domingo, 10 de noviembre de 2013

HOMILIA INICIO DEL MES DE MARIA 2013.


¡TODA LA TIERRA GRITE DE GOZO!

 1. “Aclamad a Dios toda la tierra, estallad, gritad de gozo y salmodiad” (Salmo 98,4).

Hermoso marco, el que masivamente, nuestras familias han querido dar inicio al Mes de María. No pareciera ser posible de otra manera, si consideramos la noble tradición religiosa de la Iglesia diseminada a lo largo de nuestra Patria. Mas allá, de ser este hecho consecuencia de un muy buen elaborado proyecto pastoral hecho a fines del Siglo XIX  o responder a una antigua tradición arraigada desde la declaración del Dogma de la Inmaculada Concepción, es necesario ver el hecho de este Mes como parte de un proyecto de santidad que Dios ha dispuesto para que nuestras almas sean sanadas a lo largo de estos días santos de conversión por medio del Rosario, la Santa Eucaristía, y la Palabra de Dios, que no deja de invitarnos –permanentemente- a una nueva vida. 
 
Cuando las fuerzas parecen declinar con el paso del Año: el estudiante debe cumplir con sus exámenes finales y eventuales pruebas de Simce y Pre-selección Universitaria, los trabajadores y empleados se ven envueltos a evaluaciones laborales para mantener sus puestos, y eventualmente buscar vacantes cercanas de asenso, cuando se produce el mirar hacia atrás respecto si hemos sido fieles a los dones entregados, cuando mas el cuerpo y la mente quisieran encontrar mayor alivio, el peso del tiempo y los afanes de cada día parecen multiplicarse hasta exponencialmente.  

¡Son tiempos difíciles ¡Surgen de la nada inconvenientes, molestias y desencuentros, los cuales no se explican únicamente de manera natural sino principalmente porque las fuerzas del Mal no dudan en actuar ante el hombre y la sociedad debilitada.

Los tiempos de gracia son a la vez tiempos de prueba: Lo vemos cuando Dios entrega al hombre el poder de administrar la creación, otorgándole el poder sacar de todos los frutos puestos en el paraíso, menos de uno…era la prueba que no fue superada por Adán y Eva; lo vemos cuando Dios pide al patriarca Abrahán que sacrifique a su primogénito; lo vemos cuando los israelitas fueron sacados de la esclavitud en Egipto y debieron recorrer durante cuarenta años por el desierto. Un trayecto que normalmente tardaríamos solo  unos días a pie exigió cuatro décadas: muchos que briosos partieron, cayeron con el paso de los años y no superaron la prueba. ¿Es que acaso Dios no da la gracia suficiente? ¿Es culpable Dios de la inconstancia del hombre? 

Dios hizo al hombre “a su imagen y semejanza” por cierto, pero donde El no se deja vencer es en la generosidad: su misericordia es infinita, su bondad ilimitada, su amor es eterno, por ello, como en resumen de su ser, como un icono de si, quiso dejarnos a Aquella que serviría de Medianera Universal de toda gracia, como es María Santísima. Si ella hermosamente señaló su melifluo predicador: “Nunca se ha oído decir que quien recurriese a Ella su plegaria haya sido desatendida” (San Bernardo de Claraval). 

Sin lugar a dudas, al mirar nuestros monasterios, templos, capillas y catedrales exclamaría el Salmo 98: “Dios se ha acordado de su amor y su lealtad para con la casa de Israel. Todos los confines de la tierra han visto la salvación de nuestro Dios”. Lejos esto de dejarnos en la inercia de una tranquilidad ha de movernos, por el camino de la conversión, a un mayor apostolado, de tal manera que el solo hecho de celebrar el Mes de María es un acto misionero de la mayor relevancia, pues: hace remover los afectos de la primera infancia cuando nos acercábamos con plena pureza y confianza a recibir por Primera vez a Jesús Sacramentado; nos hace cuestionar seriamente de nuestra vida presente llena de superficialidades, maquinaciones “pseudo celestiales” y “terrenales”, como si el fin pudiese justificar en ocasiones aquellos medios que conllevan indebidas acomodaciones y entreguismo a los criterios y pareceres mundanos. La realidad de hoy es muy simple: ¡O somos de Cristo o somos del mundo! 

Cuando una persona ha contraído el sagrado vínculo del matrimonio suele utilizar una argolla que lleva inscrito interior el nombre de su esposa. También, quien ejerce la plenitud del sacerdocio, lleva un anillo que representa la Iglesia local a la que sirve y que se llama “esposa”, la cual reverentemente se saluda de rodillas. ¿Qué pensaríamos de un hombre casado que usa la argolla de acuerdo a las personas que le rodean? ¿Por qué ante determinadas personas ocultar su condición de casado? ¿Qué puede justificar una vaguedad en este aspecto? ¡Nada! ¡Nada justifica ocultar voluntariamente lo que uno es?  

De la misma manera, ¿Qué pensaríamos de un sacerdote que oculta su identidad de consagrado para pasar desapercibido en algunos ambientes? La cosa es muy simple: donde no te puedes presentar como sacerdote fácilmente identificable con tu hábito, no deber estar. ¡No podemos renegar de lo que vitalmente somos! Se es sacerdote, como enseña un refrán local: “aquí y en la Quebrada del ají”. 

En ambos ejemplos que hemos citado se da una opción, que emerge de una vocación a la que se ha sido llamado, habida consideración que convocados universalmente a la santidad, debemos procurar transmitir a los demás lo mas nítidamente nuestra identidad, cual es la pertenencia imborrable como hijos de Dios e hijos de la Iglesia desde el bautismo sacramentalmente recibido. 

El don de la fe recibido aquel día, que ojala lo celebrásemos aun con mayor entusiasmo que el propio natalicio, hace que tengamos una manera de vivir que no puede confundirse con los criterios del mundo. Así lo procuró hacer cada uno de los Santos que la Iglesia ha elevado a los altares, llegando al martirio asumido en casos que van mas haya de la excepción. Precisamente, durante este Mes Bendito procuraremos diariamente recordar a los mejores hijos de la Iglesia, porque en ellos, tenemos la más próvida enseñanza, que es dictada por los mejores maestros. De la escuela de los Santos para ser santos: sin rebajas, sin mediocridades, sin travesuras, sin pausas, sin garabatos…! Santos con mayúscula y punto! 

2. “Reavivar nuestros recuerdos en virtud de la gracia otorgada” (Romanos XV, 15). 

¡Se debe notar a quien pertenecemos! Quienes están llamados a ser creyentes deber leer en cada una de nuestras acciones y en cada una de nuestras palabras de que parte estamos: Si de los que clamaban sarcásticamente “baja de la Cruz”, o de los que no dejaban de implorar: “acuérdate de mi cuando estés en tu Reino”.

Iniciamos un tiempo de conversión: Hay un canto que resulta impostergable entonar cada día de este mes: “Hoy he vuelto Madre”, porque encarna el alma de estas celebraciones, cuyo lema central ha sido, es y será que:  ¡Vamos a Jesús por medio de María!. En este sentido, descubriendo la Vida de la Virgen, en cada uno de sus misterios, sean de dolor, de gozo, y de gloria, tal como los meditamos en el rezo diario del Santísimo Rosario, resulta imposible no encontrarse con Jesús, quien quiso hacerse presente en el mundo por medio de María y ser llamado por la Escritura como el Hijo de María. Ningún camino es mas seguro para llegar al corazón de un hijo que el de una madre, y en el Corazón de Jesús y en el Corazón de María ello se da perfectamente. 

Se equivocan gravemente quienes ven un óbice en la devoción de la Santísima Virgen en vistas a una mejor cercanía entre todos los cristianos, toda vez, que tal como nos enseña la experiencia cotidiana es la madre la que mejor sirve para mantener unida la familia y a sus hijos entre si. ¡Quien mas que una madre clama por la armonía fraterna de quienes son carne de su carne! A tiempo y destiempo procura alcanzar dicho cometido: con María Virgen acontece de manera semejante, Ella más que nadie y antes que todos, anhela que todo bautizado reconozca a su Hijo y Dios como Divino Redentor. Por tanto, la búsqueda de una cercanía entre los hijos de Dios no se hace relegando a la Virgen a un plano secundario sino precisamente destacando su rol fundamental en el anuncio de la Buena Nueva de la cual fue materna portadora y testigo fidelísima. ¡Los cristianos no somos huérfanos: tenemos una Madre que es la Virgen María!

San Pablo, en la Carta a los Romanos dice: “En algunos pasajes os he escrito con cierto atrevimiento, como para reavivar vuestros recuerdos, en virtud de la gracia que me ha sido otorgada por Dios” (XV, 15). Tres veces hace hincapié en llamarnos a la conversión: Lo hace con atrevimiento, lo hace para reavivar, y lo hace apoyado en la gracia. Solamente atendiendo al uso de los verbos entendemos que se trata de una viva exhortación, una “interpelación” en terminología actual, la cual se explica por la necesidad para alcanzar la santidad por una parte y, por las múltiples dificultades que presenta para el creyente el mundo actual, por otra. ¡No son tiempos fáciles! ¡Son tiempos desafiantes! ¡Son tiempos cuesta arriba!

Por ello, en el Evangelio el mismo Señor nos dice que “los hijos de este mundo son mas astutos con los de su generación que los hijos de la luz”. En jerga de los sectores alternativos se suele decir: que este es el mundo de “los vivos”, no de “los pollos”. En círculos mas noveles subsistía la clara diferencia entre los “bacanes” y los “Nerds”, lo que a su vez actualmente se suele un poco simplificar hablando de una generación: “On” y una “Off”. 

Mas, la pillería y viveza tienen “pies cortos”: es entusiasta, briosa en los comienzos, pero suele quedar a mitad de camino, lo cual en la vida espiritual acontece como en un campo deportivo o en medio del fragor de una batalla, porque aquel que no avanza, retrocede. Nuestra búsqueda debe tener largo alcance. El encuentro con Jesús es determinante no admitiendo tardanzas, dilaciones ni claudicaciones. Una vez de Cristo: ¡Siempre de Cristo, todo de Cristo! 
 
 El Apóstol Pablo una vez que ve a Cristo señala: “ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi” (Gálatas II, 20). Fue tal la certeza de estar con el Señor, que a partir de ese instante no hubo otra posibilidad de poder subsistir más que caminando junto a Jesús. Y, bien sabemos como fue ese peregrinar, que el mismo describe con meridiana  claridad en su segunda carta a los bautizados de Corinto: “¿Son ministros de Cristo? Como si estuviera loco hablo, yo más; en trabajos más abundantes; en azotes sin número; en cárceles mas; en peligro de muerte muchas veces; de los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes, menos uno; tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado; tres veces he padecido naufragio; un día y una coche he estado como naufrago en alta mar; en caminos muchas veces; en peligros de ríos; peligros de ladrones; peligros de los de mi nación; peligros de los gentiles; peligros en la ciudad; peligros en el desierto; peligros en el mar, peligros entre falsos hermanos; en trabajo y fatiga; en muchos desvelos; en hambre y sed; en muchos ayunos; en frío y en desnudez; y además, de otras cosas, lo que sobre mi se agolpa cada día, la preocupación por todas las comunidades” (XI,23-33).
 
Los múltiples desafíos que implica la vivencia de nuestra fe hoy, solo se puede asumir a la luz de una fe que implique la certeza de estar apoyados en la sólida roca que es la verdad bimilenariamente transmitida por el magisterio perenne, que ha sido la garantía sobre la cual se ha desarrollado y expandido nuestra religión a lo largo del mundo, a lo largo del tiempo y en lo mas hondo de nuestro ser, llegando a ser el mejor abono para el desarrollo de los pueblos. Por ello, al acercarnos a Dios, al procurar vivir nuestra fe nos hacemos mejores ciudadanos, a la vez que nos comprometemos a respetar todos los aspectos de la vida del hombre, tanto en su dimensión espiritual como corporal. Nada de lo que humanamente ha sido asumido por Jesús en la Encarnación puede estar ajeno al mensaje de Salvación, de tal manera que al consagrar este Mes a la Virgen María redoblamos nuestro esfuerzo por hacer que no sólo al interior de nuestras almas reine Cristo, sino –también- lo haga en lo mas hondo en la célula de la sociedad que es la familia, “por la cual pasa el futuro del mundo” (Rodelillo, 1987 San Juan Pablo II). 
Amen.
Pbro. Jaime Herrera González.
Cura Párroco de Puerto Claro.

 

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Causa final del hombre


 
EJERCICIOS ESPIRITUALES DE SAN IGNACIO  

Venimos a hacer retiro para ordenar la vida la cabeza inteligencia, la voluntad el corazon y ¿Como se hace esto? Para ordenar la vida, como para ordenar cualquier movimiento,  resulta indispensable conocer la causa final,  porque de otra manera es imposible. Saber hacia donde vamos. 
 
En la bóveda de la capilla Sixtina Miguel Ángel pinto dos manos famosas: las de Dios, indicando cual es el fin dando el ser, mostrando el fin de la existencia del hombre y la mano receptiva  de Adán, que recibe el ser de Dios, indicando hacia donde debe dirigir su vida.
 

¿Cual es el fin absoluto último?: Es  la gloria de Dios que es darle luminosidad a Dios nuestro Señor, acercar a los hombres a  Dios. Santa Teresa de Calcuta con su vida, con su obra, indudablemente acerca a los hombres a Dios, nadie dudaría de ello. Ser luminoso es dar gloria a Dios.  

El fin absoluto y ultimo de toda persona es darle eternamente luminosidad el fin aquí en la tierra es acercar las almas a Dios de ese para que le amen, para que le  sirvan y para que le conozcan. De ese conocimiento nace el amor. El amor no es ciego. El amor no anda a tientas. 

¿Que significa este conocimiento, este estar sujetos a Dios?. Nosotros dependemos de Dios. Es una dependencia esencial,  absoluta, total, universal, amorosa. 

Esencial: Si yo no dependo de Dios yo seria nada. No podría existir.

Absoluta: Yo no le puedo poner condiciones a Dios nuestro Señor. Respecto de esta dependencias. Punto final.

Total: Depende mi inteligencia, depende mi voluntad, depende mi quehacer entero. Nada escapa de El.

Eterna: Siempre dependí de Dios, dependo actualmente, y dependeré siempre de El. 

Amorosa: No dependo simplemente como un  esclavo o un siervo,  sino como un hijo depende de un Padre infinitamente bueno. Esto es lo esencial.

Advirtamos que nosotros tenemos una libertad  ascética, jurídica, moral, sicológica. Con esta libertad sicológica nosotros le podemos decir no, yo no quiero sujetarme a Ti,  a Dios: La libertad sicológica consiste en la facultad de decir si o no a Dios independientemente del valor moral. 

¿Y qué pasa si yo le digo a Dios que no deseo depender de El? Si yo no quiero depender de quien si debo, terminaré dependiendo de quien no debo. El alcohólico no quiere depender de Dios respecto del alcohol y se hace esclavo del alcohol, así el drogadicto, y el ludópata. Un leproso convertido al catolicismo señaló que “Durante ese tiempo era un estropajo humano. En un leproso se convirtió, yo era nada”.
 
El hombre debe sujetarse a la voluntad divina, tiene que sujetarse a Dios, ahí esta su libertad y su grandeza. Un gran sociólogo italiano, beato, padre de familia, salesiano y consejero de León XIUII, Guiuseppe Toniolo (7 Octubre 1918) decía: “mi dignidad es darle a Dios todo lo que tengo, porque yo dependo de El,  sin cortapisas ni demoras, sin reticencias

Ahora nosotros tenemos que pensar: ¿Yo, dependo de Dios realmente?  Con esta sujeción humilde,  total y plena. ¿Estoy tranquilo en mi conciencia con Dios” ¿No le niego nada a Dios nuestro Señor?

Advertid que todo está en ser coherente con lo que me dicta mi conciencia iluminada por la fe. Porque, la santidad consiste en  la ecuación perfecta entre la inteligencia iluminada por la fe y el corazón corroborado con el Espíritu Santo. Cuando hay una cohesión entre el corazón y la inteligencia, una ecuación, entonces hay santidad. Evidente que la ecuación absoluta es inasible aquí en este mundo. La gracia consiste en tender siempre hacia ese ideal. 

Para esto necesitamos esta ayuda de Dios nuestro Señor que siempre la otorga a quien la implora. Un dogma de fe nos dice que: “El hombre no puede de ninguna manera  alcanzar a Dios sin la gracia divina”. De la misma manera “La gracia sola no puede hacer nada si acaso  nosotros no colaboramos”.  

Sintetizando para qué vivo: Vengo de Dios que es mi principio. Voy por Dios que es mi Padre. Voy hacia Dios que es mi fin.  

Tengo que decirle a nuestro Señor: ¡Yo quiero hacer tu santa voluntad! ¡Yo quiero estar contigo!  ¡Yo quiero hacer tu santa voluntad!

Advertir que la perfección consiste en buscar siempre el fin: La ciencia ascética consiste en la cohesión que hay entre el fin de la vida y la misma vida. Porque alcanzado el fin ya no se puede exigir más. 

La palabra “Ascética” proviene del verbo griego “asqueo” que significa “entrenamiento”, “esfuerzo”, para dominar tendencias desordenadas. En sentido literal significa “pulimiento”, “refinamiento”, y “suavizamiento”. En estricto rigor los griegos usaban esta palabra para desarrollar las fuerzas dormidas, y obtener la corona de laureles que se otorgaba al vencedor en los juegos.  

La vida del cristiano es una lucha para conquistar el Reino de los Cielos (San Mateo XI, 12). San Pablo que fue formado a la manera griega utiliza la figura del pentatlón griego para ejemplificar la batalla espiritual y el esfuerzo moral. Por la gracia de Dios podemos lograr perfectamente este fin.

La lucha moral consiste ante todo en atacar y eliminar los obstáculos, es decir, las concupiscencias de la carne, de los ojos y del orgullo de la vida, que son los efectos del pecado original que sirven para probar al hombre.

A este primer deber, San Pablo lo llama “despojarse del hombre viejo” (Efesios IV, 22).

El segundo deber, es “revestirse del hombre nuevo”, según la imagen de Dios (Efesios IV, 24). ¡El hombre nuevo es Cristo! Es nuestro deber luchar por asemejarnos a Cristo, viendo que El es: “El camino, la verdad y la vida” (San Juan XIV,6). Debe quedar claro que este esfuerzo es de orden sobrenatural y no puede ser realizado sin la gracia divina. 
 
Sin vida acética no puede haber vida mística. En la vida mística tenemos experiencia de Dios porque El se nos muestra, pero para que esto suceda primero debemos “vaciarnos de nosotros mismos”, tal como enseña el Evangelio: “Quien quiera seguirme que cargue con su cruz de cada día y se niegue a si mismo. Sin negación y purificación de uno mismo Dios no puede venir a nosotros. Es como si alguien nos dice: “si quieres que vaya a visitar tu casa, primero bárrela, tenla limpia y después iré”.

Si deseamos tener experiencia de Dios, primero tenemos que llevar a cabo un trabajo y un esfuerzo a vaciarnos de nuestras emociones, de nuestros instintos, de nuestros deseos, de nuestras ambiciones humanas. En definitiva: ¡hay que abandonar el ego! Sin esto, no puede haber un a experiencia mística. La vida ascética es imprescindible para la vida mística. La vida ascética es una vida en la cual las virtudes dominantes son virtudes adquiridas, y por virtud adquirida se entienden aquellas que resultan adquiridas de un esfuerzo personal, acompañado de la gracia que Dios no deja de conceder. 

La vida mística es una vida que, por medio de los dones del espíritu Santo, se remonta sobre los esfuerzos humanos. Es una vida en que las virtudes infusas la elevan sobre las virtudes adquirida, y el alma se ha de mas pasiva que activa.  

Es semejante comparar entre la vida ascética (en que la acción humana prevalece), y las vida mística (en que la acción divina prevalece) la misma diferencia que hay entre un remo y una vela. El remo representa el esfuerzo ascético, la vela la pasividad mística que se despliega para recibir fructuosamente la brisa divina.

 

 

 

 

 

 

viernes, 1 de noviembre de 2013

Homilía en la Solemnidad de Todos los Santos

Hemos conocido el amor que Dios nos tiene



1.- El desamor como signo de nuestro tiempo.

        ¿Qué valora el mundo de hoy en una persona? ¿A quién considera bueno la mayoría de las personas que están a nuestro alrededor? Indudablemente, al exitoso, al que logra sus deseos, al que satisface sus necesidades. Al que tiene poder, bienes, capacidades. En general, a aquella persona que lo pasa bien.

        En esto la vinculación con los demás no parece tener un carácter determinante: los vínculos con el prójimo sólo parecen justificarse en tanto cuanto importan a los propios e inmediatos intereses, como si todo el mundo dependiera de nosotros y debiese girar a nuestro alrededor. El hombre actual piensa que es como el sol alrededor del cual todos le sirven. Nada bueno tiene esto, si consideramos que al comienzo de la revelación la humanidad ya empieza a inclinarse hacia el mal, no sólo en el triste episodio del paraíso terrenal con nuestros primeros padres (Gen. 3, 19), sino luego con pretender alzar una edificación que rivalizase con Dios en Babel (Gen. 11, 1-19)

         Más cercanamente, tanto en el denominado renacimiento, como en el siglo de las luces, o en la llamada era industrial, siempre el hombre ha tendido a dejar a Dios de lado: mas, el hombre autónomo puede alzar por un tiempo un mundo sin Dios, pero dicha marginación termina prontamente por volcarse contra el hombre mismo.

         Sin Dios, el hombre y la sociedad se pierden, se termina diluyendo, por lo cual las fuerzas del Maligno no parecen ser contenidas por la cultura actual más que por la senda de una espiral decadente. Entonces, si acaso no importa Dios, su obra, tampoco será relevante, por lo que de la indiferencia fácilmente dará paso al desprecio, manifestado en maltratos, olvidos y persecuciones.
  
        La crispación social no tiene otro origen basilar más que en el rechazo a Dios y sus designios. Pues, la crisis del hombre y la sociedad, que se manifiesta de múltiples maneras: por una parte, en violencia desenfrenada, donde la vida humana en ocasiones tiene el simple valor de una cerveza o de un cigarrillo ¡se mata a una persona por unas cuantas monedas! Se manifiesta en la falta de perdón, donde se urde en los resquicios y se exacerban rencores para la premisa anticristiana de "ni perdón ni olvido", con la cual sólo "se siembran nubes y cosechan tempestades".

         El eclipse de Dios obscurece la vida humana: alejados voluntariamente de Dios, quien se ha revelado como un Dios de Amor, hace que en el corazón del hombre termine anidando el egoísmo más recalcitrante, en el cual el yoismo e individualismo cierra las puertas al compartir, cierra las puertas al sentir las necesidades ajenas como propias, cierra las puertas a salir de uno para ir al encuentro del otro. Todo ello, porque se siente autosuficiente.

2.- El amor: distintivo del cristiano.
         Como en un espejo, cuando el Evangelio nos habla del amor, debemos procurar reflejar en toda nuestra vida: nuestros sentimientos y actitudes, con aquel camino que el Señor nos pide claramente: sin tardanzas ni recortes, porque las Escrituras no admiten vaguedades ni liviandades. Así leemos en la Primera Carta de San Pablo a los Corintios: "Porque el amor es paciente, es servicial, no es envidioso, no se jacta, no se engríe, es decoroso, no busca lo suyo, no se irrita, no toma en cuenta el mal, no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo cree, todo lo excusa, todo lo espera. Soporta todo, porque el amor, es Dios ( 13, 1-13).

2.1. El amor es paciente: Porque más que tolerar, como algo irremediable, se asume y acepta con paz interior, aquellos males que devienen.

2.2. El amor es afable: Porque en su rostro expresa que procura en todo momento devolver el bien por el mal, asumiendo con convicción que si quiere ser verdadero discípulo de Jesucristo y recibir su perdón misericordioso no puede sino aplicar lo implorado: "perdona nuestras deudas como nosotros perdonamos a nuestros deudores".

2.3. El amor no tiene envidia: Al evitar compararse con los demás, y al procurar tener presente sólo el cumplir la voluntad de Dios, no se llena de soberbia al tenerse como superior de otros ni su alma se colma de envidia al no saberse bajo los demás. ¡Quién a Dios tiene nada le falta, sólo Dios basta! Como creyentes que somos, asumimos que nuestros logros avanzan por un carril distinto del que avanzan los éxitos  mundanos.

2.4. El amor no es presumido: Cuando uno vive desde la fe, cada acontecimiento y realidad es medido desde la perspectiva espiritual. Me acerca a Dios, es importante, me aleja de Dios es desechable...Sus éxitos, logros, objetivos tienen relevancia desde la búsqueda y vivencia de la vocación universal a la santidad, a la que está llamado todo bautizado. ¿De qué podríamos presumir si sabemos que Dios es el que sostiene nuestras vidas?

2.5. El amor no se engríe: ¡Estamos en un mundo ensimismado! En ocasiones, preferimos cobijarnos en un caparazón, para así imponer nuestra voluntad sobre los demás. Por cierto, que el demonio puede hacer que bajo una apariencia de humildad se anide el mayor de los orgullos. La distancia que suele imponer nuestra actitud temerosa, tiende finalmente a elevarme siempre a mí mismo para sentirme seguro. En cambio, el amor hace alegrarse al descubrir el valor y los méritos ajenos, descubriendo que no debemos luchar por conseguirlo ni imponernos sobre nuestro prójimo.

2.6. El amor no es ambicioso: La posesión del creyente es el desprendimiento, por ello al dedicarnos con ardor al crecimiento espiritual, los deseos por las cosas ajenas y exteriores resultan finalmente secundarios. Desde la visión del creyente, que se sabe de paso en este  mundo, pues, tiene anclada su carta de ciudadanía en el Cielo, hemos de tener como propio únicamente aquello que está llamado a perdurar con nosotros.

2.7. El amor no se irrita: A pesar de que el cristiano en todo momento puede estar sujeto a persecuciones, por lo cual, desde el primer discurso nuestro Señor nos previno, nunca la ira ha de adueñarse del corazón y transformarse en rencor, toda vez que tenemos la convicción de esperar un premio que no dice relación con los sufrimiento. ¡Es un negocio con rentabilidad del ciento por uno! Es cierto que el hecho de no enojarse, implica un esfuerzo, un sacrificio, que en ocasiones, no es menor y requiere de gran virtud, por ello, recordaremos que, cuando uno se sacrifica, lo esencial de ello no es la privación, sino que es el enriquecimiento. Si nos sabemos unidos a Dios nada nos separará de su amor. Sólo el amor de Dios puede vencer el rencor del hombre.

2.8. No lleva cuentas del mal: En el disco duro de nuestros recuerdos hemos de guardar los buenos momentos, las buenas intenciones, evitando una camáldula de faltas ajenas. ¡No podemos tener un Dicom de los defectos ajenos!, simplemente porque Dios nos ha perdonado de más y más veces de las que nosotros - eventualmente - lo hemos hecho con nuestros hermanos. Aprender a olvidar hará que nuestra alma se libre de toda maquinación malsana, evitando el camino de la venganza que suele estar abonado de recuerdos. ¡Seamos libres: perdonando primero, y olvidando después!

2.9 No se alegra de lo injusto: Hemos de tener una mirada favorable, confiada, y positiva del prójimo porque "con la medida que midamos seremos medidos". Por cierto inmersos en una cultura donde antes se colocan los cercos y luego se planta, donde primero las rejas y luego la casa, se vive en un ámbito de desconfianza. No podemos alegrarnos de los males ajenos, celebrando su encarcelamiento, sus padecimientos y hasta su muerte, sino queriendo el bien nuestro - también - para los demás (San Gregorio Magno, Moralia in Iob, 10,7-8.10). No otra cosa nos enseña Jesús al decir: "Amaos los unos a los otros como Yo os he amado".

          Los Santos descubrieron una clave: ¡La medida del amor es amar sin medida! Los verdaderos límites son los que no existen, lo cual, San Agustín con su capacidad de síntesis habitual señaló: Delige, et quod vis fac, "Ama y haz lo que quieras" ( Homilía VII, de San Juan). Esto último, lejos de ser una invitación al libertinaje nacido de una conciencia endiosada, marca un camino exigente y definitivo, puesto que cuando nos encontremos cara a cara con Dios, todos los demás dones desfallecerán; y el único que permanecerá para siempre será la caridad , pues "Dios es amor" (1 San Juan 4, 8) y "nosotros seremos semejantes a Él" (1 San Juan 3, 2), llamados a vivir en comunión perfecta con Él.
 
          Por ahora, la caridad es el distintivo de los bautizados. Es la síntesis de toda su vida: de lo que cree y de lo que hace. El amor es la esencia del mismo Dios, es el sentido de la creación y de la historia, es la luz que da bondad y belleza a la existencia de cada hombre. Al mismo tiempo, el amor es, por así decir, el "estilo" de Dios y del creyente, es el comportamiento de quien, respondiendo al amor de Dios, plantea su propia vida como don de sí mismo a Dios y al prójimo.
       
         Si pensamos en Todos los Santos, reconocemos la verdad de sus dones espirituales, y también de sus caracteres humanos, pues, la vida de cada uno de ellos fue un himno a la caridad, un canto vivo al amor de Dios. Amén.

R.P. Jaime Herrera, Festividad de Todos los Santos, Noviembre de 2013.-

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martes, 29 de octubre de 2013

Las postrimerías


          Dice el Santo Evangelio que el Apóstol San Pedro luego de la triple negación salió del lugar donde estaban reunidos. 
 
          El pecado siempre divide, y aquella noche no era la excepción. Divide interna y externamente, creando un mundo de soledades.  Se apartó del lugar donde tuvo ocasión para pecar, llegando a rechazar –incluso- el hecho de no haber conocido a Nuestro Señor. Si habría bastado una sola vez en desconocer a Jesús, y solo haber respondido: no tengo nada que ver con esto. Pero,
 la debilidad le hizo repetir tres veces: “no lo conozco”, “no se quien es”, y “bajo juramento afirmo que nunca lo he visto”. Estamos ciertos que estas palabras ocasionaron mayor sufrimiento a nuestro Señor que los fríos metales taladraron sus manos y pies. Una mujer de condición simple, pudo enmudecer al que Jesús elevo como Príncipe de los Apóstoles y a quien colocó como roca para confirmar en la fe a sus hermanos bautizados, por ello todo era oscuro e invitaba a llorar amargamente. 

La gustducina, es aquella sustancia que al probarla es amarga y produce “tristeza”, “aflicción” y “desagrado”. Las lágrimas del Príncipe de los Apóstoles tenían esos tres componentes, porque de algún modo son los que habitualmente ocasiona todo pecado. Las lágrimas no piden perdón, pero lo terminan obteniendo.  

Más, luego del episodio del Calvario,  Simón Pedro se arrepintió de manera profunda y con gran humildad.  En su condición de Primado de la Iglesia ofendió al Señor, pero, en su misma condición, luego,  se arrepintió y ese arrepentimiento lo termina transformando  definitivamente. 

Nunca nos debemos desanimar por los pecados cometidos. Nuestra  Iglesia “no es un cementerio de cadáveres sino un hospital de enfermos”, señalaba el actual Pontífice. No debemos volver a los pecados cometidos. No es bueno sacar frecuentemente la costra de una herida.  Podemos adelantar muchísimo en el terreno de la perfección en la conversión. Por tanto, hay un momento decisivo de conversión, y ello lo han experimentado todas las almas de los bienaventurados.   

Los Santos no fueron los que no cometieron faltas sino los que se arrepintieron de haberlas hecho. Es inmensa la constelación de estrella que la Iglesia nos presenta como sus mejores y ejemplares hijos:  

San Agustín de Hipona: Nació el 354, hijo de Patricio y Mónica. Dejó la escuela a los dieciséis años, lo sedujeron ideas paganas, el teatro, y las mujeres, con una de las cuales convivió durante catorce años. Por una década estuvo en la secta de los maniqueos, quienes afirmaban la existencia de un dios del bien y del mal. Hasta que Dios lo llamo, porque a Dios lo conmovieron las lagrimas de Santa Mónica. San Agustín deseaba cambiar, incluso escribió: “Señor, hazme puro, pero todavía no” (Confesiones, número 8). Un día, San Agustín estaba en el jardín orando a Dios para que le ayudara, escucho una voz que le dijo: “Toma y lee” (Confesiones, capitulo VIII).

Abrió la Biblia, y lo primero que leyó fue la carta de San Pablo a los Romanos: “Nada de comilonas y borracheras, nada de lujurias y desenfrenos…revestíos mas bien del Señor Jesucristo y no os preocupéis de la carne para satisfacer la concupiscencia” (XIII, 13-14). Este momento marcó indeleblemente el resto de su vida, pues tomó la firme resolución de permanecer casto por el resto de su vida. Al año siguiente fue bautizado en la fe católica.
 

San Ignacio de Loyola: Es el Patrono de los cojos, porque así quedo luego de tres crueles intervenciones, producto de una herida inicial que sufrió mientras ejercía como militar en defensa del castillo de Pamplona. Era el 20 de Mayo de 1521. Desde ese momento, gracias a la lectura de la vida de Cristo y a la de algunos santos considero que si ellos estaban hechos de su misma materia prima por que no podría imitarlos. Largo fue el proceso de conversión, hasta que lo llevó a una caverna cerca de Barcelona, conocida como Manresa. Allí estuvo un año completo, donde escribió, entre otros, el libro de los Ejercicios Espirituales: “A fin de imitar a Cristo nuestro Señor y asemejarme a El, de verdad, cada vez mas, quiero y escojo la pobreza con Cristo, pobre mas que la riqueza; las humillaciones con Cristo humillado, mas que los honores, y prefiero ser tenido por idiota y loco por Cristo, el primero que ha pasado por tal, antes que como sabio y prudente en este mundo”. Con ello, eligió el camino de Dios en vez del camino del mundo, hasta lograr alcanzar su santidad.
 

San Pablo de Tarso: Es el autor de trece de los veintisiete libros que componen el Nuevo Testamento. Nació en una familia acomodada, de la tribu de Benjamin, en Tarso de Cilicia –actual Turquía-. Su nombre semita era Saulo. Jesús era diez años mayor que Pablo. Su formación era una mezcla de la cultura judaica, romana y griega.  Estudió en la prestigiosa escuela rabínica de Hillel, bajo la observancia del maestro Gamaliel (la otra escuela era la de Shammai) y aprendió el oficio de construir tiendas (Hechos XVIII,3). Convencido totalmente que los cristianos eran una amenaza para el judaísmo, se dedicó a perseguirlos con ahínco. Prueba de ello es que estuvo presente en la lapidación de San Esteban, el primer mártir de la fe. Poco tiempo después, camino a Damasco se le apareció Jesús y le dijo: “Saulo, Saulo…¿Por qué me persigues?” (Hechos de los Apóstoles IX, 4). Desde ese momento su vida cambio totalmente. Sus criterios, valores, principios, cambiaron totalmente. Fue un hombre nuevo que escribió “Lo que para era para mi ganancia, lo he juzgado una perdida a causa de Cristo. Y mas aun: juzgo que todo es perdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo” (Filipenses III, 7-8).
 

San Francisco de Asís: Nació en Asís, Italia el ano 1182. Como su padre comerciaba con Francia, desde temprano la gente le apodó como “Francesco” (el francés), pues en el bautismo recibió el nombre de Juan. Desde joven fue aficionado a las tradiciones caballerescas que anunciaban los trovadores. Ni los negocios ni los estudios le interesaban mucho, solo divertirse y gozar la vida. No era de costumbres licenciosas, era muy generoso con los pobres. A los veinte años surgió una disputa entre las ciudades de Perugia y Asís. 

Estuvo preso durante un año. A pesar de lo cual, no dudó en volver a enrolarse para lo cual se compró una costosa armadura y un valioso manto. Se encontró con un pobre a quien le regaló su vestimenta y sintió una potente voz en su alma que le decía: “! Sirve al amo no al siervo!”. Esto fue un momento radical en su vida. No hubo vuelta atrás. 

Cual es el remedio para no pecar: Dice la Santa Biblia: “Piensa en las postrimeríades o novísimos  y no pecarás”. Cuales son: Muerte, juicio, infierno, gloria y resurrección 

1. La muerte: Es una gran maestra, nos dice San Agustín,  que nos da muchas lecciones.

La incertidumbre.

La certeza que vamos a morir: 

Cuan malo es el pecado:

Cuan malo es El mundo:  

Es bienaventurado el que muere en el Señor: 

a). La incertidumbre: No se cuándo, dónde y cómo voy a morir. Por lo tanto, siempre tengo que estar preparado para ese momento. ¿Y qué significa esto? Alejados del pecado mortal. Estar exento de pecado mortal, y tener a Dios en el alma dentro de nosotros, puesto que quien tiene la gracia de Dios es un “sagrario viviente”. Tiene al Padre al Hijo y al Espíritu Santo dentro de si. Esto es muy importante. Siempre debo estar preparado para el encuentro con Dios. Como si fuera el último de nuestros días, tendremos cautela y prudencia necesaria de presentarnos al Tribunal de Dios con las manos limpias. Además, por ser el primero de nuestra conversión, tendremos el entusiasmo, el anhelo, y la fuerza del primer encuentro con el Señor.

Hay una inscripción que se colocaba en los relojes antiguos. “El tiempo huye”: por ello siempre hemos de estar vigilantes, siempre avizorando lo que Dios quiere de nosotros.

b). Certeza que moriremos: Esto lo sabemos y no lo sabemos. Siempre el que se muere es otro. ¿Te has dado cuenta que siempre mueren los demás? Nunca nos morimos nosotros. Aquel murió, sabes… A mi esto no me va a suceder tan pronto. Ya voy a arreglar mis asuntos. Tengo tiempo aun… Dejamos pasar las cosas para después, después, después… ¡El que va por la cale de después llega a la plaza de  nunca! 

c). Cuan malo es el mundo: ¡Que te dice un cadáver!. A partir de 1850, en Europa se colocó como costumbre sacar fotos a los muertos. Al mirar aquellas fotografías y mirar el cadáver, solo podemos decir ¡que poca cosa es la fama del mundo! ¡Qué poca cosa es la vanidad del mundo! Como un cadáver…  

Conocemos por la prensa y por lo que a diario hacemos respecto de la malicia del mundo: Dice el Nuevo Testamento: “Por el pecado entró la muerte en el mundo”. Pensemos por un momento en todos los cadáveres que hubo desde el primero que fue el de Abel, hasta el último de este minuto, tendríamos una cordillera de cuerpos. Esta es la consecuencia del pecado, puesto que  por los efectos podemos considerar las causas.  ¡Que malo es el pecado! Que trae como consecuencias estos hechos tan nefastos.

d). Bienaventurados los que mueren en el Señor: ¿Quiénes son?  Aquellos que pasaron su vida haciendo el bien. Los que mueren “al pie del cañón”, cumpliendo lo que deben.

Teresa de Calcuta: Nació en Macedonia el 27 de Agosto de 1910, día de su bautismo. A  los cinco años hizo su Primera Comunión, a los seis se le confirió la confirmación y a  los dieciocho ingresó como religiosa el 15 de Agosto de 1928.  Una vez que profeso como  religiosa fue enviada al Colegio de Loreto en Calcuta, donde permanecerá  dos décadas, luego de lo cual funda la Congregación de las Misioneras de la Caridad.  

Gabriel García-Moreno: De improviso fue llamado por Dios. Un día mientras oraba, como todos los días en la Catedral, evitando mayor protección, salio del templo y fue emboscado y asesinado. 

Si esta noche Dios te llamase para rendir cuenta de nuestras acciones ante su Tribunal,  ¿Nos sentiríamos  urgidos para confesarnos? ¡Seamos sinceros! ¿Qué habría en nuestra cuenta? ¿Qué nos da el balance de nuestra vida: superávit o déficit?  

Estamos al debe con el Señor. ¡Hay cuentas que aclarar! Mas como hacerlo sino por medio del camino que El mismo nos enseñó. Tan bondadoso con nosotros, que nos dejo un puente para llegar a El. 

Contemplando las verdades definitivas, los novísimos recordemos las palabras atribuidas a San Juan de Ávila: “No me mueve, mi Dios, para quererte, el cielo que me tienes prometido, ni me mueve el infierno tan temido para dejar por eso de ofenderte. Tu me mueves, Señor, muéveme el verte clavado en una cruz y escarnecido, muéveme ver tu cuerpo tan herido, muéveme tus afrentas y tu muerte. Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, que aunque no hubiera cielo, yo te amara, y aunque no hubiera infierno, te temiera. No me tienes dar porque te quiera, pues aunque lo que espero no esperara, lo mismo que te quiero te quisiera”. 

En la confesión lo que mas importa es el dolor por la ofensa hecha, digámosle al Señor que le queremos. Aunque lo repitamos dos veces como Tomas o tres como Simon Pedro.

¿Cuándo te vas a confesar?

 

martes, 22 de octubre de 2013

LA DISPONIBILIDAD A LA VOLUNTAD DE DIOS

           El fin último absoluto del hombre es Dios. Tomamos esta premisa para nuestra segunda meditación del día. 
¿Y todo lo demás?  Los seres animados e inanimados. Y las personas que nos rodean  ¿que fin tienen? ¿No hay contradicción entre los fines de las personas y mi fin? No.
 
Hay cosas y  hay personas que nos acercan y otras que nos alejan de nuestro fin último que es Dios.
 
Por lo tanto, la contestación para resolver este problema de la concordancia entre el medio que me rodea –cosas, personas, sociedad- y mi actividad es esta: el sentido común. ¿Cuál es mi fin?
         Yo tengo que usar de las cosas y personas si acaso me acercan o alejan de Dios. Es de sentido común, que si voy a emprender un viaje un viaje no me interesa primordialmente el color del bus sino principalmente hacia donde va. ¡Hay que saber donde va la micro! Ninguno tomaría cualquier bus que vaya a cualquier parte. 
         La norma del mundo actual, que diariamente conocemos por la prensa y conversaciones,  es hacer lo que “me gusta” o “no me gusta”. Esta es una reina que exige adoración absoluta: la reina Gana: “me da la gana” o  “no me da la gana”. 
         La norma de la santidad es esta: tanto cuanto me conduce  o me aleja de Dios,  cueste lo que cueste. 
         Por ejemplo: un viaje en tren. ¡Andar en tren es de lo mejor! Entonamos más de una vez cuando como escolares íbamos de paseo al Jardín botánico. Supongamos que nos ganamos el Loto acumulado durante varios meses. Imaginemos que para ir a Santiago a cobrar nuestro premio sólo dispusiéramos de buses para ir. Llegamos al terminal, compramos un pasaje y nos dirigimos a los andenes. Miramos, y vemos un pullman de última generación: con butacas, teléfono, pantalla, aire acondicionado personal. Rápidamente nos subimos a el, y emprendemos el viaje. Sin darnos cuenta del paisaje a causa de la buena película que vamos viendo, se acerca el auxiliar a cobrar el pasaje. Le pasamos el boleto y algo sorprendido nos dice: debe bajarse de este bus, porque no vamos para Santiago sino que vamos para Arica. Le respondemos que no nos vamos a bajar porque estamos muy cómodos, lo vamos pasando bien con la película, y el bonito el bus. ¿Y el premio que vamos a cobrar? ¿Lo despreciamos por unas horas de placer en un bus? 
         ¡Cuántos hombres hay que suben al tren del placer! Olvidando el fin absoluto. ¿Hemos colocado el pie en el primer peldaño? Lo que tengo que hacer es bajar de ese bus si acaso no me conduce hacia donde me dirijo. Algo semejante pasa con Dios: si no me lleva a El, lo dejo; si me acerca lo tomo.
         Hay que distinguir entre lo que es necesario bajo pena de pecado y lo que no es bajo pena de pecado: por ejemplo, que actitud vamos a tomar, ¿Qué queremos? ¿Salud o enfermedad? , ¿Riqueza o pobreza?, ¿Vida breve o extensa?, ¿Honor o deshonor? ¿Qué quieres?
         Hemos de responder resueltamente: ¡Yo no elijo nada de lo que Dios no quiera! ¡Yo elijo lo que Dios quiere! Todo lo que no tenga que ver con su voluntad, con sus Palabra, con sus designios, nada tiene que ver conmigo. Con la misma resolución que clamaba el Papa Urbano II al emprender la primera cruzada: Era el año 1095 en el Concilio de Clermont al terminar su homilía  con la frase del Evangelio “Renuncia a ti mismo, toma tu cruz y sígueme” (San Mateo XVI, 24), la multitud, entusiasmada, manifestó ruidosamente su aprobación con el grito ¡Deus le volt! ¡Dios lo quiere!
         San Pablo camino Damasco iba con plenos poderes para perseguir y apresar a los cristianos. En el retiro anterior recordamos cómo fue su proceso de conversión: de eximio perseguidor a católicos a fidelísimo seguidor de Cristo. Todo ello en virtud de  la gracia que lo derriba del caballo. Pero más bien, lo derriba de donde el se había encumbrado. En nuestra Patria utilizamos de manera peyorativa  el término “trepador” para designar aquella persona que avanza en posiciones y situaciones más que por méritos personales a costa de postergar los méritos ajenos a cualquier costa. El Apóstol de los Gentiles antes de convertirse a Cristo,   estaba totalmente lleno de sí mismo, por lo que Dios no cabía en su corazón, porque simplemente no había espacio para El.
        ¿Qué quieres que yo haga Señor?  ¡Qué quieres! Delante del Señor preguntemos claramente.

 La disponibilidad de Cristo:
          Jesús no sólo es ejemplo de disponibilidad sino a la vez es la fuente de la gracia necesaria para obtenerla. Nuestro Señor se entregó totalmente por nosotros: “Porque hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre, el cual se dio a si mismo en rescate por muchos, de lo cual se dio testimonio a su debido tiempo” (1 Timoteo II, 5-6). El no se preguntó por que tengo qué hacerlo yo, ni delegó su responsabilidad en que otro lo haga, o adujo no tener tiempo.

          1. La disponibilidad de Cristo era radical: no admitía vaguedades. Si es si y no es no, es algo tan obvio pero tan arduo de entender e implementar en la vida cotidiana. No hay condiciones ni excusas. Cristo respondió con plena disponibilidad al Padre porque el Padre Eterno no lo dejó a la deriva. La certeza de la unión con Dios fue el fundamento de la disponibilidad de Jesús, que implicaba: salir, moverse y dejar.
         Así lo leemos en la plegaria del Huerto de los Olivos. Allí se nos presenta un Jesús en medio de la tristeza, la angustia y la incertidumbre. ¡Pero sin perder su  Señorío divino y humano! Es el momento más crucial de su vida. Es la hora decisiva, ya no hay otro momento. Es inminente la hora del cumplimiento de la misión que su Padre Dios le había encargado. La voluntad de Dios está primero, antes que cualquier deseo personal.
          En todo momento Jesús se nos presenta como el gran disponible, abierto a todo lo que el Padre le pida: “Mi alimento es hacer la voluntad del que me envió”. No sorprende que cuando la traición ya ha sido anunciada oraría expresando su deseo humano, sin que llegue a ser un impedimento al plan de Dios: “Padre mío, si es posible, que pase de mi este cáliz, pero que no se haga como yo quiero, sino como quieres tu”. 

         2. La disponibilidad de Cristo era permanente:
         Sabiamente escribió san Bernardo que la caridad para ser verdadera debe ser ordenada. Por ello, la disponibilidad, que es un eco de la caridad, se debe encaminar primeramente hacia los que están a nuestro lado. Nuestro prójimo son los mas cercanos: familia, amigos, vecinos, cercanos, conocidos. Realidad preferencial pero no exclusiva pues nos debemos a todos cuantos nos requieran. Ninguno imagina a nuestro Señor a una persona: «No, mira, yo soy Galileo, tu eres samaritano, no te puedo atender. Seguramente en tu ciudad habrá alguien que te echará una mano». Eso es imposible. Entonces nosotros, que nos decimos seguidores de Cristo, ¿No tenemos que actuar de igual modo? E imitar la permanente disponibilidad de Jesús.

Max Jacob, converso

 

               

Jacob según Picasso
                               

La disponibilidad consiste en adecuar nuestra voluntad a la voluntad de Dios. Y aquí esta la raíz de la santidad, para ello hay que pagar un precio y es el gran amor a Dios. El identificarse con Cristo disponible no nos hace perder la propia personalidad sino que por el contrario nos permite llevarla a su plenitud. Los santos, que son todos conversos a Jesucristo, se identificaron con El manteniendo su propio carácter. No hay ningún carácter que con la ayuda de la gracia de Dios no se pueda mejorar.

 

Tenemos el ejemplo del pintor y poeta, nacido en la Borgoña hacia 1901: Max Jacob. Nació en el seno de una familia semita, llevo una vida licenciosa junto a tres amigos, uno de los cuales era Picasso. Por las adoquinadas calles de la parte baja de Montmartre, deambulaban más de noche que de día. Ello hasta que un día en la pared de su habitación contemplo la imagen de Jesucristo.  

Fue tal la impresión, que al despuntar el alba corrió al Santuario del Corazón de Jesús ubicado a pocas cuadras de su hogar, y pidió ser bautizado. Su petición fue aceptada con la salvedad que aquello que profesaba en el Credo debería hacer el esfuerzo por vivirlo cotidianamente durante un tiempo, por lo que pasados unos meses fue incorporado a las aguas bautismales, oficiando como padrino su amigo y reconocido pintor parisino.  

Compuso unas hermosas letanías en honor a la Virgen, y vivió junto a un monasterio benedictino hasta que en medio de la segunda gran guerra fue detenido. Su cuerpo fue encontrado teniendo en el bolsillo un Santo Rosario. El haber visto a Cristo un día hizo cambiar para siempre a Max Jacob.

Santa Edith Stein

         La experiencia de conversión es común a los santos. Así sucede con otra hija de Sión, la reconocida filósofa Teresa Benedicta de la Cruz, en vida llamada Edith Stein. Nos reservamos la opinión que tenia nuestro recordado Capellán Enrique Pascal García Huidobro sobre las mujeres que se dedicaban a la filosofía… ¡Que decir de lo afirmado por las universitarias del reconocido historiador Retamal Faverau…Lo cierto es que nuestra Santa citada era brillante. Judía de pura cepa nació el día de Yon Kipour de 1891.

 

Inmersa en el campo de la fenomenologia, en el año 1921, tras la muerte de un muy cercano amigo, Edith decide acompañar a la viuda, pensando que se iba a encontrar con una mujer totalmente desconsolada ante la perdida de su esposo tan querido. La muerte le causaba siempre un impacto interior muy grande, porque le hacia sentir la urgencia de dar respuesta a los grandes interrogantes de la vida.
Teresa Benedicta de la Cruz
 En este momento de su vida, ya vivía interiormente una cierta kenosis, pues había experimentado el vacío de las aspiraciones de sus ideas filosóficas. Estas no eran capaces de llenar su alma, ni de calmar su deseo de una verdad mas profunda, mas completa. Reconocía que en ellas quedaban grandes vacíos y lagunas. Ella buscaba más. Fue por tanto de gran impacto para ella, encontrar que su amiga, no sólo no estaba desconsolada, sino que tenía una gran paz y una gran fe en Dios. Viéndola, Stein deseaba conocer la fuente de esa paz y de esa fe.   

Mientras estaba en casa de la viuda, Edith tiene acceso a leer la biografía de quien pasaría a ser su maestra de vida interior, Santa Teresa de Jesús. Paso una noche entera leyendo un libro hasta que lo termino. Intelectual y lógica como era, leía y analizaba cada página hasta que finalmente su raciocinio se sometió a la gracia haciéndola pronunciar aquellas palabras desde su corazón femenino: ¡Esta es la verdad! Ingresó como religiosa de clausura carmelita, hasta que,  luego de muchos padecimientos fue asesinada en agosto de 1942.