jueves, 27 de junio de 2013

LA HISTORIA DE SALVACION, HISTORIA DE ENTREGA Y COMUNION


 
1. «¿Dónde quieres que vayamos a hacer los preparativos para que comas el cordero de Pascua?» (San Mateo XIV, 12).
 
Siguiendo en esta espiral de coronación del tiempo pascual, en el cual cada domingo hemos ido colocando una gema festiva como engaste necesario, la liturgia nos invita en este día a dedicar este domingo a contemplar de manera preferencial la promesa cumplida por nuestro Señor en orden a permanecer permanentemente junto a nosotros hasta el final del tiempo por medio de la Santísima Eucaristía. 

Si bien hubo un día en semana santa donde celebramos la Institución de la Santa Misa, es en este día denominado del Corpus Christi donde veneramos especialmente a Jesús Sacramentado, el cual permanece en nuestros sagrarios día y noche, espera ser alimento que sana para los enfermos durante la administración de la Extremaunción y la recepción como viático de los enfermos, y muy especialmente, el Viernes Santo como alimento que fortalece a quienes en la hora de la Pasión le acompañan espiritualmente de pie junto a la Cruz. 

Jesús en la Hostia consagrada no sólo viene a nuestro encuentro en cada Santa Misa, sino que permanece misteriosa pero visiblemente en cada templo intercediendo por nosotros y esperando infructuosamente nuestra atención y visita cada día. 

En el texto de este día, el Evangelista San Marcos relata minuciosamente los diversos preparativos que Jesús pide para celebrar la Ultima Cena. Sabiendo todo lo que iba a padecer nuestro Señor es soberano de los acontecimientos. El guía con seguridad a sus Apóstoles. 

Desde aquel primer Jueves Santo, cada Misa que celebra un sacerdote en cualquier rincón de la tierra tiene un valor redentor. En la Misa no sólo "recordamos" la Pascua del Señor, sino que realmente "revivimos" los misterios santos de nuestra redención, por amor a nosotros. ¡Gracias a la Misa, nosotros podemos tener un verdadero anticipo de la Vida Eterna!  

Es por ello que nuestra Iglesia ha tenido en alta estima y veneración este don inestimable, pues en él se contiene, real y verdaderamente, la Persona misma del Señor, con su Cuerpo, su Sangre, y toda su alma y divinidad.  Mientras que en los demás sacramentos se encierra la gracia salifica de Cristo; en éste hallamos al mismo Cristo, autor de nuestra salvación. No solo una gracia mas y nueva recibimos sino que participamos realmente de la vida de Cristo, autor de toda gracia. 

Todo aquel que bien dispuesto comulga podría repetir al salir de cada Santa Misa: “Ya no soy yo el que vive es Cristo quien vive en mi”. ¿Cómo es posible que no cambie nuestra vida si estamos con Dios en nuestra alma?
                                                                                                                                           

2. «Obedeceremos y haremos todo cuanto ha dicho Dios» (Éxodo XXIV, 7). 

Días antes de la institución de la Santa Eucaristía aquella ciudad de Jerusalén estaba alborotada por la llegada de Jesús y por el reconocimiento que los niños primero y la muchedumbre después hizo a Jesús: “Hossana al hijo de David, bendito el que viene en el nombre del Señor”. Si entonces la multitud fue al encuentro de Cristo, ahora es el Señor quien viene, busca, encuentra y permanece con sus discípulos: Nadie quita sorpresivamente la vida a Cristo, sino que es El quien la ofrece como hostia sin mancha para el perdón de nuestros pecados. 

En ocasiones nos parece que los tiempos que vivimos son los mas difíciles para la practica de la fe y de una vida virtuosa, como si ser santo hoy tuviese muchas mas complicaciones que las que debieron superar los cristianos de la era apostólica y posterior. Grave error si consideramos que entonces era un grupo ínfimo en relación al resto de la población, y que carecían de todos los recursos, pues eran miembros en su gran mayoría de sectores que hoy señalaríamos como necesitados. Por otra parte, los perseguidores al unísono detestaban a los cristianos, culpándolos de todos los males. Mas, fue por la fuerza que recibían al comulgar que pudieron ser testigos de Cristo in illo tempore.

Sólo dos décadas después de la muerte y resurrección del Señor, el Apóstol San Pablo critica fuertemente la vida falsa de los conversos del puerto de Corinto, toda vez que cuando celebraban la cena del Señor hacían exactamente lo contrario a lo enseñado, porque “algunos comen primero su cena y así uno tiene hambre, el otro está borracho” (1Corintios XI, 20-22). Hermanos: El hecho de celebrar la Santa Misa como memorial de Jesús nos exhorta a asumir el proyecto de Jesús. Quiere decir asimilar sus acciones y sentimientos. Quiere decir imitar su vida compartida, puesta completamente al servicio de la vida de las almas mas necesitadas. 

Nuestra asistencia a la Misa no debe quedarse en el solo cumplimiento de un deber. Es cierto que es un precepto, pero es más que eso, es un vivo anhelo del alma de Cristo de donarse en cada celebración, reviviendo todo lo que padeció por nuestra salvación: 
Muchas veces comparamos la vida eucarística con el modo como el cuerpo requiere de alimento: El enfermo que no come se termina muriendo, y ello de modo semejante acontece con las potencialidades del alma: abstenerse de comulgar permanentemente ocasiona un inevitable debilitamiento. En realidad, en ocasiones y épocas de nuestra vida llevamos un catolicismo tísico, tuberculoso y anémico, que sólo transparenta no el rostro divino de Jesús sino una vergonzante y demacrada imagen de creyentes que no convence a nadie. De esto, los únicos culpables somos nosotros, no Cristo, ni su Evangelio ni la Iglesia por El fundada. Aquel que es “alimento que fortalece y quita los pecados” (Santo Tomas de Aquino), que podemos recibir hasta dos veces un mismo día en la Santa Misa, aquel que prácticamente a toda hora podemos acercarnos recibir, lo dejamos olvidado provocando no otra cosa que se añeje nuestra alma.                                                                                                                         

3. “La sangre de Cristo, que por el Espíritu Eterno se ofreció a sí mismo sin tacha a Dios, purificará de las obras muertas nuestra conciencia para rendir culto a Dios vivo! ” (San Pablo a los Hebreos IX, 14).

Nunca será suficiente el esfuerzo por recalcar lo que acontece durante la celebración de la  Santa Misa en nuestros altares. Todos los antiguos sacrificios eran solo una figura del Sacrificio definitivo de la Nueva Alianza sellada con la Sangre de Cristo derramada en la Cruz. Durante la Última Cena, anticipando ya su muerte, Jesús ofrece su Cuerpo y Su Sangre bajo la apariencia de pan y vino. Por tanto, cada vez que celebramos la Santa Misa participamos del mismo sacrificio y recibimos Su Cuerpo y Su Sangre, que hacen  posible la unión entre Dios y los hombres.  Proclamamos “¡Este es el  Misterio de nuestra fe!” porque solo por medio de la fe conocemos esta verdad.   

La Santa Misa es la mayor expresión de nuestra fe. Debemos celebrarla con todo el corazón, preparándonos antes de comenzar. Bien lo saben los deportistas que en estos días se concentran tanto para el Campeonato Mundial de Futbol como para las Olimpiadas: solo pueden participar si se han preparado remota y mediatamente, es decir, porque se ejercitaron desde temprana edad y porque hacen una concentración exigente y solitaria previa a las competencias. Sólo así hay buenos resultados.  

De modo semejante pasa con nuestra piedad eucarística, no podemos improvisar nuestra participación en la Misa. Hay que asistir a la Eucaristía con el ánimo bien dispuesto, y sabiendo a lo que se va, por ello que puede ser muy eficaz el leer previamente los textos que para ese día corresponden.  

Luego, hay que estar atentos, procurando comprender lo que se dice y rezar: Hemos de asumir no sólo donde estamos sin o sobre todo ante quien estamos, y ello nos llevara a tener una disposición de respeto, silencio y debida atención escuchando y participando plenamente en las oraciones y cantos.  Entendemos: No somos espectadores sino actores. 

En ocasiones, quizás nos privaremos de comulgar sacramentalmente por diversas razones: por no tener la edad ni preparación suficiente, por estimar oportuno diferir el acto de comulgar para previamente confesarnos, porque en conciencia no encontrarnos en  disposición espiritual para hacerlo, por haber llegado atrasados a la Misa, es decir después de que haya sido proclamado el Santo Evangelio, por no tener el periodo de ayuno que nos pide la Iglesia de abstenerse de comer una hora antes de comulgar, o por ya haber comulgado dos veces en un mismo día. En estos casos, puede ser oportuno que al terminar la Santa Misa hagamos una comunión espiritual donde reavivemos nuestro deseo por estar con Cristo permanentemente. De la misma manera, a lo largo del día, al pasar por un templo podemos hacer este acto de piedad eucarística como es la comunión espiritual o de deseo, que predispone a que llevemos una vida más según el querer de Dios. Querer estar con Cristo es colocar el acento en el amor incondicional del Señor, capaz de superar los olvidos, las ingratitudes, las traiciones. Recordemos con San Pablo que “Ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ninguna otra criatura podrá jamás separarnos del amor de Dios  en Cristo Jesús” (Romanos VIII,39).                                                                                                                   

4. Dios esta aquí y nosotros en El. 

El hecho de celebrar hoy la Solemnidad del Corpus Christi nos invita finalmente a tener presente que la misa termina con un envío: a vivir lo recibido, a vivir lo contemplado, a vivir lo adorado. Unidos a Dios, que es amor, y habiendo comulgado sacramental y espiritualmente con Cristo, entonces viviremos el mandato de la caridad fraterna con urgencia y sin recortes, evitando confundir lo que es la caridad en Cristo con la solidaridad humana. 

-La caridad no entiende de límites, ante ella, todo ser humano tiene la puerta abierta. La solidaridad, por el contrario, en ocasiones puede ser utilizada como instrumento ideológico e ideologizante, es decir, como una pancarta de que divide y segrega. 

-La caridad apunta más allá de las personas, y nunca espera recompensa. La solidaridad, en algunos momentos, si no es agasajada y aplaudida, va decreciendo hasta desaparecer. La caridad es discreta, actúa mas que proclama, ama y no declama.

-La caridad viene de Dios, que es el surtidor inagotable del verdadero  amor. La solidaridad puede surgir espontáneamente pero morir allá donde nace. 

-La caridad es consecuencia del encuentro con Cristo. La solidaridad, a golpe de sentimiento, viene condicionada por una situación puntual y sin más perspectiva futura. La caridad no es ocasional ni responde a estímulos: se vive lo que se es.

Quien se ha encontrado con Dios, en el pan multiplicado, está llamado a ser caridad viva, caridad continua e incomprendida, pensamiento y palabras, con las manos abiertas y el corazón abierto.

Pero, también el Señor, tiene derecho a nuestra caridad. En este día del Corpus Christi le decimos que Él es la inspiración de muchas iniciativas de la Iglesia. Que, nuestros amores humanos, sirven de poco y se debilitan pronto cuando lo intentamos arrinconar y reducir a la esfera de lo privado. 

Hoy, como católicos, nos vestimos de gala por fuera para decir al mundo que, nuestra fiesta, es vivir con el Señor y en el Señor. Que nuestra vida, sin la Santa Misa, no sería la misma. Que nuestra opción por los más necesitados, y nuestra Iglesia es vanguardista como nadie en ese terreno,  no es por simple altruismo o solidaridad: nos urge y nos empuja el amor de Dios que, dentro de un sagrario, en un porta viático, o una custodia, nos invita a ser trampolines de amor, de justicia, y de paz verdadera.
Amen.

           

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