martes, 29 de octubre de 2013

Las postrimerías


          Dice el Santo Evangelio que el Apóstol San Pedro luego de la triple negación salió del lugar donde estaban reunidos. 
 
          El pecado siempre divide, y aquella noche no era la excepción. Divide interna y externamente, creando un mundo de soledades.  Se apartó del lugar donde tuvo ocasión para pecar, llegando a rechazar –incluso- el hecho de no haber conocido a Nuestro Señor. Si habría bastado una sola vez en desconocer a Jesús, y solo haber respondido: no tengo nada que ver con esto. Pero,
 la debilidad le hizo repetir tres veces: “no lo conozco”, “no se quien es”, y “bajo juramento afirmo que nunca lo he visto”. Estamos ciertos que estas palabras ocasionaron mayor sufrimiento a nuestro Señor que los fríos metales taladraron sus manos y pies. Una mujer de condición simple, pudo enmudecer al que Jesús elevo como Príncipe de los Apóstoles y a quien colocó como roca para confirmar en la fe a sus hermanos bautizados, por ello todo era oscuro e invitaba a llorar amargamente. 

La gustducina, es aquella sustancia que al probarla es amarga y produce “tristeza”, “aflicción” y “desagrado”. Las lágrimas del Príncipe de los Apóstoles tenían esos tres componentes, porque de algún modo son los que habitualmente ocasiona todo pecado. Las lágrimas no piden perdón, pero lo terminan obteniendo.  

Más, luego del episodio del Calvario,  Simón Pedro se arrepintió de manera profunda y con gran humildad.  En su condición de Primado de la Iglesia ofendió al Señor, pero, en su misma condición, luego,  se arrepintió y ese arrepentimiento lo termina transformando  definitivamente. 

Nunca nos debemos desanimar por los pecados cometidos. Nuestra  Iglesia “no es un cementerio de cadáveres sino un hospital de enfermos”, señalaba el actual Pontífice. No debemos volver a los pecados cometidos. No es bueno sacar frecuentemente la costra de una herida.  Podemos adelantar muchísimo en el terreno de la perfección en la conversión. Por tanto, hay un momento decisivo de conversión, y ello lo han experimentado todas las almas de los bienaventurados.   

Los Santos no fueron los que no cometieron faltas sino los que se arrepintieron de haberlas hecho. Es inmensa la constelación de estrella que la Iglesia nos presenta como sus mejores y ejemplares hijos:  

San Agustín de Hipona: Nació el 354, hijo de Patricio y Mónica. Dejó la escuela a los dieciséis años, lo sedujeron ideas paganas, el teatro, y las mujeres, con una de las cuales convivió durante catorce años. Por una década estuvo en la secta de los maniqueos, quienes afirmaban la existencia de un dios del bien y del mal. Hasta que Dios lo llamo, porque a Dios lo conmovieron las lagrimas de Santa Mónica. San Agustín deseaba cambiar, incluso escribió: “Señor, hazme puro, pero todavía no” (Confesiones, número 8). Un día, San Agustín estaba en el jardín orando a Dios para que le ayudara, escucho una voz que le dijo: “Toma y lee” (Confesiones, capitulo VIII).

Abrió la Biblia, y lo primero que leyó fue la carta de San Pablo a los Romanos: “Nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos…revestíos mas bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer la concupiscencia” (XIII, 13-14). Este momento marcó indeleblemente el resto de su vida, pues tomó la firme resolución de permanecer casto por el resto de su vida. Al año siguiente fue bautizado en la fe católica.
 

San Ignacio de Loyola: Es el Patrono de los cojos, porque así quedo luego de tres crueles intervenciones, producto de una herida inicial que sufrió mientras ejercía como militar en defensa del castillo de Pamplona. Era el 20 de Mayo de 1521. Desde ese momento, gracias a la lectura de la vida de Cristo y a la de algunos santos considero que si ellos estaban hechos de su misma materia prima por que no podría imitarlos. Largo fue el proceso de conversión, hasta que lo llevó a una caverna cerca de Barcelona, conocida como Manresa. Allí estuvo un año completo, donde escribió, entre otros, el libro de los Ejercicios Espirituales: “A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez mas, quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre mas que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, mas que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo”. Con ello, eligió el camino de Dios en vez del camino del mundo, hasta lograr alcanzar su santidad.
 

San Pablo de Tarso: Es el autor de trece de los veintisiete libros que componen el Nuevo Testamento. Nació en una familia acomodada, de la tribu de Benjamin, en Tarso de Cilicia –actual Turquía-. Su nombre semita era Saulo. Jesús era diez años mayor que Pablo. Su formación era una mezcla de la cultura judaica, romana y griega.  Estudió en la prestigiosa escuela rabínica de Hillel, bajo la observancia del maestro Gamaliel (la otra escuela era la de Shammai) y aprendió el oficio de construir tiendas (Hechos XVIII,3). Convencido totalmente que los cristianos eran una amenaza para el judaísmo, se dedicó a perseguirlos con ahínco. Prueba de ello es que estuvo presente en la lapidación de San Esteban, el primer mártir de la fe. Poco tiempo después, camino a Damasco se le apareció Jesús y le dijo: “Saulo, Saulo…¿Por qué me persigues?” (Hechos de los Apóstoles IX, 4). Desde ese momento su vida cambio totalmente. Sus criterios, valores, principios, cambiaron totalmente. Fue un hombre nuevo que escribió “Lo que para era para mi ganancia, lo he juzgado una perdida a causa de Cristo. Y mas aun: juzgo que todo es perdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Filipenses III, 7-8).
 

San Francisco de Asís: Nació en Asís, Italia el ano 1182. Como su padre comerciaba con Francia, desde temprano la gente le apodó como “Francesco” (el francés), pues en el bautismo recibió el nombre de Juan. Desde joven fue aficionado a las tradiciones caballerescas que anunciaban los trovadores. Ni los negocios ni los estudios le interesaban mucho, solo divertirse y gozar la vida. No era de costumbres licenciosas, era muy generoso con los pobres. A los veinte años surgió una disputa entre las ciudades de Perugia y Asís. 

Estuvo preso durante un año. A pesar de lo cual, no dudó en volver a enrolarse para lo cual se compró una costosa armadura y un valioso manto. Se encontró con un pobre a quien le regaló su vestimenta y sintió una potente voz en su alma que le decía: “! Sirve al amo no al siervo!”. Esto fue un momento radical en su vida. No hubo vuelta atrás. 

Cual es el remedio para no pecar: Dice la Santa Biblia: “Piensa en las postrimeríades o novísimos  y no pecarás”. Cuales son: Muerte, juicio, infierno, gloria y resurrección 

1. La muerte: Es una gran maestra, nos dice San Agustín,  que nos da muchas lecciones.

La incertidumbre.

La certeza que vamos a morir: 

Cuan malo es el pecado:

Cuan malo es El mundo:  

Es bienaventurado el que muere en el Señor: 

a). La incertidumbre: No se cuándo, dónde y cómo voy a morir. Por lo tanto, siempre tengo que estar preparado para ese momento. ¿Y qué significa esto? Alejados del pecado mortal. Estar exento de pecado mortal, y tener a Dios en el alma dentro de nosotros, puesto que quien tiene la gracia de Dios es un “sagrario viviente”. Tiene al Padre al Hijo y al Espíritu Santo dentro de si. Esto es muy importante. Siempre debo estar preparado para el encuentro con Dios. Como si fuera el último de nuestros días, tendremos cautela y prudencia necesaria de presentarnos al Tribunal de Dios con las manos limpias. Además, por ser el primero de nuestra conversión, tendremos el entusiasmo, el anhelo, y la fuerza del primer encuentro con el Señor.

Hay una inscripción que se colocaba en los relojes antiguos. “El tiempo huye”: por ello siempre hemos de estar vigilantes, siempre avizorando lo que Dios quiere de nosotros.

b). Certeza que moriremos: Esto lo sabemos y no lo sabemos. Siempre el que se muere es otro. ¿Te has dado cuenta que siempre mueren los demás? Nunca nos morimos nosotros. Aquel murió, sabes… A mi esto no me va a suceder tan pronto. Ya voy a arreglar mis asuntos. Tengo tiempo aun… Dejamos pasar las cosas para después, después, después… ¡El que va por la cale de después llega a la plaza de  nunca! 

c). Cuan malo es el mundo: ¡Que te dice un cadáver!. A partir de 1850, en Europa se colocó como costumbre sacar fotos a los muertos. Al mirar aquellas fotografías y mirar el cadáver, solo podemos decir ¡que poca cosa es la fama del mundo! ¡Qué poca cosa es la vanidad del mundo! Como un cadáver…  

Conocemos por la prensa y por lo que a diario hacemos respecto de la malicia del mundo: Dice el Nuevo Testamento: “Por el pecado entró la muerte en el mundo”. Pensemos por un momento en todos los cadáveres que hubo desde el primero que fue el de Abel, hasta el último de este minuto, tendríamos una cordillera de cuerpos. Esta es la consecuencia del pecado, puesto que  por los efectos podemos considerar las causas.  ¡Que malo es el pecado! Que trae como consecuencias estos hechos tan nefastos.

d). Bienaventurados los que mueren en el Señor: ¿Quiénes son?  Aquellos que pasaron su vida haciendo el bien. Los que mueren “al pie del cañón”, cumpliendo lo que deben.

Teresa de Calcuta: Nació en Macedonia el 27 de Agosto de 1910, día de su bautismo. A  los cinco años hizo su Primera Comunión, a los seis se le confirió la confirmación y a  los dieciocho ingresó como religiosa el 15 de Agosto de 1928.  Una vez que profeso como  religiosa fue enviada al Colegio de Loreto en Calcuta, donde permanecerá  dos décadas, luego de lo cual funda la Congregación de las Misioneras de la Caridad.  

Gabriel García-Moreno: De improviso fue llamado por Dios. Un día mientras oraba, como todos los días en la Catedral, evitando mayor protección, salio del templo y fue emboscado y asesinado. 

Si esta noche Dios te llamase para rendir cuenta de nuestras acciones ante su Tribunal,  ¿Nos sentiríamos  urgidos para confesarnos? ¡Seamos sinceros! ¿Qué habría en nuestra cuenta? ¿Qué nos da el balance de nuestra vida: superávit o déficit?  

Estamos al debe con el Señor. ¡Hay cuentas que aclarar! Mas como hacerlo sino por medio del camino que El mismo nos enseñó. Tan bondadoso con nosotros, que nos dejo un puente para llegar a El. 

Contemplando las verdades definitivas, los novísimos recordemos las palabras atribuidas a San Juan de Ávila: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tu me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”. 

En la confesión lo que mas importa es el dolor por la ofensa hecha, digámosle al Señor que le queremos. Aunque lo repitamos dos veces como Tomas o tres como Simon Pedro.

¿Cuándo te vas a confesar?

 

martes, 22 de octubre de 2013

LA DISPONIBILIDAD A LA VOLUNTAD DE DIOS

           El fin último absoluto del hombre es Dios. Tomamos esta premisa para nuestra segunda meditación del día. 
¿Y todo lo demás?  Los seres animados e inanimados. Y las personas que nos rodean  ¿que fin tienen? ¿No hay contradicción entre los fines de las personas y mi fin? No.
 
Hay cosas y  hay personas que nos acercan y otras que nos alejan de nuestro fin último que es Dios.
 
Por lo tanto, la contestación para resolver este problema de la concordancia entre el medio que me rodea –cosas, personas, sociedad- y mi actividad es esta: el sentido común. ¿Cuál es mi fin?
         Yo tengo que usar de las cosas y personas si acaso me acercan o alejan de Dios. Es de sentido común, que si voy a emprender un viaje un viaje no me interesa primordialmente el color del bus sino principalmente hacia donde va. ¡Hay que saber donde va la micro! Ninguno tomaría cualquier bus que vaya a cualquier parte. 
         La norma del mundo actual, que diariamente conocemos por la prensa y conversaciones,  es hacer lo que “me gusta” o “no me gusta”. Esta es una reina que exige adoración absoluta: la reina Gana: “me da la gana” o  “no me da la gana”. 
         La norma de la santidad es esta: tanto cuanto me conduce  o me aleja de Dios,  cueste lo que cueste. 
         Por ejemplo: un viaje en tren. ¡Andar en tren es de lo mejor! Entonamos más de una vez cuando como escolares íbamos de paseo al Jardín botánico. Supongamos que nos ganamos el Loto acumulado durante varios meses. Imaginemos que para ir a Santiago a cobrar nuestro premio sólo dispusiéramos de buses para ir. Llegamos al terminal, compramos un pasaje y nos dirigimos a los andenes. Miramos, y vemos un pullman de última generación: con butacas, teléfono, pantalla, aire acondicionado personal. Rápidamente nos subimos a el, y emprendemos el viaje. Sin darnos cuenta del paisaje a causa de la buena película que vamos viendo, se acerca el auxiliar a cobrar el pasaje. Le pasamos el boleto y algo sorprendido nos dice: debe bajarse de este bus, porque no vamos para Santiago sino que vamos para Arica. Le respondemos que no nos vamos a bajar porque estamos muy cómodos, lo vamos pasando bien con la película, y el bonito el bus. ¿Y el premio que vamos a cobrar? ¿Lo despreciamos por unas horas de placer en un bus? 
         ¡Cuántos hombres hay que suben al tren del placer! Olvidando el fin absoluto. ¿Hemos colocado el pie en el primer peldaño? Lo que tengo que hacer es bajar de ese bus si acaso no me conduce hacia donde me dirijo. Algo semejante pasa con Dios: si no me lleva a El, lo dejo; si me acerca lo tomo.
         Hay que distinguir entre lo que es necesario bajo pena de pecado y lo que no es bajo pena de pecado: por ejemplo, que actitud vamos a tomar, ¿Qué queremos? ¿Salud o enfermedad? , ¿Riqueza o pobreza?, ¿Vida breve o extensa?, ¿Honor o deshonor? ¿Qué quieres?
         Hemos de responder resueltamente: ¡Yo no elijo nada de lo que Dios no quiera! ¡Yo elijo lo que Dios quiere! Todo lo que no tenga que ver con su voluntad, con sus Palabra, con sus designios, nada tiene que ver conmigo. Con la misma resolución que clamaba el Papa Urbano II al emprender la primera cruzada: Era el año 1095 en el Concilio de Clermont al terminar su homilía  con la frase del Evangelio “Renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” (San Mateo XVI, 24), la multitud, entusiasmada, manifestó ruidosamente su aprobación con el grito ¡Deus le volt! ¡Dios lo quiere!
         San Pablo camino Damasco iba con plenos poderes para perseguir y apresar a los cristianos. En el retiro anterior recordamos cómo fue su proceso de conversión: de eximio perseguidor a católicos a fidelísimo seguidor de Cristo. Todo ello en virtud de  la gracia que lo derriba del caballo. Pero más bien, lo derriba de donde el se había encumbrado. En nuestra Patria utilizamos de manera peyorativa  el término “trepador” para designar aquella persona que avanza en posiciones y situaciones más que por méritos personales a costa de postergar los méritos ajenos a cualquier costa. El Apóstol de los Gentiles antes de convertirse a Cristo,   estaba totalmente lleno de sí mismo, por lo que Dios no cabía en su corazón, porque simplemente no había espacio para El.
        ¿Qué quieres que yo haga Señor?  ¡Qué quieres! Delante del Señor preguntemos claramente.

 La disponibilidad de Cristo:
          Jesús no sólo es ejemplo de disponibilidad sino a la vez es la fuente de la gracia necesaria para obtenerla. Nuestro Señor se entregó totalmente por nosotros: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a si mismo en rescate por muchos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Timoteo II, 5-6). El no se preguntó por que tengo qué hacerlo yo, ni delegó su responsabilidad en que otro lo haga, o adujo no tener tiempo.

          1. La disponibilidad de Cristo era radical: no admitía vaguedades. Si es si y no es no, es algo tan obvio pero tan arduo de entender e implementar en la vida cotidiana. No hay condiciones ni excusas. Cristo respondió con plena disponibilidad al Padre porque el Padre Eterno no lo dejó a la deriva. La certeza de la unión con Dios fue el fundamento de la disponibilidad de Jesús, que implicaba: salir, moverse y dejar.
         Así lo leemos en la plegaria del Huerto de los Olivos. Allí se nos presenta un Jesús en medio de la tristeza, la angustia y la incertidumbre. ¡Pero sin perder su  Señorío divino y humano! Es el momento más crucial de su vida. Es la hora decisiva, ya no hay otro momento. Es inminente la hora del cumplimiento de la misión que su Padre Dios le había encargado. La voluntad de Dios está primero, antes que cualquier deseo personal.
          En todo momento Jesús se nos presenta como el gran disponible, abierto a todo lo que el Padre le pida: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió”. No sorprende que cuando la traición ya ha sido anunciada oraría expresando su deseo humano, sin que llegue a ser un impedimento al plan de Dios: “Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz, pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tu”. 

         2. La disponibilidad de Cristo era permanente:
         Sabiamente escribió san Bernardo que la caridad para ser verdadera debe ser ordenada. Por ello, la disponibilidad, que es un eco de la caridad, se debe encaminar primeramente hacia los que están a nuestro lado. Nuestro prójimo son los mas cercanos: familia, amigos, vecinos, cercanos, conocidos. Realidad preferencial pero no exclusiva pues nos debemos a todos cuantos nos requieran. Ninguno imagina a nuestro Señor a una persona: «No, mira, yo soy Galileo, tu eres samaritano, no te puedo atender. Seguramente en tu ciudad habrá alguien que te echará una mano». Eso es imposible. Entonces nosotros, que nos decimos seguidores de Cristo, ¿No tenemos que actuar de igual modo? E imitar la permanente disponibilidad de Jesús.

Max Jacob, converso

 

               

Jacob según Picasso
                               

La disponibilidad consiste en adecuar nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Y aquí esta la raíz de la santidad, para ello hay que pagar un precio y es el gran amor a Dios. El identificarse con Cristo disponible no nos hace perder la propia personalidad sino que por el contrario nos permite llevarla a su plenitud. Los santos, que son todos conversos a Jesucristo, se identificaron con El manteniendo su propio carácter. No hay ningún carácter que con la ayuda de la gracia de Dios no se pueda mejorar.

 

Tenemos el ejemplo del pintor y poeta, nacido en la Borgoña hacia 1901: Max Jacob. Nació en el seno de una familia semita, llevo una vida licenciosa junto a tres amigos, uno de los cuales era Picasso. Por las adoquinadas calles de la parte baja de Montmartre, deambulaban más de noche que de día. Ello hasta que un día en la pared de su habitación contemplo la imagen de Jesucristo.  

Fue tal la impresión, que al despuntar el alba corrió al Santuario del Corazón de Jesús ubicado a pocas cuadras de su hogar, y pidió ser bautizado. Su petición fue aceptada con la salvedad que aquello que profesaba en el Credo debería hacer el esfuerzo por vivirlo cotidianamente durante un tiempo, por lo que pasados unos meses fue incorporado a las aguas bautismales, oficiando como padrino su amigo y reconocido pintor parisino.  

Compuso unas hermosas letanías en honor a la Virgen, y vivió junto a un monasterio benedictino hasta que en medio de la segunda gran guerra fue detenido. Su cuerpo fue encontrado teniendo en el bolsillo un Santo Rosario. El haber visto a Cristo un día hizo cambiar para siempre a Max Jacob.

Santa Edith Stein

         La experiencia de conversión es común a los santos. Así sucede con otra hija de Sión, la reconocida filósofa Teresa Benedicta de la Cruz, en vida llamada Edith Stein. Nos reservamos la opinión que tenia nuestro recordado Capellán Enrique Pascal García Huidobro sobre las mujeres que se dedicaban a la filosofía… ¡Que decir de lo afirmado por las universitarias del reconocido historiador Retamal Faverau…Lo cierto es que nuestra Santa citada era brillante. Judía de pura cepa nació el día de Yon Kipour de 1891.

 

Inmersa en el campo de la fenomenologia, en el año 1921, tras la muerte de un muy cercano amigo, Edith decide acompañar a la viuda, pensando que se iba a encontrar con una mujer totalmente desconsolada ante la perdida de su esposo tan querido. La muerte le causaba siempre un impacto interior muy grande, porque le hacia sentir la urgencia de dar respuesta a los grandes interrogantes de la vida.
Teresa Benedicta de la Cruz
 En este momento de su vida, ya vivía interiormente una cierta kenosis, pues había experimentado el vacío de las aspiraciones de sus ideas filosóficas. Estas no eran capaces de llenar su alma, ni de calmar su deseo de una verdad mas profunda, mas completa. Reconocía que en ellas quedaban grandes vacíos y lagunas. Ella buscaba más. Fue por tanto de gran impacto para ella, encontrar que su amiga, no sólo no estaba desconsolada, sino que tenía una gran paz y una gran fe en Dios. Viéndola, Stein deseaba conocer la fuente de esa paz y de esa fe.   

Mientras estaba en casa de la viuda, Edith tiene acceso a leer la biografía de quien pasaría a ser su maestra de vida interior, Santa Teresa de Jesús. Paso una noche entera leyendo un libro hasta que lo termino. Intelectual y lógica como era, leía y analizaba cada página hasta que finalmente su raciocinio se sometió a la gracia haciéndola pronunciar aquellas palabras desde su corazón femenino: ¡Esta es la verdad! Ingresó como religiosa de clausura carmelita, hasta que,  luego de muchos padecimientos fue asesinada en agosto de 1942.

 

 

sábado, 7 de septiembre de 2013

FELIZ CUMPLEANOS SIEMPRE VIRGEN MARIA


   SOLEMNIDAD DE LA SANTISIMA  VIRGEN MARIA.

    “Puerta hacia la gracia y la verdad” (San Andrés de Creta).
Habiendo meditado diariamente en la Santa Novena sobre las virtudes con que Dios adorno el corazón de su Madre, celebramos solemnemente la Solemnidad de la Natividad de la Virgen Santísima, que, junto al nacimiento de Cristo, y de San Juan Bautista, durante cada Ano Litúrgico nos hacer mirar el natalicio como una verdadera puerta hacia la gracia y la verdad.

Ya lo dice el poeta: “Hoy nace una clara estrella, tan divina y celestial, que con ser una estrella, es tal, que el mismo Sol nace de ella”. El hecho de celebrar el aniversario de la Natividad de la Madre de Dios implica honrar el misterio de salvación que encerraba aquella niña de Nazaret. En efecto, “Purísima debía ser la que diese origen en sus entrañas al Salvador del Mundo, Jesucristo”. Si bien la liturgia de la Iglesia a lo largo del Ano nos invita a honrar a la Virgen bajo diversas advocaciones y misterios, es evidente que no podría quedar fuera el recuerdo de su nacimiento. Lo mismo pasa en nuestros hogares: aunque hay muchos motivos para celebrar, como aniversarios, onomásticos, graduaciones,  es frecuente que el cumpleaños sea siempre el primero en ser recordado. 
 
 
En este sentido, resulta lógico que deseemos anualmente celebrar el propio nacimiento toda ver que Dios quiso que naciéramos, y porque nos llama a una vocación universal de santidad. Así sucede con la Virgen: ya que la llegada al mundo de la que fue constituida como Madre de Dios, indicaba el anuncio y anticipo de la redención obrada por Jesucristo. Libre de todo pecado, la Virgen nacía como llena gracia y santidad. Con la Natividad de María se aproximo la hora de la salvación. 

Si Dios quiso honrar a María como la propia Madre del Unigénito, entonces, cuanto mas como hijos en el Hijo deberemos hacerlo: María, la que no conocería en si misma ni la mas breve brisa de mal pensamiento, aquella cuya única debilidad seria desbordar en amor y atención hacia Dios y sus hijos bautizados, aquella que en el instante de su concepción era alzada como el Templo de la Santísima Trinidad, aquella que con el ramo de virtudes que fue revestida hace que la sombra del pecado se retire ante la llegada de su luz de su graciosa intercesión. 

En este Mes de Septiembre, que tradicionalmente encierra el mayor número de fiestas dedicadas en honor de la Virgen Santísima, recordamos como la Santa Biblia anunció la grandeza de su alma denominándola, en la antigüedad como “la toda bella”, “la elegida que es bella como la nieve del Líbano”, y finalmente, la comparo  como “la que avanza como un sol”.

 

sábado, 24 de agosto de 2013

Hambre de perfección en el mundo


 
         Prácticamente en los cuatro puntos cardinales surge al unísono el anhelo de una vida tan nueva como mejor de la que se tiene, lo cual no responde ni es  producto de una determinada estación climática que de suyo es diversa, ni dice relación con que la sociedad goce de determinados días de asueto. Se trata de algo mas hondo y extendido, pues incluso se verifican signos de natividad en culturas que son  mayoritariamente adversos a la fe pues profesan un credo distinto,  o que simplemente han prescindido de ella.
         El deseo de Dios no se detiene en las fronteras de la vida cristiana, porque es inherente –propio- de nuestra naturaleza. El hambre de Dios se puede ver en el rostro de tantos que famélicos en su vida espiritual, sólo tienen fuerzas para encauzar su nostálgica mirada a los escaparates que se llenan de luces y señales que anuncian el advenimiento de la Buena Nueva.
        ¿Qué quiere nuestro corazón? ¿Qué necesitamos realmente? En la tensión de ambas preguntas subyace finalmente la presencia de Dios que es el único capaz de elevar nuestra alma hacia la búsqueda de la virtud y perfección, a la vez que es capaz de dar respuesta y satisfacer las mayores y más urgentes necesidades en nuestra vida.
        Todos alguna vez hemos participado de un cumpleaños, en medio del cual, se coloca una piñata que el festejado debe romper con los ojos cubiertos. Los invitados hacen girar repetidas veces al cumpleañero, con el fin de desorientarlo lo más posible. Sólo entonces, comienza a dar golpes al aire, al vacío el festejado, que eventualmente, logra apuntarle por casualidad al objeto que custodia los anhelados dulces y sorpresas que los invitados con viveza y presteza  buscan apoderarse.
         Mucha gente al no escuchar a Dios está dando “palos al aire”: buscan con denuedo, incluso, con  sinceridad lo intentan, pero irrevocablemente terminan quedando vacíos en su interior. Entonces, a nadie le sorprenderá el hecho que la nostalgia sea una de las características de nuestro tiempo. 
          Los antiguos, buscaron la felicidad en el desenfreno y sólo experimentaron soledad; otros, por el camino del orden social impuesto mas para los demás que para si, terminaron  desapareciendo producto de luchas intestinas, debiendo beber la sabia amarga de la violencia fraticida. Pues, si la simple búsqueda de “ser feliz”,  de “pasarlo bien” no logran colmar al hombre, y por otra parte, la búsqueda del poder solo termina por ser en ocasiones con la posesión de una fantasía de lo que aparenta pero no es, entonces ¿Dónde buscar? ¿Hacia donde dirigir nuestros pasos?
         La Escritura en uno de sus salmos señala: ¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él? ¿Qué es el hombre para darle poder? Aquí nos detenemos. No podemos pasar de largo ante tan honda interrogante, porque tiene que ver con lo que somos y estamos llamados a ser. 
         Liberados nuestros cielos de la nube gris capitalina, aunque sin la pureza propia de amplio norte grande, podemos mirar hacia lo alto, cuando la inmensidad del cielo se devela por la luna y las estrellas ¿Y qué descubrimos? No otra cosa que el saberse como un simple grano de arena en la infinidad y en los espacios ilimitados que lo envuelven.
         Realmente, ante el concierto del universo cada uno puede repetir con el Salmista: “Lo coronaste de gloria y dignidad” (v. 6). Siempre resulta oportuno recordar que al momento de ser creados, hubo un Dios que, con la salvedad limitada de una analogía, “se detuvo” para pensar en nosotros, “en escribir” el genoma de nuestras circunstancias, hasta en los mas mínimos detalles que, como sabemos,  para Dios no existen porque todo lo sabe y mira desde su inmensidad.
Pero la inmensidad del cielo no solo habla de nuestro Dios, también elocuentemente lo hace de aquella frágil criatura a la cual no dudo en confiarle todo el universo para que pudiera conocerlo y sustentarse. 
        Por ello, en el Génesis cuando Dios creo al hombre y la mujer, sin error y para siempre en su naturaleza, le entrego los bienes creados para que les diese un nombre, no para actuar abusivamente de ella, sino para que en su Nombre Santo dominara la creación entera no para ser siervo de ella ni ella ser esclava de la ceguera antojadiza del hombre y la sociedad. 
         Dios nos entregó desde el inicio el poder de descubrir las realidades mas profundas de la creación con el fin de que la respetásemos y transformásemos por medio del trabajo bien hecho, convirtiéndola en fuente de belleza y de vida. Por cierto, que el citado salmo –atribuido al Rey David- nos invita a ser conscientes de nuestra grandeza y de nuestra responsabilidad ante la creación.
         Cuando escuchamos hablar del trabajo en nuestra vida, solemos circunscribirlo estrictamente a una labor fáctica, es decir, a algo que se puede empíricamente evaluar con criterios humanos, como el precio, la duración, la exclusividad. El hombre trabajador es colocado como parte de un engranaje que hace cosas. Hoy, por hoy se endiosa al hombre productivo, como ayer se hizo con el hombre novedoso.
         Mas, la inmensidad del oficio nuestro se fundamente en la capacidad de cumplir el proyecto que Dios ha trazado para nosotros: cumplir su voluntad nos lleva a vivir en libertad: “Dios nada nos quita, sino que todo nos da”, sentencia el actual Pontífice.
         Ama y haz lo que quieras: a la luz de la fe esta frase de San Agustín nos coloca de lleno en nuestra realidad de creyentes. Es necesario purificar nuestras intenciones permanentemente, pues con los avatares de cada jornada, suelen ir acumulándose en nuestra alma una serie de intereses que terminan, en ocasiones ahogando el primer amor, y secando la lozanía de la entrega. Queridos alcaldes; ambos en estos días, cumpliendo el dictamen de dado por una mayoría, han retomado las labores alcaldías. Ello es una oportunidad para renovar con mayores brios el deseo de servir a sus respectivas comunidades, las cuales desde este templo podemos contemplar. Más, solo será posible hacerlo bien si aman de verdad a quienes dirigen comunalmente. Es posible que otra persona puede hacer lo mismo que han hecho hasta ahora, pero ninguno podrá interpretar la bondad de Dios como El se los pide transmitir a los mas necesitados en este nuevo periodo. 
         Lo que vale cuesta: La ley del mínimo esfuerzo, tan extendida en nuestra Patria, incita a no invertir en lo que cuesta alcanzar, en retirarnos de una carrera porque agota nuestras fuerzas. La practica de una voluntad recia, y el seguimiento de un estilo de vida marcada por la búsquedas de los ideales, no son parte del curriculum que en las escuelas y hogares se enseñe, por el contrario, el endiosamiento de lo inmediato hace que la impaciencia se manifieste de muchas maneras. Mas, el premio es para quien persevera, la promesa de Cristo pasa por aceptar previamente a llevar parte de su cruz, sin tomar atajos de ilusiones. A este respecto recordaremos que “Si descartas el combate de los mártires, descartarás también sus coronas; si descartas sus suplicios, descartarás también su dicha” (San Ambrosio de Milán). Como autoridades durante el; ejercicio del cargo cuentan con el afecto, cercanía y reconocimiento de innumerables estamentos, lo cual hace bien y es bueno que así sea. Mas, deben estar preparados para cuando las puertas se traben, cuando los incondicionales callen, y cuando el Señor les conceda el merito espiritual de ser participes de parte de lo que El hizo por nosotros. Ambos serán bienaventurados, según enseña la bienaventuranza si con ello pueden “completar los sufrimientos de Cristo en la Cruz para bien de su cuerpo místico que es la Iglesia”, sentencia el Apóstol de los Gentiles. Hay que aferrarse a la Cruz, porque lo de mas está de  paso.
          Quien vive para servir, sirve para vivir: La autoria de esta frase es tan desconocida como la genealogía de Melquisedec. Mas, el fondo nos evidencia una enseñanza permanente de Cristo en orden al valor de servir: “El hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir”. No dudo en lavar y secar los pies de sus discípulos con el fin de decirles: “Lo que yo he hecho hacedlo también vosotros”. Quien sirve reina; quien sirve gobierna. Y, esto trae bondades no solo como parte del premio prometido por el Señor al final de nuestra vida, sino que nos hace participes anticipadamente de múltiples signos de su bondad. Por ello, los cuatro años venideros son sin lugar a dudas una real bendición que Dios les ha concedido, pues tienen muchas ocasiones para hacer bien el bien, recordando que el tiempo invertido en tantos afanes y necesidades de las familias de ambas ciudades es un tiempo prestado a Dios para que su Reino se inicie ya en nuestros días.
Amen.

jueves, 27 de junio de 2013

LA HISTORIA DE SALVACION, HISTORIA DE ENTREGA Y COMUNION


 
1. «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?» (San Mateo XIV, 12).
 
Siguiendo en esta espiral de coronación del tiempo pascual, en el cual cada domingo hemos ido colocando una gema festiva como engaste necesario, la liturgia nos invita en este día a dedicar este domingo a contemplar de manera preferencial la promesa cumplida por nuestro Señor en orden a permanecer permanentemente junto a nosotros hasta el final del tiempo por medio de la Santísima Eucaristía. 

Si bien hubo un día en semana santa donde celebramos la Institución de la Santa Misa, es en este día denominado del Corpus Christi donde veneramos especialmente a Jesús Sacramentado, el cual permanece en nuestros sagrarios día y noche, espera ser alimento que sana para los enfermos durante la administración de la Extremaunción y la recepción como viático de los enfermos, y muy especialmente, el Viernes Santo como alimento que fortalece a quienes en la hora de la Pasión le acompañan espiritualmente de pie junto a la Cruz. 

Jesús en la Hostia consagrada no sólo viene a nuestro encuentro en cada Santa Misa, sino que permanece misteriosa pero visiblemente en cada templo intercediendo por nosotros y esperando infructuosamente nuestra atención y visita cada día. 

En el texto de este día, el Evangelista San Marcos relata minuciosamente los diversos preparativos que Jesús pide para celebrar la Ultima Cena. Sabiendo todo lo que iba a padecer nuestro Señor es soberano de los acontecimientos. El guía con seguridad a sus Apóstoles. 

Desde aquel primer Jueves Santo, cada Misa que celebra un sacerdote en cualquier rincón de la tierra tiene un valor redentor. En la Misa no sólo "recordamos" la Pascua del Señor, sino que realmente "revivimos" los misterios santos de nuestra redención, por amor a nosotros. ¡Gracias a la Misa, nosotros podemos tener un verdadero anticipo de la Vida Eterna!  

Es por ello que nuestra Iglesia ha tenido en alta estima y veneración este don inestimable, pues en él se contiene, real y verdaderamente, la Persona misma del Señor, con su Cuerpo, su Sangre, y toda su alma y divinidad.  Mientras que en los demás sacramentos se encierra la gracia salifica de Cristo; en éste hallamos al mismo Cristo, autor de nuestra salvación. No solo una gracia mas y nueva recibimos sino que participamos realmente de la vida de Cristo, autor de toda gracia. 

Todo aquel que bien dispuesto comulga podría repetir al salir de cada Santa Misa: “Ya no soy yo el que vive es Cristo quien vive en mi”. ¿Cómo es posible que no cambie nuestra vida si estamos con Dios en nuestra alma?
                                                                                                                                           

2. «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Dios» (Éxodo XXIV, 7). 

Días antes de la institución de la Santa Eucaristía aquella ciudad de Jerusalén estaba alborotada por la llegada de Jesús y por el reconocimiento que los niños primero y la muchedumbre después hizo a Jesús: “Hossana al hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor”. Si entonces la multitud fue al encuentro de Cristo, ahora es el Señor quien viene, busca, encuentra y permanece con sus discípulos: Nadie quita sorpresivamente la vida a Cristo, sino que es El quien la ofrece como hostia sin mancha para el perdón de nuestros pecados. 

En ocasiones nos parece que los tiempos que vivimos son los mas difíciles para la practica de la fe y de una vida virtuosa, como si ser santo hoy tuviese muchas mas complicaciones que las que debieron superar los cristianos de la era apostólica y posterior. Grave error si consideramos que entonces era un grupo ínfimo en relación al resto de la población, y que carecían de todos los recursos, pues eran miembros en su gran mayoría de sectores que hoy señalaríamos como necesitados. Por otra parte, los perseguidores al unísono detestaban a los cristianos, culpándolos de todos los males. Mas, fue por la fuerza que recibían al comulgar que pudieron ser testigos de Cristo in illo tempore.

Sólo dos décadas después de la muerte y resurrección del Señor, el Apóstol San Pablo critica fuertemente la vida falsa de los conversos del puerto de Corinto, toda vez que cuando celebraban la cena del Señor hacían exactamente lo contrario a lo enseñado, porque “algunos comen primero su cena y así uno tiene hambre, el otro está borracho” (1Corintios XI, 20-22). Hermanos: El hecho de celebrar la Santa Misa como memorial de Jesús nos exhorta a asumir el proyecto de Jesús. Quiere decir asimilar sus acciones y sentimientos. Quiere decir imitar su vida compartida, puesta completamente al servicio de la vida de las almas mas necesitadas. 

Nuestra asistencia a la Misa no debe quedarse en el solo cumplimiento de un deber. Es cierto que es un precepto, pero es más que eso, es un vivo anhelo del alma de Cristo de donarse en cada celebración, reviviendo todo lo que padeció por nuestra salvación: 
Muchas veces comparamos la vida eucarística con el modo como el cuerpo requiere de alimento: El enfermo que no come se termina muriendo, y ello de modo semejante acontece con las potencialidades del alma: abstenerse de comulgar permanentemente ocasiona un inevitable debilitamiento. En realidad, en ocasiones y épocas de nuestra vida llevamos un catolicismo tísico, tuberculoso y anémico, que sólo transparenta no el rostro divino de Jesús sino una vergonzante y demacrada imagen de creyentes que no convence a nadie. De esto, los únicos culpables somos nosotros, no Cristo, ni su Evangelio ni la Iglesia por El fundada. Aquel que es “alimento que fortalece y quita los pecados” (Santo Tomas de Aquino), que podemos recibir hasta dos veces un mismo día en la Santa Misa, aquel que prácticamente a toda hora podemos acercarnos recibir, lo dejamos olvidado provocando no otra cosa que se añeje nuestra alma.                                                                                                                         

3. “La sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! ” (San Pablo a los Hebreos IX, 14).

Nunca será suficiente el esfuerzo por recalcar lo que acontece durante la celebración de la  Santa Misa en nuestros altares. Todos los antiguos sacrificios eran solo una figura del Sacrificio definitivo de la Nueva Alianza sellada con la Sangre de Cristo derramada en la Cruz. Durante la Última Cena, anticipando ya su muerte, Jesús ofrece su Cuerpo y Su Sangre bajo la apariencia de pan y vino. Por tanto, cada vez que celebramos la Santa Misa participamos del mismo sacrificio y recibimos Su Cuerpo y Su Sangre, que hacen  posible la unión entre Dios y los hombres.  Proclamamos “¡Este es el  Misterio de nuestra fe!” porque solo por medio de la fe conocemos esta verdad.   

La Santa Misa es la mayor expresión de nuestra fe. Debemos celebrarla con todo el corazón, preparándonos antes de comenzar. Bien lo saben los deportistas que en estos días se concentran tanto para el Campeonato Mundial de Futbol como para las Olimpiadas: solo pueden participar si se han preparado remota y mediatamente, es decir, porque se ejercitaron desde temprana edad y porque hacen una concentración exigente y solitaria previa a las competencias. Sólo así hay buenos resultados.  

De modo semejante pasa con nuestra piedad eucarística, no podemos improvisar nuestra participación en la Misa. Hay que asistir a la Eucaristía con el ánimo bien dispuesto, y sabiendo a lo que se va, por ello que puede ser muy eficaz el leer previamente los textos que para ese día corresponden.  

Luego, hay que estar atentos, procurando comprender lo que se dice y rezar: Hemos de asumir no sólo donde estamos sin o sobre todo ante quien estamos, y ello nos llevara a tener una disposición de respeto, silencio y debida atención escuchando y participando plenamente en las oraciones y cantos.  Entendemos: No somos espectadores sino actores. 

En ocasiones, quizás nos privaremos de comulgar sacramentalmente por diversas razones: por no tener la edad ni preparación suficiente, por estimar oportuno diferir el acto de comulgar para previamente confesarnos, porque en conciencia no encontrarnos en  disposición espiritual para hacerlo, por haber llegado atrasados a la Misa, es decir después de que haya sido proclamado el Santo Evangelio, por no tener el periodo de ayuno que nos pide la Iglesia de abstenerse de comer una hora antes de comulgar, o por ya haber comulgado dos veces en un mismo día. En estos casos, puede ser oportuno que al terminar la Santa Misa hagamos una comunión espiritual donde reavivemos nuestro deseo por estar con Cristo permanentemente. De la misma manera, a lo largo del día, al pasar por un templo podemos hacer este acto de piedad eucarística como es la comunión espiritual o de deseo, que predispone a que llevemos una vida más según el querer de Dios. Querer estar con Cristo es colocar el acento en el amor incondicional del Señor, capaz de superar los olvidos, las ingratitudes, las traiciones. Recordemos con San Pablo que “Ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ninguna otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios  en Cristo Jesús” (Romanos VIII,39).                                                                                                                   

4. Dios esta aquí y nosotros en El. 

El hecho de celebrar hoy la Solemnidad del Corpus Christi nos invita finalmente a tener presente que la misa termina con un envío: a vivir lo recibido, a vivir lo contemplado, a vivir lo adorado. Unidos a Dios, que es amor, y habiendo comulgado sacramental y espiritualmente con Cristo, entonces viviremos el mandato de la caridad fraterna con urgencia y sin recortes, evitando confundir lo que es la caridad en Cristo con la solidaridad humana. 

-La caridad no entiende de límites, ante ella, todo ser humano tiene la puerta abierta. La solidaridad, por el contrario, en ocasiones puede ser utilizada como instrumento ideológico e ideologizante, es decir, como una pancarta de que divide y segrega. 

-La caridad apunta más allá de las personas, y nunca espera recompensa. La solidaridad, en algunos momentos, si no es agasajada y aplaudida, va decreciendo hasta desaparecer. La caridad es discreta, actúa mas que proclama, ama y no declama.

-La caridad viene de Dios, que es el surtidor inagotable del verdadero  amor. La solidaridad puede surgir espontáneamente pero morir allá donde nace. 

-La caridad es consecuencia del encuentro con Cristo. La solidaridad, a golpe de sentimiento, viene condicionada por una situación puntual y sin más perspectiva futura. La caridad no es ocasional ni responde a estímulos: se vive lo que se es.

Quien se ha encontrado con Dios, en el pan multiplicado, está llamado a ser caridad viva, caridad continua e incomprendida, pensamiento y palabras, con las manos abiertas y el corazón abierto.

Pero, también el Señor, tiene derecho a nuestra caridad. En este día del Corpus Christi le decimos que Él es la inspiración de muchas iniciativas de la Iglesia. Que, nuestros amores humanos, sirven de poco y se debilitan pronto cuando lo intentamos arrinconar y reducir a la esfera de lo privado. 

Hoy, como católicos, nos vestimos de gala por fuera para decir al mundo que, nuestra fiesta, es vivir con el Señor y en el Señor. Que nuestra vida, sin la Santa Misa, no sería la misma. Que nuestra opción por los más necesitados, y nuestra Iglesia es vanguardista como nadie en ese terreno,  no es por simple altruismo o solidaridad: nos urge y nos empuja el amor de Dios que, dentro de un sagrario, en un porta viático, o una custodia, nos invita a ser trampolines de amor, de justicia, y de paz verdadera.
Amen.