lunes, 23 de marzo de 2015
lunes, 16 de marzo de 2015
LO SANTO LLEVA A LO SANTO, LO PAGANO A LO PAGANO
TEMA
DE FORMACIÓN PARA LAICOS MES DE
MARZO 2015.
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Selfie Padre Jaime Herrera y acólitos Puerto Claro |
¿Dónde
va Padre? “Voy a hacer
un machitún”…Lo que hasta hace unos años podía ser una simple humorada
dicha a alguna persona que preguntaba respecto de hacia dónde se dirigía un
sacerdote con cura de almas (Párroco), en estos días adquiere una connotación
que entraña desde la sorpresa hasta el absurdo.
Con preocupación
constatamos ciertos ejemplos, crecientes e indesmentibles, referidos a la
celebración de algunos actos litúrgicos en los cuales, se
incorporan elementos ajenos y contrarios a puntos esenciales de la doctrina y vida de los
fieles católicos.
En la actualidad, la
inmediatez -tiempo real- de los
medios de comunicación hace que la recepción de las imágenes, recibidas -en
ocasiones- sin textos explicativos o referenciales, induzca a emitir juicios valóricos
que no cuenten con todos los elementos necesarios.
Pero, tratándose de celebraciones litúrgicas donde existen
rituales y normas muy exactas, se hace más evidente el carácter nocivo de la
incorporación de algunos signos precristianos, y abiertamente contrarios a la fe.
El “retorno a lo
esencial” no puede ser entendido como un anhelo de primitivismo,
en caso contrario, los creyentes
anglosajones volverán su mirada a Stonehadge, los sudamericanos mirarán hacia las
alturas de Machu Picchu, los creyentes de Egipto hacia las pirámides predinásticas,
y los devotos guadalupanos deberán nuevamente
subir los agudos peldaños de aquellas
pirámides donde un día se hacían grotescos sacrificios humanos.
Nuestra liturgia
católica actual es convocada a asumir el desafío de tener que ser no sólo el puente que vincula el cielo y la tierra,
en el caso de los sacramentos y lo hace más propicio en el caso de los
sacramentales, sino que el acto litúrgico en si está llamado a explicar y enseñar
la fe con mayor prolijidad, pues, los sacramentos y sacramentales han llegado a
ser, en el mejor de los casos, el único
camino que en la práctica religiosa se tiene para profundizar en las verdades
de nuestra fe. En general diremos que lo poco que se sabe sobre las verdades
de nuestra fe son aquellas que se han
recibido al interior de nuestros templos.
Quienes hoy acuden a los
ritos fúnebres, a matrimonios, a ceremonias de bautismo, con frecuencia, visitan de manera esporádica nuestros
templos, por lo que el criterio pastoral exigible, junto a la acogida y a la
caridad fraterna, deberá estar marcado -en el futuro- por el imperativo de la formación y la catequesis litúrgica, impartida a
través del modo celebrativo. ¡Aprender lo que se ve, para ver lo que se
vive!
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Sacerdote Jaime Herrera en San José de Casablanca. |
No se trata de
multiplicar palabras, ni de extender el ceremonial por cualquier razón, sino que se precisa celebrar con piedad,
fidelidad y verdadero sentido de Iglesia.
Recordemos: ¡Palabras
conmueven, ejemplos arrastran! Son innumerables las conversiones cuando la sagrada
liturgia se celebra con unción, piedad y armonía. Mas, no podemos dejar de
preguntarnos cuántos feligreses se han alejado de la vida de nuestra Iglesia a
causa de celebraciones litúrgicas que resultan desvaías y carnavalescas en sus
actos, e incomprensibles por el uso del lenguaje utilizado, con fines de mayor acercamiento, que finalmente terminan resultando como
desconocidos y ajenos a la vida y espíritu de la Iglesia, al sensus fidei del
verdadero y nuevo Pueblo de Dios.
El tema del sincretismo
religioso no es algo nuevo en lo que es la historia de nuestra Iglesia.
Si miramos el Antiguo Testamento, a semanas de haber salido de Egipto, donde los israelitas padecían severa
esclavitud, camino a la tierra prometida, en instancias que el patriarca Moisés estaba recibiendo el más
importante de los mensajes desde el cielo -en el monte Sinaí- paralelamente, hubo
un grupo que fue capaz de crear un becerro de oro y rendir culto a un dios
falso. Los ejemplos se multiplican a lo largo de toda la Biblia, por lo que
simplemente diremos que dejemos un pueblo por un tiempo sin el debido amor a
Dios y de inmediato surgirá la idolatría.
Pero, hay otros
ídolos que cautivan el corazón del hombre actual, estos son: El poder, el placer,
y el tener, ante los cuales no se vacila en quemar: ideales, compromisos,
vocaciones, y consagraciones. Sea
con el fin de obtener, o bien, para no perder
las cuotas de placer y poder, se es capaz de sostener en el tiempo mentiras, y
actitudes burdas.
Nuestra Iglesia Católica, en el cumplimiento de la
misión encomendada por el Verbo Encarnado, al momento de llevar a todos y en todo el Santo Evangelio que es Jesucristo, perfecto Dios y
perfecto hombre a la vez, se ha
incorporado a las comunidades de una manera profunda, evitando ceder
a la fácil tentación de crear colonias o ghuettos separados de todas aquellas realidades
a evangelizar por medio de los Sacramentos, de la Palabra y de la vivencia de
la Caridad Fraterna.
La evangelización
emerge desde la Encarnación como un llamado para volver a Dios y con el fin de
vivir con Dios para siempre, por eso se busca, se
acerca, descubre, encuentra, purifica,
enriquece y defiende la expansión del Reino de Dios, presente ya en medio
nuestro e implorado ardientemente en la oración: Adveniat Regnum Tuum.
Sin ánimo de detenernos
en el tema, diremos que nuestra Iglesia, a diferencia de lo hecho por
algunos movimientos religiosos, no
tuvo un inconveniente insalvable para comprender las exigencias al momento de
impregnar las culturas, porque la finalidad esencial era dar a conocer la
fe recibida y vivida, pues, desde el
día de la Anunciación: “Dios no quita
nada, sino que lo da todo”. “Debe ser, por lo tanto, firmemente creída como verdad de fe
católica que la voluntad salvífica universal de Dios Uno y Trino es ofrecida y
cumplida una vez para siempre en el misterio de la encarnación, muerte y
resurrección del Hijo de Dios”
(Declaración
Domine Iesus, número 14, Sagrada
Congregación para la Doctrina de la Fe, 6 de Agosto del2000).
En efecto, nuestra
Iglesia conoce la riqueza de la gracia de Dios, que eleva y perfecciona la
naturaleza, posibilitando y encaminando la vida del hombre y de la sociedad a
su fin más noble.
Todo en la Iglesia nos
habla de universalidad.
Así fue al inicio, es en el presente y lo será en el futuro. Si consideramos el
origen de los Papas desde Simón Pedro al Sumo Pontífice actual, constatamos
diversidad de dones, nacionalidades, y culturas. De modo semejante, acontece
con quienes son participes de la plenitud del sacerdocio en el episcopado., donde
los ejemplos se multiplican, tal como es el caso de quien fuera prefecto de la
Sagrada Congregación para el Culto Divino hace unos años, monseñor Albert
Malcolm Ranjith o quien ejerce como Arzobispo de Filadelfia Monseñor Charles Chaput,
quien próximamente será el anfitrión del Encuentro Mundial de las Familias, y
cuyos ancestros son de nativos sioux americanos.
Todo en la Iglesia nos
habla de unidad: Desde ella
nuestra Iglesia Católica es maestra de humanidad, por esto, allí donde el Santo
Evangelio ha llegado se ha constatado una forma de vida diferente, la cual sólo
puede ser posible de mantener si se es fiel a esa vocación a la que Cristo la
ha llamado, apoyados en tres pilares fundamentales: vida sacramental
centrada en la Santa Misa, devoción creciente el torno a la Virgen María y
profunda fidelidad a las enseñanzas del magisterio pontificio de todos los
tiempos.
En torno e estos tres
puntos esenciales nuestra Iglesia se abre a la cultura, al mundo –entendido
como ámbito de la evangelización-y a la historia. Y, esta comunidad de creyentes,
se presenta como portadora del don recibido desde el Cielo en orden a ser
custodia de la verdad y no como pordiosera de bagatelas.
En efecto, no resulta
comprensible ni aceptable que ad intra
eclessia se tienda a mirar el pasado con nostalgia, abrogando -parcial e
indebidamente- la riqueza de la vida, de la experiencia, de los dones, de las
conversiones, que la voluntad de Dios ha hecho propicio por medio de la
Tradición viva, la cual es parte del carácter indeleble de nuestra Iglesia.
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Bodas Oro Matrimoniales Capilla Las Salinas Viña |
¿Avanzar es lo mismo
que recorrer? Cegados por la ideología del progresismo feroz, los nietos del
modernismo promueven una vivencia de la fe desde un punto histórico único de la
Iglesia, olvidando la riqueza que implica el camino por el cual los católicos
hemos recorrido durante dos milenios, aun en los momentos en que haya
experimentado el sentimiento de
zozobra y socialmente hubiese sido vista aquella Iglesia como un cadáver, ha
tenido la fuerza interior, dada por Quien la dirige para emerger con nuevos
bríos.
Ese caminar sostenido
ha sido iluminado por la enseñanza infalible del Romano Pontífice, a quien y en
quien se prometió de una vez para siempre: “El
poder del mal no prevalecerá sobre ti y tus sucesores”. Este carácter fue
dado con la finalidad de cumplir la
misión dada por Jesús el Buen Pastor: “Ve
y confirma a tus hermanos”…”Apacienta el rebaño”…”cuida mis ovejas”. Por
ello, la Iglesia siempre ha estado de
salida: desde aquel Pentecostés en Jerusalén, hasta nuestros días, prueba
de lo cual, es el testimonio de tantos
santos, mártires y beatos que han dado su vida en los lugares más inhóspitos y
adversos logrando con su vida y martirio, la conversión de tantas almas y sociedades.
Son los liberacionistas
quienes se suelen quedar en la orilla, puesto que, siempre quieren retornar al punto inicial,
olvidando que estamos llamados a ser
peregrinos, que vamos a la casa del
Señor (Salmo CXXII, 1)
por
medio de un “valle de lágrimas” y una vida eclesial no exenta de vicisitudes. Nuestro
Señor prometió que aquella barca no
se hundiría, no que no tendría que enfrentar tormentas y oscuridades.
Digamos claramente con
el Apóstol San Pablo: “Somos ciudadanos
del cielo”, no tenemos derecho a permanecer anclados a este mundo, tal
como es lo que promociona el progresismo
teológico actual que promueve una espiritualidad, una pastoral y una
liturgia de bomerang, es decir,
del retorno constante a un origen cuyo
crecimiento de suyo siempre será estéril, porque desconoce la riqueza de una
tradición viva. Al negar el camino recorrido y no valorar las luces del
Espíritu Santo que ha sostenido a cada instante ese caminar, el católico liberal se queda en la orilla con
la sequedad de las novedades temporales y sin la savia vivificante de la
tradición y magisterio perenne.
Si queremos ver cómo
está nuestra vida interior miremos como está nuestra vida litúrgica, pues, en ella celebramos
lo que creemos, y eventualmente vivimos
aquello que creemos.
Entonces, la vida del
creyente manifestada entre otras realidades -también-
en la Sagrada Liturgia, se enriquece permanentemente, por lo tanto, la
incorporación de ritos paganos, previos o durante cualquier acto religioso, constituyen
un peligro inminente para la vida de los creyentes, pues confunden no sólo a
los fieles sino a quienes están llamados a serlo en virtud del apostolado.
El Sumo Pontífice
actual nos invita a “salir a la calle”,
a “hacer lío”: por esto, no puede quedarse
encerrada en una sacristía, como tampoco en las aulas, en las CEBs, en los
encuentros, en las oficinas, en las curias, en las conferencias, pues la
vida de la Iglesia no termina ni ha
comenzado en ellas, pero si cada día nace
en nuestros altares. Es muy claro: lo santo
lleva lo santo, lo pagano, a lo pagano.
Pbro. Jaime Herrera e la Parroquia de Puchuncaví
sábado, 14 de marzo de 2015
Una alegría verdadera en cuaresma
CUARTO DOMINGO / TIEMPO CUARESMA / CICLO “B”. LAETARE.
1.
“Ellos se
burlaron de los mensajeros de Dios, despreciaron sus palabras y se mofaron de
sus profetas, hasta que subió la ira del Señor contra su pueblo a tal punto que ya no hubo
remedio” (2 Crónicas XXXVI, 16).
Este
Cuarto Domingo de Cuaresma se denomina “Laetate”,
en virtud de la antífona de inicio de la Santa Misa, denominada introito, y que está tomada del libro
del profeta Isaías (LXVI, 10): “Laetare,
Ierusalen: et conventum facite omnes qui diligitis eam: gaudete cum laetitia,
qui in tristitia fuistis: ut exultetis, et satiemini ab uberibus consolationis
vestrae”.

“Latetare” es
el imperativo del verbo “laetor” que
significa: “alegrarse”, “regocijarse”. De ese verbo deriva la
expresión “laeticia” (gozo, júbilo). ¿Por
qué esa alegría? Hoy lo sabemos, puesto que,
quien morirá, como lo anunció, al tercer día resucitará como lo
prometió. Por eso hablamos en este día de una penitencia atenuada, que
lleva a una “alegría comedida”
mezclada con trazos de tristeza, por lo que nuestra Iglesia nos recuerda lo
cerca que está la redención para lo cual ya hemos recorrido parte importante de
la Cuaresma.
Tal
como lo señalamos al inicio de estos cuarenta días, el pasado miércoles de
cenizas, este tiempo del Año Litúrgico es eminentemente penitencial,
significado por la austeridad de los signos de luces, flores, música,
ornamentos, lo cual en este día se ve algo “atenuado” con el uso del color
fucsia, de la temática de los himnos, y del uso de algunas flores en altar, lo
cual no implica una detención de la penitencia sino que incluye el recuerdo de que
tenemos el deber de aborrecer el pecado, con el firme propósito de no volver
a pecar, confesando sacramentalmente nuestros pecados, para procurar vivir en
estado de gracia, es decir, en amistad con el Buen Dios que se ha hecho
misericordia.
La
Primera lectura vincula el espíritu agrio de quien está alejado de Dios y del
cumplimiento a sus preceptos, hecho burla, desprecio y mofa. Suele haber una
concordancia entre quien se “hecha al
bolsillo” los mandamientos, llevando y promocionando una vida contra lo que
Dios y nuestra Iglesia nos piden, con un tipo de humor marcado por la burla y
el sarcasmo. Es que quien sabe lo que debe hacer, evitará proferir aquellas
expresiones, verbales y gestuales, que denigren y menosprecien al prójimo. El
germen del bullying nace no por una
falta de educación sino por haber impartido una enseñanza carente de
trascendencia, de espiritualidad, de sentido de Dios, la cual es la única capaz
de garantizar el reconocimiento a la grandeza de toda persona y de toda la
persona. ¡Si no queremos bullying, entonces, comencemos por hablar de Dios!
2.
“Allí nos
pidieron nuestros deportadores cánticos, nuestros raptores alegría: ¡Cantad
para nosotros un cantar de Sión!” (Salmo CXXXVII, 3).
Resulta
curioso pero no sólo los animales están en extinción en los circos, sino –también-
los payasos. Me llama la atención que
muchos niños, que antes reían con los “payasitos”
hoy los miran con desconfianza y cierta distancia. ¿A qué se debe?
Probablemente a tantas series televisivas donde el payaso termina siendo un
personaje siniestro. Por otra parte, en el fondo, aquel personaje ficticio es alguien que
aparenta ser lo que realmente no es. Una suerte de ilusión, que revestida de
un buen humor de fantasía, se transforma en una sonrisa sin alma. Si
absurdo es regar una flor plástica, o tocar una campana plástica, de la misma
manera lo es obligarse a estar sonriente con el corazón lloroso. Y, precisamente,
esa dicotomía es lo que produce distancia hacia una alegría artificial, la cual
es tan estéril como lo es el permanente el mal humor.
Por
esto los israelitas, que padecían el rigor de la lejanía obligada de su tierra
en Babilonia, exclaman melancólicamente:
¡como cantar himnos alegres en tierra extranjera! La alegría aparece
entonces unida a la libertad, cuya esencia es cumplir la voluntad de Dios.
Si la esclavitud les hacía a los israelitas en el exilio estar como
ensimismados, la posterior libertad recuperada,
les hizo experimentar el gozo interior nacido de la plena realización, la cual,
en todo momento tenía a Dios como protagonista principal. El Buen humor es
más que esbozar una sonrisa fácil; el buen humor es más que reír por algo, el
buen humor surge por la convicción de estar con bien con Dios. El buen humor cristiano
no es circunstancial sino que es relacional: porque amamos a Dios y a su
Creación, y porque experimentamos a diario su cercanía es que somos plenamente
felices.
Esa
libertad no es el fin último del hombre. Fuimos creados para vivir con Dios,
por lo que la libertad siempre irá de la mano con la fidelidad. No
conozco infiel feliz, pero, nunca he
conocido a alguien que siendo fiel no sea feliz. ¡Se le nota! ¡No lo puede
evitar! La infidelidad como toda mentira,
según el refranero popular, “tiene piernas cortas”: no llega lejos y
dura poco, lo mismo pasa con las alegrías superficiales, mundanas y payasescas:
son breves y falsas.
Siempre
recordamos que el bien es esencialmente difusivo, contagioso. Como solía
decir San Alberto Hurtado: “Un fuego que
contagia otro fuego”. En una cultura abiertamente renuente a la fe, como
nunca antes lo había experimentado la Iglesia en nuestra Patria, se requiere
del testimonio de cada bautizado para lograr, apoyados en la fuerza de la
gracia, lograr que la llama humeante aún, pueda revitalizarse en el alma de
tantos que van por el mundo alejados de
Dios y de su prójimo. Hace unos días me encointre en una transitada avenida
con un hombre que estaba durmiendo en la mitad de la vereda. Como me era
iumpisible agacharme para preguntarle cómo estaba opté por rápidamente llamar a un fono de emergencia, los cuales “llegaron más rápido que una piza” en
tres veloces motocicletas.
Mas,
en los minutos previos a su arribo, observé cómo ninguna persona atinó a mirar
siquiera al hombre. No era su problema, seguían su caminar. Bueno, el hombre sólo
tenía las consecuencias de un abuso etílico. Pero, el hecho de la carencia
total del deseo de ayudar, de hacer algo, de tomar parte de una situación
complicada en apariencia es sintomático y extensible a muchas otras que
acontecen en la vida diaria.
Han
pasado dos milenios y la tarea de impregnar el mundo del espíritu de Cristo
sigue plenamente vigente. La historia de un hombre que yace en una calle se
repite a diario, como las páginas en blanco de cuantos pasan de largo. Si
leemos con detención la segunda lectura de esta Santa Misa veremos la
invitación que nos hace San Pablo a ser apóstoles, testigos y misioneros de la
verdad de Cristo y de su Iglesia: “Con él nos resucitó y nos hizo sentar en los cielos en Cristo mostrar
en los siglos venideros la sobreabundante riqueza de su gracia, Jesús, a fin de por su bondad para con nosotros en Cristo Jesús” (Efesios
II, 6-7).
3.
“El que obra la
verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas
según Dios” (San Juan III, 21).
Ahora
bien, ¿de qué manera podemos implementar la invitación que el Señor nos hace?
Básicamente, nos centraremos en dos
medios. El primero, ofrecer a Dios una penitencia efectiva, que nos cueste
algo que para nosotros es importante y necesario. En esto la creatividad es
amplia y hemos de implorar al Espíritu Santo que nos ilumine para optar por
aquella penitencia que arrebate la misericordia de Dios. ¡Que por cierto no le cuesta
mucho ser arrebatada! “Un corazón quebrantado y humillado tú no lo
desprecias, Señor”. Todo lo que se revista de esa humildad detiene la
mirada de Dios…y lo que El mira, no deja de atender porque está
–permanentemente- a la puerta llamando.
El
segundo medio para responder a la invitación de este día es acercarnos al
sacramento de la confesión.
Recordemos lo que dijo Nuestro Señor: “Hay más alegría en el Cielo por un pecador que se arrepiente, que por
noventa y nueve justos”. Cada confesión saca una sonrisa en el cielo.
Por tanto, la confesión sacramental instituida por Jesús, es el camino más
seguro para fortalecer la vida pastoral de cualquier comunidad, es la senda más
poderosa para acrecentar las virtudes, y finalmente es la escuela por donde
ningún santo de la Iglesia ha dejado de estar matriculado ni ha dejado de ser
un alumno aventajado. ¡No se llega a la Bienaventuranza eterna sin el
sacramento de la confesión!
A la
Virgen María en este día de Laetare,
a quien veneramos en las letanías como “causa
de nuestra alegría" y “refugio
de los pecadores” encomendamos estos días de Cuaresma donde avanzamos a
paso firme hacia el misterio central de nuestra fe: la Pasión, Muerte y
Resurrección de Jesús. Amén.
Párroco Jaime Herrera González. Nuestra Señora de las
Mercedes de Puerto Claro
lunes, 2 de marzo de 2015
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