Evangelio, y ante el rostro del Señor Jesús –perfecto Dios y hombre a la vez- hemos de buscar nuestra identidad.

Dios nos conoce perfectamente, por ello nos conoce mejor que lo que nosotros podemos saber. Por esto, la mirada del Señor nos permite descubrir lo que subyace en lo más profundo del corazón, permitiéndonos una visión en perspectiva dando importancia a lo que importa, postergado lo que no es necesario y desdeñando lo que es nocivo.  La lógica del creyente es muy simple: me sirve para llegar al cielo, es importante y lo tomo, me aleja de la bienaventuranza eterna (del Cielo) lo dejo, pues: cielo ganado, todo ganado…cielo perdido, todo perdido.

Sabido es que la gran mística española e impulsora de las religiosas carmelitas de claustro, señalaba que “gran penitencia es la vida comunitaria”, en la cual se requiere del ejercicio frecuente de múltiples virtudes. Esto, es aplicable a toda vida comunitaria, incluida la propia familia, toda vez que al interior de  ella se desarrolla “el más rico humanismo” (S.S. Pablo VI), con todas sus vicisitudes: es que la grandeza y miseria presentes en cada corazón se constatan en las diversas actitudes y palabras al interior del hogar.
   ACOGER CON LA ALEGRÍA DEL ALMA


Por esto, como creyentes hemos de procurar cumplir la sexta obra de misericordia espiritual soportando los defectos ajenos, sabiendo que los (defectos)  nuestros suelen ser no sólo más numerosos sino mayores. Entonces, si acaso el Señor nos ha tenido la paciencia de darnos hasta hoy una nueva jornada para convertirnos, y procurar cambiar de vida, resulta menor el hecho de esforzarnos en asumir al prójimo –cercano o lejano- en sus falencias.

Sin duda, mayor mérito tendrá el hecho de asumir con mayor docilidad, diligencia y silencio las mayores carencias y defectos de nuestro prójimo. Sin duda en ocasiones resulta imposible negar el sufrimiento que entraña la conducta de quien está a nuestro lado, más en todo momento hemos de tener presente que el hecho de esforzarnos seriamente en “soportar las deficiencias ajenas” tiene como premio una vida presente más llevadera y en el futuro la bienaventuranza eterna.  

Ante los defectos ajenos, nada que ofrezcamos por amor a Dios, por insignificante que parezca, quedará sin recompensa de parte del Señor  con tal que lo asumamos por amor a los demás.
Para procurar vivir esta sexta obra de misericordia espiritual, es necesario que nos detengamos en tres puntos importantes, complementarios y necesarios:

a). Crecer en la virtud de la paciencia: El Himno de la Caridad de San Pablo dice: “El amor es paciente, es bondadoso” (1 Corintios XIII, 4).  Es frecuente que digamos de algunas personas: “es insufrible”, “no lo soporto”, “es intolerable”. Esas expresiones nacen de un juicio previo que coloca a nuestra persona o al ofensor en primer lugar olvidando la necesidad de ejercitar la paciencia, lo cual tiene una promesa hecha por el mismo Jesucristo: “Bienaventurados los que sufren con paciencia, porque ellos heredarán la tierra prometida” (San Mateo V).

b) Dar tiempo necesario: A todos cuesta cambiar un defecto arraigado, por lo que en ocasiones debemos saber que aquello que no podemos  corregir personalmente, o modificar en otros, simplemente debemos soportarlo con paciencia hasta que Dios disponga (permita) otra cosa. Por ello se debe rezar al cielo para que nos conceda una “santa resignación” para sufrir con paciencia las dificultades y limitaciones de nuestro prójimo. El libro de la Imitación de Cristo señala al respecto. A ninguno nos gusta que nos hagan notar que les molestamos, que somos indeseables. Pues entonces tampoco hagamos eso a nuestro prójimo, porque no hay que hacer a ninguno lo que no gusta que nos hagan a nosotros, así lo ordenó Dios para que aprendamos a llevar las cargas ajenas porque no hay ninguno sin defecto, ninguno sin carga, ninguno es suficiente ni cumplidamente sabio para sí. ¡Nada descubre mejor la sólida virtud del hombre, que la adversidad porque las ocasiones no hacen al hombre débil, más declaran que lo es¡” (Beato Tomas de Kempis).

c) Acoger con la alegría del alma: Procurar ser bueno y caritativo con todos, y prodigar amabilidad para soportar las miserias ajenas  por amor, implica estar recorriendo el camino de la santidad. Dicha senda sólo puede hacerse con el gozo de saber estar cumpliendo la voluntad de Dios.

Así lo recuerda San Juan Bosco: “La caridad todo lo soporta, de donde se deduce que no tendrá jamás verdadera caridad el que no quiere soportar los defectos ajenos”. Un espíritu agrio sólo es capaz de establecer relaciones amargas que nacen de olvidar que,  en la medida que el hombre sale de sí mismo, es capaz de descubrir la grandeza de quienes están a su alrededor. Sin duda resulta santificante el procurar pasar desapercibido el acto de sufrir los defectos ajenos, lo cual Dios que ve en lo secreto (San Mateo VI, 6), premiará con abundancia.


    6ª Obra de Caridad: Sufrir los defectos ajenos  

Oración para pedir soportar los defectos ajenos: “Señor, haz que tu gracia haga posible lo que según mi naturaleza se presenta como imposible. Que me vuelva amable y deseable el poder sufrir contrariedades por tu amor, porque sufrir tristezas y padecer molestias por amor a Ti siempre resulta  reparador para nuestra alma. Amén”. ¡Que Viva Cristo Rey!
   

              

jueves, 18 de agosto de 2016

Consolar al que está triste

MES DE LA CARIDAD FRATERNA  /  AÑO DE LA MISERICORDIA.

1). El encuentro con la mujer, viuda y pobre de Naím.

Todos tenemos problemas, como dice un buen hijo de la Guadalupana, “la vida no es fácil”, aún más es dura, y el Señor nos ha pedido que ayudemos en todo momento a quien lo requiere. Las necesidades materiales son importantes, pero sin duda, aquella que es capaz de hacer llorar de tristeza adquiere una urgencia impostergable, toda vez que el mismo Cristo, en el episodio de la resurrección del hijo de la viuda de Naim le dijo a la desconsolada mujer y madre: “No llores”.

 5º OBRA DE CARIDAD: CONSOLAR AL TRISTE   

¿Qué ocasiona el sufrimiento? Muchas veces lo puede provocar la falta de una fe arraigada, en otras, será una esperanza que no encuentra dónde apoyarse, y en otras, no saberse querido, amado, estimado, o considerado de manera suficiente. Todo ello puede ser causa que el corazón esté triste, y sabido es que la tristeza del alma es la puerta entreabierta de la tentación y del maligno. Sin duda la alegría del maligno parte de un corazón triste, por ello, hay que mirar la invitación del Señor a “no llorar” como consecuencia de un encuentro “cara a cara” con Él por medio de: la oración, de la Santa Eucaristía, de la devoción a la Virgen María, de la lectura atenta de la Santa Biblia y la vivencia efectiva de las obras de misericordia, espirituales y corporales. Después de procurar cumplir todo esto ¿habrá tiempo para estar triste? o ¿Tendrá razón el corazón humano de lamentarse hasta llorar?

En el Catecismo solemos enseñar a nuestros niños un pequeño canto, muy elocuente a este respecto y que ellos lo suelen cantar con gran entusiasmo: “Si la tristeza llega a tu corazón y te pide déjame entrar, dile no, no, no, Cristo vive en mí y no hay lugar para ti”. Es verdad: no puede encontrar asidero alguno el sufrimiento, la incertidumbre y el egoísmo en un alma donde está primero el amor a Dios. ¡Allí donde primerea Jesucristo, el maligno siempre será segundón!

2). Jesús es asistido por un ángel en el Huerto de los Olivos.

“Mi alma siente una tristeza de muerte”: En momentos donde el Verbo Encarnado sentía el peso de los episodios cruentos de Viernes Santo de la Pasión, habiendo ya celebrado la Ultima Cena, inmerso en la oración en el Huerto de los Olivos, no desdeñó la compañía y el consuelo ofrecido por un ángel enviado por el Padre Eterno. Si el mismo Cristo optó por sufrir asistido por la ayuda enviada desde el Cielo, ¿Por qué el creyente despreciará el consuelo que nace del amor a Dios? No nos cansemos de recordar que Cristo: Eterno, Todopoderoso, y Omnicomprensivo, fue un día “ayudado” por una creatura de naturaleza espiritual que lo confortó, animó y acompañó en las horas cruciales previas al Calvario. Por ello, el verdadero amor al prójimo es aquel que es reflejo del Amor de Dios, como un eco nítido de los sentimientos del Corazón de Jesús que “todo lo hizo bien”.

La muerte y resurrección de Jesús constituyen la verdadera Pascua para el creyente, en la cual nos obtiene la verdadera libertad y se constituye (el Señor) de una vez para siempre como causa de nuestra alegría. Según esto,  el consolar a los tristes es parte del anuncio de resurrección, que tiene su fundamento en lo que el mismo Jesús aquella mañana del sepulcro vacío señaló a María: “¿Por qué lloras?” (San Juan XX, 13).
 JESUCRISTO CONSOLADO POR UN ÁNGEL


Para seguir a Jesús y practicar durante este tiempo la quinta obra de misericordia espiritual,  en orden a consolar al que está triste, hemos procurar revestir esta obra con un envoltorio que incluya:

a). Empatizar con la tristeza: Es muy importante aprender a terminar de escuchar a quien viene a  desahogarse a nosotros, dando el tiempo suficiente y mostrando una actitud que facilite que cuente toda lo que hay en su corazón apesadumbrado.  Sin duda hay que dar tiempo a quien está sufriendo, manifestando una actitud de verdadero interés donde el afligido perciba implícitamente que nos importa lo que ahora estás diciendo.

b). Alegrar al que está triste: La alegría es contagiosa. Y es necesaria para llegar al que está sumergido en la desesperanza y la tristeza. El Evangelio es un constante llamado a estar alegres porque el Señor ya está en medio nuestro (San Juan XX, 20 y San Lucas II, 10). En este sentido la mejor terapia que una persona con depresión puede tener es sin duda recibir en su corazón la gracia que es Jesucristo. Abrir de par en par las puertas del alma a Cristo. Así lo recuerda san Pablo: “! Bendito sea Dios, Padre de la misericordia y Dios de todo consuelo, que nos consuela en cualquier tribulación, hasta el punto de poder consolar nosotros a los demás, mediante el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Corintios I, 3-5).

c), Dar razón de esperanza: El mundo actual es muy diferente al que vivió nuestro Señor. Muchas personas se sienten desdichados, están sumergidos en la tristeza, y presumen de una felicidad que en verdad no sienten ni les satisface. Los sucedáneos de dicha y migajas de consuelo les hacen padecer melancólicamente cayendo en ocasiones en abiertas depresiones que es la enfermedad de nuestro tiempo porque es el tiempo de mayo negación de Dios. Jesús se presenta como el anuncio realizado, el “Consuelo de Israel” que sabía ofrecer alivio y consuelo a todo el que se le acercaba, de manera especial a los cansados y agobiados (San Mateo XI, 28-30).

En este mundo no se nos ha prometido el fin de toda tristeza. Vamos caminando como en medio de “un valle da lágrimas”. Más, sí con el advenimiento de Jesús tendremos un “cielo nuevo y una tierra nueva”, donde el mismo Dios “secará toda lágrima” (Apocalipsis VII, 17) y donde “ya no habrá muerte, ni duelo, ni llanto, ni dolor, porque lo primero ha desaparecido” (Apocalipsis XXI, 4). El camino de la esperanza cristiana hace inmune al alma de toda tristeza” ¡Que viva Cristo Rey!.

sábado, 13 de agosto de 2016

Perdonar las ofensas recibidas

MES DE LA CARIDAD FRATERNA   /   AÑO DE LA MISERICORDIA.

 PERDONAR LAS OFENSAS  RECIBIDAS    
Sin duda el tema de la cuarta obra de misericordia es un tema que podemos describir como “genuinamente cristiano y religioso”. Si bien hemos de reconocer que el Antiguo Testamento habla en todo momento del perdón y la misericordia, es necesario comprender que lo hace teniendo en el horizonte la venida del Mesías esperado, quien es finalmente la Palabra definitiva del Padre Dios, quien  en Jesucristo habló de una vez para siempre.

Por ello, es “propio” el mensaje de Jesús respecto del perdón, un mensaje original que anuncia que la misericordia del perdón de las ofensas es un don que se recibe gratuitamente  y que se ha de dar con igual gratuidad. Quien experimenta el perdón sufre en su corazón una transformación que puede denominarse como una verdadera “resurrección”. Un volver a vivir. Entonces, si esto se asume es realmente una vida nueva más que una nueva página (etapa) de nuestra vida. El hecho de “resetear” nuestra alma con el bálsamo del perdón sacramental  conlleva para el creyente una mayor capacidad de amar: de hacer el bien, de vivir la vedad, de ser mas piadosos, de ser más fraternos y por cierto,  de expandir la caridad, recordando que la medida del amor es amar sin medida, perfectamente aplicable al perdón.

La gratuidad del perdón lejos de restarle valor al acto, lo enaltece. La serie televisiva americana rodada el año 2012 por de Kevin Costner,  relata la honda enemistad entre dos familias: los Hatfields y los Mc Coys, a las quienes la publicidad da a cada uno el nombre de “nunca olvida” y “nunca perdona”. En jerga popular se llevaban “como el perro y el gato”.

Al interior del corazón, inmerso en las relaciones familiares, en lo hondo de las comunidades vecinales y sociales, entre las naciones, suelen darse en mayor o menor grado estas dos expresiones…”ni perdón ni olvido”, que –ciertamente- constituye una verdadera blasfemia, ya que ultraja el Santo Nombre de Dios que se nos ha dado a conocer como: “Dios es amor”, que perdona y no lleva cuenta de nuestros muchos delitos…”¿Qué Dios hay como Tú, que perdone la maldad y pase por alto el delito del remanente de su pueblo? No siempre estarás airado, porque tu mayor placer es amar” (Miqueas VII, 18).

 DIOS NO SE CANSA DE PERDONAR

La cerrazón del corazón que no es capaz de perdonar tiene como consecuencia una serie de males, que por cierto, el mayor es el riesgo de condenarse para siempre, como también de privar de una necesaria reconciliación que agrade al cielo, y de una vivencia de la caridad que se ve mutilada por el rencor provocando dolencias de alma y de cuerpo. El rencor que nace de no perdonar siempre termina enfermando  el alma de una Patria y el alma de cada creyente. ¿El remedio? …”Si mi pueblo, que lleva mi nombre, se humilla y ora, y me busca y abandona su mala conducta, yo lo escucharé desde el cielo, perdonaré su pecado y restauraré su tierra” (2 Crónicas VII, 14).

Hemos de perdonar las ofensas que nos hagan para ser perdonados de las que hacemos a Dios. Jesús lo dijo con toda claridad cuando enseñó  a rezar a sus discípulos: ¡Invocar la misericordia desde la capacidad de perdonar! Para ello consideremos hoy cuatro puntos respecto de la obra de misericordia espiritual de perdonar a quienes nos ofenden:

a). Estar seguros de lo que uno ha hecho: Parece evidente, pero es necesario discernir con precisión respecto de lo que uno hizo habida consideración de diversos factores que inciden en nuestra culpabilidad y por lo tanto en el acto de contrición    hecho, como ofensa a Dios y a los demás. Echarse toda la culpa de lo que uno o ha hecho puede ser tan negativo como desligarse naturalmente de lo que uno sí ha hecho. Por eso, cuando se concede el perdón de una ofensa que se nos ha hecho, hemos de meditar y orar ara discernir correctamente. Si la ofensa es intencionada es la oportunidad de perdón y de imitar a Jesucristo, si la ofensa no fue intencionada  es la ocasión para crecer en la virtud de la paciencia, en orar por quien hizo un mal “sin querer queriendo” y en enseñar a quien no sabe.

b). Es la mejor posibilidad: Ante una ofensa nos vemos en la disyuntiva de tres caminos: la venganza que es totalmente anticristiana, el olvidar que implica barnizar una ofensa cuyo mal permanece vigente y puede sobresalir en cualquier momento nuevamente, en cierto modo, podemos decir que el simple “pasar por alto” una ofensa sin perdonar de verdad implica postergar el perdón y, a fin de cuentas no conceder el perdón necesario. Entonces, decidir el camino del perdón siempre  nos liberará de las heridas del alma pues, “el que perdona la ofensa cultiva el amor; el que insiste en la ofensa divide a los amigos” (Proverbios XVII, 9).

c). Comunicar el perdón: Es fundamental dar a conocer la opción de perdonar que hemos tomado. Por cierto, a través de la oración, hablando con Dios de nuestra opción, y luego darla a conocer por una palabra, un gesto, y un estilo de vida que haga simple la reconciliación ante la ofensa recibida, evitando los melodramas propios de una telenovela.

d).Recurrir al sacramento de la confesión: No hay camino más seguro para poder perdonar que haber recibido el sacramento de la confesión. Pues en el somos protagonistas en primera persona del perdón infinitamente generoso de Dios hacia cada uno. De mucho más nos perdona Dios de aquello que nosotros eventualmente podemos perdonar a nuestros hermanos, una vez que experimentamos el perdón y somos participes de sus gracias, los frutos ·vienen por añadidura” y nos es más fácil perdonar, es más fácil olvidar, es más fácil dar vuelta la página.

Oración para perdonar las ofensas: “Señor, yo decido perdonar, quítame lo que siento, borra de mi corazón estas heridas, dame un corazón nuevo, te entrego el mío, ven a mi vida Jesucristo a ti te lastimaron profundamente, a ti te dañaron y te atreviste a decir a tu Padre; ¡Perdónalos porque no saben lo que hacen! Señor, yo te digo hoy perdona a tal persona porque me lastimó profundamente, y llévate de mi corazón este amargo (sentimiento de) rencor. Señor Jesús: yo hago mi parte con tu auxilio, Tú haz la tuya” ¡Que Viva Cristo Rey!
     
                                






jueves, 11 de agosto de 2016

Corregir al que se equivoca

 MES DE LA CARIDAD FRATERNA  /  AÑO DE LA MISERICORDIA.

Lágrimas de alegría y de congoja emergen a causa del amor. Esto quiere decir un antiguo refrán español: “quien te quiere, te hace llorar”. De mas está decir que saberse querido, amado verdaderamente hace feliz, por lo que una frase, una caricia, un regalo, en ocasiones emociona hasta llorar. Por otra parte, el recibir una corrección oportuna y firme de quien sabemos nos quiere sinceramente, en ocasiones también puede hacer llorar no por la importancia ante la reprensión recibida sino como efecto del sentido de contrición presente en un corazón arrepentido.
En efecto, asumir el error ante la evidencia de la corrección nos lleva a sabernos queridos, pues, sin duda, es síntoma de desamor el hecho de guardar silencio ante las faltas ajenas evidenciando con ello un abierto desinterés. Quien se preocupa de corregir los defectos ajenos, haciéndolo como obra de misericordia espiritual lo hace con el fin de procurar la santidad. Por esto, la corrección fraterna debe hacerla todo creyente de acuerdo a un camino bien preciso y a unas condiciones que son complementarias y necesarias:

MES DE LA CARIDAD FRATERNA CHILE
a). Una corrección que nace del amor: Quien corrige debe sentir mayor dolor, mayor vergüenza, mayor contrición que quien es corregido. Un sano pudor cristiano lleva a descubrir la pureza y rectitud de intención al momento de corregir, sabiendo que dicha corrección es una forma de amar, necesaria y que sólo puede ofrecer la persona que ama de verdad.

La Sagrada Escritura con frecuencia nos habrá de la corrección fraterna hecha desde la caridad: “Date cuenta, pues, de que el Señor tu Dios te corregía como un hombre corrige a su hijo” (Deuteronomio VIII, 5). De modo semejante, Cristo no dejó de corregir a sus apóstoles cuando entre ellos hubo ambición, envidia, y deseos de venganza (San Mateo IX, 33-39  y San Lucas IX, 54-56).

San Pablo es preciso al respecto: “Hermanos, aun cuando alguno incurra en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado” (Gálatas VI, 1).

Por tanto, si acaso hemos visto equivocarse seriamente a nuestros prójimos y ello nos ha sorprendido es necesario  recordar en ese mismo momento que en virtud de su naturaleza herido por el pecado original es propio del hombre equivocarse. Solo Dios no falla, y su criatura más perfecta que es la Virgen María: ¡Todos los demás fallamos muchas veces a lo largo de la vida!  San francisco de Sales dijo que “aquello que no se puede hacer por amor, no debe ser hecho de otra manera, porque no da resultado”. Por lo tanto, Si la motivación de corregir no nace, no se encamina y no tiene como fin el amor es mejor no corregir y rectificar la intención.

 b). Corregir ante la certeza de un mal: No se trata de una impresión, de un parecer. Hay que tener fundados antecedentes al momento de ir a corregir un defecto, ante la menor duda que tengamos o una simple sospecha, hemos de abstenernos de hacerlo. Por otra parte, es un deber de todo cristiano asumir que ante el mal no podemos guardar silencio.

Así lo dijo su Santidad: “Pienso en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien” (Benedicto XVI, Mensaje de Cuaresma año 2012).

c) La corrección busca enmendar un mal hecho: Por lo tanto antes de ir a corregir se debe evaluar si el bien que se quiere obtener es posible y útil. La eficacia de la corrección fraterna será  consecuencia de haber puesto “la finalidad en ayudar a la persona a darse cuenta de lo que ha hecho, y que con su culpa ha ofendido no solamente a uno, sino a todos” (Papa Francisco, Ángelus del 7 de Septiembre del 2014).

El mal debe ser corregido, el camino torcido ha de ser rectificado. San hablo explicita que “Si alguno de vosotros es sorprendido en alguna falta, vosotros, que tenéis el espíritu, corregidlo con espíritu de mansedumbre. Y no te descuides tú mismo, que también tú puedes ser puesto a prueba” (Gálatas VI, 1).
Consabido es el programa de oro dado por Jesús para el seguimiento de la corrección fraterna, es tan preciso que no requiere mayores comentarios: primero se haga la corrección en privado, luego, con uno o dos testigos y, finalmente –si todo lo anterior a resultado inútil (infructuoso) - recurrir al superior y decidlo a la comunidad (San Mateo XVIII, 15-17).

CORREGIR A QUIEN SE EQUIVOCA


d). La corrección fraterna se fortalece con la oración: Para ser verdaderamente capaces de corregir a quien  se ha equivocado y avanza por el camino del error y del pecado se requiere previamente de hacer oración, toda vez que de esta manera dejaremos hablar a Dios en nuestra alma para poder transmitir más expeditamente el mensaje por medio de una sana reconvención (exhortación), nacida primero del amor a Dios, y desde El, a nuestro prójimo inmediato.

Ese camino de la oración hará que la corrección fraterna hecha conduzca a las verdades fundamentales de nuestra fe: que Dios nos ama, que en todo momento nos invita a la conversión, y que, aunque el hombre se canse, “Él  no se cansa de ser misericordioso y perdonar” (Papa Francisco).

  e) Corregir desde la humildad: Es una verdad irrefutable que todos debemos ser corregidos. El Señor nos invita a no ver la maleza en el ojo ajeno olvidando la viga presente en el ojo propio. Es muy importante tener presente la actitud que tengamos como creyentes al momento de procurar la corrección fraterna, toda vez que ha de hacerse no desde un sentido juicioso sino como un humilde servicio a la verdad y de caridad cristiana. Por esto, no ha de confundirse actuar firmemente, con tratar con aspereza, evitando en todo momento, humillar al que es invitado a mejorar y corregir su error.

Para ello, no hay que olvidar “de qué estamos hechos”, y que “llevamos tesoros en vasijas de barro”. Cuya fragilidad es evidente: falibles, exagerados, imprecisos, perezosos, ligeros y superficiales, por lo que nos solemos equivocar al actuar y al hablar. Aunque amplificamos las faltas ajenas, siempre eclipsamos las propias, porque el orgullo suele ser mayor que la virtud de la humildad en nuestra vida cotidiana. Lo anterior nos debe hacer recapacitar al momento de corregir, para que en toda circunstancia esta sea hecha desde la humildad que tanto cautiva a nuestro Dios como al corazón más apegado en su error.

f). No criticar a quien es corregido: A este respecto conviene tener presente la Carta del Apóstol Santiago que afirma: “Sepan esto: el que endereza a un pecador de su mal camino, salvará su alma de la muerte y consigue el perdón de muchos pecados” (V, 20). Lo anterior, va unido a procurar privilegiar siempre la discreción y el ámbito privado al momento de la corrección fraterna evitando hacerlo jamás frente a los demás. ¡Que Viva Cristo Rey!

       
PADRE JAIME HERRERA GONZÁLEZ / DIÓCESIS DE VALPARAÍSO CHILE



miércoles, 10 de agosto de 2016

Dar buen consejo al que lo necesita

 MES DE LA CARIDAD FRATERNA / AÑO DE LA MISERICORDIA.

La segunda obra de misericordia espiritual implica dar buen consejo a nuestro prójimo. Dos dificultades enfrentamos al momento de hacerlo: primero la soberbia implica no recibir buenamente lo que se nos dice, el hombre actual se considera autónomo por lo que se confía ciegamente en su criterio, en su experiencia, en sus poderes, olvidando que sólo Dios se basta a sí mismo. Él es y todo en Él adquiere existencia, en el caso del hombre necesita de mucha ayuda para subsistir. ¿Cuántas personas intervienen con su trabajo, con su esfuerzo para que uno pueda desayunar, pueda estudiar, pueda trabajar, puedan tener los servicios básicos en su propio hogar? Sin duda, infinitud de personas.
Por otra parte, el egoísmo inserto en la cultura individualista hace callar al momento de aconsejar dejando “hacer”, libremente a los demás.  Como creyentes no podemos permanecer indiferentes respecto  del crecimiento espiritual de nuestro prójimo. Si somos capaces de cuidar el crecimiento de una flor e incluso de domesticar en lo básico a una mascota, entonces…¿cuánto más hemos de procurar aconsejar buenamente a los demás?

OBRA DE MISERICORDIA ESPIRITUAL

Es cierto, que resulta más cómodo y fácil guardar silencio (callar)  por un falso respeto humano: nadie se molesta, nadie nos responde con molestia y nadie luego nos tratará con desdén.  Más, sabemos que Dios nos pedirá cuenta de la vida nuestra y de la de quienes un día estuvimos en oportunidad de ayudar y negligentemente no lo hicimos a causa de la desidia, por cobardía o por simple superficialidad.

Sin duda que Nuestro Señor es el mejor y primer consejero. El Nuevo Testamento aplica cuatro nombres a la persona del Mesías: “Consejero admirable”, “Príncipe de la paz”, “Padre Eterno” y “Dios Fuerte” (Isaías IX, 6).

La Santísima Virgen María desde el comienzo de la vida pública de Jesús aconsejó a quien lo necesitaba, tal como aconteció  en las Bodas de Cana de Galilea donde dijo: “Hagan todo lo que Él les diga”. Sin duda, se trata un consejo que nació de la contemplación y de la certeza de tener a Dios en el corazón para poder proponer un camino determinado a seguir.
El dar un consejo es una invitación dada para el bien de quien lo recibe. El consejo tiende a hacer más integra la vida, para lo cual podemos citar algunos criterios para aconsejar:

a).  La necesidad de un consejo: Por diversas formas podemos descubrir que una persona requiere de nuestro consejo. En ocasiones alguien nos pedirá interceder por un tercero, en otras uno mismo descubre que se requiere intervenir. Según sea la necesidad podemos aconsejar para: amonestar, exhortar o animar.

b). Aconsejar en el momento oportuno: La oportunidad es un elemento muy importante que hay que saber discernir correctamente. Para ello se requiere de una dosis importante de paciencia, en vistas a esperar la ocasión más propicia, toda vez que un consejo por bueno que sea, si se da en el momento inadecuado termina siendo ineficaz y en ocasiones, abiertamente contraproducente.

c). Aconsejar sugerentemente:  Es decir, que el aconsejado reciba lo dicho como una sugerencia con el fin que tome inicialmente o retome el camino más perfecto. Un consejo que es asumido -sin duda que- tiene una raíz que dura para toda la vida, puesto que desde el momento que se recibe es tenido como algo propio, personal y necesario. Un buen consejo es aquel que provoca interrogantes, más aun si se trata de lo relativo a la Vida Eterna, pero también el consejo puede abrir un conjunto (abanico) de posibilidades que uno no había reparado en encontrar.

d). Aconsejar en primera persona: Colocarse en el lugar de quien es aconsejado implica buscar las palabras más adecuadas, que nacen de la sabiduría, de la experiencia y del afecto de la corresponsabilidad espiritual. Se trata de dar un consejo que uno hubiese agradecido recibir previamente. “Bendeciré al señor que me aconseja, hasta de noche me instruye (Salmo XVI, 7).

e). Rezar antes de aconsejar: “El consejo del sabio es como una fuente de vida” (Proverbios XI, 14). Dios no deja de hablar en todo momento si se trata de nuestro bien, por ello,  recurrir a Él en la oración antes de aconsejar no sólo es prudente y útil, sino sobre todo es necesario, tal como dice la Sagrada Escritura: “Atiende el consejo de tu corazón, porque nadie te será más fiel. Pues la propia conciencia suele avisar mejor que siete centinelas apostados en una torre de vigilancia. Pero, sobre todo, suplica al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad” (Eclesiástico XXXVII, 13-15).


f) Aconsejar brevemente: Un consejo muy extenso cansa, aburre, y se olvida. El consejo no debe parecer parte de un sermón. La capacidad actual de concentración y la premura con que se vive habitualmente amerita que al momento de aconsejar se haga de manera sucinta, precisa, sin mayores rodeos, lo cual en caso contrario, puede hacer perder el foco de lo que se quiere enseñar.

DAR CONSEJO AL QUE LO NECESITA

La localidad de Mirasol en Algarrobo (Chile) en su avenida principal tiene todos los árboles inclinados por la fuerza del viento. Ello sucede a causa de no haberle puesto una vara que lo guiase. Algo similar ocurre con el cristiano que necesita de buenos consejos a lo largo de toda su vida con el fin de no correr el riesgo de perder el rumbo, de no perder tiempo en enmendar, pudiendo dedicar ese mismo tiempo en ir más lejos en perfección y santidad.

Salmo XXXII, 8: “Yo te instruiré, yo te mostraré el camino que debes seguir; yo te daré consejos y velaré por ti”. Proverbios VIII, 14: “Míos son el consejo y el buen juicio; míos son el entendimiento y el poder”. Job XII, 13:  “Con Dios están la sabiduría y el poder; suyos son el consejo y el entendimiento”.
                        

martes, 9 de agosto de 2016

Enseñar al que no sabe


MES DE LA CARIDAD FRATERNA / AÑO DE LA MISERICORDIA.

Las obras de misericordia son acciones de caridad que buscan servir las necesidades espirales y materiales de quienes están junto a nosotros, a quienes habitualmente reconocemos como prójimo.
Cada una de las Obras de Misericordia,  las encontramos explicitadas en la Santa Biblia, tanto en el Antiguo Testamento: “Sabéis que ayuno quiero Yo, dice el Señor Dios…Romper las ataduras de iniquidad, deshacer los haces opresores, dejar libres a los oprimidos, y quebrantar todo yugo. Partir tu pan con el hambriento, albergar al pobre sin abrigo, vestir al desnudo, y no volver tu rostro ante tu hermano” (Isaías LVIII, 6-7), como en el Nuevo Testamento: “Acordaos de los presos, como si vosotros estuvierais presos con ellos, y de los que sufren los malos tratos, como si estuvierais en su cuerpo” (Hebreos XIII, 3). Más, será el mismo Cristo quien enumere varias de ellas, para hablar de la bienaventuranza eterna, término de nuestro peregrinar terrenal: Así leemos en San Mateo XXV, 35-46. Sabiamente sentencia a este respecto el místico doctor: que “En la tarde de la vida seremos juzgados por el amor” (San Juan de la Cruz).

Obra de misericordia espiritual
                                          
La primera obra de misericordia es: “Enseñar al que no sabe”.
Una de las consecuencias del pecado original fue la irrupción de la ignorancia en la vida del hombre. Uno de los dones preternaturales (ciencia) era tener  un conocimiento por medio del cual se “sabia más”, se “recordaba mejor” y se “intuía más”. Indudablemente, Adán y Eva antes del pecado original  eran  más sabios que nosotros.

En el primer discurso El Señor dijo: “Bienaventurados los limpios de corazón porque verán a Dios”. El hecho de poder “aprender bien” es una gracia que es necesario implorar. Es un don el aprender,  el entender. Sabemos que la gracia supone la naturaleza y que la perfecciona, por ello el acto de conocer ha de ser tenido como parte de una misma realidad: un don que gratuitamente concede el Señor, y del que -por cierto- se es plenamente responsable, toda vez que todo don es una tarea por cumplir. 

La enseñanza es un deber de todo católico, que permanentemente se debe procurar transmitir “al que no sabe”. Nadie puede marginarse de vivencializar esta obra de misericordia, aún más, ella constituye un imperativo para todo creyente. Teniendo presente la multiplicidad de dones y virtudes que Dios da con abundancia y originalidad, sabemos que siempre hay algo que se puede enseñar y que siempre hay algo que se puede aprender., toda vez que  nunca se sabe demasiado ni se está imposibilitado de enseñar. Uno tiene que saber que no sabe lo suficiente para enseñar, pero que enseñar lo que se sabe es suficiente. 

La misericordia y la enseñanza tienen como centro el amor de Dios. Porque se ama, entonces,  se enseña: con humildad, en lo relativo a la fe, y con autoridad.

¡Cuánto cambiaría nuestro entorno si con el similar afán de los incrédulos y paganos nos esmerásemos en procurar enseñar al quien se encuentra a nuestro lado! No puede ser que se afanen más los que prometen un premio con fecha de vencimiento en esta vida,  que quienes nos sabemos depositarios de la promesa de bienaventuranza eterna. Una cosa es segura: Si el castigo eterno llega para quien enseña mal y corrompe, también, el premio divinamente prometido de la bienaventuranza llegará a quien enseñe al que no sabe.

Enseñar al que lo necesita

a). Enseñar con humildad: Es muy importante, porque abre la puerta del entendimiento. Uno escucha al humilde y se cierra al soberbio. El que verdaderamente más sabe suele ser más humilde. Los maestros se forjan por el camino de la humildad. Aquello que sabemos ha sido dado para que seamos fieles servidores de la verdad. A este respecto conviene recordar el testimonio de sabiduría del Papa Benedicto XVI quien escogió como lema de su pontificado: “Humilde servidor de la verdad”. Parece imposible  desconocer los méritos que tuvo como maestro, guía y docente el Papa Benedicto, a la vez que nadie puede desconocer que la fuerza de sus argumentos y certezas de sus enseñanzas en todo momento llevaron el envoltorio de la humildad.

Esta virtud adquiere mayor relevancia si consideramos al menos cuatro modelos de personas que pueden recibir el mensaje y de cuatro circunstancias: Enseñar al que no sabe…Enseñar al que no sabe que no sabe-…Enseñar al que no acepta que no sabe….Enseñar al que sabe que no sabe y que no ve la necesidad  de saber. ¡Gran tarea es la de implementar la primera obra de  misericordia!

b) Enseñar sobre la fe recibida: Es bueno que lo bueno se comunique. Y, lo que es mejor para nosotros ha de serlo para quienes están junto a nosotros. Por ello, la enseñanza se debe revestir de testimonio y exige dar a conocer el don de aquella fe bautismal recibida en todo lo que uno enseña, por lo que es impensable para un creyente impartir una educación neutra frente a la religión.

Así lo indicaba Su Santidad hace unos años al decir que “lo más urgente hoy es llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad y su anhelo de un sentido último y definitivo a la existencia” (Encíclica Fides et ratio, Juan Pablo II, año 1998).

c). Enseñar con autoridad: Es una realidad cuando afirmamos que nadie nace sabiendo: El hecho evidente de la  globalización evidencia la necesidad de reconocer lo poco que sabemos. La cantidad de posibilidades para buscar información de cualquier materia, en la actualidad,  parece ilimitada, y ello nos hace descubrir que aquello que diferencia un tipo de enseñanza de otra, es que cuando se hace como obra de misericordia,  ésta nace de la unión entre lo que se vive y lo que se enseña, procurando imitar el estilo de enseñar que tuvo nuestro Señor quien lo hacía “con autoridad” (San Mateo VII, 29): “Coepit facere et docere”…”comenzó a hacer y a enseñar” (San Marcos I, 22).

Esta es la primera de las obras de misericordia espirituales que vincula la educación y el amor de Dios, de tal manera que “enseñar” no se reduce sólo a aportar nuevos conocimientos, sino que apunta a sacar lo mejor que subyace en el interior y fructifique abriéndose a nuevos aprendizajes. Más que instruir es educar, como un derecho básico y un deber inherente a la vida humana que no puede quedar ajeno a la adhesión a la fe en Jesucristo.

El Papa Francisco a dicho que el nombre de Dios es misericordia, entonces su apellido es cada una de las obras de misericordia. Con frecuencia nos aferramos a lo malo, a lo sucio, a lo impuro, a lo poco saludable, y al pecado. Hablar de la causa de por qué ello ocurre desde el pecado original no es necesariamente juzgar a los pecadores, sino que es hacerles partícipes del camino que conduce a la verdad. No juzga el que informa, pero sí, el silencio culposo de no hacerlo,  puede sentenciar a quien está sumergido en el pecado.

Son múltiples los premios que Dios concede al que enseña a quien no sabe, aún más si se trata de aquel que está sumergido en el mundo del pecado. Muchos de nuestros pecados son expiados por enseñar la verdad de verdad a un solo pecador. Así o dijo el Apóstol Santiago: “Hermanos míos, si uno de vosotros se desvía de la verdad y otro lo hace volver, sepan que el que hace volver a un pecador de su mal camino salvará su vida de la muerte y obtendrá el perdón de numerosos pecados” (V, 19-20).

Aunque puede ser escandaloso el hecho que en el mundo actualmente hay alrededor de 700 millones de personas que no tienen ninguna posibilidad de educarse, hay que reconocer que la raíz de muchas pobrezas anquilosadas en nuestra sociedad es la indigencia de la verdad, pues la mayor pobreza es no buscar a Cristo, no encontrar a Cristo y no vivir en Cristo.

Oración para Enseñar al que no sabe:

“Vosotros me llamáis Maestro y Señor, y tenéis razón, porque lo soy. Pues si yo, el Señor y el Maestro, os he lavado los pies, vosotros también debéis lavaros los pies unos a otros”. Señor, tú eres el verdadero Maestro, porque tú enseñabas con autoridad. Primero fuiste discípulo de tu Padre, viendo lo que Él hacía y decía. También, supiste aprender de tus padres en Nazaret y de todas las cosas que pasaban en la vida. Después quisiste dar a los demás todo lo que sabías y tenías, y te pusiste en camino para llegar a todos y enseñarles, especialmente a los más sencillos y necesitados. Fuiste Maestro siendo siervo, poniendo todo al servicio de los demás. Esa fue tu verdadera sabiduría: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado”. Tú nos invitas a ser tus discípulos, a que aprendamos en la vida como lo hiciste Tú. Has puesto en nuestras manos muchas cosas buenas para educarnos. Hoy te queremos dar gracias por todo lo bueno que hemos aprendido. Ayúdanos a aprovecharlas muy bien para formarnos como personas a tu estilo, que lleguemos a saber mucho para servir más y mejor a los demás. No permitas que seamos ciegos e ignorantes, danos un corazón de misericordia para enseñar a los que no saben. ¡Que Viva Cristo Rey!
           



lunes, 1 de agosto de 2016

Actividades Parroquiales Mes de Agosto 2016