martes, 25 de marzo de 2014

¿CUMPLO POR ALGO O CUMPLO POR QUIEN? ESA ES LA CUESTION


Padre Jaime Herrera, primera comunión en Mantagua
 “Más o menos”
A inicios de la década del Ochenta, dos sacerdotes pamploneses llegaron para colaborar en la formación sacerdotal del Pontificio Seminario de Lo Vásquez. Pasado un tiempo, y con ocasión de su partida les consultaron respecto de cuál era la característica que más les sorprendía de los chilenos, a lo cual uno de ellos respondió con celeridad: la palabra “más o menos”. En todo la utilizáis. Cómo te fue en el colegio,  cómo está la comida, cómo me siento, cómo te ves, cómo funciona el vehículo. A todo parece haber una respuesta, que en el ámbito de los colores no es ni negro ni blanco sino gris, en parte para no comprometerse y tomar una opción definida por algo.

El más o menos, es como lo que hay entre bucear y volar, es decir…flotar. Quien hace lo primero: opta, debe esforzarse, no puede estar desatento. En cambio, flotar requiere simplemente de…estar. No hay creatividad, constancia, ni menos sacrificio. Y, esta manera de enfrentar la vida es característica de nuestra estirpe religiosa, en la cual el catolicismo se suele vivir  timoratamente, como deslavado y ajeno a opciones definidas.
No deja de llamar la atención que cuando en los ambientes sociales se habla de la identidad católica y con un dejo de sabiduría uno suele señalar, casi como excusándose: soy católico, pero no fanático. Y, luego se enumera todo lo que uno no está de acuerdo con la Iglesia y su doctrina santa.
Recientemente, con ocasión de la conmemoración del primer aniversario de la renuncia al ejercicio del pontificado de Su Santidad Benedicto XVI, se publicó una encuesta en la cual un porcentaje muy amplio de personas reconocían  las virtudes del sucesor, mencionando a la vez que en un porcentaje un poco menor que estaban de acuerdo a la regulación artificial de la natalidad, a temas como el divorcio, el aborto, las relaciones prematrimoniales, las uniones promiscuas de personas de igual sexo, la adopción de niños por personas homosexuales.
 Pero esta actitud no se detiene aquí, sino que avanza al campo de Credo mismo, cuestionando la existencia del infierno, del purgatorio, de la culpa como consecuencia de los pecados cometidos. ¡Todo parece ser relativo, menos lo relativo por supuesto!
Todo lo anterior, nos lleva a pensar que si uno le saca los ingredientes a un alimento éste pasa a ser otra cosa. Por ejemplo: La Coca Cola, de acuerdo a lo que encontramos en internet, contendría en su elaboración hojas de coca, nuez de cola, azúcar, aceite de naranja, limón y vainilla, y jarabe de maíz. Si uno le saca ingredientes y se queda con lo que es más dulce, va a quedarse con un puñado de azúcar,  pero no va a tener un vaso de Coca Cola. Si uno saca las partes del Credo Apostólico no va a tener una vida cristiana convencida sino que va a manifestar una fe deslavada, porque va a tener una fantasía religiosa de algo que parece pero no es.
Y, siguiendo con nuestro primer ejemplo, de aquel sacerdote oriundo de Madre Patria, el segundo aspecto que le sorprendía era de comer “jurel tipo salmón”, es decir, le vendo algo que parece salmón pero es jurel.  
Cuando afirmamos ser católicos a nuestra manera, esto lo hacemos para que por medio del adjetivo  recortemos aquello que nos es molesto, que nos pide un mayor esfuerzo, que nos invita a dar el primer paso.
“Hecha la ley, hecha la pillería”.
Pero hay una segunda frase: “hecha la ley, hecha la pillería”. Es decir, si se puede pasar a llevar la ley, si se puede sacer una pingüe ganancia, si se puede no cumplir lo que se exige: basta el letrero que diga no pasar, para que procuremos ir a ver por qué no se puede pasar, basta que se nos diga no conduzca a más de esta velocidad para que andemos más rápido. ¿De qué país es la persona que esta semana rayó por primea vez la Torre Eiffel? Lo imaginamos y acertamos: de Chile. El texto breve: “S y Mary Chile 2013”.  ¿De qué país es el que pintó no spray las milenarias piedras del Cuzco? De Chile. Hay un sustrato que hace que mañosamente se trate de ir por la vida, dando lo mismo si acaso es un empresario que evade los impuestos que corresponden, como si es el vecino que para obtener una rebaja no exige su boleta. En la vida religiosa acontece de modo semejante.
Andar por la vida buscando evadir lo que está mandado, derechamente procurando hacer trampa,  saltarse la fila y corriendo las cercas,  es consecuencia y claro síntoma de una vida espiritual que avanza por la mediocridad, por ello,  en vez de procurar ser cada vez más perfecto se opta por avanzar a paso lento, que hace detenerse a cada instante buscando, como un mal estudiante, procurar el mayor número de recreos y el menor de clases.
Por cualquier medio, más que procurar hacer un esfuerzo mayor por cumplir lo que se debe y Dios nos pide, se urden todos los caminos posibles para evitar terminar haciendo lo que está mandado, de tal manera que inevitablemente se termina derivando  por la espiral de la tibieza espiritual.
“La ley del mínimo esfuerzo”.
Por múltiples razones, que incluso un célebre historiador no ha dejado pasar en alto como es que no hubo Edad Media en Chile, a causa dirán otros de una manera de ser donde la figura materna es tremendamente relevante y por lo tanto proclive a sobreproteger a sus descendientes, o a causa de no haber tenido en el último siglo conflictos armados que suelen marcar a varias generaciones con el estigma de  la pobreza, la religiosidad en nuestra Patria no es dada a asumir fácilmente y con presteza el sacrificio. Por ello, tenemos la tentación de aplicar la ley del mínimo esfuerzo para todo ámbito de cosas.
“Soy católico a mi manera”.
Todo lo anterior se resume en una frase muy característica nuestra: Ser católico a mi manera. El Santo Evangelio de este día termina con una sentencia: “Tu si sea si y tu no sea no”. Nada de “medias tintas”, porque el amor de Dios no nos ha sido dado ni a regañadientes ni con mezquindad, por el contrario es gratuito, generoso, eterno. Para el hombre es difícil poder describirlo porque todo le es limitado por lo que los sentidos y su conocimiento le señalan, en cambio, el amor de Dios es el Dios del amor.
No algo sino alguien que ama, y en su caso es Dios mismo, por lo que las categorías humanas sólo pueden describirlo análogamente de manera limitada. Así, lo hace San Patricio de Irlanda en el Siglo IV: “Me envuelvo en el día de hoy y ato a mí la fuerza de Dios para orientarme. El poder de Dios para sostenerme, la sabiduría de Dios para guiarme, el ojo de Dios para prevenirme, el oído de Dios para escucharme, la palabra de Dios para apoyarme, la mano de Dios para defenderme, el camino de dios para recibir mis pasos, el escudo de Dios para protegerme, los ejércitos de Dios para darme seguridad contra las trampas de los demonios, contra las tentaciones de los vicios, contra todos aquellos que desean el mal, de lejos o de cerca, estando yo solo o en multitud”.
Una de los grandes desafíos es definir sintéticamente realidades que de suyo son complejas. Así, si alguien nos dice ¿Qué es la liturgia? Responderemos: lo que la Iglesia cree, es lo que la Iglesia celebra. En consecuencia, la Sagrada liturgia es la celebración de la fe. Y, en ella, por medio de las oraciones, de los silencios, de los gestos y de los cantos se expresa lo que uno tributa a Dios y lo que Él quiere recibir de su Iglesia.
 Entonces, al cantar reconocemos a Dios, y alabamos el amor que nos tiene. Uno de estos himnos, entonado las más de las veces por los pequeños dice: “El amor del Señor es maravilloso, ¡Grande es el amor de Dios! Tan alto que no puede estar arriba de Él, tan bajo que no puede estar debajo de Él; tan ancho que no puede estar afuera de El ¡Grande es el amor de Dios!”.
El testimonio de los Santos y la vida litúrgica de la Iglesia, son un aval importante al momento en el cual nosotros podamos ahondar en el misterio que implica el Amor de Dios. Si bien siempre resulta sorprendente, en el sentido que va más allá de lo que imaginamos, y que en ocasiones puede “encandilarnos” por su magnificencia, en todo momento hemos de estar conscientes que es un amor que “acompaña” en la adversidad, que no se detiene en un sentimentalismo ávido de exteriorización, sino que “apaña”, es decir cobija porque sale al encuentro de quien lo requiere y busca, a veces no plenamente consiente…es que, en ocasiones, “el corazón tiene razones que la razón desconoce”.
Si el hombre es por esencia definible como un Dei Capax entonces, de modo semejante diremos que Dios, que es todo, ha sido capaz de hacerse verdaderamente hombre sin dejar de ser Dios a causa de su inmenso amor.
La Santa Biblia en cada página habla de Dios, quien ha querido darse a conocer no sólo como quien ama mucho, sino como Aquel que “es amor” (1 San Juan IV). Tanto amó Dios al mundo que envió a su Hijo para que el hombre pudiese estar apto para el cielo, para lo cual ya en este mundo –en el tiempo presente- obrase en consecuencia, haciendo de su vida de apostolado un camino creíble como creyente.
En efecto, en el ámbito de la evangelización ninguna acción, ninguna intención, ninguna emoción, podrá anteceder el imperativo de amar. Vacía sería una actividad, estéril aquel propósito y hueco aquel sentimiento si no nace del amor de Dios, si no avanza por el amor de Dios y si no tiene el amor de Dios como destino final.
Es el Apóstol San Pablo, quien nos refiere tan precisamente la grandeza del amor de Dios en una de sus cartas. El mismo de autodefine como “testigo del amor de Dios”, por ello nos recuerda que “la caridad de Cristo nos urge” (2 Corintios V,14), es decir, una vez que se ha conocido del amor de Dios es imposible desentenderse gratuitamente de Él, de tal manera que cada actitud, cada pensamiento y deseo no sea sino la búsqueda de contagiar de la certeza, de la verdadera alegría, de saberse amados por un Dios que se hizo semejante para que semejantes de El fuese cada uno desde la condición de hijos en el Hijo.
Nuestra mirada se vuelca hacia la Santísima Virgen. Como ninguno se supo destinataria y custodia del amor de Dios, que es el único capaz de mover la voluntad y la inteligencia en orden a cumplir en espíritu y letra todo lo que Dios nos pide. Por esto, a Ella se le aplican con propiedad las palabras de San Agustín referido a cómo el apóstol manifiesta su amor a Dios cumpliendo su voluntad: Dilige, et quod vis fac ¡Ama y haz lo que quieras! (Homilía VII, párrafo 8 de Cartas de San Juan)
Jaime Herrera G, párroco Nuestra Señora de Puerto Claro, Valparaíso, Chile

 

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miércoles, 12 de febrero de 2014

Apóstoles creyentes y creíbles


 SERMÓN DEL QUINTO  DOMINGO / TIEMPO ORDINARIO / CICLO “A”.

 
No deja de sorprendernos el Señor, al invitarnos en medio del tiempo estival, en el cual un número no menor de creyentes hacen uso de sus merecidas vacaciones, a meditar sobre nuestra condición de apóstoles. Así lo hemos venido haciendo a lo largo de estas últimas semanas, tal como aconteció  el domingo anterior cuando comenzamos a conocer el primer discurso del Señor dado en lo alto de una montaña. Esa fue una invitación a la santidad, a ser perfectos, sin falsas dilaciones, sin recortes ni mutilaciones a las exigencias, y sin componendas con los criterios que el secularismo no deja de ofrecer.
Para ello, Jesús utiliza el ejemplo de la vida cotidiana. Dos elementos que en toda circunstancia nos son útiles: la luz y la sal. Cuando niños todos tuvimos algún pequeño accidente, y ante la ausencia de mayores medios para cauterizar  una herida no faltaba quien solía proponer que colocasen sal en nuestra sangrante herida, porque poseía características cicatrizantes. En realidad, ignoro si a causa de virtudes  especiales de la sal o del temor a que repitieran el remedio, nuestras heridas sanaban prodigiosamente. De la misma manera, un antiguo dicho inglés nos recuerda que “Allí donde entra sol no entran los médicos”, quizás atribuyendo al sol características terapéuticas especiales, de la cual, incluso el profeta Isaías, hace mención en la primera lectura: “Entonces, brotará tu luz como aurora y tu herida se curará rápidamente” (LVIII, 8).
Careciendo de las posibilidades nuestras de ir al supermercado y adquirir una bolsa con sal, en aquellos años, el salero del pueblo dejaba los trozos rocosos de sal en un lugar visible, para que cada uno sacase según sus necesidades, más pasados los días y semanas quedaban olvidados aquellos trozos que habiendo perdido el gusto original no presentaban –ahora- utilidad alguna. Por eso dijo Jesús: “Si la sal se desvirtúa ¿Con qué se la salará? Ya no sire sino para ser tirada afuera y ser pisada por los hombres” (San Mateo V, 13).
Si esto lo aplicamos a nuestro apostolado comprenderemos que el primer requerimiento es tener claro que hay que ser santos. Es decir, previo a  hacer cosas, a buscar novedades, a hacer pastorales y organigramas, o incluso al hecho de ir a misiones y dictar catecismos, aquello sería un mensaje vacío, una aventura fantasiosa, si acaso no va precedida necesariamente de una conversión interior, y de la búsqueda sincera por llevar una vida de acuerdo a lo que Dios me pide en las Escrituras, y a lo que no deja de pedirme  por medio de su Iglesia en su Magisterio perenne. Nunca debemos olvidar que el alma del apostolado es –realmente- el apostolado del alma, por lo que lo primero es cultivar una vida santa, virtuosa, en la cual la dedicación por procurar ser cada día mejor hijo de Dios y de su Iglesia, sea el imperativo en nuestras intenciones, palabras y acciones. Sólo así, como dice la primera lectura “lo oscuro será como el mediodía”.
Qué implica ser santos en nuestro tiempo. Básicamente, dar a Dios el lugar de primacía en todo, asumiendo que el camino del Evangelio es arduo y exigente, que requiere de generosidad y entrega irrestricta, procurando alcanzar los ideales de virtud y perfección a los cuales nuestro Señor y nuestra Iglesia no dejan de exhortarnos.
A las bienaventuranzas que conocimos el domingo pasado y que nos enseña San Mateo, podemos añadir aquellas señales que nos da el profeta Isaías, y que la Iglesia nos enseña en el Catecismo como las obras de misericordia  primero espirituales y luego corporales: “Dar pan al hambriento, acoger en nuestro hogar a quien carece de uno, vestir al desnudo y permanecer cercanos de los desconocidos, si no apuntas con el dedo, y si no hablas maldad”. Si uno cumple con esto, dice luego la Escritura: “la gloria del Señor te seguirá” (Isaías LVIII, 8), es decir, será una persona que avanza por la vida santamente.
En primer lugar, en general,  cuando la Santa Biblia nos habla de dar algo no se refiere estrictamente y de modo exclusivo a algo material, sino que apunta a algo mayor cual es la capacidad de oblación que se tenga y que incluye desprenderse de lo propio en beneficio del prójimo, sea este conocido o desconocido. Así leímos en el Salmo CXII, 9: “Con largueza da a los pobres y su frente se levanta con honor”.
No cuesta dar desde el bolsillo de los demás, especialmente cuando cedemos a la tentación centrar nuestra generosidad en aquellas organizaciones que esquematizan la caridad fraterna, haciéndola muchas veces impersonal y genérica. Ello está bien, y hace muy bien, siempre y cuando no sustituya lo que cada uno debe dar de lo propio, al modo como San Alberto Hurtado nos enseñó: “hasta que duela”. Nuestra caridad debe alejarse de ser una moda, no debe caer en la facilidad de ser un entretenido pasatiempo, debe ser tan sigilosa como silenciosa “no sabiendo la mano izquierda de lo que hace la mano derecha”. Evitemos la publicidad de nuestras caridades, pues el uso de poleras, pulseras, y casacas publicitarias cautivan las miradas de este mundo pero no siempre la mirada de Dios.
En segundo lugar, acoger implica recibir: No nos involucra en demasía crear instancias para que otros reciban a quienes, en ocasiones deambulan por las “periferias existenciales”. Nuestros corazones y en consecuencia nuestros hogares y comunidades deben estar siempre dispuestos a recibir a quien Dios ha puesto en nuestro caminar. Más que un peregrino que eventualmente encuentra acogida en nuestros hogares, somos nosotros los llamados a ser peregrinos en busca de ese  Cristo que viene y nos dice como a Zaqueo: “Hoy estaré en tu casa”. Hace un tiempo una fábrica de cerdos fue expulsada de una ciudad nortina por insalubre, pues bien, en ocasiones, los enfermos de Sida, los enfermos, los ex reclusos, los penales o centros de detención, los centros de rehabilitación, suelen tener igual destino, quedando relegados a lugares inhóspitos. ¿Cómo en un país con tres tercios de cristianos se pueden dar un trato tan inhumano a quienes golpean nuestros hogares, barrios y ciudades?
En tercer lugar, “Si no apuntas con el dedo y no hablas con maldad”: Esta tercera exigencia para la alcanzar la bienaventuranza veterotestamentaria nos recuerda una exigencia casi permanente en la predicación pública de Jesús. De hecho, nos dijo: “Así como midáis, seréis medidos”, “no juzguéis y no seréis juzgados”, en tanto que en la plegaria maestra nos dice: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Todo lo cual hace mención a una realidad: evitar emitir los juicios temerarios, porque  debemos tener presente que al fin de nuestros días de todo seremos juzgados: de lo que hayamos hecho, de lo que hubiésemos omitido, de las intenciones sumergidas en nuestra alma.
Quienes están a nuestro alrededor solo pueden juzgar de lo que ven, Dios –además- nos evaluará de las intenciones. Gráficamente nos dice la Santa Biblia este día: “¡No indicar con el dedo!”. No sólo por ser esta acción una mala educación que nuestros padres procuraron desterrar, sino porque olvidamos que cuando indicamos acusativamente a terceros con un dedo, hay otros tres que nos indican a nosotros, los cuales señalan que muchas veces,  tras lo que se enrostra a otros,  hay faltas que uno tiene ocultas. Por ello, es mejor no juzgar, para que Dios sea más misericordioso con nosotros.
En cuarto lugar, “vestir al desnudo”: Implica no solo ser generosos con nuestras vestimentas. No olvidemos que antaño, no muchas décadas atrás, era habitual que la ropa  de los hermanos mayores quedaba para los hermanos menores, cosa que para quienes éramos el último de los nacidos de una familia no nos hacía mucha gracia pero era asumido como lo que correspondía.  Hoy, a causa del individualismo  -prácticamente- la ropa no se hereda, no se valora en general usar la ropa que otros han usado, más  aun si el valor de éstas ha disminuido ostensiblemente. “Vestir al desnudo” implica,  además, una acto virtuoso que se llama pudor, el cual consiste en procurar vestir decorosamente en toda circunstancia, pues tratándose de una virtud,  ésta tiene vigencia en todo ámbito de nuestra vida, de tal manera que el exhibicionismo constituye un pecado porque invita a la tentación. El pudor implica reservar para un ámbito privado y conyugal aquellas realidades que Dios hizo con una finalidad determinada. Por esto, desde la más tierna infancia las niñas y adolescentes deben ser educadas en el pudor al momento de vestir. Quien hoy ve como gracioso que una niñita parezca vestida como una joven no ha lamentarse que en el futuro, cuando realmente sea joven tenga una alma envejecida de tanto desenfreno. ¡Cómo te ven te tratan!
Ser “sal de la tierra” implica que asumamos el desafío de dar verdadero sabor a la vida que Dios nos ha regalado, de la cual no somos dueños absolutos sino meros administradores que daremos cuenta de lo todo lo que hubiésemos hecho. Recordemos, para ser buenos se requiere de una vida de permanente búsqueda de la virtud, en tanto que para perder la virtud basta un solo acto de maldad o negligencia que eventualmente nos coloca en grave riesgo de condenación eterna. Ser “sal de la tierra” es tarea de todos los días.

domingo, 9 de febrero de 2014

LA VERDADERA VEJEZ ES LA SABIDURÍA


 MISA  EXEQUIAL   DE DOÑA  OLGA  MACHIAVELLO  DE  LÜRHS.

Hace algún tiempo, impusimos el óleo de los enfermos sobre doña Olga Machiavello de Lurhs. Estaba cercana a cumplir un siglo de vida, y aunque su salud era delicada, el Señor le permitió superar el centenario, cosa que para muchos nos parece una fecha tan lejana. Son años que en ocasiones nos cuesta vislumbrar en su real dimensión. Bástenos recordar que por esos días Edison hacía sus pruebas iniciales del cine sonoro en la cosmopolita ciudad de Nueva York. Nuestra Teresa de los Andes tenía solo cuatro años de edad, la beata Laura Vicuña Pino aún no nacía, y San Alberto Hurtado recién aprendía a caminar pues tenía dos años.
Esto último no es un ejemplo sacado al azar, sino que nos coloca de inmediato en una realidad fundamental en esta hora: Desde que nacemos estamos llamados a la Santidad, tal como dice el Evangelio: “Esta es la voluntad de mi Padre, que seáis perfectos”. Una santidad con mayúscula, que no admita recortes ni mutilaciones para hacer una religiosidad a la medida de cada uno sino que en todo momento tienda a la medida de Dios.
Pues, ¿Por qué hemos venido a este lugar de oración? ¿Qué hace necesario que al momento de la partida de nuestros seres queridos nos reunamos como creyentes? Indudablemente es algo que está más allá de nuestra simple iniciativa, y aún más, del simple parecer común de todos. ¡Es por iniciativa de Dios que estamos aquí! ¡Dios lo quiere! ¡Dios nos ha invitado!
En efecto, si Dios nos invita a ser santos nos concede a cada uno las gracias necesarias para, desde el estado de cada uno, llevar una vida meritoria con la salvedad que su bendición no es un acto de impulso que luego se desentiende de nosotros, sino que su gracia se encuentra al inicio, durante y al término de cada acto meritorio. Las bendiciones de Dios no son un simple acto sobrenatural que produzca asombro, sino que apuntan a convertirnos para crecer y vivir en fe. 
Cada gracia que Dios nos concede más que tender a motivarnos apunta a conducirnos a una nueva manera de vivir, produciendo un cambio que no sólo es cuantitativo sino estrictamente cualitativo. Desde el día de nuestro bautismo Dios puso su huella digital en cada uno, y cada día que pasa no responde a la lógica de una inercia inexorable que pasa sino y un asumir que no nos pertenecemos sino a la voluntad de Dios. ¡Él explica de dónde, por dónde y hacia dónde nos encaminamos! Pues, al ser Jesucristo más íntimo a nosotros que lo que nosotros mismos creemos conocernos, sabe el origen de nuestra existencia, de tal manera que antes de nacer “ya nos conocía y consagró”. ¡Y sabernos conocidos, nos da seguridad!
La identidad del bautizado se juega en cada instante de nuestra vida, pues si un acto meritorio nos acerca al cielo, una sola negligencia culposa nos puede privar de la bienaventuranza para siempre. De ahí la importancia de cuidar nuestra alma, de procurar proteger en todo momento nuestra salud espiritual, la cual no siempre cuidamos con tanto esmero como lo hacemos con nuestro cuerpo.
Las medicinas externas las compramos en una farmacia, las del alma no se venden ni se adquieren porque nos las ofrece Cristo por medio de su Iglesia: en la celebración de los sacramentos, la enseñanza segura y eficaz del Magisterio perenne de la Iglesia, y la vivencia honda de la caridad fraterna. Podrá faltarnos una tableta para sentirnos mejor pero nunca nos será negada, si así lo imploramos, la gracia necesaria del infinito stock del cielo.
La infinita misericordia de Dios nos permite estar seguros de poder contar con las gracias indispensables para salvarnos, por ello cuando San Pablo recuerda que no somos definitivos hijos de la tierra sino que estamos llamados a ser “ciudadanos del cielo”, apunta a abrir nuestro corazón  a la bondad de Dios cuyo único límite es que no tiene límite.
Más, San Pablo sabía muy bien cuáles son nuestras fortalezas y debilidades, porque lo experimento un día camino a la ciudad de Damasco, cuando el Señor Jesús se le apareció y dijo: “Saulo, Saulo, soy yo a quien tu persigues”. ¿Qué aconteció ese día?
Algo fundamental, el encuentro con el Señor sin dobleces ni dilaciones hizo que aquel que se esmeraba en ser perseguidor de cristianos pasase a ser, desde esa jornada, un fiel seguidor de Cristo. Y, hasta el último de sus días, aquel apóstol Pablo experimentó una realidad que describió claramente: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí”.
Pero, no nos engañemos. La búsqueda por alcanzar la santidad le hizo percibir aquella debilidad que no dudó en colocar en las manos del Señor, expresando: “El bien que quiero hacer no hago, y el mal que quiero evitar ese si hago”.  De algún modo, es parte de la vida de cada bautizado. La búsqueda de la perfección no se hace sin vencimiento personal, y no existe ningún  atajo que nos conduzca de manera segura hacia Dios, que deje al margen la senda de la cruz. Por el contrario, en la medida que nos configuramos con la persona de Jesucristo, también en el calvario, podemos tener la seguridad de avanzar según el querer de Dios.
¡Quien niega la cruz niega al crucificado! De ahí, que los padecimientos que podemos eventualmente sufrir en este mundo, y en este tiempo de búsqueda y sed de trascendencia, asumidos y unidos a los de nuestro Señor, se transforman en la más fidedigna señalética para alcanzar la Bienaventuranza, no sólo plena en el Cielo  estando con Dios, sino de manera misteriosa, ya en este mundo, ofreciéndola por nuestra salvación y la del mundo entero.

Por esto, sabiamente nos enseñaba la gran Madre Teresa de Calcuta: “Cuando un hombre sufre no es alguien a quien Dios olvidó sino alguien en quien Dios habló”. Más, es importante recordar que este modo de hablar que Dios tiene sólo puede ser descifrado y escuchado a la luz de la fe, puesto que, para el mundo secularizado, la cruz o es necedad o es locura.  
Por este camino, los seres queridos de nuestra hermana avanzaron durante el tiempo de la enfermedad, de manera especial, su hijo único a quien habitualmente le veíamos transitar por nuestras calles para ir a visitarla. 
Con aquella piedad que nace del amor reverencial hacia nuestros padres, y que Dios agregó una promesa: “Honrarás a tu padre y a tu madre, y vivirás largos años”, respondió al amor maternal, con la delicadeza, atención y generosidad, todo lo cual resultaría un verdadero bálsamo para el alma de nuestra hermana en medio de sus dolencias. No nos cansaremos de repetir ante la creciente realidad del aumento de la tasa de sobrevida que “amor con amor se paga”.
A esta hora, bien podemos preguntarnos con cuánta ternura mirará nuestra Madre Santísima los desvelos de los hijos hacia sus padres, si acaso en cada uno de esos gestos, de esas palabras, de esas visitas, de eso silencios, de esas plegarias, de esos sacrificios, una vez más, desde el cielo,  contempla como revividos los múltiples actos de cariño filial que pródigamente le entregó un día su Hijo y Dios, unos días en Belén, treinta años en Nazaret y finalmente tres horas en Jerusalén.
En Oriente, en tiempos de Jesús, era reconocida la valoración a los ancianos, de hecho el vocablo hebreo “zinequim” designaba a la vez a la persona de edad avanzada como a quienes en virtud de su prudencia, experiencia y sabiduría ocupaban un cargo de responsabilidad en la sociedad. Por cierto, ayer como hoy las Sagradas Escrituras ven reflejado  en la ancianidad el espíritu de Dios y el Dios del espíritu.
De modo especial, la transmisión de la fe nos llega por la vivencia en el tiempo de quienes la han tenido: Así,  como un fuego enciende otros fuegos, un creyente ha de hacerlo con quienes están también llamados a creer un día. Y, quién podría negar el hecho que es en la ancianidad donde se cumple lo proclamado por San Gregorio Magno: “La verdadera vejez es la sabiduría”. En efecto, debemos valorar la tercera y cuarta edad como una fuente de gracia y virtud en la cual Dios habla hoy al mundo, por lo cual lejos de marginar aquellas voces hemos -más bien- de darles una creciente y debida atención, tanto a nivel personal, familiar y social.
Con su sabiduría llena de fe, San Juan Pablo II, quizás recordando su propia experiencia de fe, de la mano de su madre Emilia Kaczorowska de Wojtyla, al momento de hablar de nuestros mayores dijo: “¡Cuántos niños han hallado comprensión y amor en los ojos, palabras y  caricias de los ancianos!” (Familiaris Consortio, n. 27). Que el alma de nuestra hermana Olga descanse en paz. Amen.

 

jueves, 26 de diciembre de 2013

HOMILIA DEL DIA DE LA NATIVIDAD DEL SENOR


EL  CORAZON   DE  CRISTO  EN  EL   ESTABLO  DE  BELEN
 

Con una actualidad  sorprendente, la primera lectura tomada del profeta Isaías nos relata como vivían los creyentes en aquel tiempo: “El pueblo que andaba en tinieblas”, “Los que vivían en tierra de sombras”, “El yugo les pesaba”, todo lo cual nos indica un estado que humanamente parecía imposible de ser superado.  

Las iniciativas hechas con palabras, es decir los acuerdos verbales y escritos,  las inventivas de conflictos que hicieron el inicial pueblo de Dios, condujeron a que aquellos quienes desde antiguo fueron creados a “imagen y semejanza” de Dios, que ese Creador le invito a ser una verdadera huella viva de su ser, procurando recrear su grandeza, su bondad, su amor, su cercanía, su eternidad, y poder  por medio de las acciones diarias.

Sabemos que desde el comienzo ese proyecto de Dios fue cuestionado por quienes mancillaron su condición angelical y dijeron llenos de envidia: “No serviremos” y además, el dramático relato de la caída voluntaria de nuestros primeros padres que afirmaron con sus actos el orgullo inmerso en sus corazones:” No obedeceremos”. 

Una sociedad que no sirve y no obedece no puede tener otro fin aquel que aquel que debieron asumir aquellas grandes ciudades de la antigüedad descritas por la Santa Biblia:  

Sodoma y Gomorra,  de las cuales el profeta Ezequiel indico claramente que el motivo de la molestia de Dios fue “la maldad de tu hermana Sodoma: soberbia, saciedad de pan –en hebreo implica hasta devolver el alimento ingerido-, abundancia de ociosidad, no tender la mano al afligido y al mendigo. Y se llenaron de soberbia y abominaron mi ley” (Ezequiel XVI, 49-50),   

Babilonia: junto a Jerusalén las únicas que subsisten actualmente. Distante 110 kilómetros de Bagdag, fue reconstruida hace unas décadas, para retomar su carácter de centro político, religioso y cultural, pero –nuevamente- a causa de la violencia se corroboro la profecía de Isaías: “y será Babilonia montones de ruinas, morada de chacales, espanto y burla, sin morador” (XXI, 9).

Jericó, la ciudad mas antigua de la tierra, de la cual dice San Pablo que “por la fe cayeron los muros de Jericó después que fueron rodeados por siete días” (Hebreos XI, 30).  

Jerusalén, cosmopolita capital religiosa de Israel, cuya  destrucción fue anunciada por el mismo Cristo, hecho que aconteció cuatro décadas después de la Ascensión del Señor, y que fue relatado por Flavio Josefo quien aseguro con crudeza sin par que luego del asedio: “no hubo nadie mas a quien eliminar ni nada mas que saquear o destruir”.

De algún modo, nuestra ciudad refleja  lo que hay en nuestros corazones, a la vez que es un eco de nuestras carencias: “No servir” y “no obedecer” tiene consecuencias, tanto a nivel personal como comunitario. De algún modo el hecho que el hombre crea tener el mundo al alcance de su mano, le hace sentir una falsa autonomía que le lleva a conductas individualistas, en ocasiones agresivas y hasta violentas para imponer sus gustos y opciones, porque estando lleno de si mismo costrifica su alma y la cierra a la acción de la misericordia y de la gracia de Dios. 

Cuando en el Evangelio leemos que en Belén no hubo lugar para Jesús, porque estaba todo ocupado, constatamos que en nuestros días los múltiples afanes, las programaciones hechas , los resultados esperados, las metas por lograr, hacen que hasta lo mas simple como es dedicar tiempo para Dios, nos resulte muchas veces, imposible de obtener. No damos tiempo a Jesús porque estamos satisfechos y llenos de nosotros mismos.


¿Qué significa celebrar la Navidad sino la acción de abrir las puertas de nuestro corazón al Redentor que nace hoy? 

La humildad de Dios,  creador del universo y para quien la frontera de lo imposible no existe,  quiso tener la simpleza de golpear las puertas de una ciudad, por si acaso al menos en una casa había lugar para El y los suyos. De la misma manera, con la fragilidad de un recién nacido, con la indigencia de Aquel que entre hierba seca  tiene como cuna, y que solo esta cubierto con la simpleza de unos pañales, nuevamente golpea nuestros corazones. ¿Para qué? ¿Cuál es el deseo que subyace en el Corazón de Cristo en Belén? 

La respuesta la encontramos descrita ampliamente en los relatos del Santo Evangelio. Desde su infancia a los doce años, al responder a sus preocupados padres,  en medio del templo, Jesús aseguró: “Debo preocuparme primero de las cosas de mi padre que está en los cielos”.   

La primacía de cumplir la voluntad de Dios, es un imperativo que no admite excepciones. En todo momento nuestra voluntad debe estar orientada a seguir los pasos que Dios nos ha trazado, los cuales no vienen a hurtar nuestra individualidad sino a garantizar nuestra plena realización. El camino de crecer como personas no puede hacerse al margen de Dios sino solo por medio de su auxilio que una y otra vez nos dice: “Ten animo, soy Yo, no temáis”. 

La presencia del recién nacido betlemita no vino a ser sólo parte de una época determinada de la historia, ni solo vino  a marcar un antes y después de la vida humana con  su nacimiento, sino que su advenimiento hoy viene a dar plenitud a los tiempos, por lo que su nacer hoy, implica temporalmente un ahora, de tal manera que su gracia esta en todo momento a nuestro alcance en tanto cuando le dejemos entrar en nuestra vida. Siempre en Navidad es bueno recordar que Jesús vino para quedarse: no es la visita gentil y educada que se hace por cumplir, no es la visita obligada hecha por conveniencia para obtener alguna prebenda. La visita del Niño Dios nace de su corazón misericordioso, que viene a tender su mano especialmente a los más debilitados.

En sus ojos cristalinos, luminosos y virginales, se podían ver los rostros de tantos que posteriormente, en las calles de Judea, Galilea y Palestina, se verían beneficiados por su poder milagroso que les invitaba a creer en todo momento: el ciego Bartimeo que clamaba: “Señor, haz que vea”(San Marcos X,46-52); los diez leprosos que al margen de toda vida social solo esperaban morir en el completo desamparo clamaron: “Señor, ten compasión de nosotros” (San Lucas XVII,11-19), a las dolientes hermanas –Marta y María- de Betania transidas de dolor por la muerte de hermano Lázaro replicaron: “Si hubieses estado aquí nuestro hermano no habría muerto” (San Juan XI, 1-45). Para todos un milagro, para cada uno una respuesta, que humanamente puede tardar pero que divinamente siempre pronta llegará. 

En la Noche de Belén el silente sonido de la Natividad del Señor hizo enmudecer el universo entero, a la vez que desde entonces tenemos todo para ser sanos de alma y cuerpo. La luz emanada desde el pesebre llegaba ya al corazón de Bartimeo, también al nuestro, para recordarnos que el mayor drama no lo constituyen las dolencias físicas, cuanto las espirituales, pues ¿Qué mayor tragedia puede haber que poseer un corazón, ciego que no quiera ver? Hermanos, un corazón que no quiere ver, que no se abre al prójimo, que queda reducido a su “metro cuadrado”, provoca una gran tiniebla interior, y conduce –inevitablemente- a la mayor de las enfermedades cual es el egoísmo. Para abrir nuestro corazón a Jesús de Belén es necesario recorrer el mismo camino del ciego vidente Bartimeo: Llamar, responder y confiar, para finalmente ser, por medio del apostolado, portavoces del milagro obrado por Dios en nuestra vida.

La mirada del Nino Dios se encamino también hasta llegar a  tantos enfermos, que hoy en hospitales, clínicas y sus mismos hogares padecen diversas dolencias, “completando en sus vidas los padecimientos que tuvo Jesús para bien de su cuerpo que es la Iglesia”. Los leprosos debieron no solo ser sanados de su lepra, sino sanarse de sus llagas, es decir, aceptar el perdón gratuito de Dios y saber perdonarse, lo que implica un renacer, un volver a vivir, un partir de cero, todo lo cual solo pudo ser realidad porque en aquella Noche nació nuestro divino Redentor.

De pronto, la mirada de Jesús se movió ágilmente, como si alguien se trasladase al interior de aquel establo: su plena  conciencia mesiánica, le hizo ver a su buen amigo Lázaro avanzando ante su exhortación: “Ven y camina”.  Solo Dios mismo podía hacer que una Noche fuese luminosa, que la fragilidad de un recién nacido fortaleciese el universo entero, que la sabiduría de los sabios del Oriente unida a la indigencia de los pastores betlemitas, se uniesen a una voz, pero además, que aquel que había muerto en Betania apareciera vivo, lo cual nos hace tener la esperanza en la resurrección de nuestros fieles difuntos, especialmente a cuantos en este ano han sido convocados ante la presencia del Redentor y Juez del mundo. En esta Noche Santa nada se puede dar por perdido: aunque humanamente parezca no tener solución, aunque sea imposible perdonar nuevamente, aunque se haya extinguido el camino de nuevas posibilidades, el Recién Nacido nos dice en su mirada y su corazón: “Por que siempre hay tiempo, para volver a nacer  siempre hay tiempo, para volver a vivir,  siempre hay tiempo para volver a empezar,  lo que nunca pudiste terminar”. 

¿Qué le podemos regalar a Jesús en este día? 

Si algo caracteriza este día, es la palabra regalo, que etimológicamente proviene de aquel acto de donación que voluntaria y gratuitamente podemos hacer en bien de alguien. Nuestro Dios no nos entrego un objeto como regalo sino que nos donó a su propio Hijo. Nada mayor ni mas cercano  podía el Señor darnos mas que a si mismo cuando “el Verbo se hizo carne y habito entre nosotros”. Entonces, si amor con amor se paga, ¿Cómo retribuir a Dios por el bien que nos hace en este día? 

Por lo pronto no  lo que recibió de las grandes ciudades que hemos recordado, toda vez que no quiso nacer en medio los palaciegos del placer de Sodoma y Gomorra, ni vino al mundo al interior de la imponente fortaleza de poder en Babilonia, ni asumió nuestra naturaleza en el ámbito de la prosapia vetusta de Jericó,  tampoco quiso ser esclavo en su nacimiento de modas pasajeras y religiosidad falseada de la otrora Ciudad de Paz Jerosolimitana. ¿Dónde nació? ¿Dónde sus ojos contemplaron el universo por El creado? ¿Dónde se escuchó por primera vez su voz y esbozó su primera sonrisa?

Bien lo sabemos. Nuestra mirada lo contempla. En una pequeña localidad, lejana a los poderes humanos, ajena a los placeres temporales, al margen de la moda esclavizadota del ayer y del hoy: “En Belén de Judá, nos ha nacido el Salvador de Mundo”. 

¿Locura para unos?  ¿Necedad para otros? Por cierto, toda vez que la lógica de Dios trasciende la nuestra, y la hora de Dios nos parece ir a un ritmo distinto del que avanzan  nuestros anhelos. Mas, es El quien nos pide un regalo, cual es el poder nacer hoy en nuestro corazón, el cual no es  un palacio sino una simple choza, no es una fortaleza sino una humilde mediagua, no es una patrimonial edificación sino una simple tienda de campana, vale decir: no es lo que le podemos dar como regalo sino que el mismo se dona para que podamos entregarlo a nuestros hermanos para que una vez mas el cielo sonría y venza nuevamente la obscuridad de un mundo que puede pretender caminar a tientas y penumbras al margen de la voluntad Dios, pero que tiene que asumir como certeza que ese Dios no dejara de buscarle, no dejara de golpear una y otra vez las puertas del corazón, con el fin de entrar y vivir para siempre en nuestra alma, tal como un día vino al  mundo en el pesebre de Belén. Si, Jesús: puedes nacer hoy en nuestra alma. Amen.

 

lunes, 16 de diciembre de 2013

Homilia Tercer Domingo de Adviento: Gaudete in Domino


“EL DEMONIO NO RESISTE LA GENTE ALEGRE” (San Juan Bosco).
Como  sabemos, es tradicional reservar el sacramento del bautismo de adultos, para la vigilia pascual, así aconteció en 1982, en la basílica de San Pedro. El entonces Sumo Pontifice, hoy elevado a los altares, confirió el bautismo a una joven conversa del mundo protestante, la cual, al ser consultada por el motivo de su decisión respondió que fue a causa de ver la alegria de los cristianos.
Inmersos en medio de un tiempo que guarda un caracter estrictamente penitencial, en el cual la Iglesia nos invita a una verdadera conversión de vida, en virtud de una mas cercana sintonía con la gracia otorgada por Dios, la fidelidad a los mandamientos del Decálogo y de nuestra Madre la Iglesia y en la búsqueda del ejercio de las virtudes, resulta imposible no recordar aquella parábola en la cual el corazón de Dios aparece referido a un padre que, despreciado por su hijo menor, obtiene finalmente el fruto de su esperanza al recibir un día a su hijo, ante lo cual dijo: “Hagamos una gran fiesta, porque mi hijo, a quien creímos muerto, ha regresado y está vivo”.
Normalmente la exégesis nos hace rubricar la actitud del hijo, incluso la parábola misma la reconocemos como del “Hijo Prodigo”. Y, es que resultaría imposible desdeñar el protagonismo e iniciativa de aquel joven que abandona a su padre, a su hermano, a lo que le era propio por una vida mas independiente. Probablemente diría: “me voy para hacer lo que quiero”.
El Evangelio nos dice que “malgastó sus bienes en una vida desenfrenada”, pero antes de ello, detengámonos en el corazón de aquel joven. Una vida desordenada nace de un corazón desordenado. Los vicios, cualquiera sea su manifestación, son un efecto y no la causa, por ello, si queremos conocer lo que pasaba por su alma no es necesario ir a buscar respuesta a los lugares donde realizaba sus tropelias, sino directamente a lo que emanama de su interior.
¿Y qué encontramos? Una expresión y un acto muy especial: Quien estaba llamado a obedecer, aquel que conocería desde pequeño las implicancias del precepto cuarto dado por Dios en el Monte Sinaí en orden a “honrar a padre y madre”, en vez de obedecer ordena a su padre: “dame la parte de la herencia que me corresponde”.
Es sabido que las herencias testadas e intestadas son causa de arduas disputas, no hemos de pensar que esta sería la excepción. Si acaso parte de ella –realmente- por ley le correspondía, si acaso efectivamente por su vida pasada lo merecía queda reducido a un plano secundario, porque lo que el joven hace mención es a una realidad de lo debido, cosa que, además, lo manifiesta de manera individual  y  perentorio. 

Es decir, es algo “para mi” y es algo que se debe dar “de inmediato”. Si bien podríamos reconocer que habiendo sido jóvenes –cosa que los jovenes de hoy miran con suspicacia como pensando que los mayores nunca lo fueron- ambas realidades son como características de una vida joven, hay algo mas hondo en la actitud del joven, y es que lo exigido no le serviría para tener una vida de mayor cercanía con los suyos, sino que por contrario, sería el peldaño necesario para dejar atrás lo que hasta entonces le era propio: su padre, su hermano mayor, su familia, sus amistades verdaderas, su Patria.

Los bienes propios que hasta entonces estaban al servicio de la unidad, del desarrollo, y de la paz, por un acto egoísta se transformarían en ocasión de penuria, de soledad y de tristeza. Ni un peso mas, ni un peso menos de lo que poseía con su padre y que luego tendría en sus manos fue la causa –determinante- de su desventura, fue el apego desmedido y desenfrenado por tener algo. ¿Cómo entender que quien todo lo tenía junto a su padre, cayese en la mayor miseria, y luego, terminace trabajando como un esclavo, anhelando comer el alimento dado a los cerdos?
Su alma se entristeció. Cayó en las tinieblas de un mundo en el cual su padre no parecía tener relevancia en sus determinaciones. Tan fácil fue dar los primeros pasos pseudoindependentistas. El liberalismo moral cautiva y resulta atractivo porque parece alcanzarse de manera instantánea, en cambio, la vida virtuosa conlleva un ejercio, una búsqueda y un esfuerzo permanente para mantenerse: ¡es fácil portarse mal, y arduo procurar portarse bien! La infidelidad puede ser cosa de una noche, la fidelidad es cosa de toda la vida. Recordemos el refrán árabe: “La confianza crece con le velocidad que crece una palmera, pero se pierde con la rapidez que de la palmera cae un coco”.
En la actualidad vivimos en mundo construído por quienes exigiendo de Dios, que es nuestro Padre, parte de la herencia, la “malgastamos” en una vida al margen de Dios. Podemos pretender edificar nuestra vida y nuestro mundo al margen de Dios pero nunca estaremos marginados de su misericordia, la cual siempre puede más que nuestro pecado, y nuestra desconfianza en su providente misericordia. ¡Dios siempre puede más!
En efecto, señala el Pontifice: “El hombre puede por un tiempo edificar un mundo sin Dios, pero prontamente ese mundo se vuelca con el hombre”. El amor que un día recibió de su padre, y que sepultó por un tiempo, le llevó a recapacitar y decir en su interior: “Volveré a la casa de mi padre. Le diré: Padre, pequé contra el cielo y contra tí, ya no merezco ser llamado tu hijo” (San Lucas XV,18-20).
El Evangelio nos dice que aquel padre “lleno de alegría” pidió que hicierian “una fiesta”. Ningún reconcor, ninguna pasada de cuenta, ninguna recriminación hubo hacia aquel hijo menor, no porque el alma de aquel padre  no se hubiese conmovido, ni estuviese cansado de tanto esperar ese momento, sino porque su bondad, su justicia, y su perdón, eran infinitamente mayores que la ofensa hecha -un día ya lejano- por su hijo menor.
Si bien fue dramática para él aquella partida, no resultó desiciva en su determinación de esperar -día y noche- el retorno del menor de sus hijos a la casa paterna. Hacer una fiesta por tanto tenía sentido porque “su hijo que creyó muerto, estaba vivo”. El reencuentro del padre y el hijo estaba marcado por el don de la vida, que partió realmente con la conversión del hijo que se tuvo, no ya como un sujeto de derechos y bienes que –eventualmente-  le posibilitarían para independizarse, sino como quien sí, ahora, viviría verdaderamente. Lo que antes vivió fue una simple fantasía, algo que parecía, pero que no era de verdad.
Lo anterior, es aplicable a la alegría de cada creyente. En efecto, en apariencia hay una cultura que invitaría a una felicidad que finalmente resulta fantasiosa, porque no nace del interior sino que es mas bien un cosmético que se usa para ocultar una realidad no deja de manifestarse.
Cuando el Apóstol en este día nos dice en la segunda lectura, con insistencia conocedora de la realidad sicológica olvidadiza de nuestra humana naturaleza: “Estad alegres, os lo repito, estad alegres porque el Señor está cerca”, nos entrega la clave de la cual emergue y la perspectiva hacia la cual converge la verdera alegría del católico. Por cierto para ser verdadero discípulo de Cristo es necesario “revestirse de los mismos sentimientos de Cristo” (Filipenses II,5).
Dicha alegría es la vida en Cristo, desde quien: cualquier adversidad es salvable, cualquier desafío es vencible y cualquier realidad es modificable por irreversible que ésta se nos presente.
Por cierto que hay máscaras contemporáneas de una falsa alegría:
a). “Lo paso bien cuando tomo alcohol en exceso o me drogo”: el progresismo “ha salido del closet” desde hace un tiempo a esta parte. Las fuerzas del espíritu anticristiano han tomado recientemente un vigor que resulta innegable, y uno de los aspectos que mejor conoce el Demonio, por medio del cual puede desastibilizar rápidamente al hombre y la sociedad, es quitarle la alegria y su razón mas preciada, revistiendola de todo tipo de sucedáneos.
Así, ¿Quién entiende que para pasarlo bien hay que perder la noción de lo que uno es? ¿Cómo no darse cuenta que cuando una persona queda “borrada” y se le “apaga la tele” en jerga local, no es realmente feliz?
En una Nación cercana recientemente se legisló con el fin que sea el Estado el productor oficial de un tipo de droga, en tanto que en nuestra Patria no faltan voces, pocas pero muy vociferantes, que se desviven en promover la despenalización de aquella yerba que es el trampolín para introducirse en un abismo sin fin. Ese no es el camino para alcanzar la verdera alegría del cristiano.
b). “Me río del projimo”: El oficio del humorista es uno de los más gratificantes pero indudablemente de los más difíciles, porque hacer reir a otros hace sentirnos bien, pero cuando es a costa de la honra, de la tranquilidad, de la fama de terceros, entonces se transforma en una sorna o burla que suele ir de la mano con el moderno bulling, que consiste en que muchos agreden a uno solo, quien las mas de las veces,  suele ser indefenso. Para nadie debería ser sorpresa saber que las ideologías actuales utilizan la burla y el humor como un arma letal al momento de desacreditar a instituciones y personas. La risa no sólo abunda en la boca de los necios, sino también, y principalmente, en la de los malvados. Cuando un cristiano se burla malamente de una persona hace reir al diablo.
Mas, hay una verdadera y sana alegría, a la que como creyentes estamos invitados a vivir:
En la Exhortación Apóstolica Gaudete in Domino se señala que “Jesús ha experimentado en su humanidad todas nuestras alegrías. El, palpablemente ha conocido, apreciado, ensalzado toda gama de alegrías humanas, de alegrías sencillas y cotidianas que están al alcance de todos” (número 23).
a). Jesús es la causa de nuestra alegría: Porque sólo El pudo enseñar con certeza y de manera definitiva que el bien solamente anhida cuando se busca, encuentra y vive en Dios, y esto nos da una visión favorable aun en medio de las adversidades mas feroces. Si la vida del creyente católico se funda en la luz de Cristo, también su sentido del humor ha de estar impregnado de valores trascendentes. El católico de verdad dista mucho de ser un amargado, que sólo ve tinieblas. Aun mas, diremos que estamos por naturaleza a ser optimistas, a tener esperanza, a ser confiados, y a ser partícipes de un fino sentido del humor, del que ningún Santo ha estado al margen pues: “un santo triste, es un triste santo”. Es una señal inconfundible de nuestra alegria católica no sólo el que puede convivir con el sufrimiento sino en que además, le termina venciendo definitivamente. ¡Mas puede una gota de miel que mil de hiel!
b). Nuestra alegria es permanente: Mientras que las alegrías mundanas suelen estar jalonadas por diversos momentos, requiriendo una especial ambientación, la verdadera alegría del catolico es constante. Estamos alegres porque somos felices, en cambio el progresismo requiere de chistes, de burlas y hasta de alcohol y drogas en exceso y dependencia para tener una razón por la cual por algo sonreir. ¡Esa alegría tiene piernas cortas! Es decir no llega lejos. En cambio, como creyentes nos sabemos siempre amados por Dios, protegidos por su Divina Providencia, en virtud que en el bautismo nos hizo sus hijos, de una vez para siempre, puesto que, “ una vez bautizado, siempre bautizado”.
Por eso hermanos, la antífiona del introito vívamente nos recuerda: ¡Gaudete in Domino semper, iterum dico, gaudete! Amén.