martes, 11 de agosto de 2015
lunes, 10 de agosto de 2015
Sobre la iniciativa abortista en Chile
SOBRE INICIATIVA ABORTISTA EN CHILE (AGOSTO DE 2015)
Para un católico practicante cualquier ofensa a
la vida humana constituye siempre una grave falta, pues, está en directa
relación con el Creador, que lo hizo a su “imagen
y semejanza”, y por lo tanto, el
único que puede dar la vida de la nada y pedirla.
Ningún hombre ha de quitar la vida a otra
persona, más aun si se trata de un ser indefenso y que carece de los
medios para llegar siquiera a constituir
una amenaza a la vida de otros, como
podría ser aplicar la legitima defensa en caso de estado de guerra y de desorden
gravísimo al interior de la sociedad, como ocurre de hecho en naciones
amenazadas por grupos islámicos.
Las personas que están al servicio del Estado
han de ser los custodios de la paz, del orden y de la vida de cada persona, por
lo que cualquier exceso individual reviste una gravedad ya que enloda el buen
desempeño de la mayoría de los funcionarios que se esmeran por cumplir a
cabalidad la misión encomendada y asumida de ser garantes de la seguridad
externa e interna de su Nación.
La violencia se hace brutal cuando la sociedad
permite de manera activa o pasiva que la vida humana no sea respetada desde su
gestación hasta su muerte natural.
Nos hemos acostumbrado a menospreciar la vida
humana en gran parte porque el aborto está extendido desde hace tiempo en
nuestra Patria y se permite deshacer de los niños en el vientre materno por
métodos de tortura para el ser indefenso y de eliminación sistemática con
inyecciones que queman el cuerpo de quien está por nacer. ¿Cuántos son? ¿Dónde
se hace? ¿Quiénes lo practican? Son preguntas que no resisten mayor silencio y
complicidad.
Por otra parte, no puede dejar de sorprendernos las
atrocidades que se cometen cuando la mano criminal y solapada se esconde
cobardemente para lanzar elementos incendiarios a viviendas de particulares, a centros
comerciales, a templos sagrados, y a dependencias de servicio público sobre
todo a otras personas como lo vemos cada cierto tiempo en diversas
manifestaciones en las cuales nunca se
termina encontrando a los verdaderos responsables.
¿Cuántos detenidos hay en el caso de un
matrimonio que fue quemado vivo en el sur de nuestro país hace unos meses
atrás? ¡Ninguno, porque el que estaba preso se escapó por negligencia de un
centro de detención sin rejas!
En Chile cuesta poco
quemar una casa y no cuesta nada quemar
una persona hoy, más aun si se piensa
legislar en favor de una ley que impida por medio de la tortura con
consecuencia de muerte a extender el mayor genocidio del mundo actual tal como
es el aborto, acción que no puede tener otra denominación que la de ser “un
crimen abominable” como enseña el Concilio Vaticano II. El aborto hecho por
envenenamiento salino quema viva una
guagua en el vientre materno para robarle el derecho precioso a vivir.
Si “nunca más” queremos ver imágenes tan dolorosas como las que
incluimos, debemos impedir que se apruebe la ley abortista, la cual, inevitablemente sólo conducirá a acrecentar
los males que ya nos resultan tan evidentes en la actualidad. Ningún bien se
puede esperar de la anuencia de un crimen sistemático de lesa humanidad que es implementado por una humanidad lesa. ! Viva Cristo Rey!
sábado, 8 de agosto de 2015
Cristo es el alimento que el mundo necesita hoy
DÉCIMO NOVENO DOMINGO / TIEMPO ORDINARIO /
CICLO “B”.
![]() |
Parroquia Nuestra Señora de Puerto Claro |
1.
“Se levantó, comió y bebió, y con la fuerza de
aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el monte de Dios” (1 Reyes XIX, 8).
Un ángel muy diligente es el que aparece en la primera lectura: dos
veces despierta al profeta Elías y dos veces le da un desayuno contundente con “tortilla
y agua”. ¿Quién no recuerda aquellos desvelos cotidianos de una madre que
servía un desayuno reconfortante? Quizás por ello, un insigne Obispo de Chile
escribió el hermoso boceto a una madre denominándola como “aquella mujer que tiene mucho de ángel por la incansable solicitud de
sus cuidados”.
Desde el primer instante de nuestra existencia hasta el umbral de la
vida, el alimento vitaliza y renueva. El refranero popular señala
acertadamente: “Enfermo que no come se
muere”, con lo cual, se manifiesta la necesidad del alimento para la
subsistencia, sin el cual, la persona no sólo se debilita sino que
irremediablemente perece.
Tanto el Antiguo como el Nuevo
Testamento nos entregan milagros donde el alimento, específicamente el pan, sirvió como signo de la bendición
de Dios y como señal de su providencia. En la primera lectura dice que “con la fuerza de aquella comida caminó
cuarenta días y cuarenta noches”, en una clara referencia al peregrinar del
pueblo de Israel durante cuatro décadas,
donde tuvieron “el pan del cielo” como
alimento en medio del desierto.
Recordamos igualmente los prodigios realizados por Nuestro Señor en la
multiplicación de los panes, que sirvieron para alimentar a todos y de sobra,
con lo cual en todo tiempo repitieron con el salmista: “Gustad y ved qué bueno es el Señor, bienaventurado el hombre que se
cobija en ´Él” (Salmo XXXIV, 9).
A lo largo del Evangelio Jesús tuvo múltiples denominaciones. En este
texto por primera vez dice “Yo soy”, que
luego repetirá en once oportunidades, destacando con ello que toda necesidad de
trascendencia sólo encuentra respuesta en Él. ¡El Dios del Antiguo y Nuevo
Testamento siempre cumple todas nuestras expectativas!
2.
“Éste es el pan que baja del cielo, para que
quien lo coma no muera” (San Juan VI, 50).
Las lecturas de los Evangelios nos muestra la revelación de la persona
de Jesús como en una sinfonía, en la
cual cada nota tiene relación con la obra completa. De la misma manera los milagros, las parábolas y los discursos
del Señor no pueden ser interpretados sino desde la fe y en la perspectiva de
toda la automanifestacion de Jesucristo, como la Palabra de Dios Padre:
¡Sólo en Cristo habló final y definitivamente!
Consabido es el ejemplo de aquel ateo que fundamenta en la Biblia su increencia
al leer literalmente un versículo: “Dios
no existe”, omitiendo las tres palabras precedentes: “Dice el necio en su corazón” (Salmo XIV, 1). En
consecuencia el texto en su contexto. Entonces, sí tiene sentido hablar de la Santísima
Eucaristía desde el Sermón que hemos escuchado, pues el Pan de Vida eterna que habla nuestro Señor no es otro que aquel que
en la Ultima Cena transformará luego de la consagración en todo su Cuerpo y
toda su Sangre.
No se puede llegar a Cristo desvinculado de la
vida sacramental. Si el
Pan es Cristo, Éste se hace presente de
manera real y substancial: De acuerdo a las enseñanzas del último Concilio
pastoral “la Iglesia hace Eucaristía y la
Eucaristía hace Iglesia”. Por lo que, recibir a Jesús Sacramente nos hace más
feligreses y al ser feligreses ofrecemos lo recibido.
Aceptar un paso previo a identificar nuestra fe con la participación
de la Misa nos lleva a temer una fe mutilada y una práctica religiosa que no
encierra el espíritu de las enseñanzas de Cristo que exige a los suyos: “Hagan esto en mi memoria”. Si a Cristo y Si a la Eucaristía: son dos
realidades de una misma conversión, de un mismo camino, de una misma entrega.
En el pasado se dieron en la historia dos graves herejías que
permanecen vigentes bajo diversas denominaciones en nuestros días. Simplemente
prescindir de los sacramentos por ser tenidas como invención humana según el protestantismo, y dejar la Santísima Eucaristía
por ser indignos de recibirla sin la debida preparación como lo fue el jansenismo. ¿Cuándo una persona está consiente
plenamente de recibir a Jesús Sacramentado? Por otra parte, el encuentro con
Cristo no se verifica por una medalla o un certificado que acredite “yo conocí a Jesucristo” sino por la fe, por el amor, y por la caridad,
es decir por la vivencia de las virtudes teologales. Ahora bien, aquel que ama
de verdad ¿no tenderá naturalmente a amar a Dios? Aquel que cree en Dios acaso ¿no
va a querer participar de su vida misma en cada Misa?….Aquel que espera ¿no
ansiará ver y estar con el que anhela vivamente? ¡Quien conoce a Cristo descubre la Eucaristía; quien vive en Cristo vive
de la Eucaristía!
Hermanos: en la actualidad no faltan quienes en pos del seguimiento de
un espíritu temporalizado plantean
novedades que hunden sus raíces en pretéritas distorsiones de la verdadera fe. No nos engañemos: Son simples novedades de viejas mentiras.
Pues bien, entre otras cosas, se
plantea un nuevo sacerdocio, que no
es el que Cristo instituyó ni el que la Iglesia ha mostrado en dos milenios,
sino que ahora “no está centrado en los
sacramento”, a la vez que, en vez del apostolado, se promueve
un “pseudodiscipulado” desvinculado
de la Santa Misa con una autonomía que prescinde finalmente de la jerarquía,
con lo cual, -evidentemente- se pretende dar una respuesta a los graves
desafíos que implica la vida pastoral de la Iglesia, pero, que inevitablemente
termina alejando a las almas de una vida eclesial y creyente, como es
fácilmente verificable.
No es tan simple decir “cambiar
a Dios por Dios” cuando se coloca la disyuntiva de cumplir el tercer
mandamiento del Decálogo que
implica la asistencia a la Misa
dominical y en los días de precepto, en oposición a la realización de
determinadas obras de caridad fraterna, como si de suyo ambas fuesen excluyentes.
¿Desea construir un techo para quien lo necesita? ¿Tiene que estudiar mucho
para un examen importante? ¿Desea visitar a aquel pariente enfermo que no lo ha
hecho por tanto tiempo? Priorice y focalice su corazón, y verá cómo hay tiempo para todo para aquel que coloca
al Señor en el centro de sus determinaciones.
Más, el problema real es que cuando no nos importa algo o alguien,
cualquier eventualidad nos parece una excusa justificable. Entonces, nuestra dificultad es la falta de una fe
verdadera y no sólo de la posibilidad de tener más o menos tiempo. Ya lo
dice Jesús con claridad en el Evangelio: “Allí
donde está tu tesoro, está tu corazón” (San Mateo VI, 21).
Si es recurrente el hecho de postergar nuestra asistencia a la Santa
Misa y con frecuencia dejamos de lado los momentos de oración, si pudiendo
prepararnos para recibir los sacramentos como la confirmación, la confesión o
el santo matrimonio, los relegamos a un plano secundario y accesorio anteponiendo
múltiples salvedades, entonces, es claro que nuestra prioridad no está –realmente-
puesta en el amor de Dios.
Y, si acaso no está en Dios, ¿En qué está? Bien nos podemos preguntar
con el título de un antiguo bolero:
¿Dónde estás corazón? La respuesta es múltiple: deambulando en la búsqueda
de cualquier realidad que no nos exija entrega, sacrificio, virtud e
integridad. Es que en el supermercado de
la vida se nos suelen ofrecer múltiples sucedáneos del alimento verdadero,
aquellas fantasías que parecen ciertas pero son finalmente falsas.
a). La búsqueda del poder: Es
una tentación que siempre está presente. Por ella se enfrentan naciones,
familias y personas, sea en el ámbito laboral que en ocasiones es como un campo
de batalla, donde sólo se tiene la
mirada puesta en mandar a todos y nunca en servir a todos. Esto incluso se
verifica al interior de nuestros consagrados donde por medo del “carrerismno” se pretende alcanzar con
falsas y permanentes sonrisas, y donde incluso la vivencia de la caridad
fraterna se termina teniendo como trampolín
para obtener prebendas, designaciones y cargos. Olvidamos acaso lo dicho por
Cristo: “El que quiera ser primero entre
vosotros sea vuestro servidor” (San Mateo XXIII, 11).
b). La búsqueda del placer: En épocas antiguas constatamos que grandes civilizaciones e imponentes
imperios terminaron colapsando en virtud de la búsqueda desenfrenada del placer
como última razón para vivir. Más recientemente, los epicúreos modernistas, desde la denominada Revolución de las Flores señalan: “pórtate mal para pasarlo bien”.
La respuesta desde la fe fue, es y será siempre la misma: ¡Pórtate
bien para pasarlo bien! Porque, las alegrías del mundo son pasajeras, tienen
fecha de vencimiento, en cambio aquel que cumple lo que Dios le pide, sea en
circunstancias adversas o favorables, siempre es feliz, como lo exteriorizaba
Santa Teresa de Calcuta y lo repetía un hombre santo: “Contento, Señor, contento”.
c). La búsqueda del tener: Ciego sería aquel que negara la voracidad por
acumular bienes temporales en el mundo actual. Todo parece girar en torno al
materialismo: la persona es tenida como
un bien de consumo, que se adquiere, se usa y se desecha con la liviandad de
cualquier producto: el alumno es cliente, el enfermo es cliente, la familia
es cliente. Para muchos el precio es más
decisivo que la verdad y lo que se gasta resulta más incidente que la bondad. Una y otra
vez conviene recordar lo dicho por Jesús: “¿De
qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (San Marcos VIII, 36).
Como el pan, es un regalo de Dios, la Santa Eucaristía es un don del cielo que no viene a nosotros como un
reconocimiento sino como alimento que fortalece y nutre con su gracia todas
nuestras necesidades y es capaz de cautivar cada uno de nuestros anhelos.
La persistencia del Señor, que no se cansa de perdonar ni de llamarnos,
siempre puede más que nuestra obcecación por preferir la carne y las cebollas
que los israelitas comían en Egipto, olvidando que tales alimentos se los
servían con la vestimenta del esclavo, en cambio, el nuevo Pan del Cielo ilumina con la verdad, fortalece en el
peregrinar, y satisface como anticipadamente con lo que viviremos en el Reino
de Dios. Por eso, en la segunda lectura, el Apóstol San Pablo nos dice
vivamente: “Sed, imitadores de Dios, como
hijos queridos” (Efesios
V, 1).
Hermanos: Si acaso en nuestra vida espiritual y de apostolado no nos
nutrimos de la cercanía con Jesucristo, seguiremos olvidando lo que es esencial
y decisivo de nuestra vida católica. El Pan de Vida verdadera vivifica, y nos
permite descubrir una vida diferente y mejor...con un pie allá y otro acá. Por ello, nada hay en la vida pastoral que resulte más importante que el cuidado
de nuestra alma con Jesús Sacramentado, el verdadero Pan del Cielo, el
mismo ayer, hoy y siempre. ¡Viva Cristo Rey!
Cristo es el verdadero pan que da la vida eterna
DÉCIMO SÉPTIMO DOMINGO / TIEMPO
ORDINARIO / CICLO “B”.
![]() |
Padre Jaime Herrera |
1. “¿Qué
es eso para tantos?” (San Juan
VI, 9).
El Apóstol San Juan se caracteriza por escribir
a los conversos no judíos. Su relato escrito en capítulos resulta de gran profundidad, toda
vez que, a una edad adulta, recordó, meditó y revivió los acontecimientos de su
adolescencia y juventud junto al Señor. Ante el Mar de Galilea y protegido por
las serranías se realiza un nuevo milagro, el cual es único si consideramos que
es el que tiene mayor número de seguidores.
Ahora bien, nos podemos preguntar ¿Por qué lo
realizó en lo alto de una montaña?
Entonces, recordamos que todos los
grandes encuentros de Dios y el hombre se realizaron en la cima de una montaña.
Las cumbres fueron lugares de búsqueda, de compañía, de encuentro, donde Dios
manifestaba su poder y su misericordia, y donde el hombre descubría la raíz de
su más honda identidad que es ser un Dei
capax.
En ese lugar, el hambre, se presentaba como la
necesidad más urgente, y que terminaría siendo ocasión de un encuentro más cercano
e íntimo. Doscientos denarios equivalían
a una jornada de trabajo: en cifras actuales, unos quince mil pesos diarios, es
decir: para dar un pan a cada persona necesitaban al menos tres millones de
pesos, sólo tenían para dos personas: es decir unos cuatrocientos pesos. Aunque
resulta ínfimo, algo le motivó al
apóstol a decir al Señor Jesús lo poco que tenían, no era solución
pero…finalmente, ¿servía ello para que Jesús hiciera algo? Para otros más “abajistas” esa cantidad representaba lo
mismo que una gota para el sediento en
el desierto…nada.
![]() |
Padre Jaime Herrera |
2. “Así dice el Señor Dios: Comerán y sobrará” (2 Reyes IV, 43).
a). Los Padres de la Iglesia, y la enseñanza
unánime del Magisterio Pontificio, han visto en la realización de este milagro
un anuncio de la Santa Misa. Son muchos los elementos que así lo indican. Vemos
que Jesús es el centro y el autor del milagro: Al momento de celebrar la Última
Cena, el Señor lo hace en el contexto de la celebración anual de la pascua
hebrea, pero, confiriéndole un nuevo sentido y una nueva realidad.
Lo que era un signo de salvación ahora, con la
sangre derramada por Jesús, se
realizaría de una vez para siempre. ¡Era la promesa cumplida, la verdad
rebelada, y el amor entregado!
b). Se trataba un Pan que era transformado en el mismo Cristo:
Un alimento superior al que los antepasados comieron y murieron como era el
maná que como rocío cayó sobre el desierto; este nuevo Pan del Cielo que se
hace presente en cada celebración de la Santa Misa es el único capaz alimentar
y dar respuesta al hambre de la humanidad entera. Un alimento que contiene no
una gracia más, sino al autor de toda gracia, que por lo tanto satisface
plenamente toda necesidad por ello dice el Señor: “Comerá, y sobrará”.
c). Como en aquel milagro descrito, en cada
Santa Misa encontramos a una comunidad que toma asiento y escucha. Los sentidos
humanos atentos a la obra de Dios, por ello, la liturgia sagrada es celebración
de la fe que se tiene y es expresión de un encuentro con Dios, que lleva
necesariamente a una actitud de humildad, de entrega, y de conversión, por lo
que en el humano peregrinar, el procurar participar en la Santa Misa es el inicio y el destino de cada católico, sin la cual no hay camino posible para
alcanzar una vida verdadera, tal como lo describió el sínodo pastoral hace cinco décadas: “fuente y cumbre de la vida cristiana” (SC, número 10).
d). El pan es sobreabundante, es más de lo
esperado. Una gota de sangre de Jesús bastaba para perdonar y partícula de la
Hostia Santa eficaz realidad de perdón para todos. Notablemente, sobraron doce
canastas, lo cual encierra en sí toda una lección.
En efecto, ello es prueba que Dios siempre
puede más, y que su bondad llega donde nuestra mirada ni siquiera logra
acercarse, y donde muchas veces no somos capaces de perdonar y ser perdonados.
Ese día el pan sobrante no estaba de más porque luego sería signo de la
munificencia divina, que a todo evento da más porque es todo.
![]() |
Padre Jaime Herrera |
* Es
alimento que satisface: El hombre satisfecho es quien percibe vivir
plenamente, de manera completa, acabada. Quien no se sabe satisfecho vive
inmerso en la inquietud porque algo le falta
y el sufrimiento de percibir la perfección.
* Es
alimento que nutre: Bien sabemos lo que acontece cuando el hombre deja de
comer, termina muriendo de inanición. Luego de una espera de decaimiento, sus
fuerzas ceden a la fuerza del hambre que roba primero el preciado don de la
salud y luego el de la vida misma.
La necesidad básica del hombre de alimentarse y
nutrir su cuerpo aparece citada en el evangelio de este día, para mostrar la
necesidad más honda que el hombre puede tener, y que de no ser sanada tendrá la
consecuencia de la desnutrición del alma que termina cediendo a la tentación y
al pecado.
* Es
alimento que se comparte: Cristo ha querido darnos su propio Cuerpo
como alimento eficaz para nuestra alma. Para ello, anuncio su presencia en la
multiplicación de los panes que en este día hemos escuchado e impartiendo el
más extenso de sus sermones referidos al Pan de Vida, expresión que es acuñada
por el mismo Cristo quien dice de sí mismo: ¡Yo soy el Pan de Vida!.
La iniciativa surge del Corazón de Cristo que “crea” este camino maravilloso al
momento de quedarse presente en medio nuestro de manera tan misteriosa como
maravillosa, por esto, hablamos de un don inestimable que nos habla del Dios
hecho hombre que comparte su vida con nosotros.
* Es
alimento que se reparte: Sin duda resulto prodigioso cómo de dos panes
de cebada se multiplico lo suficiente para que alcanzara lo necesario para
aquella muchedumbre. Los ojos sorprendidos de los Apóstoles que con sus manos benditas repartían aquel pan,
luego darían con sus manos consagradas el
Cuerpo de Cristo. No sólo se comparte sino que se reparte en abundancia a
todos, tal como acontece con la Santísima Eucaristía, lo que conlleva a tener
una vida según el don recibido. Entonces, es un imperativo procurar eucaristizar toda nuestra vida, acogiendo
el envío que recibimos al final de cada Misa: “Ite misae est”…! Vamos en la paz
del Señor!
viernes, 7 de agosto de 2015
Sin amor a la verdad no hay misericordia verdadera
XXº ANIVERSARIO CURA PÁROCO DE PUERTO
CLARO / CHILE.
![]() |
Misa Día del Cura Párroco |
1.
“¡Ay de los pastores que dejan perderse y
desparramarse las ovejas de mis pastos! (Jeremías XXIUII, 1).
Repitiendo las palabras dichas por Nuestro Señor en la Ultima Cena: “¡Ardientemente he deseado comer esta Pascua
con vosotros”, parafraseo: ¡Con gran anhelo he deseado celebrar esta Santa Misa
junto a vosotros”, pues, desde que en el
mes de Julio del año 1995 el Cardenal Jorge Arturo Medina Estévez me solicitó
hacerme cargo de la cura de las almas de Nuestra Señora de las Mercedes de
Puerto Claro, hasta este día, transcurridas dos décadas, estuve con la mirada del corazón puesta en esta porción
de la Iglesia diocesana en Valparaíso.
No fue fácil llegar. De hecho, el primer día me perdí y no pude dar
con la dirección, por lo que cuando me consultan respecto si es difícil llegar
a Puerto Claro, les recuerdo que yo me extravié el primer día, lo cual, lejos
de desincentivarme, más bien, acrecentó
mi deseo por llegar prontamente a esta comunidad siguiendo la lógica trazada –entonces-
en el Pontificio Seminario Mayor de Lo Vásquez: “Nada pedir nada rechazar”. ¡Y así ha sido hasta la fecha! Al
momento de ser ordenado sacerdote uno de los mayores anhelos era ser párroco,
pues estimo que ello es connatural a la
vida del sacerdote diocesano, cuya realización pasa y se fortalece en ser el
pastor propio de una parroquia. ¡Muchas debilidades se fortalecen y muchas fortalezas se debilitan con la vida parroquial
en un sacerdote!
![]() |
Parroquia Puerto Claro Valparaíso
|
Sabiamente una religiosa recordaba que la parroquia “pule” al nuevo y al viejo sacerdote.
Más aún, si recuerdo que durante todo el período de formación
sacerdotal, el curso preseminario, propedéutico, en filosofía y teología, incluido
el año de pastoral y como diácono camino al sacerdocio, rezábamos desde ya –permanentemente-
por las almas cuyos rostros conoceríamos en las futuras destinaciones. Desde
entonces, hubo como una cercanía con quienes he sido Cura Párroco en estos años
que han pasado presurosos!
Estar en las manos de Dios, bajo el mandato del obispo del lugar
conlleva la seguridad de estar cumpliendo la voluntad de Dios. Bajo el pontificado de tres Papas y de seis
obispos me ha correspondido cumplir el ministerio sacerdotal y como Cura
Párroco, aprendiendo la sabia lección de un antiguo presbítero: “los obispos pasan los sacerdotes quedan”,
por lo que hay que aprender a recibir, conducirse y desprenderse muchas veces
de quien ha recibido la plenitud del sacerdocio, ya que estamos llamados a
ser sus más próximos colaboradores, extensión de sus anhelos e iniciativas. !
Dedos de la mano del Pastor!
Sin duda, la primera lectura es
exigente para todos, de manera especial, para los sacerdotes: Lejos de detenerse en una
amenaza constituye una exhortación a modificar nuestro corazón y nuestra vida
en vistas a que la vida del párroco está puesta en medio de los pastos no
propios ni autónomos sino de aquellos que le pertenecen a Dios. Un alma que
se condena por nuestra culpa es un alma que se le roba a Dios y se le regala al
demonio: “! Ay de los pastores que dejan
perderse las ovejas de mis pastos!”.
Las cifras para la sociedad actual suelen ser decisivas en muchos
aspectos, en nuestro caso, son parte de un
trazo más de la obra que Dios esboza a pesar de nuestras deficiencias: Nueve
mil misas celebradas, de las cuales alrededor de 400 han sido de exequias fúnebres,
es una cifra importante. Pues, una sola
Misa tiene un valor infinito. Una sola hostia, y gota que contiene nuestro cáliz,
luego de la consagración, tiene el valor de la redención del mundo.
Lo anterior hace deseable que todo bautizado sea constante en
manifestar la piedad eucarística, y que sea incomprensible imaginar un
verdadero seguimiento de Jesucristo sin un amor profundo por buscar y encontrar
la verdad, y sin abandonar por ligerezas la práctica sacramental frecuente.
Los Apóstoles y la tradición viva de nuestra Iglesia nos enseñan
–claramente- que nunca se ha dado una evangelización sin una debida vida
sacramental. El
anuncio de la Palabra de Dios no ha de quedarse en un eco que se apague en el
silencio solitario, sino, por el contrario,
en el encuentro con la persona de Jesucristo, que vino para quedarse. Quien
deja de ir a Misa irremediablemente terminará por dejar la Biblia en un rincón
olvidado.
Digámoslo sin ambigüedad: una pastoral que no busque la vivencia
sacramental no es católica. Para el creyente no basta hablar de Dios, no basta
escuchar sobre Dios, necesita sobre todo hablar y estar con Dios, tal como
acontece de manera real y substancial en la Santa Misa.
2.
“El Señor
es mi pastor, nada me falta” (Salmo XXIII, 1).
Al llegar a una parroquia como al iniciar cualquier labor por primera
vez, surge la pregunta: ¿dónde me apoyo?, ¿cuál es mi seguridad?, ¿cuáles son
las fortalezas? Miramos personas, seguros, garantías, apoyos humanos, cercanías fuera y dentro de la
Iglesia.
Hoy como ayer “sólo Dios basta”
(Teresa de Ávila). ¡También hoy es así! Aún más, en una época donde el hombre y las sociedades
son autorreferentes. Donde Dios no ocupa el lugar que le corresponde lo hará
cualquier cosa, y ello –también- lo diremos respecto de las seguridades, pues,
inequívocamente terminaremos
amparándonos en cualquier bagatela si acaso nuestra confianza no se funda y
sostiene en quien de Si mismo dijo. “Yo
soy el Dios fiel”.
La vida parroquial encierra la riqueza de poder descubrir que la
verdadera seguridad es la inseguridad…en efecto, lo que para el mundo es seguro
resulta incierto para el creyente que no dejará de repetir las palabras del
Salmista: “El Señor es mi pastor, nada me
falta”. Y, a lo largo de dos décadas han sido muchas las ocasiones donde he
podido repetir esta jaculatoria bíblica, en momentos en que –indudablemente- el Señor me ha invitado a
hacerlo.
![]() |
Padre Jaime Herrera |
3.
“En Cristo Jesús, vosotros, los que en otro
tiempo estabais lejos, habéis llegado a estar cerca por la sangre de Cristo” (Efesios II, 13).
a). “Tengo lo que se me ha dado: Al momento de encomendarme la cura de almas
de esta parroquia, el Obispo me dijo dos cosas: “Te va a gustar mucho porque tiene vista al mar”, sabedor él de mi
afición por nadar y pasear contemplando
el azul reflejo de la mirada de Dios. Durante dos décadas he tenido el
privilegio de poseer una vista privilegiada de las dos creaciones que nos
hablan de la inmensidad de la bondad y del poder de Dios: las nevadas cumbres
que anhelan tocar el cielo y el océano en cuyo horizonte parece unirse el cielo
y la tierra en cada atardecer. ¡A la hora de vísperas eso se ha hecho
realidad en las casi nueve mil misas que hemos celebrado en este altar!
Desde nuestro altar, con el rezo del rosario de la aurora hemos visto salir
el sol para luego descansar al caer el día, hora en la cual desde Julio de
1995 hemos procurado celebrar diariamente la Santa Misa, hacia la cual y desde
la cual emerge y converge la vida pastoral de nuestra Iglesia, a la vez que en
ella, como sacerdote alcanzamos la cumbre de la vida sacerdotal, no sólo como
pastor que guía y conduce, ni sólo como quien anuncia y explica la Palabra de
Dios en la homilía y la catequesis, sino sobre todo, en la realidad de ser Alter Christus en cada Santa Misa.
En efecto, cada sacramento celebrado he procurado hacerlo siempre como si
fuese lo más importante del ministerio sacerdotal alejándome de una actitud que celebre por
simpleza, por inercia o por acostumbramiento, todo lo cual termina anulando la
vida del sacerdote.
En los últimos ocho años, hemos incorporado la celebración del Rito Extraordinario:
allí todos los fieles contemplamos la imagen del crucificado al centro del
Altar y adoramos a Cristo que se hace presente, real y substancialmente en
manos del sacerdote. ¡Cuánta riqueza encierra el misterio de la fe celebrado
en latín! Habida consideración que porcentualmente desde la Última Cena a la
fecha, de cada cien misas celebradas a
lo largo del mundo 97 se hicieron en el rito antiguo y tres se han dicho en el
rito nuevo, en consecuencia, es fácil deducir de dónde nos viene la impronta de
fe, y en qué buena tierra se hunde la
raíz de la cual tantos creyeron y crecieron para alcanzar la santidad que hoy
veneramos: A esa celebración acudieron San Agustín, San León Magno, Santo
Tomás de Aquino, San Pio V, San Pio X, San Juan Pablo II, San Alberto Hurtado,
Santa Teresita de Los Andes…como los recordados Gabriel García Moreno, los
cristeros mexicanos, los mártires católicos de España y tantos otros que nos
legaron la certeza de su fe.
¿En quién confío? ¿Dónde me apoyo? ¿Dónde doblego la fragilidad y
sepulto el orgullo? ¿Dónde busco mi realización personal? Todo esto tiene como
respuesta una sola, y muy breve: en la Santa Misa diaria en la cual se renueva
el sacrificio de Jesucristo.
b). “Tengo lo que he dado”: Esta frase encierra, por cierto, una gran
verdad. Pues, la segunda expresión que me dijo el Obispo al asignarme esta
comunidad fue. “No tengas muchas
expectativas…tendrás que parar la olla”. Durante estos años, puedo decir
con certeza que es una parroquia que forma parte de las setenta de la diócesis
de Valparaíso. Algunas son muy imponentes por su arquitectura, otras por la
gran cantidad de capillas que encierran otras por sus abultados ingresos,
algunas por su rica tradición histórica. Pero, que inequívocamente afirmamos que no hay
parroquia pequeña sino corazones pequeños, por lo que evocando la serie literaria
de una antiguo sacerdote descrito por el autor Giovanni Guareshi, Puerto Claro
es “el pequeño mundo” que Dios tuvo a
bien darme a conocer para poder transmitir y compartir la fe en medio de él.
En una sociedad que procura vivir amarrada por seguros, el Párroco
tiene la posibilidad de vivir la aventura
de lo que para unos es incierto, respondiendo a la pregunta que muchos se
hacen, en ocasiones, desde un alma llena
de angustia ¿Qué nos deparará el futuro? A esa inquietud sin duda hay sólo una
respuesta: ¡Lo que Dios quiera! En ella esta nuestra seguridad, nuestro poder,
nuestra convicción, nuestra libertad que nadie y nada puede arrebatarnos, según
lo descrito por San Pablo: “¿Quién nos
separa del amor de Cristo? El hambre, la desnudez, la enfermedad, la
persecución, el oprobio. ¡Nada nos separará del amor de Dios!”.
La vigencia de la vida parroquial resulta necesaria si miramos la
vocación del sacerdote diocesano que vive consagrado a Dios desde el servicio a
una comunidad presente en una porción de la única Iglesia verdadera fundada por
Jesucristo. El imperativo de que Cristo reine nos ha llevado a vivir exigidos por el amor del Señor, procurando responder afirmativamente a cada
solicitud de los feligreses y fieles en general tendiente a estar más cerca de
Dios.
Quienes me conocen lo saben: no soy un padre del no, soy un padre
del sí, por esto, lo primero que hice al llegar a esta parroquia fue dejar
abierta la puerta, sin llave, de la oficina parroquial, procurando atender
personalmente para dar una respuesta sin mediaciones ni innecesarias
dilaciones.
Por otra parte, partiendo de la base que es Dios quien quiere darse a
conocer, ¿cómo presentar obstáculos para cuantos buscan a Dios? El sacerdote
diocesano está llamado a ser un puente
que una no una muralla que separe;
para ello: ha sido iluminado…para
iluminar, bendecido…para bendecir, y amado…para amar.
Hoy se requiere con urgencia un verdadero sacerdote en salida para cortar la vergonzante
salida de los sacerdotes, que encerrados en las falsas teologías de la
liberación, que seducidos por los criterios del
modernismo, y que esclavos de criterios humanos y sociales, causan tanto
dolor e incertidumbre en los fieles de Dios. ¡No tienen la última palabra los
que traicionan la consagración que un día recibieron!
Por esto, transcurridos veinte años como Cura Párroco y un cuarto
de siglo como sacerdote mirando de frente a cada de vosotros puedo decir con
toda libertad que sólo tengo lo que he dado. ¡Ese es mi tesoro! ¡Esa es mi
riqueza! ¡Ese es mi ahorro!
4.
“Al desembarcar, vio mucha gente, sintió
compasión de ellos, pues estaban como ovejas que no tienen pastor, y se puso a
enseñarles muchas cosas”
(San Marcos VI, 34).
Es primera vez que en nuestra parroquia
celebramos una Misa especial para
pedir por las intenciones del Cura Párroco en el día de conmemoración de su
entronización. Lo hacemos porque al
implorar por un solo sacerdote tenemos presente a todos cuantos antes han
servido a Dios en este altar, como por cuantos, en el futuro, ciertamente, no dejarán de hacerlo con mayor virtud y
perfección, viviendo un sacerdocio “según
el Corazón de Cristo”.
Hoy, se hace urgente pedir por las nuevas vocaciones al sacerdocio,
toda vez que enfrentamos la mayor de las sequias
al interior del lugar propio de la formación sacerdotal, llegando a cifras
que amenazan a las parroquias respecto
de la posibilidad de tener misa dominical en cada sede en unos cuantos años de seguir el camino
actual. Todos debemos involucrarnos con seriedad y determinación en una
verdadera promoción vocacional. Jesús nos lo prometió: “Pedid al dueño de la mies que envíe operarios a su campo de trabajo”.
Finalmente, en circunstancias de tanto cuestionamiento en la sociedad
nuestra sobre el sacerdocio, es necesario doblegar la oración para que los
sacerdotes diocesanos en todo momento apoyen su identidad en la huella
indeleble del amor de Cristo por su Iglesia, que en todo momento fue célibe, fue pobre, y fue obediente.
![]() |
Cura Jaime Herrera
|
Finalmente una confidencia: Mirando diariamente a Cristo en el centro de
nuestro altar: veo a los fieles desde Cristo, y los fieles me ven desde Cristo,
con ello se realiza la mayor de las cercanías, pues, se da desde y hacia la
persona de Jesucristo, a quien imploramos su perdón por tantas palabras de más
y de menos, por tantas acciones que no han traducido la imagen del Buen Jesús
con claridad a los niños y jóvenes, que están llamados a ser el futuro de la
Iglesia si acaso Cristo Reina, si Cristo vive, y si Cristo impera en sus
corazones. ¡Viva
Cristo Rey!
SACERDOTE JAIME HERRERA GONZÁLEZ / CURA PÁRROCO PUERTO
CLARO
Suscribirse a:
Entradas (Atom)