
lunes, 30 de noviembre de 2015
jueves, 26 de noviembre de 2015
Fiel es Dios a sus promesas
HOMILÍA CENTENARIO NATALICIO PRESIDENTE
PINOCHET 2015.
1.
“He aquí
que pongo en tu boca mis palabras. Mira que te constituyo hoy sobre naciones y
reinos para arrancar y destruir, para arruinar y asolar, para edificar y
plantar” (Jeremías
I, 8-0).
Una simple placa de
mármol fue colocada el 1936 en el Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo
Socorro: “Gracias Madre mía. Ayúdame
siempre. Alférez. A. Pinochet.1936”. Aquel día recibía el primer grado como
oficial del Ejército al que estaría formalmente vinculado durante sesenta y
cinco años, llegando a ser el soldado con más años en servicio activo en todo el
mundo.
Sin lugar a dudas, aquella filial confianza puesta en la Madre de
Dios tendría la respuesta maternal a lo largo de toda una vida conocedora de lo
dulce y agraz; donde no faltó -en momento alguno- la mirada providente, particularmente en las horas
de mayor dificultad como fue padecer un secuestro
en tierra extranjera durante 503 días, y el haber salido ileso de un
atentado que humanamente parecía terminal. Los gestores del fracasado
magnicidio olvidaron un detalle: el hombre puede equivocarse y olvidar, Dios
no, por lo que “cielo y tierra pasarán
pero su Palabra no pasará”. ¡Fiel es
Dios a sus promesas!
Para los creyentes nada
pasa por que si, todo tiene un sentido, en los cuales el poder y la bondad de
nuestro Dios nunca permanecen ajenos. Sólo así es posible enfrentar la vida y
hacer que los sueños sean una realidad.
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Misa Centenario Presidente Pinochet |
Con gozo y renovada
esperanza celebramos el centenario del nacimiento del Presidente Pinochet,
quien nació en la ciudad evocadora del Valle del Paraíso cobijada bajo la protección
patronal de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro.
Bautizado tempranamente,
sus padres, don Augusto Alejandro y doña
Avelina, se esmeraron en que su
primogénito recibiera una arraigada educación religiosa, procurando
estrablecimientos confesionales como fueron: el Colegio Episcopal Seminario
Menor San Rafael, el Instituto de Formación de los Hermanos Maristas en
Quillota, y el Colegio de los Sagrados Corazones en Valparaíso.
Allí supo de misas, de Adoración
al Santísimo, de devoción a la Virgen María, de confianza en la Divina
Providencia, como –también- de las virtudes humanas de amistad, fidelidad,
espíritu de sacrificio, todo lo cual, se impregnó en el seguimiento de la vocación
al servicio de la Patria para culminar con la proclamación del solemne juramento
hecho ante el emblema Patrio: “Juro por
Dios y por esta bandera, servir fielmente a mi Patria, ya sea en mar, en tierra
o en cualquier lugar hasta rendir la vida si fuese necesario”. El cielo y
la tierra serían testigos del cumplimiento de estas palabras a lo largo de toda
su vida.
Mientras que en la
actualidad muchos anhelan extender su
juventud hasta bien entrada la segunda y tercera década de vida, evitando compromisos
y responsabilidades, tenemos a nuestro Presidente que desde los quince años
descubrió la vocación al servicio de la Patria a la que Dios le llamaba. Por
ello, no dudó en cumplir su palabra en
toda circunstancia: Su amor al poder consistió en poder amar a Dios, poder amar a su Patria y poder amar a su Familia: En consecuencia: una vez
bautizado siempre bautizado, por ello permaneció fiel como hijo de Dios e hijo
de la Iglesia; una vez militar, siempre militar, al servicio de una vocación
más que de una profesión, y una vez
esposo y padre, preocupado y ocupado de su
familia, vivero del alma y de la ciudad.
2.
“Hazme justicia, Señor, porque yo he andado en
integridad y he confiado en Dios sin vacilar”
(Rey
David).
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Padre Jaime Herrera |
El Salmo que hemos
escuchado, fue escrito por el Rey David, y nos habla del premio a quien
deposita toda su confianza en Dios, que es amor. No da lo mismo en quien
creemos, y no da lo mismo en que qué creemos: Finalmente, la vida de
cada uno de nosotros termina siendo expresión de ausencias y presencias respecto
de aquello en que hemos creído.
En efecto, constatamos
que la ausencia de Dios en el mundo se manifiesta por un creciente espíritu
deshumanizador. No da lo mismo mirar al cielo y
descubrir a un Dios todopoderoso, omnicomprensivo, misericordioso, que marginar
la dimensión religiosa del hombre con una supuesta neutralidad que siempre es
inexistente. Quien no alaba a Dios irremediablemente se termina alabando a sí
mismo, en sus capacidades y limitaciones. Esto catapulta la soberbia, la
violencia, y la insensibilidad hacia los demás.
Durante siete décadas
el imperio de una ideología definida por el magisterio pontificio como “intrínsecamente perversa” (Divini
Redemptoris, Pío XI) encontró
guarida en una sociedad que comenzó a renegar de Dios, de sus mandamientos, y
de los caminos propuestos en el Santo Evangelio, constatando que podemos por un
tiempo tener la ilusión de alzar un
mundo al margen de Dios, mas, prontamente percibimos los efectos de la
pesadilla a la que conduce alejarse del Reino de Cristo en la sociedad.
Una y otra vez la
Iglesia nos recuerda, entonces, que Cristo no es rival de la libertad del
hombre sino que es su primer garante. ¡Nada nos quita todo nos da! Hacer de lado a Dios necesariamente conlleva a
ampliar el abanico de los marginados, de los que quedan al margen de la mirada
y preocupación de la sociedad. Y como siempre acontece, son los más débiles los que más sufren.
Los niños, los huérfanos, los ancianos, los enfermos. El mundo ateo, que se
olvida de un Dios que es amor termina negando su obra por los caminos de la
indiferencia, el menosprecio y finalmente
el desprecio.
Con pavor y dolor hemos
visto los tristes sucesos que el terrorismo recientemente ha causado en la
ciudad de las luces y otras partes del mundo.
El mundo “moderno” despierta sorprendido y verifica que lo que
algunos antaño motejaban como ilusión y observaban
hasta con quimérica simpatía, hoy sale del closet para mostrar las garras
y fauces que dejan una estela de lágrimas, temor, y desazón.
La guerra siempre ha de
ser evitada porque es un camino sin retorno por eso, nunca serán suficientes los esfuerzos hechos para
conservar y alcanzar una paz estable e integradora entre las naciones. Generalmente,
las guerras no las declaran los hombres de uniforme, las declaran
civiles de cuello y corbata como lo recordaba años atrás nuestro Presidente
al culminar exitosamente el proceso de la mediación papal: “Los militares debemos por formación
prepararnos para la guerra, también debemos buscar la forma de evitarla. Una de
nuestras importantes misiones es la paz en la justicia y me enorgullezco de
haber contribuido a alcanzarla” (29 de Noviembre de
1989).
Es cierto, se
requiere más valentía en mantener la paz que en declarar una guerra, por lo
que cuantos han portado el uniforme del Ejército “siempre vencedor, jamás
vencido” ostentan la convicción de llevar en sus corazones la certeza de la
misión cumplida donde resuena la invitación hecha por el Divino Redentor: “Bienaventurados los pacíficos porque serán
llamados hijos de Dios” (San Mateo V, 9).
Con la fuerza que le
caracteriza, en la última Audiencia Papal, Su Santidad Francisco decía: “Bienvenidos los operadores de paz, pero los
que trabajan por la guerra, que hacen la guerra, son malditos, son delincuentes”
(19
de Noviembre del 2015). Nunca será suficiente recordar que nuestra
Patria evitó las consecuencias inimaginables de sufrimiento, que habrían
causado diversos conflictos armados, tanto ad
intra como ad extra de sus
fronteras.
Pero, el terrorismo
es una guerra en migajas: que en nuestra Patria ha causado, en un pasado
reciente, múltiples sufrimientos. Nunca
habrá justificación moral suficiente para una agresión a inocentes, nunca
una justificación para mutilar la historia personal, familiar y social. Nuestra
sociedad padeció durante décadas, los actos de un terrorismo coludido en
torno a la exclusión de Dios de la sociedad.
Por ello, constatamos
que el mayor mal del comunismo no es de quién es la propiedad, sino de quién
uno es en propiedad. Más que afectar los bolsillos afecta el alma de cada
uno y el alma de la Patria entera. De ahí que la crispación que verificamos
en la sociedad tiene su origen estrictamente en la intención y en la acción permanente
de sacar a Dios de la nuestra vida, de nuestra cultura, de nuestra arte, de
nuestra familia, de nuestra educación.
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Misa por Presidente Pinochet |
3.
“Si alguien piensa que está en la
luz mientras odia a su hermano, está aún en las tinieblas”
(San
Lucas VII, 1-10).
En nuestro corazón de
creyentes hay por naturaleza un espíritu de esperanza, de perdón y de cristiana
resignación, tal como proclamamos a lo
largo de las plegarias tradicionales de éste Bendito Mes de María. No son
los puños alzados y cerrados los que dan la mano para acoger; no son los puños
cerrados y agresivos los que invitan a construir, son las manos abiertas las
que prodigan generosidad, las manos extendidas las que estrechan amistad, todo
lo cual deviene de una visión de las cosas del
cielo y de la tierra, que
colocadas en la debida perspectiva hacen posible una verdadera reconciliación y
amistad cívica.
Bajo el lema “ni perdón ni olvido” sólo se termina cultivando
la crispación social. ¡Siembra vientos y
cosecharás tempestades! (Oseas VIII, 7).
La segunda lectura del Nuevo Testamento ha dicho que: “Si alguien piensa que está en la luz mientras odia a su hermano, está
aún en las tinieblas” (1 San Juan II, 7-9).
A la luz de la fe
imploramos al Buen Dios tener un alma abierta a la trascendencia, donde no
demos cabida al rencor ni al odio. Que nos conceda el buen ánimo y el sano
sentido del humor, propio de quien vive en la esperanza cristiana.
A este respecto, hace 42 años atrás, tenía yo nueve años de edad…y medía lo
mismo…aunque pesaba mucho menos, es verdad. Vivía en el país del no: no hay
carne, no hay diarios, no hay pan, no hay verduras, no hay locomoción…no hay
clases –a esa edad eso no me era tanto problema, me podía sacrificar- pero,
como muchos hice extensas filas con mis hermanos para conseguir algo: de
regreso a casa como teníamos tiempo pasábamos a la plaza a jugar y veíamos los
carteles sobre el pasto que suelen colocar los encargados de jardines hoy: “por favor no pisar el pasto”, por
entonces, el cartel decía: “por favor no se coma el pasto”.
4.
“Yo os
digo que tal fe como ésta no la he hallado en Israel” (San
Lucas VII, 10).
Si nuestra vida como
creyentes implica el itinerario de buscar, encontrar y vivir en Cristo, entonces,
el encuentro que tuvo Jesucristo con un oficial de ejército, constituye
un verdadero icono de la vivencia en la fe.
Es un detalle
significativo el hecho que quienes se acercan a Jesús le digan: “Es digno que le concedas todo porque ama a
nuestra Nación”. La gratitud expresada en la súplica de intercesión de
aquellos subalternos del centurión, atrae la mirada del Señor y propicia el
milagro hacia quien estaba gravemente enfermo.
Ciertamente, la fe aumenta al escuchar, por lo que aquel
soldado romano que se acerca a hablar con Jesús, con seguridad oyó en el pasado hablar sobre un
tal Jesús de Nazaret, por ello, sin dudarlo, la grandeza de su fe le hizo no sólo implorar la
gracia de salir del pozo profundo que le aquejaba, que era la necesidad de uno
de los suyos, sino, además, de aspirar a llegar a la cumbre a la
que era invitado, y que San Pablo describe estupendamente: “Ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí” (Romanos
VIII, 10).
Estamos cercanos a
iniciar el Año de la Misericordia. Será un tiempo excepcional de la gracia de
Dios, que siempre puede más que nuestro pecado, pues, sólo Jesucristo es capaz de “transformar un corazón de piedra en un corazón de carne” (Ezequiel
XI, 19), que pueda hacerse parte de las miserias
humanas que cada uno sobrelleva en su vida. Imploramos tener un corazón
misericordioso, donde la caridad no sea sólo una moda, un slogan, o unas horas
de beneficio.
¡Que la misericordia
llegue para quedarse! Esto hará que las tinieblas de un mundo
que camina de espaldas a Dios, se disipen por la vivencia de una fe que evidencia
la claridad de las enseñanzas y de vida de aquel que dijo: “Yo soy la luz del mundo, quien vive en mí no andará en tinieblas” (San Juan VIII, 12).
Hemos comenzado
recordando a la Madre de Dios. Y, no podía ser de otra manera, pues, la Redención
del mundo vino de la mediación de la Santísima Virgen María, la cual, como “aurora de salvación” y “estrella de la mañana”, nos trajo al
Divino Redentor.
Dice el refrán: “Quien a buen árbol se arrima, buena sombra
le cobija”…Nació en una ciudad consagrada desde su origen a la Virgen
María en medio de la celebración del Mes de María; fue bautizado en una
parroquia dedicada a la Virgen María; estudió en tres colegios donde se venera
a la Virgen María; consagró su vida militar a la Virgen María, fue llamado por
Dios en una festividad de la Virgen María (Nuestra Señora
de Loreto) y sus funerales se realizaron en
un día de la Virgen María (Nuestra
Señora de Guadalupe).
Imploramos, en esta
celebración de los primeros cien años del recuerdo del natalicio del Señor
Presidente Augusto Pinochet, le obtenga, nuestra Madre del Cielo, el don de la
Bienaventuranza a la cual anhelamos recibir y nos preparamos alcanzar. ¡Viva Cristo
Rey!
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HOMENAJE PRESIDENCIAL |
Pbro.
Jaime Herrera González / Diócesis de Valparaíso / /Fono: 9-7402707 / mail: padrejiameherrera@gmail.com
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miércoles, 18 de noviembre de 2015
UN MES MARIANO
En noviembre celebramos
el Mes de María. Es una devoción que se inició en la Edad Media, según leemos
en las “Cantigas de Santa María” (número 10), escritas por el Rey Alfonso X
(1221-1284), quien invitaba a “trovar en
honor de la Rosa de las Rosas y de la flor de las flores”. Es un mes
completo para llenar de flores nuestros altares y el corazón de la Madre de
Dios.
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Padre Jaime Herrera |
En sus inicios, se
celebraba en Europa durante el mes de mayo, que es el mes de las flores, y que
anuncia la llegada de la primavera. A lo largo de todo un mes se regala flores
–naturales y espirituales- a la Madre de Dios, contemplar y meditar sobre su
vida y virtudes, y rezar las oraciones dedicadas a Ella. San Felipe Neri se
caracterizó por expandir este mes dedicado a la Virgen por medio de la
consagración especialmente de los niños
y jóvenes.
El Mes de María se celebró
en todo el mundo desde el Siglo XIX, cuando fue recomendada con indulgencias
por los Papas Pío VII y Pío VIII.
Desde la llegada del
Evangelio a América se propagó fuertemente por todo el continente la devoción a la Virgen. En nuestra Patria
quedó arraigada esta devoción desde su inicio con: asistencia a Misa diaria; rezo de oraciones del Mes; rezo del Rosario de la Aurora; y el rezo del Mes en familia.
En Chile celebramos el
Mes de María desde el 8 de Noviembre hasta el 8 de Diciembre, pues Monseñor Joaquín
Larraín Gandarillas fijo esta fecha como preparación al dogma de la Inmaculada Concepción
dado el 1854. Las oraciones del Mes de María fueron escritas por el sacerdote
Rodolfo Vergara Antúnez y condensan a la vez el reconocimiento a las virtudes y
verdades de la Virgen María, a la vez que se hace el propósito de llevar una
vida nueva en Jesucristo.
En la Parroquia Nuestra Señora de las Mercedes de
Puerto Claro, constituye la etapa final para los niños y jóvenes que se
preparan a la Primera comunión que reciben tradicionalmente el día 8 de
diciembre.
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Sacerdote Jaime Herrera |
Este Año, bajo el lema:
“María, Madre de la Misericordia”,
centraremos nuestras meditaciones diarias en torno a la bondad, el perdón, la
misericordia, y la verdad.
lunes, 9 de noviembre de 2015
“DAR EN CONCIENCIA, EN HUMILDAD Y EN VERDAD”
DOMINGO TRIGÉSIMO SEGUNDO / CICLO “B” / TIEMPO COMÚN.
1.- “Ella se fue e hizo según la palabra de Elías, y comieron ella, él y su hijo”
(1 Reyes XVII, 10-16).
En nuestros días el pudor en el tema de las finanzas es más riguroso que el que se prodiga hacia los sentimientos y nuestro cuerpo. El programa de farándula más recatado resulta un verdadero ventilador del alma si del prójimo se trata, en tanto que, bajo el argumento de cualquier acto de protesta que se emprende en la actualidad, se desprende de la indumentaria más básica. El nudismo de la vida privada no tiene comparación cuando se trata de hablar de los bienes personales.
Un antiguo obispo solía decir que “los curas con las platas son como las vacas con la leche…nunca se sabe cuanta tienen porque la ocultan”. Y esto, quizás puede aplicarse eventualmente a la realidad familiar. Hoy donde suelen trabajar de manera remunerada el padre y la madre, ¿sabe lo que recibe, gasta y tiene cada uno?
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Padre Jaime Herrera González |
En el caso de los jóvenes: es cierto que la mayoría de las veces tienen balances en rojo, porque siempre son más sus ingresos que sus egresos. En todos los casos citados, ante el tema económico surgen silencios si se trata de lo que uno recibe y se vocifera de lo que otros reciben.
Recientemente se han publicado dos libros sobre investigación sobre las cuentas de la Santa Sede, llegando a cuestionar el valor que se canceló por una bicicleta. Es verdad que “la esposa del Cesar no sólo debe serlo, sino –también- parecerlo”, y que “las cuentas claras conservan la amistad”, pero, el mismo criterio que aplicamos para exigir la probidad y pulcritud de los informes financieros de los demás debiésemos colocarlo respecto de la accesibilidad de quienes consulten sobre lo que poseemos. “La medida que usemos será usada con nosotros”.
Ahora bien, es indudable que debemos ser ordenados y claros con nuestros bienes, lo que implica dar a conocer cuánto tenemos y de qué tenemos. ¿Qué malo hay en ello? Tratándose de la vida de nuestra Iglesia, como miembros de diversas comunidades, no basta tener balances conocidos sino que estos, además, deben responder a una efectiva vivencia de la buena implementación de una sana economía de comunión.
Lo anterior nos sirve para circunscribir el aporte hecho por la viuda pobre en el santo evangelio de este día como paradigma del verdadero espíritu de pobreza y desprendimiento que siempre ha de ir de la mano con la vida ascética del católico.
El relato proclamado nos habla que era una época cercana a la pascua, por lo que hubo que en Jerusalén una importante “sobrepoblación”, que debe haber acrecentado las arcas del templo de manera considerable. En Jerusalén, los habitantes permanentes eran unos cien mil, el historiador Flavio Josefo refiere unos tres millones de peregrinos. Eso indudablemente repercutía en los aportes recibidos en el templo, los cuales se entregaban “religiosamente” y los servidores del templo esperaban con anhelo.
Aquí está el centro del texto que hemos escuchado. Lo importante está en todo momento no en la cantidad de lo qué se da, sino en por quién se da: Las obras de misericordia tienen como origen y destino uno solo, alabar y agradecer a Dios en el servicio dado al prójimo. Si el pobre es Cristo, entonces, es a Cristo que servimos, puesto que “Todo lo que hicisteis con uno de estos pequeños conmigo lo hicisteis”, dijo el Señor.
2. “El Señor reina para siempre, tu Dios, Sión, de edad en edad” (Salmo CXVIL 7-10).
En ocasiones las ofrendas y donaciones pueden transformarse en un modo para ocultar el espíritu de orgullo. Jesús ve lo secreto de nuestros corazones y sabe perfectamente de qué estamos hechos. La sinceridad y el desprendimiento de suyo no son sinónimo de humildad, porque las ofrendas y donaciones deben ser vistas, en todo momento, bajo la mirada de Jesucristo, el cual, más que detenerse en las cantidades y los pareceres, mira el interior de los corazones.
La denominada “servicialidad” puede estar viciada si lo que prima es el orgullo. Esto se verifica cuando el que ayuda se destaca más que a quien se ayuda. Las páginas sociales de los diarios y revistas capitalinas suelen colocar como “eventos” las diversas obras de misericordia. Subyace una especie de “marketing” del bien que se hace, con un sinnúmero de “merchandaising” de obras asistenciales que promocionan a quienes están llamados a aplicar todo el evangelio en sus vidas y comunidades, también, por supuesto, aquello que Jesucristo dijo con toda fuerza: “que no sepa tu mano izquierda lo que hace tu derecha”.
Para muchos esto que decimos no tendría nada de malo. Más, para el creyente no basta con evitar lo malo, es necesario hacer el bien…bien hecho, lo que conlleva la humildad de actuar anónimamente, de procurar pasar desapercibido y en segundo plano cuando se trata de ejecutar las diversas obras de caridad que todo católico debe buscar cumplir permanentemente. ¡No hay un tiempo para la caridad, toda época es adecuada!
Desde que nuestro Señor vino a nosotros sabemos que estamos llamados a la santidad mediante la vivencia de la caridad, a la que Dios mismo nos invita a cumplir según lo dicho en la Biblia, y a lo que su Iglesia nos exhorta a seguir por medio de las obras de misericordia, primero espirituales y luego corporales: “Se ha manifestado ahora una sola vez, en la plenitud de los tiempos, para la destrucción del pecado mediante su sacrificio” (Hebreos IX, 24-28).
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Sacerdote de Valparaíso |
3. “Todos han echado de los que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir” (San Marcos XII, 38-44).
En tiempo de Jesús no existía sistema de pensión alguno. Los ancianos, enfermos y pobres quedaban al cuidado de familiares o la ayuda de las limosnas que podían recibir. Ahora bien, si sumamos que en evangelio habla de una “viuda pobre” entendemos que se trataba de una mujer cuya posición en la sociedad era muy secundaria, por lo que la vejez y viudez eran sinónimo de una vida llena de miserias y carencias. Aun así, acude al templo y da cumplimiento con el mínimo establecido por la ley ritual judía de dos pequeñas monedas, que ante las abultados aportes parecía inexistente a la atención de quienes estaban a su alrededor.
Entre los primeros cristianos los necesitados eran inexistentes según se lee en el libro de san Lucas: “No había entre ellos ningún necesitado, porque todos los que tenían campos o casas, los vendían y ponían el dinero a los pies de los apóstoles” (Hechos IV, 34-35; II, 44.45).
Los maestros de la ley hacían grandes plegarias para impresionar a los demás: hoy no faltan los nuevos fariseos que con innovaciones litúrgicas pretenden abrogarse un protagonismo que en la Santa Misa solo le corresponde a Dios y a sus sacerdotes ministerialmente instituidos. En aquellos años –además- eran los encargados de juntar las colectas. Las mujeres estaban en un lugar aparte de los hombres, y se ubicaban en un patio donde había trece cofres en forma de trompeta. Como entonces no existían billetes, sino que todo dinero era tenido en forma de monedas, al insertarlas en aquellos recipientes se producía un gran estruendo cuando eran muchas, y un sonido casi imperceptible cuando eran pocas como era el caso del aporte de la viuda. Como parte de aquellos aportes iban en forma de “diezmo" los levitas del templo estaban presentes para recolectar, contar y administrar dichos bienes.
A nosotros Cristo nos pide una generosidad sin ruido ni publicidad, de ello es testimonio el aporte de la viuda con dos leptas (mite) de bronce, de muy poco valor ya que era todo lo que la viuda podía ofrendar aquel día. Era el sustento diario para vivir. Dar mucho como el resultado de ser una migaja de lo que se tiene, implica simplemente dar lo que sobra, entregar el tiempo que está de más. El viuda pobre lo dio todo, no se reservó incluso lo que habría sido razonablemente necesario hacerlo, y ahí está el mérito que Jesús quiso dejar en evidencia
En consecuencia, la viuda muestra que la medida del amor es amar sin medida. Dios no se cansa en perdonar, no coloca condiciones a quien ama, no espera resultados para dar nuevas oportunidades, es un Dios incondicional que nos habla de un amor verdadero al mostrarnos a su Hijo muerto y Resucitado. ¡Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!
Padre Jaime Herrera González / Cura Párroco de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro / Chile
domingo, 8 de noviembre de 2015
Firmes en la Fe
DOMINGO VIGÉSIMO NOVENO / TIEMPO ORDINARIO /CICLO “B”.
1.
“Por las fatigas de su alma, verá luz, se
saciará” (Isaías LIII, 10-11).
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Luz sombría del mundo hoy |
Las luces mundanas son oscuridad en el hombre.
Nada mejor ejemplifica estas palabras que mirar las imágenes que quedaron impresas
en las paredes de Nagasaki e Hiroshima producto de la explosión nuclear
acontecida hace varias décadas atrás (1945). Nunca será suficiente destacar las
consecuencias que tuvo la inventiva del hombre para provocar un suicidio
colectivo como es la implementación de una guerra injusta.
Semejante al testimonio silente de los cuerpos calcinados
en Pompeya producto de la erupción del Vesubio el 24 de Agosto del año 79, las
imágenes plasmadas en las calles y paredes de las citadas ciudades niponas no
nos hablan de un acto de la fuerza de la naturaleza, sino de la fuerza que la
naturaleza pecadora de una persona puede llegar. Las luces de un mundo sin Dios
son oscuridad para el hombre y la sociedad.
El hombre que se gana para sí mismo se pierde
para Dios. Debemos centrar nuestra vida en torno al don de la fe que hemos
recibido, la cual, como una semilla puesta en nuestra alma el día del bautismo
está llamada a dar fruto en abundancia, lo que ha de ser motivo de verdadera
esperanza para todo creyente.
Es una esperanza que tiene su consistencia en
lo divino y lo humano, pues, el profeta Isaías
describe aquel siervo sufriente
“familiarizado con las dolencias”. La expresión hebrea “ish machovot” dice relación con un “hombre habitualmente enfermo”.
Por medio de ese padecimiento, Cristo en la
Cruz, con su sangre y su muerte, “paga a
Dios” el precio de nuestro pecado, constituyéndose así en un puente que
pertenece a las dos orillas, tan completamente humano como divino a la vez,
ofreciendo la seguridad que es uno de
nosotros quien nos abre el acceso a Dios. Entonces, Jesús Dios y hombre verdadero, es el
centro de nuestra fe y de nuestra esperanza.
A pesar del aparente carácter irrevocable de
muchas realidades que estan a nuestro alrededor, y del poder aparentemente
indestructible de una sociedad que da la espalda a Dios, sabemos que la
oscuridad no tiene la última palabra. ¡Dios ha vencido! Y, junto a Él estamos
llamados a reinar, para lo cual hemos de implorar insistentemente como le
pedían sus apóstoles: “Señor, auméntanos
la fe” (San Lucas XVII, 5). ¡Domine adauge nobis fidem!
2.
“Mantengamos firmes la fe que profesamos” (Hebreos IV, 14-16).
Para vencer la oscuridad y las sobras de muerte
de mundo actual se requiere del consejo a los hebreos que hacen las enseñanzas
de San Pablo: No hay otro camino posible ni otra enseñanza que la Iglesia pueda
proponer a la sociedad actual que la de invitarnos a estar “firmes en la fe que profesamos”.
Ahora bien, ¿qué implica esta expresión? Nada
más original que invitarnos a la fidelidad, pues, los caminos opuestos a ella nos han
demostrado –ampliamente- hacia dónde nos conducen.
Nuestra fe no es cuestión de moda es cuestión
de amor. La tentación reinante desde hace dos siglos y medio hace que tendamos
a igualar los gustos y opciones de las mayorías volubles y cambiantes sobre lo
que Dios y su Iglesia nos invitan a seguir. La invención falaz de una fe
seducida por las modas y las encuestas, ha inducido a muchos a claudicar en
favor de las deidades contemporáneas.
Nosotros en la vida presente nos vemos
enfrentados a una doble tensión: Por una parte, el mundo se nos evidencia como
perecedero, en tanto que la eternidad es “gloria
y pena para siempre, siempre, siempre” (Santa Teresa de Ávila).
El “culto al mundo” que se da no sólo fuera de
la Iglesia, entrega un conjunto de leyes, de conductas, de hábitos y vicios que
no están abiertos a la trascendencia, que resultan impermeables –como una piedra
inerte- a la luz divina y permanecen curvados en sí mismos. El mundo
banaliza al hombre. Nos despersonaliza, vaciándonos por dentro…y sabido es que
aquello que está vacío termina siendo juguete de cualquier viento.
En efecto, el “mundo”
es el valor de eternidad que el hombre atribuye a lo caduco, la palabra “dialogada”
que suplanta a la Palabra, la presencia –masiva, entusiasta, festiva- que desafía
y en ocasiones oculta a la misma Presencia verdadera. La liturgia que es
celebración de la fe, muchas veces es violentada por ese espíritu mundano:
cuesta distinguir quién es el protagonista principal de una Santa Misa:
homilías histriónicas y emoticonas, con oraciones cortitas,
altares sin vida: sin cirios, sin flores, sin reliquias, sin manteles, sin
crucifijo. Pero, ¿qué se coloca en vez de aquello que la Iglesia ha establecido
de modo perenne?: “ofrendas”, que pueden ser tan variadas como la imaginación
humana; los albos manteles se suplantan por artesanales mantas y ponchos. Digámoslo claramente: El mundanismo es un enemigo que debemos
vencer, pactar con él es condenarse a sí mismo. Ante ello debemos procurar
estar: vigilantes, con el espíritu de la alegre generosidad de los comienzos y
procurar cerrar cualquier fisura de malsano espíritu mundano. Por lo anterior,
se hace necesario escuchar y vivir las enseñanzas de Jesús que en el Santo
Evangelio nos invitan a ser servidores creyentes, servidores apóstoles,
servidores discípulos, servidores católicos que no se avergüencen de los
dones y gracias recibidos.
3.
“El que quiera ser el primero entre vosotros, será esclavo de todos, que tampoco el Hijo del hombre ha venido a ser
servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos” (San Marcos X, 35-45).
¿A
quién consideramos servidor? Los padres
de familia que se desgastan por procurar el bienestar de sus hijos: desde
su nacimiento, pasando por su educación. Lo mejor y primero para sus hijos. Un
padre y una madre pueden cuidar diez hijos pero no siempre diez hijos terminan
cuidando igualmente a sus progenitores. Es un servicio con una dimensión permanente, no tiene “recreos”
ni “pausas” sino que se está pendiente en todo momento de lo que es amado y
valorado.
Un carabinero:
Muchas veces cuestionado en su labor diaria, es de lo más estimado siempre en
las encuestas, las cuales en ocasiones, pueden ser un indicativo valido para
ser considerado. A diferencia de muchos otros oficios, no hay retribución anexa
a horas extraordinarias de trabajo. Entonces, el servicio implica una dimensión de gratuidad, donde el
esfuerzo, dedicación, perseverancia, pulcritud no tienen relación más que con
el espíritu de servir. No se sirve “para”
algo, se sirve “por” alguien,
ello le da una entidad poderosa al acto de servir porque –finalmente- Dios
está en el origen, en el camino y en el fin de todo verdadero servicio.
Un maestro:
El verdadero servicio es un acto consiente, que surge de la voluntad iluminada
por la razón, por ello, verdaderamente se puede educar en la servicialidad, predisponiendo al alma a responder
con prontitud y generosidad ante quien lo necesita. Dios ocupa un lugar central
en esto, dando la gracia para hacer no solo que seamos “más generosos” sino, para que ese acto mismo, sea la vez “más virtuoso” y –eventualmente- santificante.
¡No se llega al Cielo sin servir!
Nuestro
Señor de manera insistente nos invita a servir a lo largo del Evangelio. “No podéis servir a dos señores” (San
Mateo VI, 24); “Así como Yo he hecho servid a vuestros hermanos” (San
Juan XIII, 14); “Estoy con vosotros como quien sirve” (San
Lucas XXII, 27); “Todo aquel que siquiera de un vaso de agua en mi nombre no quedara sin
recompensa”
(San Mateo X, 42);
“El que quiera entre vosotros ser grande,
será vuestro servidor” (San
Mateo XX, 28). De algún modo podemos
hablar del “Evangelio del servicio”.
A
lo largo de toda la historia nuestra Iglesia se ha dedicado a servir, ha
sido un “distintivo” de su vida en medio de la sociedad. Lo hizo, lo hace y
lo hará. No dudemos un instante en esta verdad. En la medida que cada
feligrés asuma la tarea de servir a quien lo necesita el Evangelio ira echando
raíz diseminara el aroma de la verdad y la bondad de la belleza de la vida
cristiana. Es un imperativo implementar el apostolado de servir para descubrir el servir como apostolado. ¡Viva Cristo Rey! Amén.
Padre
Jaime Herrera González / Cura Párroco de Puerto Claro / Diócesis de Valparaíso.
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