sábado, 24 de marzo de 2018

QUEREMOS VER AL SEÑOR


  QUINTO DOMINGO /  TIEMPO DE CUARESMA.


1.      “Conoced a Dios, pues todos ellos me conocerán del más pequeño al mayor, cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme” (Jeremías XXXI, 34),

El hecho de haber asistido hoy a esta Santa Misa es prueba del deseo común que hay entre aquellos griegos que buscaban a Jesús y nosotros. También, podemos decir hoy. “ !Queremos ver a Jesús!”.
Del mismo modo, surgen nuevas interrogantes: ¿Cuántas personas en la actualidad están ansiosas de conocer a Jesús? ¿Cuántos esperan encontrarse con Él? ¿Cuántos esperan ese encuentro para cambiar si vida? ¿Cuántos van desesperados por la vida, anhelando que uno de nosotros le muestre el verdadero rostro de Dios?

Además, la respuesta que da el Señor a sus discípulos se extiende a cada uno de nosotros: debe morir el grano de trigo para producir fruto en abundancia. Entonces surgen nuevas interrogantes. ¿Cómo mostrar a Jesús a los demás para que le conozcan? ¿Qué esperan ver los incrédulos en nuestra vida para convertirse?

Cumpliendo el exigente camino de las obras de misericordia espirituales de “enseñar al que no sabe” y “corregir al que está en el error”, podemos hablar, conversar, en privado y en público, pero –inequívocamente- constataremos que “las palabras conmueven y los ejemplos arrastran”. Por tanto, es por medio de la vida diaria, aquella de todos los días, en la cual impregnamos nuestra fe en la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor.

¡Por sus obras los conoceréis! Solemos repetir frecuentemente: “obras son amores y no buenas razones”. Efectivamente, nuestro Señor dijo: “Cuando yo sea elevado en lo alto, atraeré a todos hacia Mí”.

Como era frecuente en su predicación, Jesús utilizaba imágenes sencillas para dirigirse a los suyos, utilizando palabras sus oyentes no les era dificultoso comprender. En el texto de este día dice: “Les aseguro que si el grano de trigo que cae en la tierra no muere, queda sólo, pero si muere, da fruto en abundancia”. Todo campesino conoce perfectamente que al momento de sembrar el grano de trigo en buena tierra, este muere, por esto, se descompone, y tiene como consecuencia que da origen a una nueva planta, la cual con los debidos cuidados da fruto de modo generoso. Sabemos, entonces, que nuestra siembra terminaría como un fracaso rotundo si el grano de trigo no muriera.

De la misma manera que no sirve para nada un grano de trigo sin germinar, lo cual es sinónimo de morir, del mismo modo,  como creyentes entramos a la vida por medio de la muerte de Jesús. Por tanto, resulta imposible seguir a Cristo evitando el misterio de la cruz, por lo que el deseo de tomar un atajo que evite la cruz sería tan estéril como el grano de trigo sin germinar.

2.      “El que ama su vida, la pierde; y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna”.

En el fondo del Evangelio de este día, Nuestro Señor enseña que cuando nuestra vida gira en torno a sí misma, entonces no tiene ningún futuro: “Quien no vive para servir, no sirve para vivir”. En el egoísmo no hay ninguna posibilidad de prosperar, sólo la entrega voluntaria y generosa de sí mismo hace posible el futuro: “Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

Para poder tener un estilo de vida acorde con lo que Jesús nos pide, consideremos que:

a). La salvación no viene del amor al poder sino del poder del amor:

Esto implica que la mayor alegría para el fiel cristiano consiste en tener la capacidad para servir, con diligencia: sin pausas indebidas ni prisas innecesarias; con delicadeza: es decir aplicando que no sepa la mano izquierda lo que hace la mano derecha, con generosidad: sabiendo que la medida del amor es amar sin medida.

Es evidente que las palabras de Jesús son como un preámbulo, una sinopsis, de lo que sería su agonía en el Huerto de Getsemaní., Ya fue anunciado en el Antiguo Testamento: “ Ofrecerá su espalda a los que lo golpeaban y sus mejillas a los que le arrancaban la barba” (Isaías L,6).

b). El camino de la Pasión conduce a la  Resurrección:
 Sabido es que la manera de pensar nuestra y el modo de razonar del mundo, es diverso al modo cómo Dios dirige el mundo, por ello, sus caminos pueden –en ocasiones- parecer locura y necedad, tal como lo fue para la gentilidad y el orbe hebraico del siglo primero,  pero son los caminos que Dios quiere para nosotros y nuestra salvación, por incomprensibles que por momentos nos parezcan.

Contrariamente a lo que indican los juicios, sentencias y criterios del mundanos,  es en la humillación suprema de su Pasión y de su muerte en la cruz,  cuando llega la plenitud de su “glorificación”: ¡de la exaltación de la Cruz, a la exaltación de su Gloria!.

Esto confiere una perspectiva que no sólo es novedosa sino que nos facilita alcanzar una mayor perfección: en los tiempos de nuestro Señor, la realidad de la Cruz era tenida simplemente como el indeseable signo de los condenados por las causas más denigrantes; semejante  -tal vez-a cómo en nuestros días sería estar al lado de una horca, de una guillotina, o de una silla eléctrica. Con cuánto temblor tocaríamos ese instrumento de muerte, cuánta natural repugnancia tendríamos ante el solo hecho de mirar tales patíbulos.

Pues bien, desde el instante que Jesús tomó la cruz y emprendió el decidido camino del Calvario aquel signo de muerte se transformó en realidad de vida: por su muerte, vivimos; por su muerte, sanamos, por su muerte somos iluminados; por su muerte, mueren los estigmas del pecado nuestro y del mundo. 

c). El pecado como mayor mal de la vida actual.

Jesús conocía perfectamente los males que aquejan la vida humana. El pecado, bajo el prisma de sus consecuencias puede ser dividido en los siete pecados capitales, cuya denominación surge porque cada uno de ellos encabeza una serie diversa de subpecados, los cuales sólo se vencen por medio del amor. En el Orden Natural la conciencia del hombre le dice que debe procurar “Evitar el mal y haz el bien”. De modo semejante, el catecismo de la Iglesia dice: “Presente en el corazón de la persona, la conciencia moral  le ordena, en el momento oportuno, practicar el bien y evitar el mal” (número 1777).

La naturaleza del hombre, inclinada hacia el pecado hace que el justo deba combatir frecuentemente  los vicios capitales que son: la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.

Hace sólo unos días conversaban dos ingenieros, que ante mi sorpresa aseguraban con una certeza desconcertante que en unos veinte años el hombre viviría hasta ciento veinte años, por la agilidad de la técnica y el avance de las ciencias en general. ¡Puede ser, pensé en silencio! Imaginando llegar a esa edad…A pesar de las audaces perspectivas de nuestros hombres de ciencia, donde actualmente por ejemplo se fabrican prótesis para durar un siglo, es incontrarrestable afirmar que la línea de evolución biológica de los seres vivos es la que va de la vida a la muerte. Puede variar la edad: en tiempos de Cristo el anciano era alguien de cuarenta años, actualmente, si en Mónaco son noventa años, en Angola el promedio de vida  apenas supera los 39 años.

Pero Jesús nos recuerda que hay otra línea, que precisamente transcurre en dirección contraria: de la muerte a la vida. La línea que conduce a la muerte es la del egoísmo; pensar sólo en sí mismo y en conservar lo que uno tiene. La entrega, el amor, sostiene la otra dirección. La que va de la muerte a la vida. La entrega, el amor, ¡eso sí que tiene futuro! Dios nos lo garantiza en Jesús. Y, a Él sí que podemos tomarle la Palabra.

El cariño, la confianza, la paciencia, la bondad, pueden ayudar a enderezar la vida. Dominar el mal por la fuerza a la larga acaba agrandándolo. Responder una ofensa con otra ofensa; odio con odio; violencia con violencia, no es camino para derrotar el mal sino, a fin de cuentas, conlleva aumentarlo.
Si el mensaje del Evangelio del Domingo pasado, llamado de laetare se podía resumir en una frase: “Dios puede más que el pecado”, ahora podemos simplemente sintetizar el evangelio dominical diciendo. “Dios te ama”. Y, ese ha de ser la columna vertebral donde apoyemos nuestra vida, el horizonte hacia donde se encaminen nuestros actos, y la fuente desde donde broten nuestros pensamientos e intenciones. Ciertamente, si así lo hacemos, podremos saber sobrellevar las adversidades por incomprensibles y arduas que sean o nos parezcan. Aunque puedan surgir fracasos y caídas, dificultades y contrariedades, si acaso estamos tomados de la gracia de Dios, y tenemos la certeza que es Él quien nos amó primero y nos protege ¿Quién podrá estar en contra nuestro? Es lo que San Patricio, monje fundador de Irlanda escribió con meridiana claridad.    
  
         
d). El sufrimiento como germen de vida.

Pero ese amor tiene un precio, que somos renuentes en ocasiones a saldar oportunamente. Es el sufrimiento.  No hay amor de verdad sin que se incluya un grado de sufrimiento. Siempre el desprenderse y entregarse implicará un desasimiento, y despojarse de lo que uno posee, en beneficio del ser amado, en tal sentido,  ama quien se da y entrega lo que tiene y es.

Nuestro Señor,  que es la expresión definitiva y el “máximo revelador del Padre”, del amor de Dios, sabía perfectamente, en virtud de su plena conciencia mesiánica, que su misión culminaría en la entrega de su vida y en el sufrimiento. De ese modo su persona se elevaría permaneciendo en la historia como la palabra definitiva del amor de Dios a la humanidad.

En el contexto de una sociedad que abiertamente reniega de Dios, y que se alza orgullosa en sus efímeros logros, el hecho del sufrimiento se presenta como una especie de “convidado de piedra” en la vida nuestra. Como una realidad que sorpresivamente viene a nuestro encuentro de manera inoportuna e incómoda. En efecto, el sufrimiento no es aceptado hoy porque no se le entiende, y en consecuencia no se le da el valor salvífico que contiene realmente.

El sufrir es prolongar el amor de Jesucristo: Cuando San Pablo dice: “Con mi carne completo los sufrimientos de Cristo en la Cruz para bien de su Cuerpo Místico que es la Iglesia”. ¡Cómo si algo hubiese quedado pendiente! ¡Cómo si algo más debiese haber hecho Nuestro Señor!

Nadie más gozoso que aquel que por amor a Dios y su Iglesia ofrece sus padecimientos a Cristo. Al final de sus días, los santos supieron espiritualizar sus dolencias obteniendo innumerables bendiciones del Corazón de Jesús. Por cierto, Jesucristo tiene una especial atención hacia aquellos ofrecimientos y oraciones que están envueltos en el sufrimiento, también en su dimensión corporal: si hemos de imitar a Cristo, pues hagámoslo en todo, y El sabemos por medio del relato de los Evangelios que no sufrió “simbólicamente” o “en apariencia”, sino de manera totalmente real en su cuerpo. Cuando el  cristiano sufre es Cristo que sufre.

Solo así, terminaremos comprendiendo el valor inmenso que tiene la penitencia, también corporal, para la vida de todo bautizado, no sólo al interior de los conventos y seminarios, sino a lo largo de toda nuestra vida. Hacer penitencia en Cuaresma no es algo facultativo nuestro, no es una opción más a tomar sino un camino a seguir.

En realidad, no hay posibilidad de una verdadera vida cristiana sin una vivencia penitencial, pues pretender un cristianismo a toda hora “happy, happy” es buscar una simple máscara de la fe pero no es encontrar el rostro verdadero de Cristo que, en virtud de la Encarnación del Verbo no dudó en presentarse como el recién nacido de Belén y no vaciló en mostrarse, como dice la Escritura, casi “sin rostro humano” a causa de los golpes en Jerusalén. Hermanos: Hay que saber morir para dar fruto. Todos van  a recoger según lo sembrado, recordando que aquello que se sufre de mala gana carece de valor. ¡Que Viva Cristo Rey!    

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