TEMA : “
¡QUIEN MAS SIRVE, MAS REINA!”
FECHA: DOMINGO
XXIX° TIEMPO T.C
/ OCTUBRE 2024
Los tres
anuncios donde Jesús explícitamente dio a conocer que iba a morir condenado por
los hombres en lo alto de una cruz, tuvo como respuesta el orgullo anidado en
el corazón de los más cercanos. Empezando por el primero, San Pedro al que
designaría como “piedra” sobre la que fundaría su Iglesia y que tendría
como misión “confirmar en la fe” a sus hermanos…es el que primero le
dice “eso no te puede pasar a ti”, no comprendiendo que el camino de la
cruz era necesario para alcanzar la resurrección, tal como reza el prefacio de
la Santa Misa del día de la Transfiguración.
Luego
irrumpe la madre de los apóstoles conocidos como los “Hijos de Zebedeo”, quien
le pide a Jesús que sus hijos ocupen un lugar visible en el Reino que va a
instituir. Sin duda, como buena madre quería, de acuerdo a los criterios y
cultura de su tiempo, lo mejor para sus hijos, pero olvidaba que los pareceres
de Dios no siempre coinciden con los de los hombres por lo que lo que aquello
que se ve como un bien deseable puede no serlo a los ojos de Dios.
En tercer
lugar, está el episodio descrito en el Evangelio de este día, donde son los
discípulos más cercanos a Jesús, los de la primera línea en el Corazón de Jesús
quienes exteriorizan sus anhelos ocultos de ser protagonistas, conocidos,
empoderados alzamos como los “influencer” de ese tiempo.
Mientras Jesús
decía: “He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado a
los príncipes de los sacerdotes, y a los escribas, y le condenarán a muerte, y
le entregarán a los gentiles: Y le escarnecerán, y le azotarán, y escupirán en
él, y le matarán; más al tercer día resucitará” (San
Marcos X, 33-34). Mientras las palabras de Jesús ahondaban en el
camino y misterio de la salvación, aquellos que estaban con el Señor durante
tres años, y además, en los momentos cumbres de su vida como la Transfiguración
en el Monte Tabor, o en la Oración de Getsemaní, ahora se alzaba como una
triada más interesada en el camino propio solicitando a Jesús sentarse en la
gloria, uno a la derecha y el otro a la izquierda.
Vemos que
como irremediablemente después de cada anuncio que hace el Señor los Apóstoles
no acaban de comprenderlo porque esperaban la presencia de un mesías que fuese
un líder temporal que librase de las penurias materiales a su pueblo tal como
fueron las figuras de los antiguos reyes Salomón, David o Saul. Pero Jesús
dice: “Mi reino no es de este mundo” (San Juan XVIII, 36),
afirmando que es rey verdadero, pero con características muy distintas y
superiores a los que ellos reconocían.
Insertos
hoy en una cultura marcadamente exitista, que busca satisfacer el ansia de
poder, de placer y de poseer, alzando tales realidades como verdaderos dioses
falsos ante los cuales se quema el incienso de las voluntades, se sacrifican
las amistades por trivialidades, y se rezan relatos que persistentemente mutan
realidades en fantasías, nos encontramos no tan ajemos al interés manifestado
por los apóstoles en este día, buscando los primeros puestos a causa de la
postergación injusta que quienes están junto a nosotros.
El actual
Pontífice ha denominado “carrerismo” a esta tentación. En el mundo civil
o laico se suele hablar de “trepadores” o “escaladores” con lo
cual, se describe una actitud no de crecimiento personal sino de búsqueda
desenfrenada por sobresalir, destacarse y promocionarse desde una perspectiva
totalmente autorreferencial. Aquí no se
privilegia la búsqueda del cumplimiento de la voluntad de Dios, sino que es el
orgullo y amor propio lo que mueve todo interés, aun a costa del uso de medios
ilegítimos como la mentira y la traición.
La
respuesta que reciben de parte del Señor ante el requerimiento hecho apunta
precisamente a destacar la virtud del amor a Dios, que es la piedad, por medio
de la humildad: “Cualquiera que quisiere hacerse grande entre vosotros, será
vuestro servidos. Y cualquiera de vosotros que quisiere hacerse el primero,
será siervo” (versículo 43).
Asumir el
camino de Jesús necesariamente pasa por la conversión, por la firme resolución
de abandonar los intereses propios colocando el bien deseable en el beneficio
de los demás querido por Dios. En un mundo tan individualista y solitario nunca
terminaremos equivocándonos su acaso colocamos en primer lugar el buscar el
bien ajeno, pues Dios siempre premia esa conducta.
Hemos de
recordar que la medida de Dios al momento de “premiar” siempre está
signada por la gratuidad y magnificencia, por lo que nunca habrá una
equivalencia entre lo hecho por nosotros respecto de lo que el Señor nos
entrega y hace por cada uno de nosotros. ¡Dios siempre puede más!
Esto se
explica en el denominado “ciento por uno” que es una proporción de
retribución que Jesús ha prometido a quienes saben oportunamente renunciar a
intereses propios de distinto signo: pertenencias, actividades y apegos
personales. La cosecha del ciento por uno es simplemente la mayor cosecha de
cualquier semilla sembrada en particular, así dice Jesús al afirmar que quien
se desprende de algo lo tendrá todo…el mejor de los negocios a los ojos de los
hombres: invertir uno y recibir cien.
Esta es la
grandeza del anuncio y de la promesa hecha por el Señor, que llena de esperanza
y fortaleza el espíritu apostólico de cuantos en nuestra Iglesia se empeñan por
buscar el mayor bien en quienes más lo necesitan, tanto primero en el campo de
la vida espiritual como -también- luego, en el ámbito de la vida social.
¡Ningún esfuerzo ni sacrificio queda sin la gratitud de nuestro Dios! Toda vez
que si un vaso de agua fresca es objeto de la gratitud de Dios ¿Cuál no ha de
ser la atención de la mirada de un Dios de una acción que tenga su origen en el
amor al mismo Jesús y el prójimo?
Finalmente,
nos detenemos en la expresión “será siervo”, del griego doulos que
significa “todos”, lo cual no ha de asumirse estrictamente desde una
perspectiva numérica sino desde una realidad cualitativa de abarcar la
totalidad de la persona evitando un dualismo tanto espiritual como pastoral,
que resulta tan corrosivo para la vida del creyente y de la nuestra Iglesia.
¡Que Viva Cristo Rey!