lunes, 24 de octubre de 2016

Dios siempre puede más

 HOMILÍA EXEQUIAL  /  PARROQUIA VIRGEN DEL CARMEN 2016.

1.      BÚSQUEDA DE CERTEZAS.

En este día, la Iglesia honra la memoria de San Juan Pablo II, a quien tuvimos la oportunidad de acoger en nuestra ciudad hace casi tres décadas, un día dos de abril. En aquella oportunidad, quienes estuvimos presentes en las alturas de Rodelillo, escuchamos con atención el mensaje que dirigiera el Romano Pontífice explícitamente  a la ciudad  e implícitamente al mundo entero.

En parte de su intervención el Santo Padre recordó las múltiples  preocupaciones de los padres por sus hijos, reflejada en la actitud de San José y la Virgen María quienes “no encontraban a su hijo y desconocían las razones profundas de aquel extravío”, añadiendo luego el Santo Padre una pregunta que ahora repetimos: ¿Por qué no pensar que esta preocupación de María y José es semejante a tantas angustias e inquietudes de los padres y madres de todas las épocas?

Hoy, este templo cobija las múltiples interrogantes, y numerosos cuestionamientos que anidan en lo más hondo de nuestros corazones. Una vez más percibimos lo revelado por nuestro Dios: sólo  Cristo explica todos los misterios de la vida humana, sus gozos y tristezas; preguntas y respuestas, incertidumbres y certezas. Nada escapa a la voz de Cristo que hoy más que nunca resuena con fuerza: “Sin mi nada podéis”...“Yo soy el camino, la verdad y la vida”.


En ocasiones, la cultura que estamos inmersos nos presenta múltiples beneficios, los cuales sin duda nos hacen vivir de una manera no sólo diferente a la de nuestros antepasados, sino que en algunos aspectos muy favorables a nuestras aspiraciones. Nunca antes contamos con tantos medios de comunicación, lo cual no garantiza por cierto una verdadera cercanía; nunca como antes hemos tenido más acceso a medios de información lo cual no garantiza una mejor formación; nunca como antes hemos podido acceder a tantos bienes de consumo y en ocasiones por ellos verificamos que se nos consume la vida.

Y es que la tentación que entraña una sociedad de la satisfacción en ocasiones lleva al vacío del alma, a beber el sinsabor de un mundo que avanza ciego de espaldas al Dios que lo creo. “inquieto está nuestro corazón mientras no descanse en ti Señor” afirmaba San Agustín de Hipona (Confesiones, 1,1,1).

El citado Sumo  Pontífice visitó en reiteradas oportunidades  su natal Polonia. En la tercera visita, hizo hincapié en no dejarse seducir por la tentación de pretender edificar una sociedad sin Dios, adorando los nuevos becerros del placer, del poder y del tener.

Cuántas veces hemos emprendido, a lo largo de nuestra vida, la ilusión de caminar al margen de la voluntad de Dios experimentando –a poco andar- la liviandad y caducidad de las pretendidas autonomías humanas, las cuales sin duda, corroen la vida en comunidad que se nutre del anhelo por servir, por amar, por ayudar, sabiendo que todos necesitamos de todos, y nadie se basta sólo de sí mismo. La presencia de Dios en nuestro corazón nos hace ir al encuentro de quien está a nuestro lado y nos hace permeables -casi sensiblemente- a sus requerimientos, pues nada que sea propiamente relativo a la vida humana puede quedar al margen de lo que de suyo pertenece a nuestra condición de hijos de Dios.

No somos barcos a la deriva en medio de un mar impetuoso, nos sabemos parte de quienes vamos navegando con Jesucristo que es –finalmente- quien sostiene,  en todo momento,  el timón de nuestra alma. El Señor Jesús prometió que no sucumbiríamos en medio del mar tempestuoso, más no dijo que amainarían las tempestades. ¡Zarandeados, mas no derribados! ¡Conmovidos, mas no vencidos!

Hermanos: Dios no deja de querernos, dejémonos querer por Dios; Dios no deja de buscamos, dejémonos encontrar por Dios. Nuestro mundo esta inflado en sus seguridades, sumergido en los reiterados anuncios en orden a que todo depende de cada uno, que todo está centrado en cada uno, mas irremediablemente, el tiempo y la gracia,  hacen que la bruma de la fantasía inexorablemente de paso al mediodía del amor de Dios, ¡Quien siempre puede más y es más fuerte!.

En efecto,  la verdadera riqueza del hombre pasa por el desasimiento de sus seguridades llegando a preguntarse en todo momento, aun en medio de una cultura adversa a la fe: ¿Qué tienes tú que no te haya sido dado por tu Dios?

2.      CONFIANZA EN DIOS.
Entonces,  encontramos una respuesta que realmente es capaz de satisfacer todas nuestras necesidades, y que no relega a ninguno de nuestros deseos. Confiamos en el poder de Dios, somos partícipes de su constante protección, y por ello avanzamos en la seguridad que, a pesar del rugir de las aguas turbulentas, del ímpetu de los vientos huracanados, de la noche oscura, la Palabra de Dios y su presencia cumplida en la celebración de la Santa Misa de cada día, nos hace contemplar y ser partícipes del fin y la raíz de nuestra confianza que es el amor de Dios, de tal manera que con el salmista una y otra repetimos: “El Señor es mi pastor nada me habrá de faltar” (Salmo XXIII).

Por medio del don de la fe, que hemos recibido como un regalo el día de nuestro bautismo, asumimos el hecho de la partida de nuestro hermano como una oportunidad para renovar nuestra confianza en los designios de Dios, el cual como suele afirmar la sabiduría de los hijos de nuestra tierra: “Dios por algo hace las cosas”.  Pero, no basta con solamente saber ni solamente repetir esta frase, cuando se hace necesario enfrentar el temprano retorno de un familiar y amigo  ante la presencia de Dios.



Hay múltiples aspectos que nos exhortan a nutrir nuestra confianza en la hora presente.
a). Dios es el que convoca: Ante el hecho evidente de la muerte, sabemos que ningún segundo, ningún minuto, ninguna hora antes de los que Dios permita saldremos de este mundo sin que Él no deje de permitirlo. Por ello si nada escapa de su mirada, tampoco nada queda al margen de su Divina Providencia.

b). Dios es un Padre que sabe esperar: Inmersos en un mundo donde todo parece ser requerido para ayer, y donde la urgencia reviste las amistades y quereres, vivimos con la premura de la falta de tiempo. O atrasados,  o apurados pero rara vez contamos con  el tiempo necesario. Esto hace que seamos impacientes lo que termina, muchas veces,  friccionando y fracturando nuestras relaciones personales y sociales. A diferencia nuestra, el señor tiene una paciencia que jamás se agota, dándonos en todo momento una nueva oportunidad, indicándonos un nuevo camino, y permanentemente enviándonos múltiples auxilios espirituales para llamarnos junto a sí  en el momento que mejor esté dispuesta nuestra alma. Él no quiere sorprendernos, pero sí desea que estemos en todo momento bien preparados, con la maleta hecha de una vida afín a la vocación a la que estamos llamados desde nuestra creación: un día “ser ciudadanos del Cielo(Filipenses III, 20).

c). Dios no se deja vencer en generosidad: Aunque el hombre y nuestra sociedad haga infinitud de obras opuestas a la voluntad de Dios, sabemos que la última palabra le pertenece. Cuando surgen incertidumbres que parecen no tener respuesta en infinitud de puntos suspensivos, y cuando la consistencia de la realidad parece ser inmodificable como es el misterio de la muerte, el punto final Dios se lo ha reservado. Y Él siempre puede más que nuestro pecado, puede más que la inevitabilidad del morir, haciendo revertir las falsas afirmaciones mundanas como aquella que dice: “Todo tiene solución menos la muerte” Para el que verdaderamente confía en Dios,  la muerte tiene un nombre, tiene un rostro y es la persona de Jesucristo quien nuevamente nos repite: “Aquel que se une a mí con fe viva no morirá para siempre(San Juan XI, 26)…por lo que la sagrada liturgia sentencia en una de sus plegarias que donde abunda el pecado sobreabunda la gracia.

d). Dios valora la oración de intercesión: En tres oportunidades nuestro Señor destacó el poder de orar, y aún más, de la fuerza incontrarrestable de la plegaria hecha por nuestros seres queridos. Garantizó con el cumplimiento de su palabra que “todo lo que pidamos en su nombre Él nos lo concederá” (San Juan XIV, 13), añadiendo posteriormente que “donde dos o más estén en su nombre, El estará en medio nuestro” (San Mateo XVIII, 20). Y, aquí somos más de dos, hay un sinnúmero de fieles que han querido elevar su oración y juntar sus intenciones por el descanso eterno del alma de nuestro joven hermano. En ocasiones, podemos pensar que a causa de nuestra maldad, Dios no acoge nuestras oraciones, mas, fue el mismo Cristo quien nos recordó que: “si vosotros siendo malos dais cosas buenas a vuestros hijos ¡Cuánto más vuestro Padre de los cielos dará cosas buenas a quienes se lo imploran con sinceridad!” (San Lucas XI, 13).

e). Dios no deja de premiar las buenas acciones: En los Santos Evangelios son múltiples los milagros y gracias que Dios concede por medio de la acción eficaz de quienes interceden por otros, tal como leemos cuando cuatro amigos colocan con gran esfuerzo a un inválido a sus pies para sanarlo, lo cual Jesús dice que a causa de la fe de aquellos amigos, el hombre fue sanado. Toda una lección para valorar debidamente cualquier esfuerzo hecho en bien de quien lo requiera: la compañía, el consejo oportuno, un simple vaso de agua fresca, la debida corrección fraterna, la visita al enfermo, la ayuda afectiva y efectiva a quien lo necesite. Todo ello  nos hace tomar conciencia del deber que como creyentes tenemos de servir “como Jesús lo hacía”. El estilo de la vida de Jesús tiene su plena vigencia si consideramos qué es el hombre, por dónde avanza y hacia dónde encamina sus pasos, por ello nuestras acciones, por pequeñas que parezcan, adquieren aroma de eternidad si acaso se realizan desde el amor a Dios.

f). Poder de la intercesión maternal: Más, dejamos para el final la razón de esperanza que está presente desde el inicio. El poder de intercesión de Nuestra Madre Santísima. ¡Quien más que Ella sabe respecto del sufrimiento humano! Con toda la crudeza de lo acontecido aquel Viernes Santo, en el cual a quien esperó vivamente antes de engendrar, y concibió primero en el alma y luego en su cuerpo, se transformó en  experta en humanidad, nos acompaña ahora para descifrar desde la fe,  el misterio que encierra  la partida de nuestro hermano.

Nuestra celebración hoy, más allá de ver patenté la realidad de la partida de un hermano,  desde la vida nos habla de vivir. Es la persona de Jesucristo que todos vimos muerto en la cruz, quien permanece vivo en medio nuestro en esta Santa Misa, la cual celebramos para alabar y agradecer a Dios, para interceder e implorar el perdón necesario en medio de este Año santo de la Misericordia.
Hermanos, el gran Juan Pablo II repetía con frecuencia: “No temáis, abrid de par en par las puertas a Cristo”, lo que implica dejar en sus manos, en su mirada, en su voz, en su bondad la eterna salvación de un joven que a sus pies hoy implora junto a los Apóstoles “¿Señor dónde podemos ir?”(San Juan VI. 68). Anhelando escuchar, sentir y mirar a Aquel que dijo: “Venid bendito de mi Padre al lugar preparado para ti desde toda la eternidad” (San Mateo XXV, 34). ¡Que Viva Cristo Rey!


PADRE JAIME HERRERA GONZÁLEZ / CURA PÁRROCO DE PUERTO CLARO / VALPARAÍSO











No hay comentarios:

Publicar un comentario