martes, 5 de agosto de 2014

MIRA QUE TE MIRA DIOS, MIRA QUE TE ESTÁ MIRANDO


 
 HOMILÍA  MISA PRO DIFUNTO DEL PADRE  JAIME  FERNÁNDEZ.

“Trabajé pastoralmente tanto en mi colegio como en la Parroquia San Martín de Tours, a la cual pertenecía. En ese trabajo descubrí mi vocación al Clero Diocesano y, bajo la dirección espiritual del Padre Alberto Hurtado ingresé al Pontificio Seminario Mayor de Santiago”.
Rector Seminario Lo Vásquez, Monseñor Jaime Fernandez Sanfuentes y Pbro. Jaime Herrera González (1982).
Con estas palabras se expresa Don Jaime Fernández Sanfuentes en una autobiografía hecha en la página web de su Parroquia en Algarrobo. Desde su primera juventud buscó, encontró y tuvo una vida cristiana donde lo normal era procurar cumplir la voluntad de Dios. Si bien tuvo en algún momento el deseo de ser médico del cuerpo, Dios le infundió la vocación de ser médico del alma, llamada que respondió permanentemente a lo largo de casi sesenta y dos años, iniciados  desde aquella hermosa jornada de aquel 23 de Septiembre del año 1950. Allí  resonó en su alma las palabras de la consagración. “Tú eres sacerdote para siempre”. Desde ese momento se comenzó a escribir una historia ininterrumpida, de grandezas y miserias, de claridades e incertidumbres, de vigores y debilidades que marcaron la vida de aquel que hoy encomendamos su alma.

“El 20 de Junio de de 1988 dejé las rectorías del Pontificio Mayor San Rafael y del Colegio Seminario san Rafael y fui nombrado Párroco de Algarrobo”.
Padre Jaime Fernández impone las manos en Ordenación del Pbro. Jaime Herrera. Junto a ellos, el actual obispo de Valparaíso, Monseñor Gonzalo Duarte García de  Cortázar (Domingo 7 de Enero de 1990).
Un par de líneas le bastaron a Don Jaime para describir los sentimientos al partir luego de varias décadas al servicio de la formación de los jóvenes, del Colegio que se honraba de denominarse “episcopal” por la especial cercanía y dependencia del Obispo del lugar, y del “pontificio” Seminario Mayor que ostentaba el título de “pontificio” desde hace sólo cinco años: hicimos una extensa fila de seminaristas, evidente, si “in ille tempore” llegamos a ser casi un centenar de seminaristas. Al caer el día –llegada la noche- como presagio de oscuridades y sequedades, silente y solo el Rector se alejó.

Los oficios rezados a coro y de alba revestidos; los himnos gregorianos entonados en la lengua madre de nuestra Iglesia, que solemnizaban y ungían de sobriedad y piedad la sacra liturgia; el silencio mayor que facilitaba la oración y el estudio, impartido por un selecto grupo de maestros venidos desde diversos ámbitos de la vida de la Iglesia; el sano esparcimiento compartido en las vacaciones comunitarias; el anhelo vivido de contagiar en los colegios y parroquias de la grandeza de una vocación recibida, en una real y testimonial promoción , el uso de una indumentaria externa que no renegase ni se avergonzase de su opción casta y perpetua, tomada consciente y voluntariamente, un clima espiritual de seguimiento fiel a las enseñanzas pontificias, el ser partícipes de las enseñanzas de la filosofía tomista, vivamente recomendada por la Iglesia, incluida la doctrina conciliar: Todo esto quedaba en el recuerdo de varias generaciones de sacerdotes que, tanto en la vida ministerial –fuera y dentro de la diócesis- serían el principal apoyo a la hora de procurar ser fieles al don inestimable del sacerdocio.


Pbro. Jaime Herrera junto al Rector Jaime Fernández Sanfuentes el día que  dejaba la rectoría de Seminario de Lo Vásquez.(1988)
“El 23 de Diciembre de 1993 dejé la Vicaría General y soy nombrado Rector del Pontificio Seminario Mayor San Rafael”

Era el día previo a Navidad. Durante cuatro años había acompañado al Padre Jaime Fernández con un título que sonaba muy rimbombante pero que no implicaba mayores honores: “Trivicario de la Parroquias de Lagunillas, Algarrobo y El Quisco”, lo que implicaba poder colaborar en un extenso territorio que iba desde Quintay hasta Isla Negra y la localidad de Los Maitenes en los faldeos de la Cuesta Ibacache.  

Facilitaba el ministerio el hecho de tener el mismo nombre: ante la pregunta quién dice la misa, padre? ¿Quién va a bautizar? ¿Quién celebrará el Primer Viernes en Mirasol? Inequívocamente la respuesta era la misma: ¡El padre Jaime! Y, los fieles quedaban felices.

Más, había una diferencia, que los mismos fieles supieron discernir: “el padre Jaime grande” y el “padre Jaime chico”. Así pasó el tiempo, y los caminos de Dios hicieron partir a ambos por la huella de una obediencia que exigía mutuamente desprendernos de algo espiritualmente muy preciado: la comunidad católica de Algarrobo y sus cercanías. ¿Por qué el dolor? Simple, porque para ambos la Parroquia de la Purificación fue el primer amor pastoral, y como suele acontecer…el primer amor nunca se olvida.

Por primera vez en aquellos días vi a quien había sido el poderoso Rector Magnífico del Pontificio Seminario porteño dejar caer lágrimas en sus mejillas: aunque sin quejas, ni sin manifestarlo,  se hacía inevitable el dolor en el silencio: se separaba de su comunidad que tanto había querido y por lo que tanto se había desvelado.

Incluso, `por esos años, alrededor del 1992, mandó a confeccionar la lápida marmolea cuyo lema fue ese: “aquí espera la resurrección quien tanto amo este pueblo”. Desde hace veinte años, ya se preparaba para estar pronto a la llamada del Señor para partir de ese mundo: Fue como sabemos muy devoto del Sagrado Corazón de Jesús. Los Primeros Viernes eran sagrados: tan pronto como predicaba en Mirasol, llegaba a atender al grupo de La Candelaria.

Del mismo modo fue devoto de San José, Patrono de la Buena muerte: y es el regalo que el Señor le tenía preparado, con claridad pudo saber las circunstancias y los tiempos cercanos a su muerte. Nada de sorpresas, lejano a los temores e incertidumbres agradeció la seriedad y confianza de sus médicos en orden a haber sido debida y oportunamente informado de la inminencia de su partida. La enfermedad para él fue la campana de Dios: hombre de vida ordenada y sistemática, habituado al sonido de las campanas escolares durante su vida rectoral de treinta años en el Colegio Episcopal Seminario San Rafael, y al bronce sonido que marcaba las horas durante los tres períodos donde ejerció como rector del Seminario de Lo Vásquez, bajo cuya guía fue elevado como Pontificio. La hora de partir no es una hora para improvisar.

Monseñor Francisco de Borja Valenzuela Ríos; Monseñor Jaime Fernández Sanfuentes; Diputado Miguel Luis Amunátegui ; Alcaldesa de Algarrobo Alicia Mönckeberg de Amunátegui; Padre  Jaime Herrera González.(1992).
 
No falta quien puede pretender aventuradamente  con títulos y pergaminos suplir, en estos tiempos de tanta incertidumbre y turbidez doctrinal, aquella fidelidad que finalmente marca indeleblemente la vida de cuantos forman y son formados en la vida como consagrados. ¡Campanas que no suenan y  flores de un día son tales iniciativas que terminan por marchitar los anhelos de perfección y búsqueda de santidad de las nóveles almas en las cuales tímidamente resuena la voz de Aquel que no deja insistentemente de decir: “Ven y sígueme”.

Rimbombantes grados académicos no fueron necesarios a Don Jaime Fernández para colocarse de pie todos los días ante sus seminaristas: bastaba el ritmo sistemático del deber cumplido, desde antes de salir el sol con la escarcha siberiana de un Seminario que entonces anhelaba con seriedad ser fiel al Pontífice y a las almas por las cuales desde ya se rezaba insistentemente. El cadencioso sonar de sus llaves colgantes, que Don Jaime portaba uniformemente, y que religiosamente guardaba con cuidado, solían anunciar que su presencia se avecinaba.

Devoción a la Santísima Virgen María.

Su llegada era signo de que la ceremonia de iniciaba, que la mesa se bendecía, o que el paseo daba sus primeros pasos: caminando a paso regular, diariamente al caer el silencio sobre los fríos muros del colonial seminario o sobre el bullente y exclusivo balneario, hoy algo más masificado,  las llaves no dejaban de moverse ni sonar al paso de la cuenta de un rosario revestido de  gratitud y engalanado de confianza.                                       

Sacerdote Mariano “de tomo y lomo”: Tuvo el regalo del Señor de poder estar durante toda su vida ministerial bajo el amparo de la Santísima Virgen María: Primero como joven Párroco de Nuestra Señora de la Purificación, y luego, en diversos períodos, bajo el manto maternal de la Purísima en el principal Santuario de Chile a cuyo regazo se consagró el Seminario de una vez para siempre.

Vida simple y austera.

El rezo del Ángelus, como recuerdo de la salutación del Arcángel Gabriel, era previo a la hora de almuerzo, una oración privilegiada: Nada sin Dios. Criado en medio de una tradicional familia católica, solía contar que supo de estrecheces y privaciones, por lo cual le parecía incomprensible y ajeno el estilo exitista y satisfecho, con que muchas de las generaciones actuales suelen vestir sus jornadas, anhelos y vivencias.

Quizás, como una antigua remembranza en la que fue esculpida el alma de las genuinas familias católicas antaño en nuestra Patria, hizo de la austeridad un claro signo de si vida: frugal en la mesa, con su mermelada de moras y dulce de membrillo, que orgullosamente recibía de quienes con cariño se lo daban,  pasaba el año completo. Es que probablemente le sabían a los recuerdos de su infancia con sus padres y antepasados en la Hacienda San Enrique de Bucalemu, en el cual un día descansaban estivalmente  las almas nobles, como su prima hermana –la Teresita- hoy elevada a los altares.   

 
Padre Jaime Fernández recibe al Presidente Augusto Pinochet y Primera Dama, Lucía Hiriart, junto al Arzobispo Monseñor Emilio Tagle Covarrubias, en inauguración del Seminario Pontificio San Rafael de Valparaíso (Marzo de 1983).
                                                                                                                                 

¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma? Es una pregunta que entonces, hizo nuestro Señor, pero que también hoy renueva  en nuestros días, y sobre todo en estos tiempos, donde la autocomplacencia, el egoísmo, la satisfacción, se empoderan de las voluntades. Es ahora, en este año de la fe que, Dios mediante, viviremos, que el estilo simple y austero de vida que llevó Don Jaime Fernández Sanfuentes se hace más creíble.

Por desgracia, lo que para el mundo es una poderosa tentación,  también se ha filtrado en los ambientes clericales, causando un enfriamiento  en los anhelos de perfección, con consecuencias tan inevitables como graves en gélidas claudicaciones y hasta traiciones a los dones recibidos.  Es cierto, tal como es menester para los esposos con el paso de los años, se hace necesario revivir siempre aquel primer amor como consagrados: recordar las promesas hechas, mantener religiosamente los horarios de oficios y deberes, insuflar el alma por medio de una genuina oración, no hecha sólo en determinados momentos sino bajo el carácter de un estado de permanente plegaria: ¡no hay ratos para orar sino la vida misma ha de ser una oración ininterrumpida!

Así, evidentemente puede envejecer nuestro cuerpo: ceder las frondosas cabelleras a las canas y calvicies; los ágiles pasos del ímpetu juvenil,  que no parecen descubrir más límites que el que sus fuerzas creen alcanzar, ceden inevitablemente al cansino paso de los años. La experiencia enseña que  puede doblegarse el cuerpo y enmudecer nuestra voz, pero no a causa de ello,  va a eclipsar el amor que juvenilmente un día hemos ofrecido al Señor con un carácter irrevocable dado,  no por las capacidades de las voluntades,  sino concedido por aquella fuerza apoyada en la gracia que Dios no deja de conceder con magnificencia a quienes, con humildad y perseverancia,  la imploran.

Al final de su caminar, la vida de quien fuera nuestro Párroco y Rector Magnífico, nos dice que se arrugó el cuerpo pero no su alma,  vacilaron sus pasos pero no sus intenciones, calló su voz pero no su ejemplo.

Por esto, nuestra Misa está marcada por la gratitud hacia Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote: por haber concedido que durante varias generaciones, tantos niños, jóvenes, seminaristas, y feligreses en general, hayan contado con la guía, segura y presente de Don Jaime Fernández Sanfuentes, que solía recordar con orgullo ser primo hermano de la primera santa en Chile y haberse dirigido espiritualmente por San Alberto Hurtado Cruchaga. Hoy, imploramos que ellos,  desde lo alto mirarán con gozo a quien procuró esmerarse en ser un sacerdote fiel a Cristo y su Iglesia. Amén.

 

 

 

No hay comentarios:

Publicar un comentario