sábado, 4 de mayo de 2019


TEMA  : TESTIMONIO VIVENCIA SACERDOTAL SEMANA SANTA
FECHA: REUNIÓN DEL CLERO DIÓCESIS DE VALPARAÍSO ABRIL
El Señor Obispo me ha pedido dar un testimonio de la vivencia de Semana Santa. Agradezco la oportunidad de compartir en voz alta lo que he vivido en voz baja.
Quiero detenerme en tres líneas principales.
Primero. Lo vivido en estos días no responde a un hecho del momento sino que es parte constitutiva de un caminar, de una peregrinación iniciada hace ya cuatro décadas. En este sentido no puedo analizar el aquí y ahora sin considerarlo desde una perspectiva más “amplia”, que hunda su raíz desde lo que denomino el primer “sentir vocacional”, en el cual la figura de Juan Pablo II constituye algo basilar. Recordemos que fue electo como Pontífice  en Octubre de 1978, el año de tres Papas: Montini, Luciani y Wojtyla, este último recibió a los Obispos de Chile en visita ad limina (13 Octubre 1979) y les encomendó m  dos tareas: Una evangelización de la primacía de Cristo diciendo que “no hay verdadera evangelización mientras  no se anuncie el nombre, la doctrina, la vida, las promesas, el reino, el misterio de Jesús de Nazaret, Hijo de Dios”, a la vez que pidió impulsar una audaz promoción vocacional, lo cual el recordado Arzobispo Emilio Tagle Covarrubias implementó con la celebración de un Año del Sacerdocio (1981) el que fue precedido por el Congreso Eucarístico Nacional
Por entonces, se hablaba del sacerdocio en todas partes: templos, colegios, grupos eclesiales, catequesis. Era normal escuchar que todo bautizado varón al menos una  vez en la vida debía preguntarse si Dios lo  llamaba a ser sacerdote.
Durante mi vida “consagrada” que suelo incluir desde que ingresé al pre-seminario (17 de Diciembre de 1981), he tenido la posibilidad de tener múltiples “formas” de estar en Semana Santa. Primero con la vivencia al interior del Seminario, con toda su riqueza y rigor litúrgico. Allí estaban los oficios completos, la celebración de todas las misas, incluida las novedades del encuentro de Jesús y la Virgen dolorosa; y de los primeros manuales para el rezo del Vía Lucis. Los himnos y melodías rigurosamente enseñados por el Hermano Antonio Muguerza y el organista Mauricio Perguelier, hoy oficiando de maestro en una iglesia en una parroquia de Austria.
CONVIVENCIA CLERO DE VALPARAÍSO 2019


Todo funcionaba a la perfección porque el clima era favorable para la oración, la penitencia y  la lectura de obras clásicas: Recuerdo haber leído La Pasión del Padre La Puente, algo de San Alfonso María de Ligorio, y soto voce algunos escritos del Padre Pio de Pietralccina, que por esos años estaba algo vedada su lectura. Por cierto, bajo la guía del Director Espiritual tenía otros textos: Los sermones de San Juan María Vianney, el Cura de Ars,  los cuales son muy extensos e intensos en su lenguaje. Así como todos los años por televisión se suelen ver las mismas películas: Manto Sagrado, Quo Vadis, Los Diez Mandamientos, y el súper bet seller… Jesús de Nazaret que  se da en TV abierta hace 37 años y es lo más visto hasta este año incluido (2019), tengo la sana costumbre de retornar la misma literatura espiritual que hace muy bien.
Cobijo gratitud por aquellas meditaciones, y el salir a rezar –particularmente- el jueves y viernes santo,  donde la luna solía iluminar el frio propio de Lo Vásquez,  con la certeza que aquello que de manera micro celebramos en un punto del mundo sí tenía incidencia en el universo entero, pues lo que se pedía en algún lugar del mundo se cumplía; lo que ofrecía no caía en el vacío porque la misericordia de Dios jamás haría infecunda la sangre del Cristo. Aprendí que su tiempo podía avanzar a un tranco distinto al que deseaba,  pero siempre Dios era cumplidor. Como el nombre de Jaime proviene de Jacobo que castellanizado es Santiago, me suelo identificar en algunos aspectos a mi Santo Patrono, y en ocasiones le imploraba al Señor lo que él y San Juan preguntaron a Jesús: “¿Quieres que mandemos que descienda fuego sobre ellos?” (San Lucas IX, 54). “Hazme justicia y defiende mi causa”, pero inalterablemente volvía al relato del patriarca Abraham (Génesis XVIII, 16-33) quien a los pies de Dios suplicaba: Si en la ciudad se encuentran sólo 50, 45, 40,30, 20, 10  justos, Él actuaria tan justa como misericordiosamente. 
Por eso Semana Santa permitía avanzar en confianza y esperanza, aun en circunstancias históricas de un mundo tan cambiante entonces como ahora. Otra historia, el mismo Dios a quien podía acudir a toda hora, en cualquier circunstancia, y con toda necesidad.
Sin duda la realidad “reparadora”, de acompañar a Jesús en las horas del Huerto, y en la soledad del sagrario como que calaba hondamente en los días santos del Triduo, solía decir al Señor donde estés solo, donde nadie te busque, donde nadie te quiera, allí estaré como consagrado, como sacerdote. Lo que decía Juan de Ávila: “Donde no hay amor, pon amor y sacarás amor(San Juan de la Cruz, 6 de Julio 1591)
Luego,  en algunos años, hubo ocasiones donde se creaba un equipo de ministros para acompañar en los oficios del Triduo Santo que iba celebrando el Señor Arzobispo Valenzuela Ríos. Se implementó que el Obispo celebrase en distintos decanatos para lo cual “salíamos del Seminario” para ejercer un servicio que implicaba una responsabilidad distinta: Ya no había campana para los oficios ni una estructura que ordenara lo que debía hacer, sino que era  de exclusiva responsabilidad de cada uno vincular estos tres días con el sentido de recogimiento y piedad propio de Semana Santa.
Aquí ya comenzaba a perfilarse el contacto espiritual y pastoral con quienes al interior del Seminario rezábamos desde ya: Imploraba que el Señor por medio de su Espíritu abriera el corazón, iluminara la mente y fortaleciera la voluntad para una vivencia cada vez más honda de lo que Jesús había hecho por cada uno y por toda su Iglesia.
Siempre me vuelven a la memoria las palabras del apóstol San Pablo: “La vida que vivo ahora en la carne la vivo en la fe en el Hijo de Dios, que me amó y se entregó a sí mismo por mí” (Gálatas II, 20).  Pensar en quién soy y en quién es Él; en lo que hago y en lo que Él hace, todo ello me hace estar endeudado con su misericordia, asumiendo como una realidad personal lo que el actual Romano Pontífice suele señalar: “Dios no se cansa en perdonar, somos nosotros lo que nos cansamos de pedirle perdón” (19 de Marzo del 2013).
Un segundo aspecto es que asumo que no soy activista de la fe sino un creyente que procurar vivir un don inmerecidamente recibido.
Sin duda, constatar cómo en cada parroquia se iba celebrando el triduo con sus tiempos, modos, fieles, sacerdotes y lugares sacros muy diversos. Comunidades en las cuales todo funcionaba a la perfección y otras donde percibíamos que había mucho por hacer, todo lo cual daba una nueva “motivación” para prepáranos mejor para llegar  vivir el futuro sacerdocio.
Personalmente hubo momentos donde aroma de Cristo que se percibe  en cada celebración quedaba disminuido por la inventiva personal, por la aparente espontaneidad, y por el afán de sobresalir del que no estaba ajeno ningún feligrés que participara: sacerdote, seminarista, coro, fieles laicos, acólitos.

PÁRROCO DE PUERTO CLARO


Cada uno como que en ciertas ocasiones rivalizaba por alcanzar algún protagonismo, olvidando que el único protagonista principal era Jesucristo. Como la túnica de Jesús fue divida en tres partes, cada uno deseaba ser actor principal olvidando que al que se debía procurar servir era a Jesucristo: en su Cuerpo, en  su Palabra, y en su vida palpitante en los más necesitados, en sus cuerpos y en sus almas.
Por aquellos años, daba una material importancia a los gestos, actos, y oraciones litúrgicas, las cuales anhelaba fueran lo más ceñidas al ritual. Realidad que es deseable por cierto, pero he de reconocer que no siempre lo hacía para que Jesús fuese más amado y honrado, sino para que se cumpliese lo establecido. Sin duda, esto fue cambiando y las formas cultuales fueron siendo creciente respuesta a lo que profesábamos, de tal manera que se tendía  a una liturgia en cuanta genuina vivencia de la fe.
!Tratamos con Dios! y ¡Rozamos con lo eterno!. Sin duda muchos hemos leído en el tiempo de formación en el seminario el libro titulado “El Peregrino Ruso”. De autor anónimo de a mediados del siglo XIX. En parte del texto se relata que un hombre de Occidente llega a un antiguo y solitario convento donde un austero monje tarda horas en la celebración de la Santa Misa, la visita se acerca a preguntar por curiosidad por qué razón tarda tanto, recibiendo como respuesta: En la consagración, cuando Dios viene al altar, el tiempo se detiene porque la eternidad llega. En igual sentido,  ocho décadas después San José María Escrivá dice: “La Misa  es larga, dices, y añado yo: porque tu corazón es corto” ( Camino N°529).
Como en una espiral he experimentado que Dios, en su bondad y gratuidad,  me ha dado una profunda fe en la cual me esfuerzo porque la trascendencia del misterio no se pierda en una inmanencia que me lleve a olvidar que Dios ha de estar en todo y sobre todo.
Y, es aquí donde  llegamos al tercer aspecto. De un reciente escrito del Papa Emérito, dice: “nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él”.
Esta Semana Santa pudimos colocar la imagen Patronal de nuestra Parroquia en un lugar muy digno y apto para colocar cirios y floreros. Me parecía más hermosa la imagen de la Virgen de las Mercedes de Puerto Claro … ¿Será la luz nueva? ¿Será su nuevo altar? Es que ella está más cerca del sagrario, más cerca del imponente crucifijo, más cerca de Jesús en quien subyace su razón de vivir.
Y esto me ha dado vueltas en esta Semana Santa. ¿Es Jesús Sacerdote mi razón de vivir? ¿Es su vida como Sumo y Eterno Sacerdote lo que mueve mi todo mi ser? ¿Todo?
El haber tenido la oportunidad de dar testimonio público de nuestra fe y compromiso con Jesús, renovando las promesas sacerdotales en circunstancias que para el mundo  pueden ser las menos favorables, es algo que fortalece mi anhelo de ser fiel a Dios, lo que implica primero asumir que somos creyentes, donde seguimos no una opción, una opinión sino a Quien es “el Camino, la Verdad y Vida” (San Juan XIV, 6).
Lo pronunciado un día 17 de diciembre de 1981, al recibir una simple cruz de madera en el ingreso al preseminario resonaba de algún modo el pasado miércoles 17 en la Iglesia Catedral:
Al tercer día, Nuestro Señor resucitó. Muy temprano, por la diferencia horaria, veía con dolor las noticias internacionales provenientes de Sri Lanka. Más de 300 muertos. La parroquia de San Sebastián en la ciudad de Kutuwapitiya totalmente destruida. Les confieso que la imagen de la Catedral de Notre Dame ardiendo, sabiendo que el Santísimo Sacramento y demás reliquias fueron salvadas oportunamente, no tiene comparación alguna con lo sucedido en aquel templo católico en Oriente.
El Viernes Santo desde el Corazón de Jesús salió sangre y agua. Su sangre vertió eficazmente como realidad de salvación. La imagen del Sagrado Corazón de aquella Iglesia quedo salpicada de la sangre de estos mártires de Sri Lanka. Toda una lección para nosotros sacerdotes que hemos sido “lavados con la Sangre de Cristo” (Apocalipsis VII, 14), que hemos recibido la unción para ser pertenencia exclusiva del Señor, y hemos sido puestos para traer a Cristo y llevar a Cristo a nuestros hermanos.
En las actuales circunstancias  en esta semana santa, procure tener presente lo dicho por San Pablo: “Estoy seguro de que ni la muerte, ni la vida, ni ángeles, ni principados, ni potestades, ni lo presente, ni lo por venir,  ni lo alto, ni lo profundo, ni ninguna otra cosa creada nos podrá separar del amor de Dios, que es Cristo Jesús Señor Nuestro” (Romanos VIII, 38-39) a Quien cada día tenemos en nuestras manos y corazón. ¡Que Viva Cristo Rey!


SACERDOTE VALPARAÍSO



TEMA  : “EN LA FUERZA DEL CRUCIFICADO”.
FECHA: HOMILÍA CELEBRACIÓN DE LA PASION / ABRIL / 2019
Estamos en la hora decisiva. Aquel, cuyo nacimiento marca un antes y después en la historia humana, voluntariamente asume el camino propuesto por el Padre Eterno. En las horas previas, inserto en un dialogo orante de íntima y plena comunión, imploraba diciendo: “Padre, si es posible que pase de Mi este cáliz, pero no se cumpla mi voluntad sino la vuestra(San Lucas XXII, 42). Con ello, nos invita Jesús, desde su condición de perfecto Dios y hombre a la vez, a seguir el itinerario dictaminado por el Señor para nuestra vida, asumiendo que no somos producto del azar sino de un acto de predilección del amor de Dios que nos ama entrañablemente, por medio del cual nos llamo un día a la existencia y nos encamina en todo momento a estar con Él un día en Cielo, destino final de nuestro hacer y querer.
Al mirar a Cristo en la Cruz descubrimos el sentido de todo sufrimiento humano pues en la persona de Jesús se encuentra la respuesta definitiva dada por Dios Padre a cada misterio de nuestra vida, incluido el de padecer.
La historia personal y social nos entrega innumerables páginas en las cuales, como cuando pequeños leímos un libro de algebra sin comprender nada, quedamos sin respuesta ante la razón de tanto sufrimiento manifestado en guerras, abusos, persecuciones, infidelidades, por una parte,  y enfermedades y desprecios por otra, todas las cuales no parecen tener respuesta convincente en nuestra sociedad actual y en nuestra vida, en ocasiones alejada de Dios.
¿Por qué un niño padece tal o cual enfermedad? ¿Para qué tanto tiempo postrado con una enfermedad? ¿Cómo ver que muere gente de hambre en una cultura que con la tecnología actual podría alimentar al doble de la población? ¿Cómo tantas personas subyacen esclavos bajo la idolatría de las drogas? ¿Cómo tanto tiempo permanece el dominio de las ideologías y la herejía, como caldos de cultivo para un mal vivir?
La lista de preguntas puede resultar interminable e infructuosa a la vez si acaso nuestra mirada evita detenerse en Quien es crucificado en este día. En caso contrario, cederemos a la tentación de las ideologías fundamentadas en el utilitarismo y el pragmatismo por medio de las cuales sólo resulta bueno aquello que es considerado arbitraria y consensuadamente como  beneficioso y útil.
VIA CRUCIS PUERTO  CLARO 2019

Sin duda, una persona que sufre, que no puede y no tiene ante la mirada del “mileniarismo  social”, y por qué no decirlo, religioso –también- pareciera no tener cabida en su ámbito de aceptación. No ocupan lugar en sus vidas, no tienen importancia siendo sacados fácilmente del espectro (ámbito)  de interés.
Ahí están los no nacidos, los que son inviables, los que no han sido deseados, los que ameritan mucho gasto y deben ser eliminados…Los que no están acordes con los criterios de la modernidad, los que se oponen a construir un mundo secularizado, los que hablan de la riqueza de las virtudes y de la fe como anteriores a los bienes que se oxidan,  se hurtan o son tenidos como obsoletos por las modas.
En realidad…nada importa en sus partes si acaso el todo no es aceptado, lo cual nos hace comprender que allí donde Dios Creador y Redentor es excluido del horizonte de nuestras vidas se terminará inevitablemente trivializando toda vida que sea considerada como “improductiva”.
Esto hace que el conjunto de leyes impulsadas por el progresismo, cuyo origen emerge de una manifiesta marginación  de Dios permita que los niños vivos en el vientre materno y que no son deseados o considerados carentes de salud, sean por una decisión personal eliminados del banquete de la vida llegando al extremo de facilitar más hoy la vida de una foca que la de un niño que está camino a nacer; ese mismo espíritu liberal  propicia que  los niños nacidos no coman un “superocho” pero si se permite que consuman vicios indescriptibles por medio de un desenfreno que no tiene limite; son los mismos progresistas religiosos que han permitido el debilitamiento de la familia como genuina célula de la sociedad promoviendo –incluso-  uniones que pretenden legitimar lo que a los ojos de Dios es algo aberrante.. !Dios castigó a Sodoma no lo bendijo!
En la hora de nuestra salvación, como creyentes,  asumimos que estamos insertos en el tiempo más favorable para “tomar en serio” el precio de nuestra salvación que ha sido saldado por Jesús en lo alto de una Cruz. Es la hora donde la contemplación de paso a la imitación; la admiración ceda espacio al seguimiento, pues si no hacemos parte decisiva de nuestra vida aquello que profesamos terminamos por permitir que la sangre derramada caiga al suelo frío de la indiferencia.
IGLESIA PUERTO CLARO 



La envolvente espiral del proceso secularizador del que somos testigos encuentra su espíritu unificador en la actitud de quienes intervinieron para que Jesús fuese crucificado: Poncio Pilato con su desidia (pereza) por la verdad se lava las manos para desentenderse de lo que percibía como grave injusticia; Judas Iscariote que por la enfermiza inclinación (codicia)  al poder y el dinero vende la amistad y cercanía que durante tres años cultivó junto al Señor; Herodes que deseaba por curiosidad ver al Señor y conocer alguno de los milagros que hizo Jesús, habiendo exterminado a los santos inocentes (soberbia)  se hace cómplice activo de la muerte de quien la Bondad; los discípulos, amigos del Jesús que toman “palco” como espectadores (pereza)  observando todo a la distancia; Simón Pedro habiendo sido alzado para confirmar en la fe a la Iglesia naciente, niega en tres ocasiones haber conocido al Señor.
SACERDOTE JAIME HERRERA CHILE

Ciertamente, podríamos extender esta lista, y ser más acuciosos en el rol cumplido por cada uno, mas ¿Dónde habría estado cada uno de nosotros hace dos milenios atrás? ¿Cuál habría sido nuestra respuesta puestos en iguales circunstancias?
¿Venderlo? ¿Desconocerlo? ¿Abandonarlo? ¿Menospreciarlo? ¿Insultarlo? Sin duda, a lo largo de nuestra vida muchas de estas cosas realmente las hemos hecho a Cristo más de una vez, más por la superficialidad en nuestra vida espiritual no somos capaces de sopesar realmente que el Señor hoy ha muerto por obtener nuestra salvación eterna, por lo que tiene gran provecho espiritual el considerar que por la Padeció Jesús es el camino salvación a la vez que la aceptación y comprensión del sufrimiento como parte de nuestra vida, desde la Pasión de Cristo purifica nuestro amor a Dios y al prójimo, extendiendo su ámbito,
El antiguo  refrán indica que “amor con amor se paga”, y viene a la memoria al contemplar el rostro silente de Jesús silente a esta hora, donde la expectación del mundo comienza a esperar el cumplimiento de los anuncios hechos por Jesús: “Destruyan el templo, y en tres días lo reconstituiré” (San Juan II, 19).
Junto a la Virgen María, en esta tarde de Viernes Santo guardaremos en nuestro corazón  todo lo que hemos visto hoy con el alma llena de una esperanza que se alza contra toda persecución, contra toda duda, y contra toda tristeza pues Cristo se alzará triunfante en unas horas. De esto somos testigos. ¡Que Viva Cristo Rey!
ALTAR DE LA VIRGEN DEL PUERTO CLARO



lunes, 22 de abril de 2019


TEMA  : “TENEMOS A DIOS EN MEDIO DE NUESTRA CIUDAD”.
FECHA: HOMILÍA SANTA MISA DEL  JUEVES SANTO / AÑO 2019
En el corazón de esta Semana Santa, celebramos nuestra Santa Misa vespertina de la Institución de la Eucaristía, en la cual reconocemos la presencia real de Cristo en medio nuestro y el mandamiento de la caridad fraterna, como verdadero ADN de nuestra Iglesia santa. Habiendo acompañado a Jesús entrando en Jerusalén, hoy nos unimos para ver cómo Cristo cumple hasta nuestros días –y el final de los tiempos- la promesa de permanecer junto a nosotros en el que es verdadero milagro de los milagros. 
A Jesús le duele especialmente las ofensas que le son hechas por quienes son parte de su vida. Sus vecinos y  amigos, cercanos de Nazaret e Israel. Hasta el extremo de llorar por ello. Y eso que son los lazos de una historia y vida en común. Imaginemos que en nuestro trabajo, el que sea, los mayores comentarios adversos sean de los vecinos y amigos de la infancia. ¿Nos dolería ello? Obvio, porque el hecho que la aversión llegue de un desconocido puede afectarnos, pero que provenga de un conocido no parece algo menor, por el contrario nos afecta tanto cuanto sea más cercano. Quien ha podido viajar al extranjero ha experimentado la acogida o rechazado o cuestionamiento de quienes visita. Pero ¿se imaginan a un chileno que desconozca y rechazo a un chileno desamparado fuera de su país? Sin duda es un dolor grande.
El dolor de Jesús aumentaba ante la duda y escepticismo de los mismos discípulos, muchos de los cuales le abandonaban y sacaban en alguna oportunidad “de las casillas” como cuando dice: “! Hasta cuando tengo que soportaros!” Si habían sido testigos de los milagros, si fueron instrumentos de la gracia percibiendo “que muchos se convertían” y “expulsaban muchos demonios”, vieron la multiplicación de los panes y peces a quienes hambrientos alimentaron con generosidad. Tantas razones como milagros tuvieron para confiar en el Señor. Pero  la suspicacia parecía ser mayor que la fuerza del amor prodigado por Jesús, y el abandono fue la respuesta mayoritaria que estaba recibiendo.
De igual manera, su familia cercana en una oportunidad lo fue a buscar en medio de la predicación “porque estaba fuera de sí” (San Marcos III, 21), es decir algunos familiares lo tenían por demente, y hemos de reconocer que sus propios padres en un momento “no entendieron lo que les decía”, en aquel episodio de la perdida y hallazgo en medio del templo a los doce años de edad.
Y, todo esto lo hablamos respecto de los cercanos, pues los más “lejanos”, entre los que podemos incluir a fariseos, escribas y saduceos, y a las mismas autoridades romanas lo cuestionaban permanentemente, sin descanso en una acción de verdadera  persecución y entredicho.
Lo más suave que escuchamos es llamarlo “endemoniado” y haber tenido la intención de lanzarlo por un despeñadero en una oportunidad, condena aplicada entonces para reservadas faltas. ¡Que decir cuando insultaron a su madre en medio del cuestionamiento de los fariseos: “no somos hijo de una prostituta”. Ciertamente, esto hirió hondamente al Señor.
Colocarse en ese permanente cuestionamiento a Jesús implica pensar cómo hoy las redes sociales suelen tratar a quien piensa distinto, y en el caso de Nuestro Señor, hay que agregar que sus propios padres en una ocasión “no comprendieron lo que les dijo”, como aconteció en si adolescencia en el templo de Jerusalén.
En su recuerdo como Dios y hombre, estaba presente como una sola imagen cada episodio en esa ciudad, por ello al momento de decir a los discípulos, en medio de la celebración al caer la tarde del día jueves, en una hora semejante a esta: “ardientemente he deseado comer esta Pascua con vosotros”, en cada uno  de los cuales estaba como en germen cada miembro de nuestra Iglesia.
Su mirada llena de lágrimas desde lo alto de Jerusalén respondía a lo que anidaba en su corazón  pues ya había anunciado que “cuando sea elevado en lo alto atraeré a todos hacia Mí”, con lo cual señalaba con claridad el modo cómo iba a morir: Pendiente en una cruz, asido a ella por tres clavos, hasta morir desangrado. ¿Con que fin? ¿Para qué tanto sufrimiento?
Sin duda,  para redimir al mundo del pecado, que es la raíz de todo mal pasado, presente y futuro,  por lo que es por medio de su sacrificio, voluntariamente asumido,  que nos viene la salvación a cada uno, del mundo y del universo. La redención es el mayor bien que nos ha dado Cristo, por medio de la cual toda la vida nuestra tiene sentido y adhiere relevancia cada aspecto que la compone por mínimo que nos pueda parecer. Para el creyente que se sabe perdonado por Aquel que murió en la Cruz la vida toma aroma de eternidad, y asume que sólo importa lo que a Dios importa, de tal manera que toda la vida del hombre está llamada a dar razón cierta del amor que ha recibido.
Para ello, la vida del creyente debe ser un eco infaltable de su pertenencia a Dios desde el bautismo, en el bautismo y hacia el bautismo por lo que por medio de la real vivencia de las virtudes teologales de la caridad, de la fe y de la esperanza podemos alcanzar con una vida más plena, más auténtica, y más feliz.
Según esto, nuestra condición bautismal y nuestra identidad plenamente católica siempre es un “plus”, constituye un “más” que hace posible una vida en fe que ilumine y sostenga: nuestras palabras,  nuestras intenciones, nuestros afectos, nuestras acciones, nuestras emociones, con lo cual entendemos aquello  que tantas veces nuestros mayores nos enseñaron respecto de la vivencia de la fe: ¿Esto que diré, que haré, que pienso, que siento? ¿Realmente… lo diría, lo haría, lo pensaría y lo sentiría Jesús?
El solo acto de detenernos en esta (aparentemente) simple consideración,  sin duda,  mutaría muchísimo nuestra vida que debe ser implementada en todo momento “cara a Dios” y no a los “pies del mundo” tal  como lo pregona el liberalismo religioso.
Los niños de Jerusalén fueron los primeros en reconocer la presencia de Jesús como el Mesías ´adveniente, anticipando con ello,  la conversión que un día tendrá mayoritariamente  el pueblo de Israel a la verdad de Jesucristo.
La simpleza propia de los pocos años cumplidos les hizo que liberados de innumerables y falsos respetos humanos, con la creatividad propia de la infancia tomasen en sus manos unas ramas de olivo  y de palmas batientes, con la bulla propia de los niños gritasen: “Hosanna al Hijo de David, Bendito es el que viene en el nombre del Buen Dios” para saludar la llegada del Redentor del Mundo.
¡Somos pertenencia de Dios no del demonio!
Según esto, se debe notar que hemos sido revestidos por el sacrificio de Jesús, muerto y resucitado, el cual,  en cada Santa Misa renueva de manera incruenta y misteriosa el único y perenne sacrifico realizado por el Señor en lo alto del Monte Calvario.
La participación la celebración de la Santísima Eucaristía no puede quedarse en la esterilidad de un acto que se haga de modo  rutinario, como respondiendo exclusivamente a un mandato.

SACERDOTE JAIME HERRERA GONZÁLEZ


Es infinitamente más, es la respuesta del Cielo a la necesidad más honda  nuestra, por lo que  el criterio de la celebración no puede quedar reducido a los eventuales gustos o del celebrante o de la comunidad toda vez que la presencia real y sustancial de Cristo en la Santa Misa no es un bien de supermercado…! No es un bien de consumo! Como tampoco ha de ser presentado como oferta modificable a opciones personales que dé pie a graves arbitrariedades durante la celebración de la Santa Misa.
Nuestra liturgia sagrada no está para “gustitos personales”, porque debe responder a fe bimilenaria de la Iglesia en cuya vida se une tanto la revelación como la tradición, por lo que ha de ser expresión de lo que creemos, que a su vez es respuesta a lo que Dios nos ha dado a conocer, por ello modificar antojadizamente el modo cómo celebra la Iglesia en Misterio de la Fe no es algo menor sino que esconde finalmente un acto abusivo: Quien no respeta la liturgia no respeta la fe que recibió.
Tal fe, tal vida:  Es muy importante en nuestro tiempo que la grandeza y certeza de tener a Cristo en medio nuestro nos lleve a procurar ser el mejor conductor, la vía mas expedita, el espejo más visible, el intérprete más preciso, respecto de tener una vida donde la verdad de Dios al mundo expresada en Cristo, llegue hoy, por medio de la vida practica y cotidiana,  a todos los que están a nuestro alrededor, procurando no sólo tener una identidad muy clara respecto al don de la fe sino a buscar que Cristo reine en toda nuestra sociedad.
¡Que Cristo reine! ¡Que Cristo impere! ¡Que Cristo venza! Mas allá de ser el estribillo de una antigua canción latina, es una lema “existencial” que resulta ineludible para quien se sabe amado por Cristo que ha querido quedarse, tan real como misteriosamente, en las especies eucarísticas que son, desde el instante de la consagración, v el verdadero cuerpo y la verdadera sangre del Señor, según lo cual, como acontece con cada uno de nosotros, allí  donde está nuestro cuerpo esta nuestra alma, así acontece con el Señor.
Por tanto,  quede claro que a Cristo Eucarístico se le ha de tratar como al Dios hecho hombre que es, en toda su grandeza y cercanía; en toda su eternidad e inmediatez; en todo su poder y humildad, según lo cual buenamente nos podemos preguntar como leemos en la Sagrada  Escritura: “¿Qué nación grande hay que tenga un Dios tan cerca de ella como está el Señor  de nosotros (Deuteronomio IV, 7).

Lo admirable del misterio y la grandeza del amor que encierra ha de conducirnos a una mayor identificación con la Persona que viene a nosotros, con el fin de implorar su perdón, agradecer sus dones, favorecer su gracia, y reconocer su grandeza. Lo que ni los ángeles de Dios, con toda su grandeza y perfección pueden hacer, no tienen la cercanía que tiene cada bautizado de recibir a Jesús Sacramentado en su vida, realidad donde se hace “corpóreo y consanguíneo de Jesucristo” (San Cirilo de Jerusalén).
Lo anterior nos debe cuestionar respecto del punto central de nuestra existencia, la cual de no estar apoyada y sostenida por Jesucristo suele quedar expuesta a la primera brisa de las modas y vanidades de un mundo que se alza al margen de Dios, y con ello quedar a la deriva de no saber por dónde encaminar los pasos de la vida.
¡Cómo es posible que el absolutismo de quienes quieren dejar las verdades de Dios y su Iglesia hoy parezcan ser más fuertes que la convicción de quienes recibimos a Jesús Sacramentado en cada Santa Misa? ¡Ojala una mínima parte de aquella persistencia fuese imitada por todos los bautizados llamados a llevar la verdad perenne de Dios al mundo entero!
Queridos hermanos: Estos días santos los celebramos con una fe zarandeada por tanta miseria evidenciada al interior de nuestra Iglesia y de nuestra sociedad. En medio del colapso de tantas instituciones en nuestra Patria, y de la desconfianza de todos por todo, es el momento oportuno para delinear nuestra vida futura más cercana a Jesucristo, y mirar una vez más a nuestra Madre del Cielo que, bajo la basilar presencia en nuestra ciudad, y alzada hoy sobre un hermoso altar que bendecimos, en el cual está la imagen Patronal de Valparaíso,  habla una vez más de hacer “todo lo que Jesús nos diga”,
Por esto, asumimos que la mayor novedad de nuestro tiempo es proponer una vida donde la fidelidad a Dios, a nosotros y al prójimo sea la nota distintiva que el mundo tenga para reconocer el amor de Dios: lleno de perdón, lleno de verdad, lleno de esperanza, lleno de fe,  que siempre puede más porque es la misma eternidad. ¡Que Viva Cristo Rey!
 PUERTO CLARO VALPARAÍSO CHILE 2019



martes, 16 de abril de 2019


  “LA IGLESIA ES INDESTRUCTIBLE”  (BENEDICTO XVI) ABRIL 2019
Del 21 al 24 de febrero, tras la invitación del Papa Francisco, los presidentes de las conferencias episcopales del mundo se reunieron en el Vaticano para discutir la crisis de fe y de la Iglesia, una crisis palpable en todo el mundo tras las chocantes revelaciones del abuso clerical perpetrado contra menores. La extensión y la gravedad de los incidentes reportados han desconcertado a sacerdotes y laicos, y ha hecho que muchos cuestionen la misma fe de la Iglesia. Fue necesario enviar un mensaje fuerte y buscar un nuevo comienzo para hacer que la Iglesia sea nuevamente creíble como luz entre los pueblos y como una fuerza que sirve contra los poderes de la destrucción.
Ya que yo mismo he servido en una posición de responsabilidad como pastor de la Iglesia en una época en la que se desarrolló esta crisis y antes de ella, me tuve que preguntar –aunque ya no soy directamente responsable por ser emérito– cómo podía contribuir a ese nuevo comienzo en retrospectiva. Entonces, desde el periodo del anuncio hasta la reunión misma de los presidentes de las conferencias episcopales, reuní algunas notas con las que quiero ayudar en esta hora difícil. Habiendo contactado al Secretario de Estado del Vaticano, Cardenal (Pietro) Parolin, y al mismo Papa Francisco, me parece apropiado publicar este texto en el "Klerusblatt".
Mi trabajo se divide en tres partes.
En la primera busco presentar brevemente el amplio contexto del asunto, sin el cual el problema no se puede entender. Intento mostrar que en la década de 1960 ocurrió un gran evento, en una escala sin precedentes en la historia. Se puede decir que en los 20 años entre 1960 y 1980, los estándares vinculantes hasta entonces respecto a la sexualidad colapsaron completamente, y surgió una nueva normalidad que hasta ahora ha sido sujeta de varios laboriosos intentos de disrupción.
En la segunda parte, busco precisar los efectos de esta situación en la formación de los sacerdotes y en sus vidas.
Finalmente, en la tercera parte, me gustaría desarrollar algunas perspectivas para una adecuada respuesta por parte de la Iglesia.

“LA IGLESIA ES INDESTRUCTIBLE”

I.
(1) El asunto comienza con la introducción de los niños y jóvenes en la naturaleza de la sexualidad, algo prescrita y apoyado por el Estado. En Alemania, la entonces ministra de salud, (Käte) Strobel, tenía una cinta en la que todo lo que antes no se permitía enseñar públicamente, incluidas las relaciones sexuales, se mostraba ahora con el propósito de educar. Lo que al principio se buscaba que fuera solo para la educación sexual de los jóvenes, se aceptó luego como una opción factible.
Efectos similares se lograron con el "Sexkoffer" publicado por el gobierno de Austria (N. DEL T. Materiales sexuales usados en los colegios austríacos a fines de la década de 1980). Las películas pornográficas y con contenido sexual se convirtieron entonces en algo común, hasta el punto que se transmitían en pequeños cines (Bahnhofskinos) (N. del T. cines baratos en Alemania que proyectaban pequeñas cintas cerca a las estaciones de tren).
Todavía recuerdo haber visto, mientras caminaba en la ciudad de Ratisbona un día, multitudes haciendo cola ante un gran cine, algo que habíamos visto antes solo en tiempos de guerra, cuando se esperaba una asignación especial. También recuerdo haber llegado a la ciudad el Viernes Santo de 1970 y ver en las vallas publicitarias un gran afiche de dos personas completamente desnudas y abrazadas.
Entre las libertades por las que la Revolución de 1968 peleó estaba la libertad sexual total, una que ya no tuviera normas. La voluntad de usar la violencia, que caracterizó esos años, está fuertemente relacionada con este colapso mental. De hecho, las cintas sexuales ya no se permitían en los aviones porque podían generar violencia en la pequeña comunidad de pasajeros. Y dado que los excesos en la vestimenta también provocaban agresiones, los directores de los colegios hicieron varios intentos para introducir una vestimenta escolar que facilitara un clima para el aprendizaje.
Parte de la fisionomía de la Revolución del 68 fue que la pedofilia también se diagnosticó como permitida y apropiada.
Para los jóvenes en la Iglesia, pero no solo para ellos, esto fue en muchas formas un tiempo muy difícil. Siempre me he preguntado cómo los jóvenes en esta situación se podían acercar al sacerdocio y aceptarlo con todas sus ramificaciones. El extenso colapso de las siguientes generaciones de sacerdotes en aquellos años y el gran número de laicizaciones fueron una consecuencia de todos estos desarrollos.
(2) Al mismo tiempo, independientemente de este desarrollo, la teología moral católica sufrió un colapso que dejó a la Iglesia indefensa ante estos cambios en la sociedad. Trataré de delinear brevemente la trayectoria que siguió este desarrollo. Hasta el Concilio Vaticano II, la teología moral católica estaba ampliamente fundada en la ley natural, mientras que las Sagradas Escrituras se citaban solamente para tener contexto o justificación. En la lucha del Concilio por un nuevo entendimiento de la Revelación, la opción por la ley natural fue ampliamente abandonada, y se exigió una teología moral basada enteramente en la Biblia.
Aún recuerdo cómo la facultad jesuita en Frankfurt entrenó al joven e inteligente Padre (Schüller) con el propósito de desarrollar una moralidad basada enteramente en las Escrituras. La bella disertación del Padre (Bruno) Schüller muestra un primer paso hacia la construcción de una moralidad basada en las Escrituras. El Padre fue luego enviado a Estados Unidos y volvió habiéndose dado cuenta de que solo con la Biblia la moralidad no podía expresarse sistemáticamente. Luego intentó una teología moral más pragmática, sin ser capaz de dar una respuesta a la crisis de moralidad.
Al final, prevaleció principalmente la hipótesis de que la moralidad debía ser exclusivamente determinada por los propósitos de la acción humana. Si bien la antigua frase “el fin justifica los medios” no fue confirmada en esta forma cruda, su modo de pensar si se había convertido en definitivo. En consecuencia, ya no podía haber nada que constituya un bien absoluto, ni nada que fuera fundamentalmente malo; (podía haber) solo juicios de valor relativos. Ya no había bien (absoluto), sino solo lo relativamente mejor o contingente en el momento y en circunstancias.
La crisis de la justificación y la presentación de la moralidad católica llegaron a proporciones dramáticas al final de la década de 1980 y en la de 1990. El 5 de enero de 1989 se publicó la “Declaración de Colonia”, firmada por 15 profesores católicos de teología. Se centró en varios puntos de la crisis en la relación entre el magisterio episcopal y la tarea de la teología. (Las reacciones a) este texto, que al principio no fue más allá del nivel usual de protestas, creció muy rápidamente y se convirtió en un grito contra el magisterio de la Iglesia y reunió, clara y visiblemente, el potencial de protesta global contra los esperados textos doctrinales de Juan Pablo II. (D. Mieth, Kölner Erklärung, LThK, VI3, p. 196) (N. del T. El LTHK es el Lexikon für Theologie und Kirche, el Lexicon de Teología y la Iglesia, cuyos editores incluían al teólogo Karl Rahner y al Cardenal alemán Walter Kasper)
El Papa Juan Pablo II, que conocía muy bien y que seguía de cerca la situación en la que estaba la teología moral, comisionó el trabajo de una encíclica para poner las cosas en claro nuevamente. Se publicó con el título de Veritatis splendor (El esplendor de la verdad) el 6 de agosto de 1993 y generó diversas reacciones vehementes por parte de los teólogos morales. Antes de eso, el Catecismo de la Iglesia Católica (1992) ya había presentado persuasivamente y de modo sistemático la moralidad como es proclamada por la Iglesia.
Nunca olvidaré cómo el entonces líder teólogo moral de lengua alemana, Franz Böckle, habiendo regresado a su natal Suiza tras su retiro, anunció con respecto a la Veritatis splendor que si la encíclica determinaba que había acciones que siempre y en todas circunstancias podían clasificarse como malas, entonces él la rebatiría con todos los recursos a su disposición.
Fue Dios, el Misericordioso, quien evitó que pusiera en práctica su resolución ya que Böckle murió el 8 de julio de 1991. La encíclica fue publicada el 6 de agosto de 1993 y efectivamente incluía la determinación de que había acciones que nunca pueden ser buenas.
El Papa era totalmente consciente de la importancia de esta decisión en ese momento y para esta parte del texto consultó nuevamente a los mejores especialistas que no tomaron parte en la edición de la encíclica. Él sabía que no debía dejar duda sobre el hecho que la moralidad de balancear los bienes debe tener siempre un límite último. Hay bienes que nunca están sujetos a concesiones.
Hay valores que nunca deben ser abandonados por un valor mayor e incluso sobrepasar la preservación de la vida física. Existe el martirio. Dios es más, incluida la sobrevivencia física. Una vida comprada por la negación de Dios, una vida que se base en una mentira final, no es vida.
El martirio es la categoría básica de la existencia cristiana. El hecho que ya no sea moralmente necesario en la teoría que defiende Böckle y muchos otros demuestra que la misma esencia del cristianismo está en juego aquí.
En la teología moral, sin embargo, otra pregunta se había vuelto apremiante: había ganado amplia aceptación la hipótesis de que el magisterio de la Iglesia debe tener competencia final (“infalibilidad”) solo en materias concernientes a la fe y los asuntos sobre la moralidad no deben caer en el rango de las decisiones infalibles del magisterio de la Iglesia.
Hay probablemente algo de cierto en esta hipótesis que garantiza un mayor debate, pero hay un mínimo conjunto de cuestiones morales que están indisolublemente relacionadas al principio fundacional de la fe y que tiene que ser defendido si no se quiere que la fe sea reducida a una teoría y no se le reconozca en su clamor por la vida concreta.
Todo esto permite ver cuán fundamentalmente se cuestiona la autoridad de la Iglesia en asuntos de moralidad. Los que niegan a la Iglesia una competencia en la enseñanza final en esta área la obligan a permanecer en silencio precisamente allí donde el límite entre la verdad y la mentira está en juego.
Independientemente de este asunto, en muchos círculos de teología moral se expuso la hipótesis de que la Iglesia no tiene y no puede tener su propia moralidad. El argumento era que todas las hipótesis morales tendrían su paralelo en otras religiones y, por lo tanto, no existiría una naturaleza cristiana. Pero el asunto de la naturaleza de una moralidad bíblica no se responde con el hecho que para cada sola oración en algún lugar, se puede encontrar un paralelo en otras religiones. En vez de eso, se trata de toda la moralidad bíblica, que como tal es nueva y distinta de sus partes individuales.
La doctrina moral de las Sagradas Escrituras tiene su forma de ser única predicada finalmente en su concreción a imagen de Dios, en la fe en un Dios que se mostró a sí mismo en Jesucristo y que vivió como ser humanoEl Decálogo es una aplicación a la vida humana de la fe bíblica en Dios.
La imagen de Dios y la moralidad se pertenecen y por eso resulta en el cambio particular de la actitud cristiana hacia el mundo y la vida humana. Además, el cristianismo ha sido descrito desde el comienzo con la palabra hodós (camino, en griego, usado en el Nuevo Testamente para hablar de un camino de progreso).
La fe es una travesía y una forma de vida. En la antigua Iglesia, el catecumenado fue creado como un hábitat en la que los aspectos distintivos y frescos de la forma de vivir la vida cristiana eran al mismo tiempo practicados y protegidos ante la cultura que era cada vez más desmoralizada. Creo que incluso hoy algo como las comunidades de catecumenado son necesarias para que la vida cristiana pueda afirmarse en su propia manera.
“VIVIR POR DIOS Y BAJO DIOS”
II.
Las reacciones eclesiales iniciales
(1) El proceso largamente preparado y en marcha para la disolución del concepto cristiano de moralidad estuvo marcado, como he tratado de demostrar, por la radicalidad sin precedentes de la década de 1960. Esta disolución de la autoridad moral de la enseñanza de la Iglesia necesariamente debió tener un efecto en los distintos miembros de la Iglesia. En el contexto del encuentro de los presidentes de las conferencias episcopales de todo el mundo con el Papa Francisco, el asunto de la vida sacerdotal, así como la de los seminarios, es de particular interés. Ya que tiene que ver con el problema de la preparación en los seminarios para el ministerio sacerdotal, hay de hecho una descomposición de amplio alcance en cuanto a la forma previa de preparación.
En varios seminarios se establecieron grupos homosexuales que actuaban más o menos abiertamente, con lo que cambiaron significativamente el clima que se vivía en ellos. En un seminario en el sur de Alemania, los candidatos al sacerdocio y para el ministerio laico de especialistas pastorales (Pastoralreferent) vivían juntos. En las comidas cotidianas, los seminaristas y los especialistas pastorales estaban juntos. Los casados a veces estaban con sus esposas e hijos; y en ocasiones con sus novias. El clima en este seminario no proporcionaba el apoyo requerido para la preparación de la vocación sacerdotal. La Santa Sede sabía de esos problemas sin estar informada precisamente. Como primer paso, se acordó una visita apostólica para los seminarios en Estados Unidos.
Como el criterio para la selección y designación de obispos también había cambiado luego del Concilio Vaticano II, la relación de los obispos con sus seminarios también era muy diferente. Por encima de todo se estableció la “conciliaridad” como un criterio para el nombramiento de nuevos obispos, que podía entenderse de varias maneras.
De hecho, en muchos lugares se entendió que las actitudes conciliares tenían que ver con tener una actitud crítica o negativa hacia la tradición existente hasta entonces, y que debía ser reemplazada por una relación nueva y radicalmente abierta con el mundo. Un obispo, que había sido antes rector de un seminario, había hecho que los seminaristas vieran películas pornográficas con la intención de que estas los hicieran resistentes ante las conductas contrarias a la fe.

Hubo –y no solo en los Estados Unidos de América– obispos que individualmente rechazaron la tradición católica por completo y buscaron una nueva y moderna “catolicidad” en sus diócesis. Tal vez valga la pena mencionar que en no pocos seminarios, a los estudiantes que los veían leyendo mis libros se les consideraba no aptos para el sacerdocio. Mis libros fueron escondidos, como si fueran mala literatura, y se leyeron solo bajo el escritorio.
La visita que se realizó no dio nuevas pistas, aparentemente porque varios poderes unieron fuerzas para maquillar la verdadera situación. Una segunda visita se ordenó y esa sí permitió tener datos nuevos, pero al final no logró ningún resultado. Sin embargo, desde la década de 1970 la situación en los seminarios ha mejorado en general. Y, sin embargo, solo aparecieron casos aislados de un nuevo fortalecimiento de las vocaciones sacerdotales ya que la situación general había tomado otro rumbo.
(2) El asunto de la pedofilia, según recuerdo, no fue agudo sino hasta la segunda mitad de la década de 1980. Mientras tanto, ya se había convertido en un asunto público en Estados Unidos, tanto así que los obispos fueron a Roma a buscar ayuda ya que la ley canónica, como se escribió en el nuevo Código (1983), no parecía suficiente para tomar las medidas necesarias. Al principio Roma y los canonistas romanos tuvieron dificultades con estas preocupaciones ya que, en su opinión, la suspensión temporal del ministerio sacerdotal tenía que ser suficiente para generar purificación y clarificación. Esto no podía ser aceptado por los obispos estadounidenses, porque de ese modo los sacerdotes permanecían al servicio del obispo y así eran asociados directamente con él. Lentamente fue tomando forma una renovación y profundización de la ley penal del nuevo Código, que había sido construida adrede de manera holgada.
Además y sin embargo, había un problema fundamental en la percepción de la ley penal. Solo el llamado garantismo (una especie de proteccionismo procesal) era considerado como “conciliar”. Esto significa que se tenía que garantizar, por encima de todo, los derechos del acusado hasta el punto en que se excluyera del todo cualquier tipo de condena. Como contrapeso ante las opciones de defensa, disponibles para los teólogos acusados y con frecuencia inadecuadas, su derecho a la defensa usando el garantismo se extendió a tal punto que las condenas eran casi imposibles.


Permítanme un breve excurso en este punto. A la luz de la escala de la inconducta pedófila, una palabra de Jesús nuevamente salta a la palestra: “Y cualquiera que haga tropezar a uno de estos pequeños que creen en mí, mejor le fuera si le hubieran atado al cuello una piedra de molino de las que mueve un asno, y lo hubieran echado al mar” (San Marcos  IX,42).
La palabra “pequeños” en el idioma de Jesús significa los creyentes comunes que pueden ver su fe confundida por la arrogancia intelectual de aquellos que creen que son inteligentes. Entonces, aquí Jesús protege el depósito de la fe con una amenaza o castigo enfático para quienes hacen daño.
El uso moderno de la frase no es en sí mismo equivocado, pero no debe oscurecer el significado original. En él queda claro, contra cualquier garantismo, que no solo el derecho del acusado es importante y requiere una garantía. Los grandes bienes como la fe son igualmente importantes.
Entonces, una ley canónica balanceada que se corresponda con todo el mensaje de Jesús no solo tiene que proporcionar una garantía para el acusado, para quien el respeto es un bien legal, sino que también tiene que proteger la fe que también es un importante bien legal. Una ley canónica adecuadamente formada tiene que contener entonces una doble garantía: la protección legal del acusado y la protección legal del bien que está en juego. Si hoy se presenta esta concepción inherentemente clara, generalmente se cae en hacer oídos sordos cuando se llega al asunto de la protección de la fe como un bien legal. En la consciencia general de la ley, la fe ya no parece tener el rango de bien que requiere protección. Esta es una situación alarmante que los pastores de la Iglesia tienen que considerar y tomar en serio.
Ahora me gustaría agregar, a las breves notas sobre la situación de la formación sacerdotal en el tiempo en el que estalló la crisis, algunas observaciones sobre el desarrollo de la ley canónica en este asunto.
En principio, la Congregación para el Clero es la responsable de lidiar con crímenes cometidos por sacerdotes, pero dado que el garantismo dominó largamente la situación en ese entonces, estuve de acuerdo con el Papa Juan Pablo II en que era adecuado asignar estas ofensas a la Congregación para la Doctrina de la Fe, bajo el título de "Delicta maiora contra fidem".


Esto hizo posible imponer la pena máxima, es decir la expulsión del estado clerical, que no se habría podido imponer bajo otras previsiones legales. Esto no fue un truco para imponer la máxima pena, sino una consecuencia de la importancia de la fe para la Iglesia. De hecho, es importante ver que tal inconducta de los clérigos al final daña la fe.
Allí donde la fe ya no determina las acciones del hombre es que tales ofensas son posibles.
La severidad del castigo, sin embargo, también presupone una prueba clara de la ofensa: este aspecto del garantismo permanece en vigor.
En otras palabras, para imponer la máxima pena legalmente, se requiere un proceso penal genuino, pero ambos, las diócesis y la Santa Sede se ven sobrepasados por tal requerimiento. Por ello formulamos un nivel mínimo de procedimientos penales y dejamos abierta la posibilidad de que la misma Santa Sede asuma el juicio allí donde la diócesis o la administración metropolitana no pueden hacerlo. En cada caso, el juicio debe ser revisado por la Congregación para la Doctrina de la Fe para garantizar los derechos del acusado. Finalmente, en la feria cuarta (N. del T. la asamblea de los miembros de la Congregación) establecimos una instancia de apelación para proporcionar la posibilidad de apelar.
Ya que todo esto superó en la realidad las capacidades de la Congregación para la Doctrina de la Fe y ya que las demoras que surgieron tenían que ser previstas dada la naturaleza de esta materia, el Papa Francisco ha realizado reformas adicionales.
   SANTA MISA PAPA BENEDICTO XVI EN MEXICO
III.
(1.) ¿Qué se debe hacer? ¿Tal vez deberíamos crear otra Iglesia para que las cosas funcionen? Bueno, ese experimento ya se ha realizado y ya ha fracasado. Solo la obediencia y el amor por nuestro Señor Jesucristo pueden indicarnos el camino, así que primero tratemos de entender nuevamente y desde adentro (de nosotros mismos) lo que el Señor quiere y ha querido con nosotros.
Primero, sugeriría lo siguiente: si realmente quisiéramos resumir muy brevemente el contenido de la fe como está en la Biblia, tendríamos que hacerlo diciendo que el Señor ha iniciado una narrativa de amor con nosotros y quiere abarcar a toda la creación en ella. La forma de pelear contra el mal que nos amenaza a nosotros y a todo el mundo, solo puede ser, al final, que entremos en este amor.
Es la verdadera fuerza contra el mal, ya que el poder del mal emerge de nuestro rechazo a amar a Dios. Quien se confía al amor de Dios es redimido. Nuestro ser no redimidos es una consecuencia de nuestra incapacidad de amar a Dios. Aprender a amar a Dios es, por lo tanto, el camino de la redención humana.
Tratemos de desarrollar un poco más este contenido esencial de la revelación de Dios. Podemos entonces decir que el primer don fundamental que la fe nos ofrece es la certeza de que Dios existe. Un mundo sin Dios solo puede ser un mundo sin significado. De otro modo, ¿de dónde vendría todo? En cualquier caso, no tiene propósito espiritual. De algún modo está simplemente allí y no tiene objetivo ni sentido. Entonces no hay estándares del bien ni del mal, y solo lo que es más fuerte que otra cosa puede afirmarse a sí misma y el poder se convierte en el único principio. La verdad no cuenta, en realidad no existe. Solo si las cosas tienen una razón espiritual tienen una intención y son concebidas. Solo si hay un Dios Creador que es bueno y que quiere el bien, la vida del hombre puede entonces tener sentido.
Existe un Dios como creador y la medida de todas las cosas es una necesidad primera y primordial, pero un Dios que no se exprese para nada a sí mismo, que no se hiciese conocido, permanecería como una presunción y podría entonces no determinar la forma [Gestalt] de nuestra vida. Para que Dios sea realmente Dios en esta creación deliberada, tenemos que mirarlo para que se exprese a sí mismo de alguna forma. Lo ha hecho de muchas maneras, pero decisivamente lo hizo en el llamado a Abraham y que le dio a la gente que buscaba a Dios la orientación que lleva más allá de toda expectativa: Dios mismo se convierte en criatura, habla como hombre con nosotros los seres humanos.
En este sentido la frase “Dios es”, al final se convierte en un mensaje verdaderamente gozoso, precisamente porque Él es más que entendimiento, porque Él crea –y es– amor para que una vez más la gente sea consciente de esta, la primera y fundamental tarea confiada a nosotros por el Señor.
Una sociedad sin Dios –una sociedad que no lo conoce y que lo trata como no existente– es una sociedad que pierde su medida. En nuestros días fue que se acuñó la frase de la muerte de Dios. Cuando Dios muere en una sociedad, se nos dijo, esta se hace libre. En realidad, la muerte de Dios en una sociedad también significa el fin de la libertad porque lo que muere es el propósito que proporciona orientación, dado que desaparece la brújula que nos dirige en la dirección correcta que nos enseña a distinguir el bien del mal.
La sociedad occidental es una sociedad en la que Dios está ausente en la esfera pública y no tiene nada que ofrecerle. Y esa es la razón por la que es una sociedad en la que la medida de la humanidad se pierde cada vez más. En puntos individuales, de pronto parece que lo que es malo y destruye al hombre se ha convertido en una cuestión de rutina.
Ese es el caso con la pedofilia. Se teorizó solo hace un tiempo como algo legítimo, pero se ha difundido más y más. Y ahora nos damos cuenta con sorpresa de que las cosas que les están pasando a nuestros niños y jóvenes amenazan con destruirlos. El hecho de que esto también pueda extenderse en la Iglesia y entre los sacerdotes es algo que nos debe molestar de modo particular.
¿Por qué la pedofilia llegó a tales proporciones? Al final de cuentas, la razón es la ausencia de Dios. Nosotros, cristianos y sacerdotes, también preferimos no hablar de Dios porque este discurso no parece ser práctico. Luego de la convulsión de la Segunda Guerra Mundial, nosotros en Alemania todavía teníamos expresamente en nuestra Constitución que estábamos bajo responsabilidad de Dios como un principio guía. Medio siglo después, ya no fue posible incluir la responsabilidad para con Dios como un principio guía en la Constitución europea. Dios es visto como la preocupación partidaria de un pequeño grupo y ya no puede ser un principio guía para la comunidad como un todo. Esta decisión se refleja en la situación de Occidente, donde Dios se ha convertido en un asunto privado de una minoría.
Una tarea primordial, que tiene que resultar de las convulsiones morales de nuestro tiempo, es que nuevamente comencemos a vivir por Dios y bajo Él. Por encima de todo, nosotros tenemos que aprender una vez más a reconocer a Dios como la base de nuestra vida en vez de dejarlo a un lado como si fuera una frase no efectiva. Nunca olvidaré la advertencia del gran teólogo Hans Urs von Balthasar que una vez me escribió en una de sus postales: “¡No presuponga al Dios trino: Padre, Hijo y Espíritu Santo, preséntelo!”.
De hecho, en la teología Dios siempre se da por sentado como un asunto de rutina, pero en lo concreto uno no se relaciona con Él. El tema de Dios parece tan irreal, tan expulsado de las cosas que nos preocupan y, sin embargo, todo se convierte en algo distinto si no se presupone sino que se presenta a Dios. No dejándolo atrás como un marco, sino reconociéndolo como el centro de nuestros pensamientos, palabras y acciones.

(2) Dios se hizo hombre por nosotros. El hombre como Su criatura es tan cercano a Su corazón que Él se ha unido a sí mismo con él y ha entrado así en la historia humana de una forma muy práctica. Él habla con nosotros, vive con nosotros, sufre con nosotros y asumió la muerte por nosotros. Hablamos sobre esto en detalle en la teología, con palabras y pensamientos aprendidos, pero es precisamente de esta forma que corremos el riesgo de convertirnos en maestros de fe en vez de ser renovados y hechos maestros por la fe.
Consideremos esto con respecto al asunto central: la celebración de la Santa Eucaristía. Nuestro manejo de la Eucaristía solo puede generar preocupación. El Concilio Vaticano II se centró correctamente en regresar este sacramento de la presencia del cuerpo y la sangre de Cristo, de la presencia de Su persona, de su Pasión, Muerte y Resurrección, al centro de la vida cristiana y la misma existencia de la Iglesia. En parte esto realmente ha ocurrido y deberíamos estar agradecidos al Señor por ello.
Y sin embargo prevalece una actitud muy distinta. Lo que predomina no es una nueva reverencia por la presencia de la muerte y resurrección de Cristo, sino una forma de lidiar con Él que destruye la grandeza del Misterio. La caída en la participación de las celebraciones eucarísticas dominicales muestra lo poco que los cristianos de hoy saben sobre apreciar la grandeza del don que consiste en Su Presencia real. La Eucaristía se ha convertido en un mero gesto ceremonial cuando se da por sentado que la cortesía requiere que sea ofrecido en celebraciones familiares o en ocasiones como bodas y funerales a todos los invitados por razones familiares.
La forma en la que la gente simplemente recibe el Santísimo Sacramento en la comunión como algo rutinario muestra que muchos la ven como un gesto puramente ceremonial. Por lo tanto, cuando se piensa en la acción que se requiere primero y primordialmente, es bastante obvio que no necesitamos otra Iglesia con nuestro propio diseño. En vez de ello se requiere, primero que nada, la renovación de la fe en la realidad de que Jesucristo se nos es dado en el Santísimo Sacramento.
En conversaciones con víctimas de pedofilia, me hicieron muy consciente de este requisito primero y fundamental. Una joven que había sido acólita me dijo que el capellán, su superior en el servicio del altar, siempre la introducía al abuso sexual que él cometía con estas palabras: “Este es mi cuerpo que será entregado por ti”.
Es obvio que esta mujer ya no puede escuchar las palabras de la consagración sin experimentar nuevamente la terrible angustia de los abusos. Sí, tenemos que implorar urgentemente al Señor por su perdón, pero antes que nada tenemos que jurar por Él y pedirle que nos enseñe nuevamente a entender la grandeza de Su sufrimiento y Su sacrificio. Y tenemos que hacer todo lo que podamos para proteger del abuso el don de la Santísima Eucaristía.
(3) 
Y finalmente, está el Misterio de la Iglesia. La frase con la que Romano Guardini, hace casi 100 años, expresó la esperanza gozosa que había en él y en muchos otros, permanece inolvidable: “Un evento de importancia incalculable ha comenzado, la Iglesia está despertando en las almas”.
Se refería a que la Iglesia ya no era experimentada o percibida simplemente como un sistema externo que entraba en nuestras vidas, como una especie de autoridad, sino que había comenzado a ser percibida como algo presente en el corazón de la gente, como algo no meramente externo sino que nos movía interiormente. Casi 50 años después, al reconsiderar este proceso y viendo lo que ha estado pasando, me siento tentado a revertir la frase: “La Iglesia está muriendo en las almas”.
De hecho, hoy la Iglesia es vista ampliamente solo como una especie de aparato político. Se habla de ella casi exclusivamente en categorías políticas y esto se aplica incluso a obispos que formulan su concepción de la Iglesia del mañana casi exclusivamente en términos políticos. La crisis, causada por los muchos casos de abusos de clérigos, nos hace mirar a la Iglesia como algo casi inaceptable que tenemos que tomar en nuestras manos y rediseñar. Pero una Iglesia que se hace a sí misma no puede constituir esperanza.
Jesús mismo comparó la Iglesia a una red de pesca en la que Dios mismo separa los buenos peces de los malos. También hay una parábola de la Iglesia como un campo en el que el buen grano que Dios mismo sembró crece junto a la mala hierba que “un enemigo” secretamente echó en él. De hecho, la mala hierba en el campo de Dios, la Iglesia, son ahora excesivamente visibles y los peces malos en la red también muestran su fortaleza. Sin embargo, el campo es aún el campo de Dios y la red es la red de Dios. Y en todos los tiempos, no solo ha habido mala hierba o peces malos, sino también la siembra de Dios y los buenos peces. Proclamar ambos con énfasis y de la misma forma no es una manera falsa de apologética, sino un necesario servicio a la Verdad.
En este contexto es necesario referirnos a un importante texto en la Revelación a Juan. El demonio es identificado como el acusador que acusa a nuestros hermanos ante Dios día y noche. (Apocalipsis  XII, 10). El Apocalipsis toma entonces un pensamiento que está al centro de la narrativa en el libro de Job (Job I y II, 10; 42:7-16). Allí se dice que el demonio buscaba mostrar que lo correcto en la vida de Job ante Dios era algo meramente externo. Y eso es exactamente lo que el Apocalipsis tiene que decir: el demonio quiere probar que no hay gente correcta, que su corrección solo se muestra en lo externo. Si uno pudiera acercarse, entonces la apariencia de justicia se caería rápidamente.
La narración comienza con una disputa entre Dios y el demonio, en la que Dios se ha referido a Job como un hombre verdaderamente justo. Ahora va a ser usado como un ejemplo para probar quién tiene razón. El demonio pide que se le quiten todas sus posesiones para ver que nada queda de su piedad. Dios le permite que lo haga, tras lo cual Job actúa positivamente. Luego el demonio presiona y dice: “¡Piel por piel! Sí, todo lo que el hombre tiene dará por su vida. Sin embargo, extiende ahora tu mano y toca su hueso y su carne, verás si no te maldice en tu misma cara" (Job II, 4f).
Entonces Dios le otorga al demonio un segundo turno. También toca la piel de Job y solo le está negado matarlo. Para los cristianos es claro que este Job, que está de pie ante Dios como ejemplo para toda la humanidad, es Jesucristo. En el Apocalipsis el drama de la humanidad nos es presentado en toda su amplitud.
El Dios Creador es confrontado con el demonio que habla a toda la humanidad y a toda la creación. Le habla no solo a Dios, sino y sobre todo a la gente: Miren lo que este Dios ha hecho. Supuestamente una buena creación. En realidad está llena de miseria y disgustos. El desaliento de la creación es en realidad el menosprecio de Dios. Quiere probar que Dios mismo no es bueno y alejarnos de Él.
La oportunidad en la que el Apocalipsis no está hablando aquí es obvia. Hoy, la acusación contra Dios es sobre todo menosprecio de Su Iglesia como algo malo en su totalidad y por lo tanto nos disuade de ella. La idea de una Iglesia mejor, hecha por nosotros mismos, es de hecho una propuesta del demonio, con la que nos quiere alejar del Dios viviente usando una lógica mentirosa en la que fácilmente podemos caer. No, incluso hoy la Iglesia no está hecha solo de malos peces y mala hierba. La Iglesia de Dios también existe hoy, y hoy es ese mismo instrumento a través del cual Dios nos salva.
Es muy importante oponerse con toda la verdad a las mentiras y las medias verdades del demonio: sí, hay pecado y mal en la Iglesia, pero incluso hoy existe la Santa Iglesia, que es indestructible. Además hoy hay mucha gente que humildemente cree, sufre y ama, en quien el Dios verdadero, el Dios amoroso, se muestra a Sí mismo a nosotros. Dios también tiene hoy Sus testigos ("martyres") en el mundo. Nosotros solo tenemos que estar vigilantes para verlos y escucharlos.
La palabra mártir está tomada de la ley procesal. En el juicio contra el demonio, Jesucristo es el primer y verdadero testigo de Dios, el primer mártir, que desde entonces ha sido seguido por incontables otros.
El hoy de la Iglesia es más que nunca una Iglesia de mártires y por ello un testimonio del Dios viviente. Si miramos a nuestro alrededor y escuchamos con un corazón atento, podremos hoy encontrar testigos en todos lados, especialmente entre la gente ordinaria, pero también en los altos rangos de la Iglesia, que se alzan por Dios con sus vidas y su sufrimiento. Es una inercia del corazón lo que nos lleva a no desear reconocerlos. Una de las grandes y esenciales tareas de nuestra evangelización es, hasta donde podamos, establecer hábitats de fe y, por encima de todo, encontrar y reconocerlos.
Vivo en una casa, en una pequeña comunidad de personas que descubren tales testimonios del Dios viviente una y otra vez en la vida diaria, y que alegremente me comentan esto. Ver y encontrar a la Iglesia viviente es una tarea maravillosa que nos fortalece y que, una y otra vez, nos hace alegres en nuestra fe.
Al final de mis reflexiones me gustaría agradecer al Papa Francisco por todo lo que hace para mostrarnos siempre la luz de Dios que no ha desaparecido, incluso hoy. ¡Gracias Santo Padre!
Benedicto XVI
     “ALEGRES EN NUESTRA FE” (Benedicto XVI)