sábado, 31 de enero de 2015
Corazones partidos yo no los quiero
HOMILÍA CUARTO DOMINGO / TIEMPO ORDINARIO / CICLO “B”.
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R.P Jaime Herrera G. |
1. “No
endurezcáis vuestro corazón como en Meribá, como el día de Massá en el
desierto, donde
me pusieron a prueba vuestros padres, me tentaron aunque habían visto mi obra”
(Salmo 95, 8.9).
Para
muchos, los nombres de Meribá y de Massá son desconocidos, más debiese
llamarnos la atención que la Santa Iglesia nos invite a repetir diariamente en
el rezo del Breviario. Entonces, ¿Qué aconteció en aquellos dos lugares que
nos cita el Antiguo Testamento? Recordemos: Dios sacó al pueblo de Israel que
estaba esclavizado en Egipto, y lo hizo teniendo como guía al patriarca Moisés.
Habiendo salido de la tierra del Nilo, hastiados de la tierra del camino, y del
sol que bordearía los cincuenta grados, comenzaron a murmurar y reclamar,
exigiendo un milagro: tener agua para beber en el desierto. Desde entonces ese
lugar se llamó “tentación” y Moisés
preguntó a los israelitas: “¿Por qué
tentáis al Señor tu Dios?” (Éxodo
XVII, 1-7).
En
todo el tiempo previo al inicio de sus protestas y exigencias de sus derechos,
fueron testigos de grandes milagros de Dios: cruzaron el Mar Rojo cuando Dios
separó las aguas, comieron abundante maná, que el Señor les hizo llover desde
el cielo, quedaron satisfechos de comer carne de las aves que Dios les concedió.
Mas, el tema no era lo que Dios les concedió ni –tampoco- lo que les el
Señor les prometió, sino que exigían que les concediera lo que querían, en el
momento que lo querían y de la manera cómo lo querían.
Un
Dios a la medida de sus reclamos, un Dios acomodado a los derechos que
pretendían exigir a su Providente Creador. ¿Qué es tentar a Dios? ¿Puede la criatura realmente exigir algo a su Dios? Tentar es pretender obligar al
Señor a hacer nuestra voluntad, a exigirle que se coloque a nuestro servicio,
que haga lo que queremos, y se acomode a cada uno de nuestros proyectos.
Esto
es lo totalmente distinto a lo que debe ser: el hombre ha de estar al servicio
de Dios, simplemente porque es Dios, al que se le debe todo honor y gloria,
toda sujeción y servicio, sin desconocer que estamos llamados a ser siervos
y no solo servidores, tal como algunas sesgadas traducciones litúrgicas
actuales lo esbozan con sutileza.
“Nada nuevo bajo el sol”
dice un antiguo refrán. “No serviremos”
fue la expresión de los ángeles que se rebelaron contra Dios, “no obedecer” fue la inclinación a la
cual cedieron nuestros padres en el Paraíso terrenal ante la propuesta del
Demonio en ropaje de áspid, “no quiero” es
la actitud que le manifestamos al Señor nuestro Dios al momento de hacerle
exigencias porque le aplicamos la ley del trueque: te doy esto y me das esto,
pretendiendo tener merecimientos autónomos al poder, la misericordia y la
gratuidad de Dios.
¿Qué
pasa si Dios no nos concede aquello que le exigimos? ¿Qué pasa si la hora de Dios no avanza a la par de la
hora nuestra? De inmediato nos molestamos, abandonamos las prácticas de piedad
y de caridad, y nos colocamos quejumbrosos
con Dios y el mundo. Se endurece el corazón y se termina disgregando.
Hermanos: ¡No tentar a Dios nunca!
La
dureza del corazón nace porque
existe una cerrazón inicial, la cual, conduce irremediablemente hacia el temor, la desconfianza y la
agresividad. Un corazón cerrado no
siente ni hace sentir, no es capaz de amar –simplemente- porque no se sabe
amado. Un corazón empedernido es semejante a una puerta cerrada, la cual sólo
puede ser abierta desde el interior. Toda iniciativa por audaz, novedosa, y
sincera que sea quedará al otro lado de la puerta, y no podrá entrar.
Mas,
lo notable del amor de Dios es que, como Creador nuestro, el Señor sabe de qué estamos hechos, y nos
conoce perfectamente, de tal manera que es más íntimo a nosotros, que lo que –incluso- nosotros creemos saber de
nuestro interior. Entonces, si acaso asumimos de una vez que el “yo” lo sabe Él desde siempre, surge
de inmediato la certeza de saberse
conocido, y si consideramos que nadie ama lo que no conoce, deducimos que Dios que todo lo sabe, no dejará
de amar a quien de la nada no dejó de crear, incluso, al que obstinada y persistentemente se aleje
de Él.
¿Por
qué? La respuesta es espontánea: si lo dejara de querer aquel dejaría de
existir. Así, aunque nos olvidemos de Dios, Él no se olvida de nosotros, y “está a la puerta llamando” –día y
noche- al corazón del hombre y de la sociedad.
El
Dios en quien creemos –permanentemente- nos da facilidades nunca bagatelas.
Por ello, desea salvarnos gratuitamente por su infinita misericordia, al
extremo de permitir poder afirmar que “Aquel
que te creo sin ti no te salvará sin ti” (San Agustín de Hipona).
¿Puedo
decir que alcanzar el Cielo depende de mí? Bien entendido, asumiendo que la
gracia de Dios está al inicio, en el camino y como fin de todo acto meritorio
del hombre, si lo podemos afirmar, por ello no dejemos de acoger un sabio
consejo: “cuida siempre lo que piensas, porque
tus pensamientos se volverán palabras; cuida tus palabras porque estas se
convertirán en tus actitudes; cuida tus actitudes porque, más tarde o más
temprano, serán tus acciones. Cuida rus acciones que terminarán transformándose
en costumbres; cuida tus costumbres, porque forjarán tu carácter, cuida tu
carácter porque esto será lo que forje tu destino”. Todo lo anterior lo
resume el Apóstol San Pablo al decir: “Al
final cada uno cosechará lo que ha sembrado” (Gálatas VI, 7). Entonces, nadie
se condena al infierno sin culpa personal, y cada bautizado es responsable de
su destino eterno, por lo que la fe y las obras ganan el cielo.
Padre Jaime Herrera
¿Por
qué caló tan hondamente el himno del Congreso Eucarístico de 1980 en el mundo
católico de nuestra Patria? Probablemente, hemos olvidado su letra, y las nuevas
generaciones nunca lo conocieron, y escasamente se enseña en los seminarios: decía
“No temas dice el Señor, no temas
pueblo mío, ábranle de par en par todas las puertas, si le dejamos entrar El
estará con nosotros y reinará para siempre”. Evidentemente, parte del
texto respondía a la invitación hecha al inicio del pontificado de Juan Pablo
II en su Misa de Entronización. Hace unos años, con ocasión de la beatificación
de Papa “venido de un lugar lejano”,
se escribió un himno en el cual se hacía –nuevamente- mención a dichas palabras:
“! Abran las puertas a Cristo! ¡No
tengan miedo: abrid el corazón al amor de Dios”.
Dios quiere nuestro
corazón, pero, como recuerda la Santa Biblia “Él es un Dios celoso” (Éxodo XX, 5),
no lo quiere a medias con falsos ídolos ni a tiempo compartido.
¡Sólo Él en todo momento! De esta entrega nace una vida espiritual que no
avanza a regañadientes ni se deja
seducir por mezquindades, lo que concede al alma que se sepa y se sienta
plenamente libre porque está totalmente entregada a las manos de su Creador y
Redentor.
La segunda lectura de
esta Santa Misa nos enseña claramente en palabras de San Pablo: “Os digo esto para
vuestro provecho, no para tenderos un lazo, sino para moveros a lo más digno y
al trato asiduo con el Señor, sin división” (1
Corintios VII, 35). En
palabras de una antigua tonada chilena diremos: “Corazones partidos yo no los quiero”.
2. “Se
puso a enseñar. Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como
quien tiene autoridad, y no como los escribas” (San
Marcos I, 21).
El
Evangelio nos habla de la impronta que sorprendía a las muchedumbres sobre la
prestancia de Jesús. Más que la novedad, más que la accesibilidad para
comprender, más que la metodología utilizada, les llamaba la atención el
talante, es decir, la seguridad y propiedad que sus palabras encerraban.
La
autoridad se suele confundir con el que tiene un poder, con el que posee un
conocimiento, pero rara vez se le vincula al que es íntegro. Poseer autoridad es tener dominio de lo
que uno hace, no se trata de una parte sino de todo lo que uno ha hecho.
El
autor es responsable, habla con la seguridad del que sabe lo que dice,
haciéndolo a nombre propio, tal como lo anunciara la Escritura: “Yo les suscitaré, de en medio de sus
hermanos, un profeta semejante a ti, pondré mis palabras en su boca, y él les
dirá todo lo que yo le mande. Si alguno no escucha mis
palabras, las que ese profeta pronuncie en mi nombre, yo mismo le pediré
cuentas de ello.
Pero
si un profeta tiene la presunción de decir en mi nombre una palabra que yo no
he mandado decir, y habla en nombre de otros dioses, ese profeta morirá.” (Deuteronomio
XVIII, 18.20).
Buenamente
nos podemos preguntar respecto de cuáles eran las diferencias entre el estilo
de enseñar de Jesús y el de los fariseos y expertos en la Escritura.
a).
Desvinculados de la realidad, los escribas, fariseos y expertos “biblistas” inspiraban
miedo, por lo que se les temía; porque evitaban a los demás se les evitaba a
ellos; se les sonreía de frente, más se les criticaba por la espalda, anidando –quizás-
eventuales rencores y odios ocultos. El modo de enseñar de nuestro Señor
invitaba a la confianza, proyectaba entusiasmo. A aquellos se les temía, a Jesús
se le amaba.
b).
Los maestros de la Torah buscaban siempre a quien culpar de algo, aplicando el
refrán “el que la hace la paga”.
Sancionaban, castigaban, acusaban. En cambio, el estilo de Jesús, desde la llama humeante y desde el brote, era capaz de encender hogueras y hacer
reverdecer los campos. Por ello, corrige
y comprende; castiga y enseña; llamaba la atención y perdonaba. Era
intransigente con el pecado, es verdad, y a la vez, en todo momento no dejaba de invitar a la
conversión y de perdonar diligentemente, tal como lo hizo con la mujer
adúltera, con Zaqueo, con Simón Pedro, con Mateo y tantos otros.
c).
El escriba ordenaba a cada uno lo que debía hacer. Jesús como maestro daba el
ejemplo, iba en primer lugar, actuaba en primera persona, en Nazaret trabajaba
como los demás y con los demás. Marcaba el camino con su propio caminar.
d).
El maestro escriturista suele manejar
la gente, Jesús la prepara. Aquellos maestros no reconocían a sus
discípulos, porque “no tenían cuneta” y “pasaban por los aires”, y al ser
teóricos caían en la tentación de deshumanizarlos hasta quedarse con un rebaño sin rostro ni
iniciativa. En cambio Jesús el Maestro bueno, que enseñaba con autoridad
conocía a cada una de sus ovejas, tratándolas con la delicadeza que lo haría un
Dios verdadero y un hombre verdadero. Sabía que las almas y la Iglesia por Él
fundada no eran una masa amorfa ni una colección de individuos moldeados en
serie a los cuales manipular por determinada pedagogía.
Por
esto, en el camino de descubrir como el Señor nos llama al apostolado, en este
día descubrimos que lo genuino del estilo de Jesús anidaba en lo que estaba en
su corazón, en el cual no habitaba otra cosa que procurar la salvación de las
almas que fueron echar para buscar a Dios para encontrar a Dios y para amar a
Dios. Amén
lunes, 26 de enero de 2015
La Virgen en Caná: Fuerte, Clara, Maternal y Convencida
HOMILÍA
MATRIMONIO NANJARÍ CHAMY & ROSENKRANZ FERNÁNDEZ
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Esposos Nanjarí & Rosenkranz en Viña |
“Aquí
estamos para hacer tu voluntad”. Fue la antífona del
Salmo XL que todos repetimos. De alguna manera encierra el sentido más hondo
que nos ha convocado hoy a esta Santa Misa. Muchos de quienes están presentes
acuden semana a semana a la Eucaristía, y comulgan con frecuencia, otros lo
hacen quizás de manera más eventual, y no faltara quien rara vez acude a un
templo. Ya el carácter ojival de este templo, como representando dos manos que
lanzan unidas una plegaria al cielo, nos habla elocuentemente de una realidad,
que se ubica más allá de cualquier ficción y aleja de una mera fantasía. Es que sabemos que estamos
en un lugar sagrado no sólo porque así lo digamos y los creyentes lo reconozcamos,
sino porque Deus ibi est: Está
presente, real y substancialmente, Aquel que un día asumió nuestra humana
naturaleza, y por medio de una cruz de madera
y un sudario de tela, evidenció que la medida del amor de nuestro Dios
–aquí presente- es que nos ama sin medida.
Creemos en un Dios que “no se chanta”, que “no arruga”, que “no se desdice”,
que “no experimenta”, sino que, por ser tal,
solamente puede ordenar todo lo
que de la nada ha hecho hacia un fin que es: bueno, noble, justo y hermoso, independiente
que el hombre acabe de reconocerlo oportuna y plenamente.
Contra la corriente imperante
en la actualidad diremos que el amor es más que un sentimiento pasajero, es más que las ganas, porque no anida en la volubilidad de un deseo, sino en la
certeza de aquello que se presenta y descubre como un bien amable, lo cual hace
que la razón y el corazón caminen por una vereda donde la opción asumida
adquiere el carácter único e irrevocable de lo que en unos instantes mutuamente
se dirán con los labios y vuestra mirada: “Te
recibo a ti y me entrego a ti y prometo serte fiel en la prosperidad y en la
adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los
días de mi vida”.
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Como muchos saben
conozco al novio desde él que tenía diez años de edad, y había recibido
recientemente la Primera Comunión, en tanto que, a la novia –prácticamente-
desde el instante mismo que se conocieron. La razón es muy simple: pues, lo
único que falta a los padrinos del novio es pasar
por la libreta al sacerdote que habla, ya que –¡era que no!- me considero
parte de vuestra familia. Por esto hemos compartido muchas jornadas, marcadas
por la alegría del advenimiento de un nuevo año, por el bautizo de un miembro
de la familia, por el cumpleaños de algún integrante, como por la partida de
algún ser querido, o alguna prueba el Señor no deja de permitir para la mutua
fortaleza, crecimiento y vivencia de la caridad fraterna. Alguno más suspicaz
dirá: “Padre ha compartido los asados
preparados por el novio”, Si es verdad y muchas veces, aunque reconozco
nunca he sido invitado al “Bar del Lalo” porque “la religión me lo prohíbe”.
Más allá de las
múltiples anécdotas que podría citar en este momento, estimo que es un deber
exigible por dos razones, detenerme en algunos aspectos que inciden de manera poderosa
en la nueva vida que, ambos novios llevarán a partir de esta celebración.
La primera es por razón
de los lazos de amistad: En efecto, la escritura recuerda que Jesús dijo a sus
discípulos “no os llamo siervos, sino
amigos, porque el siervo no sabe lo que hace su Señor”. Creo que la amistad
de un sacerdote hacia cualquier persona es sana, eficaz y necesaria, en la
medida que ésta tienda a fortalecer el espíritu familiar, de modo que así como antaño
hubo médicos de familia que hacían
mucho bien, buenamente podemos preguntarnos hoy, ¿por qué no ha de darse que
los médicos del alma cuiden
espiritualmente el alma de la familia?
Por esto, los primeros
en llamarme “cura” fueron los
pequeños primos que hace cerca de un cuarto de siglo acolitaban en este mismo
altar en el cual Jesucristo viene en su Cuerpo, Sangre y Alma para reiterar la
verdad que cambió el mundo: “Dios nos amó
hasta el extremo”, cumpliendo en cada Santa Misa su palabra empeñada: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del
mundo”. ¡Quien cura, sana; quien sana, reintegra; quien reintegra,
dignifica!
Lo que digo como amigo
lo digo entonces como sacerdote, pues,
un buen amigo no es aquel que simplemente está en la bonanza, el éxito y
los amaneceres de la vida, sino que permanece fiel en medio de la adversidad,
inserto en los fracasos y en vigilante en el atardecer de nuestra jornada en
este mundo. Si hermanos: “Quien encuentra
un amigo, encuentra un tesoro”, dice la Santa Biblia.
Per hay una segunda
razón, la cual me exige dirigirme en mi condición de amigo y sacerdote: Y,
tiene que ver con la segunda parte de las palabras dichas por Nuestro Señor
sobre la amistad: “Vosotros sois mis
amigos, si cumplen mis mandamientos”. Por cierto, el amigo habla a tiempo y
destiempo, no teme importunar cuando se trata de rescatar a quien eventualmente
parece naufragar, ni vacila al momento de procurar hacer el bien a quien lo
necesita.
¿No recordamos acaso
las palabras de la Virgen María en Caná de Galilea dichas a unos atribulados
novios? ¡No tienen más vino! ¡La fiesta se termina! ¡Calabaza, calabaza cada
uno para su casa! Y de pronto, cuando todo parecía irreversible, cuando unos se
aprestaban para despedir abruptamente a los invitados, y estos se alistaban
para escabullirse raudamente ante el impase, surgió la voz de una mujer: fuerte, clara, maternal, convencida…era la Madre del Señor, que
había sido invitada a las Bodas, quien exclama: ¡Hagan todo lo que Jesús les diga! (San Juan).
La cercanía espiritual
hacia los novios me hace ser doblemente exigente al momento de dar a conocer
las implicancias que tiene para su condición de bautizados el hecho recibir el
sacramento del matrimonio, por el cual mutuamente se donan.
Dijo la segunda
lectura: “Habéis sido bien comprados!
Glorificad, por tanto a Dios en vuestro cuerpo” (1 Corintios VI, 20). La
voz fuerte de la Virgen en Cana de Galilea invita a implorar el don de
fortaleza en la vida matrimonial, -tan necesario ayer como doblemente resulta
en la vida presente-, por medio del cual tengan la certeza que son uno solo por lo que toda prueba
resulta llevadera, habida consideración que toda carga pesa la mitad si es
llevada entre dos. El hogar y la familia se edifica a partir de hoy por ambos,
lo que hará necesario aprender a dialogar, a conversar, a tener los momentos de
intimidad para exponer claramente los deseos, los sueños, las dificultades y
las eventuales desventuras.
La voz de Virgen Madre es clara a lo largo de todo el Evangelio: No
duda en decir al Arcángel ¿Cómo es esto
posible? No vacila en llamar la atención a Jesús cuando éste se pierde en
el templo: “Tu padre y yo estábamos muy
preocupados buscándote”; Irrumpe ante su Hijo y Dios para decirle “No tienen vino”. Queridos novios: Las
palabras deben expresar certezas, deben estar revestidas de cercanía, y
permanecer alejadas de todo carácter impulsivo y de cualquier espíritu que
evidencie desdén. Hoy hay en la sociedad un trato que exuda crispación, y se
corre la tentación de que este se haga presente, también, al interior de la
familia. Para ello, ser cuidadoso en
lo que se dice, en cómo
se dice y en cuándo se dice, en
todo lo cual tiene importancia: la oportunidad, la paciencia, la caridad y el
amor entrañable por la verdad.
Hace unas semanas
atrás, nuestra mirada se detenía en el umbral del portal de Belén, en el cual
contemplamos cómo nuestro Dios viene al mundo para que el mundo vaya hacia
Dios. La imagen de un dios distante, belicoso, etéreo, produce entre sus seguidores gran temor y olvido, como –también- conlleva entre
los adversarios a la burla e ironía cuyas consecuencias siempre terminan
causando desazón. Es notable cómo el mundo entero se doblega en Nochebuena por
la presencia de “un recién nacido
envuelto en pañales”, y de una Madre virginal atenta, cariñosa, afectuosa y
protectora de su Hijo y Dios.
El don de la maternidad
es un bien preciado y necesario para el mundo, que no puede darse sin la
cercanía de aquel que acoja el llamado hecho por Dios al momento de crear al
hombre: “Creced multiplicaos, poblad la
tierra y dominadla”. Los hijos son una bendición de Dios nunca un problema,
por esto, la Iglesia invita a los esposos a ser padres preocupados, responsables
y generosos al momento de tener los hijos. ¡Vuestros padres serán los abuelos
más felices, y también, yo estaré feliz
de tener más pega al bautizarlos…
Finalmente, la voz de
la Virgen en Cana es de unas mujer convencida,
con lo cual los novios se tuvieron como seguros de lo que debían hacer, porque no
les habla con una voz dubitativa. La Iglesia como Madre, enseña la verdad
plena, porque sólo en Ella reside la plenitud de la revelación, de tal manera
que es depositaria de la verdad que es Cristo, quien sobre si señaló: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”.
Aprendan a confiar en la Iglesia Santa, que es madre, como los novios confiaron en la Virgen aquel día.
¡Como cambió la vida de ellos ha de transformarse la vuestra a partir de esta
Eucaristía!
Vuestra juventud de hoy
se revestirá de verdadera sabidurías si dan a Dios el lugar principal de todas vuestras
determinaciones. No es una senda expedita la que comienzan a recorrer, es un
mundo nuevo que está plagado de recovecos que serán necesarios superar. Para
ello tienen el testimonio de vuestros mayores, el consejo de vuestros amigos,
la oración de toda una Iglesia que no es mera espectadora en esta celebración,
sino que como madre y Maestra está llamada en todo momento a señalar el camino
que les permita hacer vida lo que hoy prometen, a practicar fielmente la
fidelidad conyugal en un mundo renuente a la virtud de la castidad, la cual
también ha de vivirse en la vida matrimonial.
A los pies de la imagen
de la Patrona de nuestra Patria hoy sellarán sus vidas ante Dios, y Él con su
gracia, la cual siempre puede más que
nuestras intenciones, les concederá el don de formar una nueva familia donde la
fe enriquezca cada una de vuestras iniciativas, de tal manera que haciendo lo que Jesús les diga puedan
vivir el gozo inmenso de saber que están cumpliendo la voluntad de Dios.
Con ello, experimentarán
que realmente Dios no quita nada al hombre, sino que lo entrega todo en la
persona de su Hijo Unigénito, por lo que en modo alguno la gracia del cielo es
rival de nuestra libertad sino más bien su primer y necesario garante. Dios no
es un invitado más a vuestro matrimonio, sino que es El quien hace posible que ustedes un día se conociesen, se comprometiesen y recibiesen
hoy el sacramento del matrimonio, de una
vez para siempre.
Virgen del Carmen,
nuestra Madre y Reina: En tu nombre hoy estos novios unen sus vidas. Queremos
que presidas su amor, que defiendas, conserves y aumentes su ilusión. Quita de
su caminar cualquier obstáculo que haga nacer la sombra o las dudas entre
ambos. Apártalos del egoísmo que paraliza el verdadero amor. Libéralos de la
ligereza que coloca en peligro la gracia en sus almas. Haz que abriendo sus
almas, merezcan la maravilla de encontrar a Dios el uno en el otro. Conserva la salud de sus cuerpos y resuelve
cada una de sus necesidades. Y haz que el sueño de un hogar y de unos hijos
nacidos de su amor, sean realidad y camino que los conduzca buenamente a tu Sagrado
Corazón, en quien confían y a quien consagran su vida de esposos católicos.
Amén.
SACERDOTE
JAIME HERRERA GONZÁLEZ, DIÓCESIS DE VALPARAÍSO.
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sábado, 24 de enero de 2015
“SER APÓSTOLES DE VERDAD Y DE LA VERDAD”.
HOMILÍA TERCER DOMINGO / TIEMPO ORDINARIO / CICLO “B”.
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R.P Jaime Herrera predica en la Catedral Castrense |
Durante varias semanas,
a lo largo del año litúrgico, la Iglesia nos invita a celebrar el misterio
de Jesús en su dimensión cotidiana, la
cual sin estar revestida de la solemnidad de los tiempos fuertes como son
Cuaresma, Pascua, Adviento y Navidad,
tiene el valor único de la fidelidad hecha permanencia. En efecto, ¿Qué
celebramos durante el denominado tiempo ordinario y común? Sino el cumplimiento
de la promesa hecha por el Señor: “Yo
estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos”.
Mas, como tantas veces
lo hemos recordado: tales gracias exigen tales responsabilidades, por lo
que la llamada que Dios nos hizo la semana anterior, ahora se concretiza. Por
cierto, Dios nos llama a existir ¿para
qué? estamos llamados a la santidad ¿dónde?;
Dios quiere que seamos sus apóstoles ¿con quiénes? A estas preguntas el Evangelio
de San Marcos de hoy da respuesta en un solo versículo: “Venid conmigo”, “yo os daré
llegar a ser”, “pescadores de hombres”.
En la primera lectura,
se nos habla del profeta Jonás. ¿Qué es un profeta? Es un hombre elegido por
Dios para dar a conocer su mensaje. En ocasiones, Dios le concede anunciar algo
que está por suceder, o bien le otorga el poder taumaturgo, es decir, de
realizar milagros en su nombre. Lo esencial de un profeta es que su vida
gira en torno a Dios.
Para cumplir cabalmente
su misión el profeta Jonás debió “entrar
en la ciudad”. Recordemos que se requerían “tres días para cruzar toda Nínive”,
y el profeta avanzó un día entero. No se quedó sólo en las periferias, ni se instaló cómodamente en
el centro de la urbe. Su lugar fue la misión; las personas a las que anunció
el mensaje de Dios no respondían una sola realidad social, económica o
política. Su opción preferencial era buscar la conversión de todos hacia Dios,
pues, en primera persona había experimentado que la más honda necesidad que
toda persona tenía era salir del fango del pecado para vivir en plena amistad
con Dios.
La convicción de saber
que el mensaje que uno anuncia es pertenencia de Dios no del profeta, no del
apóstol, no del evangelizador, no del catequista, no del diácono, no del
sacerdote, del obispo, conlleva hablar con seguridad, firmeza y claridad: “a tiempo y destiempo”, ante la más
dócil de las audiencias como la que pueda presentarse como la más adversa y
crispada. Pasa a un segundo plano el hecho de las consideraciones humanas de
cómo seremos recibidos cuando ocupa el primer plano, Aquel que es el objeto de
nuestro anuncio. ¡Si, busquemos caer bien a Dios! ¡Si, busquemos que Dios caiga bien al mundo! Pero, evitemos
ceder a la tentación demoniaca de pretender caer bien a todos como profetas,
porque ello es imposible.
De la misma manera, la
novedad del anuncio se enmarca en la grandeza ilimitada de la verdad
proclamada: Dios es la verdad, por lo que, no tiene relevancia decisiva para el
mensajero, el profeta y el apóstol, el hecho de contemporaneidad. Asumamos de
una vez que las componendas con los criterios del mundo son claudicaciones
que pueden mermar gravemente nuestro anuncio y debilitar nuestro testimonio.
Esto lo entendemos
cuando el profeta Jonás les dice que la bullente ciudad, cuya edificación se
extendía diariamente, llegaría a su fin en sólo cuarenta días. No estaba de
moda, ni iba de la mano con las corrientes de pensamiento entonces vigentes en
Nínive lo que Jonás les dijo. Y, fue lo que Dios dijo, dado a conocer por el
testigo fiel, quien hizo cambiar de vida
a cuantos habían marginado el nombre de Dios de su cultura, de su vida
familiar, de su política, de su vida social, de la educación, de su justicia, y
de su economía. Sabia es la invitación del Salmo XXV que hemos proclamado hace
un instante: “Muestra a los pecadores el camino, conduce en la
justicia a los humildes y a los pobres enseña su sendero”.
El mismo Dios que se
presenta como creador en el libro
del Génesis, como protector al
momento de elegir y formar a su pueblo con Abrahán y su descendencia, el Dios revelado
como Padre providente que acompañaba
con su bendición a quienes sacaría de la esclavitud temporal, ese Dios es quien
ahora reprende por la manifiesta corrupción de quienes estaban llamados a la
fidelidad. El cambio de vida de su pueblo debía ir de la mano por la plena
aceptación de las verdades de la fe, pues la disyuntiva de la vida humana
siempre permanece vigente: “o se vive
como se cree” o “se termina creyendo lo que se vive”.
Y, esto último hace que
muchas veces la tentación del que está llamado a anunciar a Jesucristo se
confunda, en el mejor de los casos, a causa de la
ignorancia y cobardía, pero también, en ocasiones, por intereses egoístas y mezquinos, en todo
lo cual el Maligno conoce los tiempos de mayor debilidad del hombre y de la
Iglesia para acrecentar su influencia perversa en confusión, duda, maldad,
violencia, y crispación social, que marcan “los
signos de los tiempos” en la vida presente. ¿Duda alguien que el demonio
anda como león rugiente buscando a quien devorar?
Bajo el argumento de no
ser conformacional, de no hablar de cosas malas, de no recriminar, se ha
llegado al extremo de hacer insípido el mensaje del Evangelio, cuyo valor –finalmente-
resulta igual si se toma o se deja. Si a una persona que
no cree en Dios, que está en camino de una conversión, o bien es un
principiante en el camino de la vida cristiana se le dice que, haga lo que haga tendrá similar consecuencia,
es lo mismo que negar que el hombre por la gracia de Dios puede efectivamente actuar
meritoriamente, toda vez que una vida de
fe sin obras es prueba de una fe muerta, y una pastoral que sistemáticamente
mutile el mensaje dado por Jesús hace que la vida cristiana hacia la sociedad
sea estéril.
Seguir
al Señor en el desprendimiento.
La Santa Biblia nos
enseña que Cristo fue anunciado como un “signo
de contradicción”, que no dudó en llamar a los fariseos “raza de víboras”, y a los expertos en
la Escritura “sepulcros blanqueados”, con
lo cual su persona hecha palabra, fue capaz de cautivar a los primeros
discípulos, los cuales lejos de llenar sus bolsillos a costa de la Palabra, tuvieron
una actitud de vida que “dejándolo todo
siguieron al Señor”. El desprendimiento y desasimiento es fundamental en
quien se sabe llamado por Jesús, y es la condición necesaria para el
seguimiento fiel.
Seguir
al Señor en el sacrificio.
El discípulo no puede
avanzar por un camino diverso de su Maestro. Y un criterio basilar de
discernimiento es el grado de sacrificio que entraña el anuncio del Santo
Evangelio. La persecución, la adversidad, y la renuencia de unos, desde la perspectiva de la fe, se transforman no en muros infranqueables
sino en peldaños que permiten escalar en perfección y santidad, tal como es
el que recorrió Juan Bautista, los Apóstoles y cada bautizado que ha optado por
amar a Dios antes que a los hombres.
Seguir
al Señor diligentemente.
En la segunda lectura
se nos dice que “el tiempo es corto” (1
Corintios VII, 29). Hay una urgencia por dar a conocer el Santo
Evangelio en nuestro tiempo. Al llegar cada fin de año muchas personas suelen
crecientemente comentar lo rápido que pasa el tiempo, de tal manera que cada
año parece durar menos. A pesar de tener las mismas horas, los mismos, días,
el tiempo actual pasa volando. Y esto
debe hacernos recordar que la inminencia del advenimiento del Señor en la
Parusía está precedida por su llegada cada día a nuestros altares en su Cuerpo
y Sangre, haciendo de nuestros templos recintos que anuncian la eternidad, la
trascendencia y lo definitivo. Entonces, si la caridad de Dios nos
urge, nos debe apremiar dar a conocer a
Cristo en su Iglesia, y desde Ella al mundo.
La razón de anterior es
clara y la señala el mismo Cristo: “Porque
el tiempo se ha cumplido y el Reino de Dios está cerca” (San
Marcos I, 15). ¿Cuál será nuestra actitud ante la premura del
tiempo? Sin lugar a dudas, la misma que tuvieron aquellos que fueron exhortados
por el profeta Jonás: “Los ninivitas
creyeron en Dios. Ordenaron el ayuno y se vistieron de sayal, desde el mayor
hasta el menor. Vio Dios lo que hacían, cómo se convirtieron de su mala vida, y
se arrepintió del castigo que había determinado hacerles, y no lo hizo”.
¡Convertíos y creed en
la Buena Nueva! La respuesta de los discípulos fue sin regañadientes, sin
tardanzas, lo que no habla de superficialidad, de ligereza ni premura. Sino que
se refiere al interés por cumplir lo antes posible aquello que se ha descubierto
como el bien más necesario, ante el cual
nada es comparable ni se puede anteponer.
“Ser
pescador de hombres” implica una doble dimensión para
nuestra realidad de Iglesia. Primero, nos invita a rezar insistentemente con el
fin de tener santas y numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas.
Actualmente hay parroquias que no cuentan con Cura Párroco, simplemente porque
no hay más sacerdotes, y hay
congregaciones que a causa de las intestinas deserciones, de la longevidad de
sus miembros, y de una deficiente formación y promoción vocacional deben dejar
las comunidades que un día sirvieron con lozanía. Todo ello solo puede ser asumido
como una crisis, a la vez que debe ser enfrentada como tal, pues la guerra que
hace el relativismo y secularismo hacia la Iglesia solo puede tener como
respuesta la fidelidad de quienes asuman permanentemente el desafío de salvar
almas para Dios.
Nuestra Iglesia
necesita de jóvenes que opten por un sacerdocio
célibe, por amor al reino de los cielos, de un sacerdocio obediente, cuyo norte sea la primacía de Dios, y de un sacerdocio pobre, que confíe en el Dios
que siempre ampara y no olvida.
“Ser
pescador de hombres” en segundo lugar, lleva a descubrir la
riqueza que hay tras cada vida humana concebida que es el futuro del mundo y el
bienestar de su Iglesia. Por ello, los padres de familia están llamados a
discernir desde el preámbulo de la fe por el camino de la generosidad respecto
del número de hijos que Dios les quiera conceder como fruto de su amor
conyugal.
Ante el número de
hijos, que eventualmente se pueden tener, no se trata de decir que tal o cual
cifra es la más adecuada, sino de señalar que debe haber una predisposición
a la vida que Dios quiere conceder. ¡Nadie que viene a este mundo lo hace
por casualidad ni está, por ello, de
sobra! Por esto, responsablemente se deben recibir los hijos que Dios no deja
de conceder. La denominada paternidad responsable no implica tener más o
menos hijos sino que apunta a procurar discernir y cumplir en toda la voluntad
de Dios respecto del proyecto que tiene Dios para el esposo y la esposa.
La generosidad de los
padres de familia en orden a tener un mayor número de hijos sólo puede tener el
reconocimiento respetuoso de cada creyente, y la bendición de toda nuestra
jerarquía eclesiástica, pues el futuro del mundo pasa
por lo que es la familia, y si esta no logra proyectarse siquiera numéricamente
¿Qué futuro tendrá nuestra sociedad? ¿Qué
vida cristiana habrá si no hay quien predique ni tampoco a quien se predique?
Oremos entonces, por el
aumento de la vocaciones sacerdotales, haciendo de esta intención un imperativo
para todo el Año Litúrgico, a la vez que imploremos la gracia del Señor sobre
todos aquellos matrimonios que han apostado por tener familias numerosas. Amén.
jueves, 15 de enero de 2015
Vasijas de Barro: Homilía Aniversario Bodas de Plata Sacerdotales, 10/01/2015
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R.P J. Herrera en los PP. Carmelitas |
![]() |
R.P Jaime Herrera junto a su madre |
Queridos hermanos y
hermanas en el Señor, queridos jóvenes y niños: ¡Adveniat Regnum Tuum! Que
Cristo Venza, que Cristo Reine, que Cristo impere siempre. Sean estas las
primeras palabras al momento de elevar una Acción de Gracias por los dones
dispensados a lo largo de estos años de vida sacerdotal, en la cual, cada uno de los que está presente ha ocupado en
mi vida consagrada, un lugar imprescindible para poder hoy alzar la mirada al
cielo que se despliega en nuestro altar. Por vuestra oración, por vuestra
paciencia, por vuestra generosidad, por vuestros sacrificios, que han sido
gratos a Dios, puedo yo hoy, alzar el Cáliz de la salvación.
La historia de la celebración
de las bodas de platino, oro y plata, que se conmemoran cada cuarto de siglo
hunde su raíz en la celebración de Jubileo de la Redención, al que la Iglesia
vincula con la gracia especial de la indulgencia plenaria recibida durante un
año entero. En el caso de las bodas de plata, con 25 años de sacerdocio, nos
lleva a descubrir la riqueza inmensa de la obra de Dios hecha desde las primicias
de un sacerdocio hasta una etapa significativa que permite dividir la vida exactamente
en un antes y un después. En efecto, la mitad de la vida he sido sacerdote de Cristo,
y la otra mitad, sin duda que ha sido, desde el nacimiento según la carne y el
nacimiento según el espíritu, como una
preparación para llegar a ser un “Alter Christus”,
como nos solía decir el venerado Arzobispo Emilio Tagle.
Desde esta perspectiva,
la vida como consagrado encierra un carácter ascendente en el camino de la
perfección, por lo cual, lejos de ver este jubileos sacerdotal como una etapa
alcanzada, implica mirar el tiempo transcurrido como los primeros años de vida:
Los primeros veinticinco años…Esta da a nuestra vida un frescor que vitaliza el
alma para continuar la misión encomendada sabiendo con certeza de qué estamos hechos y para qué fuimos creados.
¿De
qué estamos hechos?: Siempre es bueno recordar el título de
aquel libro que leí en los primeros pasos de seminarista: “Vasijas de barro” de Leo John Trese. En él, se describe la vida
diaria de un cura párroco, que lleva las grandezas inimaginables de la misericordia
en una frágil vasija de greda que es su alma. Sabia es la Santa Biblia que nos
habla de nuestro Dios, quien formó de la nada al hombre como culminación de la
creación, por lo cual, desde entonces,
tiene una impronta que emerge de su relación con Dios, pues, es la única creatura que fue constituida a “imagen y semejanza” de su Creador, es
decir: “muy parecido a Él”.
Más, para evitar la
incursión de la soberbia, lo hizo del barro, de aquel residuo fácil de moldear,
que tiene la impronta de la simpleza, como es la mezcla de tierra y agua. No lo
creó desde la dureza de una roca, ni desde la belleza de una gema, ni desde la
nobleza de un metal perenne: simplemente, lo formó del barro para que en todo momento el
hombre tuviese a su Dios como el único alfarero
de su alma. Así, acontece con el
sacerdote.
Nos enseña la sagrada
teología que la gracia supone la naturaleza y la perfecciona. Esto tiene
consecuencias desde la creación y desde la re-creación -que es la obra redentora- por lo que Dios no
quita nada, lo da todo; nuestro Buen Dios, nunca viene a ser el rival de
nuestra libertad sino su primer y más sólido garante. ¡En El somos libres! ¡En
Él crecemos como persona! ¡Sólo en Dios
descansa de verdad nuestra alma!
La gracia de Dios no
suprime ni deforma, edifica y enaltece, por lo que al tomar conciencia de qué
estamos hechos resulta imposible soslayar aquellas realidades y personas por
las cuales y en las cuales Dios me ha llamado para siempre a la vida como
sacerdote.
Allí, está la familia: con sus grandezas, virtudes
y fidelidades, como con sus dificultades, pruebas y desafíos; está el mundo de la educación, el cual sin
lugar a dudas, tiene un sello indeleble: ahí están los compañeros de curso de
kindergarten del lejano 1969 -cuando nos
recibía como rector del Colegio el Obispo que hoy nos acompaña- y que un día
firmara la carta de presentación para que yo fuese admitido al Seminario Pontificio
de Lo Vásquez; como la querida tía de kínder, Carmen Luz De la Jara que me
recibió a los seis años en los Sagrados Corazones junto a otros profesores que
nos despidieron de Cuarto Año Medio en 1981. ¡Qué inmensa alegría y detalle ha
tenido el Buen Dios al haber permitido hoy contar con vuestra presencia!
De la misma manera,
considero basilar el poder haber mantenido una amistad desde aquellos años con los compañeros de curso. Es cierto,
ya no somos los jóvenes de ayer, ni podemos jugar una entretenida pichanga, pero
hay tiempo para conversar, para reír, para recordar y para mirar el futuro
desde el espíritu que imprimió lo vivido y enseñado durante los años en el
colegio.
El Apostolado de la
amistad es fundamental para el sacerdote diocesano. Dice la Biblia que “Quien ha encontrado un amigo, ha encontrado un tesoro”. Se debe cultivar con la cercanía, pero sobre
todo con el amor a Dios. El buen amigo siempre habla de Dios y habla con Dios.
¡En ese podemos confiar! Para ser amigos se requiere de una sintonía fina que
no es uniformidad: en lo esencial unidad,
en lo accidental parvedad. ¡En todo caridad, pero…caridad con verdad!
Un pilar no menor en la
formación de la persona es el ambiente
social y eclesial. Hoy los niños y jóvenes están inmersos en una cultura
abiertamente anticristiana, donde el solo hecho de hablar sobre Dios y sus
leyes en el mundo, parece para una
mayoría, algo anacrónico y sin sentido.
Tuve la gracia del
Señor de haber crecido en una época favorable a la fe, habida consideración que
al momento de tomar mi opción sacerdotal ya en enseñanza media se desplegaba
la señera figura de Su Santidad Juan Pablo
II. Soy –espiritualmente- Hijo de Juan Pablo II, de Pio IX, de Benedicto XVI,
de San Pio X, de San León Magno, y de cada uno de los pontífices que Dios nos
ha dado, desde aquel Pescador de Galilea
al que le dijo: “Sígueme” hasta quien
hoy dirige la nave de Pedro en medio de un mar tempestuoso y desafiante.
Me formé como sacerdote
al alero de la Virgen de Lo Vásquez. Lejos del mundanal ruido, podíamos
escuchar nítidamente la voz de Dios, siguiendo la sabiduría del San Bernardo: “se primero fuente y luego canal”.
¿Cómo hablar de Dios si acaso no hablamos con Él? ¿Cómo entender las urgencias
del mundo postergando el imperativo de conocer a Dios? ¿Cómo entender la
sociedad relegando la primacía de Dios?
Los años de Seminario
fueron un tiempo de bendición, donde la cercanía y probidad de los formadores
iba de la mano con las enseñanzas del magisterio pontificio, desde el
seguimiento de la doctrina de Santo Tomás de Aquino, huella segura e
imprescindible para la recta formación sacerdotal, con un ambiente proclive a
la virtud y la sana amistad en vistas no a un trabajo futuro a desempeñar sino
a una vida por la cual cualquier sacrificio resultaba secundario en vistas a estar
haciendo las veces de Jesucristo en la Iglesia y en medio del mundo.
¿Vale la pena tanto
tiempo? Mejor un sacerdocio temporal dicen unos. ¿Vale la pena tanto
sacrificio? ¿Vale la pena tanta soledad? Un sacerdocio compartido aventura
otro. Hermanos: El Sacerdote o es creyente o naufraga; o vive como cree o
terminará creyendo lo que vive.
Jóvenes y niños que
están hoy aquí: me preguntan… ¿Por qué se hizo sacerdote hace veinticinco años?
Porque hay una fuerza capaz de transformar al mundo desde su interior, el único
amor que me concede la certeza de ser para siempre, que por un regalo
inmerecido del cielo, se ha fijado en el más pequeño –literalmente lo digo-
para decir al mundo su verdad, para entregar al mundo su amistad, para
santificar por el camino de gracia que son los sacramentos, cuya cumbre está en
la Santísima Eucaristía, desde donde nace y a la cual llega la vida de Iglesia
y del sacerdote.
Por esto: La Santa Misa
explica la vida del sacerdote. No es parte de su pega, es parte de su vida.
¡Tal Misa, tal cura! La identidad de todo sacerdote, y de todo presbiterio debe
estar centrada en todo momento en los
altares, no en las mesas; debe procurar tener como norte cumplir en todo la voluntad de Dios, no cegarse por las
exigencias de las masas; debe ser sobre todo un creyente, un hombre de fe, que confíe en la sabiduría milenaria de un
magisterio asistido por el Espíritu que prometió claramente: “El poder del Maligno no prevalecerá sobre
Ti”. ¡non prevalebunt! ¡Sé en quien he
confiado! Tengo la certeza de haber apostado a ganador al confiar en Dios mi
vida sacerdotal.
Pero, hay una segunda
pregunta, que en cada jornada hemos de procurar hacernos: ¿Para qué fuimos hechos? La respuesta nos la da San Alberto
Hurtado: “La vida fue dada para buscar a
Dios, la muerte para encontrarlo y la eternidad para poseerlo”. Dios nada deja
al azar cuando se trata de gestar una vocación al sacerdocio, permitiendo que
todo sirva para el fin de hacer presente a Cristo.
Fuimos hechos para buscar a Dios, para amar a Dios, para vivir en Dios, y hasta que ello ocurra definitivamente repetiremos,
junto a San Agustín de Hipona: “Inquieto está nuestro corazón mientras no
descanse en ti Señor”. Esta tensión le da fantasía, frescor, juventud
a cada jornada que desempeño, la cual lejos de ser producto de la inercia
y rutina tiene la novedad del saber estar haciendo la voluntad de Dios.
El lema de sacerdocio
que tomé hace un cuarto de siglo, lo encontramos en la oración de Padre
Nuestro: Adveniat Regnum Tuum. ¡Que venga tu reino! Lo considero in imperativo
para cada enseñanza, cada actividad, cada iniciativa, cada sacrificio que debo
emprender. En Palabras del actual Pontífice consiste en “primerear” a Cristo en el mundo, como el bien más urgente, la
causa más valiosa y camino más necesario.
En este camino
recorrido, hay cosas muchas cosas de las cuales me he arrepentido de haber
hecho como también otras de no haber realizado. Por ello, confío en la
misericordia de Dios que siempre puede más que nuestro pecado, habida
consideración de las palabras que un día
reveló el Sagrado Corazón de Jesús: “las
faltas que más duelen a mi corazón son las de mis consagrados”.
Desde los siete años
comencé a venir a misa a este templo; aquí muchas veces me confesé; acolité
como seminarista; asistí como diácono transitorio, celebré un día como hoy la
Primera Misa, celebre los diez años de sacerdocio, y hoy retorno para colocar a
los pies de la Virgen del Carmen lo que han sido estos veinticinco años de vida
sacerdotal, en sus grandezas y pequeñeces, virtudes y pecados, alegrías y
pesares, logros y fracasos. Con todo: ¡Nada puede separarnos del amor de Dios!
Mas, no quiero alejarme
del camino recorrido durante estos años, en los cuales la figura de la Virgen
Santísima ha ocupado un lugar central. Cual Stella Maris ha estado presente en
cada etapa tal como sólo una madre lo sabe hacer y un hijo la puede reconocer. ¡Cómo se nota
la ausencia materna en la formación de un hijo! La madre centra, la madre abre
horizontes, la madre sabe esperar, una y otra vez.
Las destinaciones que
me han sido dadas han incluido la presencia de la Virgen María en sus diversas
advocaciones. Durante mi infancia y adolescencia, a los pies de la Virgen del
Carmen en Viña del Mar, luego ocho años junto a la Purísima de Lo Vásquez. De
inmediato, a los pies de Nuestra Señora del Rosario de Puchuncaví, para partir
al primer destino pastoral ante la venerada imagen de Nuestra señora de la
Candelaria. Luego, un año ante la Virgen del Rosario en Quilpué, para continuar
dos décadas ante la imagen más antigua de la región y Patrona de Valparaíso
como es Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro.
Humanamente no imagino
haber ideado un itinerario más seguro y feliz que el que a la fecha Dios me ha
permitido recorrer, por lo que sería realmente necio si no viese una particular
protección y predilección de Quien un día me invitó inmerecidamente a seguir sus pasos, tan de cerca que sus
huellas permiten posar mi pie en su caminar, y experimentar en primera persona,
desde la identidad de un sacerdote diocesano lo que implica ser Alter Christus
en el umbral del siglo que despunta. ¡Viva Cristo Rey! Amén.
SACERDOTE
JAIME HERRERA GONZÁLEZ, DIÓCESIS DE
VALPARAÍSO.
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