martes, 12 de septiembre de 2017

“EL MATRIMONIO ES OPCION DE VIDA PARA SIEMPRE”

  BODAS PLATINO  / CHANDIA CASTRO & BELLO AGUAYO / 1956-2017

ACERDOTE JAIME HERRERA CHILE    


Don José  y doña Rosa: Gracias por permitirnos el gozo de celebrar con vosotros y por vosotros las Bodas de Diamante, realidad que sin duda resulta inhabitual en nuestro tiempo.

Ambos fueron el comienzo de una jornada que ya se ha extendido por más seis décadas y que no pretende terminar, pues nos enseña  la Sagrada Escritura que “los pensamientos de Dios son eternos”…como lo es vuestro amor.  Contrajeron el santo matrimonio el 31 de agosto de 1956, en la entonces capilla donde nos cobijamos hoy bajo el patronazgo de nuestra Señora de Puerto Claro.

Lo hicieron en el mes con el mayor número de festividades votivas en honor de la Santísima Virgen María y en la cual  celebramos la fiesta patronal cada 24 de Septiembre: Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro.  Ciertamente, la presencia de la Virgen  fue decisiva en las Bodas de Cana de Galilea, donde gracias a su intervención  Jesús realizó su primer milagro, y lo ha sido a lo largo de vuestra extensa vida matrimonial.  

Ambos han tenido la oportunidad de visitar muchos lugares a lo largo del mundo, han hecho un sin fin de cosas donde lo han pasado muy bien,  pero,  sin duda,  ahora recuerdan tales momentos porque estaban acompañados por aquella persona que Dios les concedió para escribir la vida juntos, la cual permanece  ahora a vuestro lado.

No fue casualidad el hecho de conocerse sino que ello responde a la libérrima voluntad de Dios, que han sabido estar a la altura de esa vocación recibida.

El 1471 un día como  hoy regresaba a la casa del Padre el gran teólogo católico que escribió el texto “La imitación de Cristo”. Un programa de vida estupendo para crecer en la virtud y la santidad, cuyos consejos son aplicables para la vida matrimonial, pues están llamados a ser “imitadores de Dios”, cada uno y juntos que son: “Mucho hace el que mucho ama. Mucho hace el que todo lo hace bien. Bien hace el que sirve más al bien común que a su voluntad propia” (Libro  Primero, número 2).

Sabemos que uno de los frutos preciados del Santo matrimonio es la descendencia. Los hijos son fruto de un amor, que hace visible y mayormente posible la unión como esposos.  Dios les concedió siete hijos, que fruto de un amor generoso supieron recibir y cobijar: Patricia, José, Elizabeth, Guillermo, Juan y Hugo, Leonardo.

Respecto de vuestros hijos diremos que el número siete implica un sentido de perfección y plenitud. En la antigüedad Dios creó el mundo en siete días; la gran ciudad de Jericó cayó luego de siete días y siete vueltas que el Señor pidió dar a  los israelitas (Josué VI, 15). Ya en el Nuevo Testamento Simón Pedro ante el tema del perdón, como realidad fundamental en la enseñanza del Señor,  le pregunta: ¿cuántas veces debo perdonar a mi hermano…¿Siete veces? A lo que Jesús responde: ¡Setenta veces siete! Recalcando con ello el acto de perdonar de manera indefinida e ilimitada (San Mateo XVIII, 21-22).

No dudamos que han podido experimentar la riqueza de  “ver a los hijos de sus hijos” en cada uno de sus once nietos y de sus ocho bisnietos. Numerosa descendencia que en su origen tuvo a quienes no dudaron en dar un si a Dios y un si recíproco, ambos sin fecha de vencimiento.

La celebración de estas Bodas de Platino las han querido hacer como Dios manda, como la Iglesia vivamente recomienda y como el sentido común lo anuncia…en medio de  la celebración de la Santa Misa, con el fin de alabar a Dios por quien es, con el fin  de agradecer a Dios por tantos dones recibidos, de interceder por las necesidades espirituales y materiales, y para hacer proclive a vuestro favor la gracia de la misericordia que Dios libre y profusamente no deja de conceder.

La presencia del Señor no ha sido una estrella fugaz en la vida de vuestra familia. Dios ha permanecido a vuestro lado a pesar de los silencios y del distanciamiento del caminar a través del paso de los años.

Sin duda, el acto de venir hace sesenta y un años atrás a este lugar sagrado, y de participar en la Santa Misa de manera frecuente, revistió de verdadera vitalidad vuestra unión y fortaleció el compromiso mutuo con la medida del amor de Dios,  que siempre ama sin medida. ¡Grande es el amor de Dios! ¡Todo lo puede, todo lo espera, todo lo perdona! ¡Siempre puede más!

Cara a Dios el sacerdote, y frente a Dios los jóvenes novios de entonces, recibieron la bendición en latín del ministro de Dios.

Para mantener el camino querido por Dios fue necesario incluir unos criterios bien precisos: “El encanto puede ser falso  y la belleza puede ser vana, per la mujer que teme al Señor es la que procura alabanza” (Proverbios  XXXI, 30).  Nuestro Dios dibujó para el hombre una unión perdurable, tal como la describió Jesús: “Lo que Dios ha unido no lo separe el hombre”.

Es la voz de Dios la que habla al momento en que el hombre y la mujer sellan sus vidas ante el altar de Dios, por lo que el carácter permanente del compromiso emerge  por el hecho de ser signo y presencia del amor de Dios. Es una decisión de  vida, que no sólo implica el permanecer juntos por un tiempo sino conlleva un ser esposos para siempre.

Entonces la indisolubilidad del santo matrimonio no es una cadena que obliga externamente sino que es una condición que permite la plena libertad de quien se ha casado por la Iglesia ante Dios. Sin duda, “Dios no es rival de nuestra libertad sino que es su primer garante”, también en lo que dice relación con el santo matrimonio.

a). Escuchar la voz de Dios en la Biblia y la oración.
Dirán los medios de comunicación que no es políticamente correcto lo que señalaremos porque está contra lo que masivamente se suele sostener: Muchas veces terminamos descubriendo con el paso de los años  que lo mejor para nosotros quizás no era  lo que al principio deseaba el corazón (Jeremías XVII, 9). Muchos profetas elegidos por Dios inicialmente no acabaron de descubrir cuál era la voluntad de Dios, revelándose a sus designios. Sino que sólo lograron hacerlo cuando siguieron su palabra revelada en la Santa Biblia y en la oración, confiada, perseverante y humilde.  
El matrimonio responde a la necesidad innata de amor y de compañía, este debe hacerse desde un sano discernimiento y la madurez de la fe. ¡El amor ciego no existe! Puesto que sólo se ama lo que se conoce y se ama lo que hay de Dios en cada uno.

b), Escuchar el consejo y experiencia de los mayores.
En segundo lugar, hace seis décadas ambos se vieron enfrentados a una disyuntiva, que plantearon sin duda a sus padres, los cuales siempre quieren lo mejor para sus hijos y constituyéndose como verdaderos “intérpretes del amor de Dios” para su descendencia.
La mocedad es impulsiva y  la juventud inmediatista, por lo que suele sentirse incomprendida y puede ser que la fuerza de la emoción dictamine a seguir ciegamente los impulsos del corazón, asumiendo luego que no se consideró otra perspectiva propuesta por los mayores, haciendo caso omiso de la voz de quienes deseaban sólo nuestro bien, sumergiéndose –con ello-  en una relación sin amor insertos en  una institución divinamente hecha para fraguar la felicidad,  convertida  a causa de la novel obstinación en fuente de aflicción.
¡Jóvenes, escuchen siempre la voz de sus mayores. Vean el ejemplo de estos esposos que dicen con su vida que el amor para siempre es una realidad!

c). Escuchar la fe del cónyuge elegido.
El ámbito de ayer y hoy permanece inalterable: mismo esposos, mismo templo, misma promesa mismo Dios. Con El paso de los años `puede envejecer el cuerpo pero no el alma, porque ésta goza de la lozanía propia de la piedad verdadera.
En efecto, los novios deben prestar atención respecto de la fe de quien será su cónyuge para toda la vida. Muchos hogares suelen quedar a medio construir porque les faltó el material especial del amor por las cosas de Dios y del procurar cumplir su voluntad en todo.
Al consultar hoy sobre el destino de la vida del hombre de inmediato se nos responde respecto de la felicidad…y se olvida que el primer fin nuestro es alabar y agradecer a Dios los dones recibidos. Ya lo dijo nuestro recordado San Alberto Hurtado: “La vida fue dada para buscar a Dios, la muerte para encontrarlo y la eternidad para poseerlo”. A veces el deber y el programa del Señor pasa por lágrimas de dolor y sufrimiento que sólo luego de un tiempo transcurrido, se trasforman en lágrimas de respuesta de felicidad.
Las cosas que más cuestan esfuerzo, dedicación y atención, son las que más terminamos valorando.  El camino expedito de la facilidad atrae una felicidad fantasiosa, que parece que es,  pero no es verdadera. ¡Es la felicidad payasesca! Que por dentro llora y por fuera ríe. Y eso no sirve para fundar una familia para seis décadas. Es necesario entonces, tener un mismo pensar, un mismo sentir respecto de las cosas de Dios, de su Iglesia y del orden de la sociedad.
Imploramos al finalizar nuestra meditación invocando el auxilio de Nuestra Patrona, la Virgen de las Mercedes de Puerto Claro, cuya mirada se detuvo hace sesenta y un años en la de dos jóvenes que siguieron la aventura desafiante de cumplir un programa de vida permanente en el Santo Matrimonio.
Que ese manto protector los cuide en todo momento, y les anime en la adversidad a implorar a Aquella Madre nuestra de la cual nunca se ha oído decir que quien recurriese a Ella, su plegaria fuese desatendida.
Hoy estas seis décadas son el regalo que estos esposos colocan a los pies de la Virgen, para agradecer los múltiples dones recibidos a lo largo de estos años. ¡Que Viva Cristo Rey!
    
          

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