miércoles, 28 de febrero de 2018
sábado, 24 de febrero de 2018
NO REGATEAR EL AMOR A DIOS
DOMINGO SEGUNDO DE CUARESMA / FEBRERO DE 2018
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LA SANTA MISA VERDADERO SACRIFICIO
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A lo largo de este tiempo
de Cuaresma nuestra Iglesia nos presenta una pedagogía de acercamiento a la
persona de Jesús. Para ello, cada domingo –y por cierto diariamente-
nos entrega el testimonio de un patriarca,
profeta, y rey del Antiguo
Testamento.
La primera lectura de
este día nos refiere la vida del patriarca Abrahán, a quien Dios llamó de su
tierra natal de Ur de Caldea –actual Irak- para que, dejándolo todo, en una actitud novedosamente radical fuese
hacia el lugar que Él le tenía prometido.
Para ello, Dios hace una
alianza con él, exigiendo la fidelidad y el compromiso exclusivo, al que se
comprometerá “cultualmente” tal como
lo describe el libro del Génesis. En múltiples ocasiones vemos que el encuentro
de Dios con los suyos termina en un acto
cultual, lo que nos lleva a recordar que la liturgia es la celebración de
la fe. Sin duda, el creyente “siente”
y “conoce” la necesidad de estar con Dios
en medio de cada celebración, particularmente en aquella que revive el
sacrificio cruento del Calvario de manera incruenta como es la Santa Misa.
En consecuencia, la merma evidente en la asistencia y el
debilitamiento de la práctica del precepto
bíblico-eclesial de ir a la Santa
Misa todos los domingos y fiestas de guardar, responde a la fractura en la vida
de fe, toda vez que quien no descubre la necesidad de Dios en su vida,
ni concede la primacía en sus determinaciones más fundamentales, difícilmente acudirá
a agradecer a alabar, a implorar e interceder ante al Señor.
Encontramos una “obediencia cultual” en Abraham y su hijo Isaac que denota una disponibilidad,
espíritu de sacrificio y oración perseverante. Son estas las actitudes
que debemos procurar tener al momento de participar en nuestra Santa Misa.
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CUARESMA: UNIDOS A LA CRUZ DEL SEÑOR |
I).
Disponibilidad: El tiempo en nuestro culto sagrado “dura lo que dura”…y el consabido refrán
hispano se aplica muchas veces: “La misa empieza cuando llega el cura”.
Mas, el corazón nuestro entrega como cronometrado
el tiempo dedicado a la sagrada liturgia, puesto que, aducimos por mala costumbre y mala
formación, que éste no puede durar
demasiado, y debe ser lo más breve posible, lo que encierra el hecho que Dios
no moleste mucho.
Prueba de ello es que si
vamos al estadio invertimos una hora y media de partido, quince minutos de entretiempo,
media hora en ir y media hora en volver. Proporcionalmente hablando dedicamos al
futbol tres minutos por lo menos…y a Dios sólo un minuto; la fiesta de
matrimonio: prepararse, coctel, cenar,
bailar y traslado…hasta doce
horas. Vale decir: a Dios un minuto y al matrimonio doce minutos.
Sin duda, la
disponibilidad nace de sabernos necesitados de Dios, de asumir que nada podemos
alcanzar sin su auxilio. No basta
con la sola asistencia a la Iglesia, es fundamental el modo cómo participamos:
Todo lo nuestro al servicio de Dios, tiempo, bienes, proyectos, méritos,
limitaciones. ! Nada de mezquindades con el Señor! ¿Acaso Él regatea sus bendiciones hacia
nosotros?
II).
Generosidad: Resulta curioso constatar que cuando se trata de las cosas de Dios todo
parece tener un valor distinto. Lo
verifícanos con algunas malas prácticas del comercio local por el modo cómo se
cobra cuando se trata a un vecino (porteño) o a un turista, constatando –por ejemplo- que un mismo servicio de taxi, de comida o de artesanía
adquiere un valor distinto…se le cobra más
al extranjero que al local. Con Dios nos sucede algo similar. Interiormente
solemos pensar que: “Él tiene todo”, “Él
me termina perdonando”, “Él es siempre comprensivo”, Entonces, ¿para qué darle algo más
nosotros? Hasta el aporte voluntario en una
colecta que se nos pide en la Santa Misa es distinto…Nos colocamos monedas para
ir al culto sagrado…pero si vamos al estadio, a un pub, o a un paseo ahí sí llevamos
tarjeta. ¡Chauchas para el Señor!
El Patriarca Abrahán fue generoso
con lo que más preciaba como era su hijo varón, su primogénito. Lo había anhelado tanto, lo esperó casi con desesperación y ahora, ¿Dios
le pide que lo sacrifique? Él no se
opone, se dispone a hacerlo en virtud que es el Señor quien se lo pide. Su
corazón lo coloca en lo que ofrece a Dios…ahí está su generosidad. La
medida del amor generoso es Dios mismo que ama sin medida.
a).
Hay más alegría en dar que en recibir: Esto lo experimentamos a
lo largo de la vida, cuando vamos comprendiendo que la alegría se nutre con
la caridad cristiana, es decir, va
más allá de las risas y los chistes, que alegran un segundo, sino que cuando
se es generoso se “corre la cerca” de
lo que uno tiene como propio para hacer cercano a Cristo con quien más lo
necesita, y esto sí que alegra de verdad el corazón (San
Marcos XII, 38-44).
b).
El valor de la generosidad está en cómo se entrega:
Cuando recibimos un regalo parece tener un valor distinto cuando viene envuelto
en un papel de regalo, más aún, si éste
es “personalizado”, porque vemos en
ese solo gesto una dedicación y una preocupación. En el caso, de la virtud
de la generosidad el acto de dar, sumado
al cómo se hace, le confiere una grandeza ante los ojos de Dios por lo que la
generosidad constituye un destello de la caridad (San
Mateo VI, 3).
c).
Ser generoso con lo que valoramos: A los ojos de Dios, todo
lo creado tiene relevancia, de modo especial,
el alma nuestra que salida de sus manos, a sus manos está llamada a
retornar. Por esto, en lo que se refiere al cuidado del alma, y al hecho de promover la santidad
de vida, es el primer
paso que –ineludiblemente- hemos de dar como creyentes.
Generosidad y santidad
van de la mano, por lo que todo acto de caridad e
iniciativa pastoral debe estar de la mano
con la búsqueda de la perfección. No es generoso el que no busca la
santidad del prójimo, especialmente de los no creyentes que están llamados a
serlo.
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VAMOS DE LA PASIÓN A LA RESURRECCIÓN |
III).
Espíritu de sacrificio: Sin duda, toda la Santa Cuaresma
nos prepara para vivir como protagonistas, en
primera persona, como actores, del misterio de la pasión, muerte y
resurrección del Señor. No podemos permanecer en este tiempo a la vera del
camino, como contemplando admirados lo que “otros” viven, lo que “otros” hacen.
Por el contrario, a Cristo que viene a nosotros hemos de acompañarle en
estos cuarenta días ayudándole a llevar la cruz, a acompañarle con la plegaria
y las penitencias que conlleva la vida diaria como las que voluntariamente le
ofrezcamos.
Teniendo cada día viernes
de Cuaresma la posibilidad de meditar el Santo Vía Crucis, podemos no sólo recordar
lo que aconteció aquel día sino que también revivir como protagonistas
ofreciendo nuestra penitencia en reparación por las ofensas cometidas por cada
uno y por todo el orbe católico, teniendo presente que las que más ofenden el
Corazón de Cristo son las de quienes le han sido consagrados ministerial y
bautismalmente.
¡Estos días de Cuaresma
son días de reparación! Es un período que mucho bien hace a nuestra alma y un
tiempo al que con razón mucho ha de temer el demonio. Quien reza, quien hace
penitencia y quien vive la caridad fraterna hace temblar al demonio. ¡Que Viva Cristo rey!
jueves, 22 de febrero de 2018
IMITAR A LA TRINIDAD EN LA TIERRA EN EL SANTO MATRIMONIO
HOMILÍA MATRIMONIO IGLESIAS MOHR & BÓRQUEZ
RABE
/ FEBRERO 2018
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SACERDOTE JAIME HERRERA GONZÁLEZ |
Una
vocación dada por Dios.
Con inmensa alegría nos
reunimos en este lugar dedicado al Santo Cristo. Una de las características
del templo que nos acoge es que tiene una hermosa imagen de la Sagrada Familia
de Nazaret, la cual encierra un antiguo signo que representa a la Santísima
Trinidad, lo cual nos hace preguntarnos qué relación hay entre José, María
y Jesús con el misterio fundante de nuestra fe católica.
Por cierto, toda analogía
en nuestro lenguaje es limitada. Toda comparación queda estrecha cuando se
trata del ser íntimo de Dios mismo, mas –a pesar de toda consideración- en el medievo
un teólogo designó a la Sagrada Familia como la “Trinidad en la tierra”, pues es tan sublime su misión, tan grande
su amor, tan divina su cercanía que sólo es equiparable a la que existe desde
toda la eternidad entre Dios Padre Hijo y Espíritu Santo.
Sin duda, aquella
familia es el ícono de Dios que es amor, por ello, cada nueva familia encuentra en la Trinidad
Santa su origen, su camino y su destino permanente, lo cual hace que cada
hombre y mujer, que unen sus vidas en
santo matrimonio, apoyados en la mano de la Divina Providencia, puedan seguir
la aventura de una vida juntos con la seguridad que contarán con la gracia en el
futuro.
Ambos se conocieron hace
unos años…y descubrieron que había una afinidad en muchos aspectos, hasta el
punto de decidir llegar a este lugar y a esta celebración. Pero, en este discernimiento no han estado solos ni
responde a un acto autónomo, porque han consultado a Dios respecto de la
decisión, toda vez que no solo Él los creó de la nada sino que les confirió la
vocación sublime al santo matrimonio.
Entonces, como novios que
son –hasta ahora- saben que están cumpliendo un designio, que involucra al Señor
mismo, presente en la vida esponsal como su gestor principal.
En efecto, esta
celebración litúrgica encierra la grandeza que vuestra opción es elevada a
realidad sacramental por lo que siendo ambos los que se donan y reciben
mutuamente, cuentan –a partir de hoy- con la bendición de Dios que hace
posible vivir en plenitud los fines y
propiedades del santo matrimonio a la
luz de la fe.
Vocación
a la santidad de vida.
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PUERTO CLARO DE VALPARAÍSO CHILE |
Bautizados tempranamente,
ambos han ido conociendo más perfectamente a Cristo. Hace unos veinte años,
como Capellán del Saint Peter’s School de nuestra ciudad, tuve la oportunidad de confesar por primera
vez y dar la sagrada comunión al novio, quien con alegría y fe acudió a Cristo,
el Pan de Vida Eterna.
El Nuevo Testamento no
ahorra detalles para invitar a los novios amantes a abrir el proyecto de vida a
Jesucristo quien, explica y da sentido a todo el misterio de la vida humana
desde su condición de perfecto Dios y hombre a la vez. Todo lo que con
propiedad responde a la naturaleza humana tiene que ver con Aquel de cuyas
manos un día ha salido y está llamado un día en sus manos retornar.
La llamada que han
recibido está litúrgicamente manifestada por el hecho que han ingresado
separadamente, mostrando con ello que hasta ahora han sido individualmente
benditos por el Señor, mas concluida la celebración, saldrán juntos, con un
mismo paso, un mismo sentir, una misma fe y un mismo gozo, porque al instante
del mutuo consentimiento las almas serán fundidas por la bendición de Dios,
según enseñó Nuestro Señor al momento de ser consultado sobre la
indisolubilidad del vínculo matrimonial: “Ya
no son dos sino que son uno solo”.
El matrimonio no es
vínculo de dos individualidades, sino la unidad de dos almas por lo que a
partir de hoy subsiste un proyecto de vida que incluye para siempre el “nosotros” y “lo nuestro”.
Ciertamente en una
sociedad donde el “yo” es endiosado,
el carácter de pertenencia parece estar encerrado en las cuatro paredes de
nuestra sola existencia, por lo que el individualismo conlleva a imponer los
criterios, los gustos, y las opciones personales sobre el resto.
En cambio, el santo matrimonio
tiende a compartir, a complementar, a entregar…a salir del mundo encerrado del “yoisismo” y del “miismo” –perdonando la expresión- para asumir con el Evangelio en
la mano que el camino para alcanzar la mutua bienaventuranza pasa por hacer
feliz, por encontrar a quien el Señor ha puesto en este caminar, como huella
legible de la voluntad de Dios.
Cada esposo ha de ser -a
partir de hoy- un verdadero intérprete
del amor de Dios, lo cual sólo es posible a la luz de la fe. Por esto recurren
a los pies del altar, implorando por la unidad indisoluble de este santo matrimonio.
Vocación
a servir mutuamente.
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CURA JAIME HERRERA |
Para nadie es novedad que
lo que ambos hacen hoy forma parte de una minoría. De cada tres parejas
que viven juntas, sólo una de ellas llega a los altares. Por esto, como
creyentes saben que no es un acto audaz ni meramente un formulismo social lo
que estamos realizando sino que responde
a la convicción de creyentes, que
compartiendo un sincero amor a Dios, imploran su bendición para hacer de la
vida venidera un acto de servicio en vistas a imitar a Jesucristo quien nos enseña
que: “Nadie tiene amor más grande, que el
que da la vida por los suyos”.
¿Qué implica dar la vida?
Eventualmente, no es hacerlo por el camino
del martirio, sino por medio de la entrega permanente, aquella que no sobresale
ni es destacada, sino que se desarrolla en la vida de cada día, que pasa como
desapercibida a los ojos del mundo, que “despacito”
como la canción que bailarán mas tarde, no delata grandeza porque lo ofrece silente y eficazmente a Dios que todo lo ve y todo lo
conoce.
Una antigua plegaria,
sacada de textos de santos, señala “Cristo
no tiene manos…no tiene pies…no tiene voz…no tiene ojos…no tiene oídos…porque
ha querido tener los tuyas”. Es una hermosa meditación que se puede aplicar
a la vida que, los novios…esposos en
unos instantes, vivirán para siempre.
“Cristo
no tiene manos”: Dice un antiguo refrán: “Una mano lava la otra”, para explicar
la necesidad que tenemos unos de otros, y nadie parece ser tan insustituible o
necesario. Pues bien, el matrimonio es de dos…no es lo mío, lo tuyo, y lo de ellos, lo que importa –ahora-
es lo nuestro, para lo cual, vuestras manos tan expresivas para entregar muestras
de amistad, de fuerza, y de seguridad no olvidaran que ambos están llamados a
ser uno para el otro una “caricia de Dios”.
“Cristo
no tiene pies”: Una antiguo verso de Antonio Machado
recuerda: “Caminante no hay camino se
hace camino al andar”. Los pies les llevan a recorrer muchos lugares, les permiten
trasladarse, percibiendo con ello que no
pueden quedarse instalados en la vida, como pensando ya todo lo hemos hecho, ya
todo lo hemos conocido. Cristo quiere llegar a muchas personas con vuestro
caminar juntos hacia la santidad, por lo que el solo hecho de permanecer unidos
constituye en sí un eficaz apostolado. El mejor apóstol de un matrimonio es
otro matrimonio que se esfuerza por permanecer fieles sobre las dificultades.
“Cristo
no tiene voz”: Aprendan a comunicarse todo lo que sienten,
aquello que les agrada y les molesta, pues Cristo quiere hablar por medio
vuestro no sólo a los que están a vuestro alrededor como verdaderos apóstoles
sino para incentivar las buenas acciones, encender los mejores propósitos y enmendar los eventuales
errores y pequeñeces. La corrección
fraterna entre los esposos es tan necesaria como lo es en la vida al interior de
los conventos, a fin de cuentas, ambos están igualmente consagrados y son primeramente pertenencia de Dios.
A este respecto no olviden
preguntar, no actuar pensando por el otro, sino que el debido respeto se
mostrará en la consideración oportuna y permanente que se tengan. El actual
Sumo Pontífice aconsejando a los novios les decía hace unos años que
preguntaran “¿puedo?” con el fin de
no imponerse sobre el ser amado.
“Cristo
no tiene ojos”: Procurarán estar atentos a las
necesidades y gustos, esforzándose por anticiparse en consentir hasta en los
más, insignificantes detalles, ¡No los
hay entre amantes! pues “la caridad es
atenta”, y por lo tanto, no sólo
espera verse requerida o interpelada sino que es diligente y hasta audaz en servir.
Un conocido autor escribía: “El amor no
consiste en mirar al otro, sino en mirar juntos lo mismo” (“Tierra
de Hombres”, Antoine de Saint-Exupéri, 1939).
“Cristo
no tiene oídos”: En una sociedad “ruidosa”, más
facilitadora al hablar que al escuchar, se suele olvidar lo que la misma naturaleza indica:
dos oídos para escuchar… una boca para hablar. Entonces, la sana complicidad
exige que ambos conversen con frecuencia de lo divino y de lo humano, no
cayendo en la superficialidad de la novedad,
sino abriendo la mirada y las palabras hacia la vida presente desde la
perspectiva de la Bienaventuranza eterna a la cual están llamados.
Imploremos a la Sagrada
familia de Nazaret por vuestra mutua fidelidad y felicidad para siempre. ¡Que Viva Cristo Rey!
jueves, 15 de febrero de 2018
EL RUIDO Y ACTIVISMO MATAN LA VIDA ESPIRITUAL
HOMILÍA MISA MIÉRCOLES DE CENIZAS AÑO 2018 / CICLO B
Un
nuevo tiempo en nuestra liturgia.
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Padre Jaime Herrera González |
Al ingresar hoy a nuestro
templo parroquial -de inmediato- hemos percibido
algunos cambios: El color morado es visible en los ornamentos del sacerdote,
del ambón donde se proclama la palabra, del cubre-cáliz sobre la credencia, y
en los altares laterales. Además, no se colocarán flores sobre el altar durante
casi seis semanas, y el canto del Gloria
y del Aleluya se suprimen hasta la vigilia pascual.
Todo esto surge porque como
miembros de la Iglesia iniciamos un tiempo litúrgico muy especial, que nos
preparará durante cuarenta días a la
celebración del misterio central de nuestra fe: por medio de la Pasión vamos a
la resurrección.
Nuestro Señor Jesús
inició su ministerio público entrando al desierto. Aquel era un lugar
evocador para el pueblo israelita de la peregrinación que tuvieron que recorrer en
medio de: fidelidades, incertidumbres, certezas, pecados y abandonos. Por la mañana
confiados en el poder providente del Señor que hacia llover el ansiado “pan del cielo” (maná) se llenaban de
esperanzas y gratitudes; mas, por la
tarde, al caer el día, surgían reclamaciones, murmuraciones, “copuchas” y “pelambres”…eran como bipolares espirituales…
Precisamente, allí donde
el pueblo de Dios fue tentado durante
cuarenta años, allí está ahora el Señor, para indicarnos el camino y los
medios necesarios para vencer toda tentación, tal como lo hizo él ante la
triple incursión del Maligno venciéndolo por la fuerza del Dios de la Palabra.
Tres veces fue tentado, tres veces Jesús citó la Sagrada Escritura; tres veces padeció, tres veces recurrió al
nombre de su Padre; tres veces fue golpeado por la debilidad, tres veces acudió
a la fuerza de la plegaria para salir victorioso. Pero la audacia del hombre
orgulloso no parece tener límites, y renegando de lo que Cristo hizo y de lo
que Cristo nos enseñó.
Ese es el camino que el
Señor nos invita a recorrer y que necesitamos para purificarnos en nuestra
subida a Jerusalén. ¡Vamos para allá! Pero el camino pasa por la huella de la penitencia, de la reparación
y de la oración incesante.
Necesidad
de ser perdonados.
Aquí tomamos conciencia
del valor del perdón de Dios que sobrepasa nuestro pecado. No nos engañemos: No
fue (sólo) Pilato, ni Caifás, ni los gritos del pueblo
judío los que provocaron el misterio del
Calvario… Nuestros pecados son los que hicieron subir a Cristo a la Cruz,
si bien se entrega por todos, es necesario que todos asumamos esta realidad en primera persona, tal como enseña el Apóstol
San Pablo: “Jesús murió y se entregó por mi…a
causa de mis pecados”.
Cuando en nuestra mano con
el dedo acusador recriminamos a otro su pecado, olvidamos que hay tres dedos
que se vuelven a nosotros: Por eso tres veces la liturgia repite en el acto
penitencial: “Señor ten piedad” y “Cristo ten piedad”; luego, tres veces invocamos “Cordero de Dios que quitas el pecado del mundo”, y tres veces
antes de comulgar recordamos las palabras del oficial creyente: “Señor no soy digno”…
Esta Cuaresma nos invita
a asumir nuestra culpa: ¡Nosotros crucificamos a Jesús con nuestros pecados e
infidelidades!. Esa es la gravedad que para Dios Padre tiene nuestro pecado. Si
Él lo tomó muy en serio ¿Por qué seremos tan superficiales nosotros en esta materia?
Una y otra vez, cuantas
veces sea necesario diremos: “valemos el
precio de la sangre derramada por Jesús” (Hebreos IX,
11-15).
En la actualidad, al
interior del mundo católico, hay ciertas corrientes teológicas y movimientos de
Iglesia que tienden a licuar
indebidamente las consecuencias del pecado humano pensando que el hombre no tiene
capacidad de ofender a Dios. Se preguntan cómo una mísera
creatura, la nada misma en relación al universo entero, podrá llegar a “ofender” a su Creador? Subyace de
modo implícita la tentación de negar hasta la existencia misma del pecado original.
Con ello se anestesia la conciencia y se encallece
el alma, quedando como impermeabilizado al perdón del Cielo por la falseada
humildad de desconocer lo que Dios no se privó en crear. No nos cansemos en
desconocer cuál es la vocación que tenemos en este mundo. El hombre es un ser
con capacidad de Dios…Dei capax…”poco inferior a los ángeles”…”casi como dioses
fuisteis creados”.
En efecto, constituidos
como templos de Dios al ceder a la tentación nos transformamos, por el pecado
en aquellos “sepulcros blanqueados”
que nos habla la Santa Escritura. El pecado hiere a Dios y lo ofende, prueba
de ello es que permitió misteriosamente que su Hijo unigénito subiera al madero de la ignominia para transformarlo
en árbol de vida verdadera.
Una
liturgia para estar con Dios.
La Sagrada Liturgia como
celebración de nuestra fe es basilar en la vida del creyente. El acto de ir a la
Santa Misa, de comulgar, de confesarse, de confirmarse no tiene un carácter de adorno, puesto que son el encuentro con Jesucristo, cosa que en la Santa Misa se verifica
de manera real y sustancial. En la liturgia se juega nuestra amistad y
cercanía con Dios por eso tiene una importancia esencial, y la coloca como cima
y fuente de la viuda del cristiano y de cada comunidad en cuya participación se
realiza. Se es comunidad en virtud de la celebración de la liturgia, por lo
que por medio de ella, los vínculos de cercanía se ven posibilitados y
acrecentados.
En efecto, “la Iglesia hace Eucaristía, y la
Eucaristía hace Iglesia”.
Más, la ausencia permanente,
aunque no sea culposa ni consiente, termina destruyendo la vida comunitaria de la misma manera como la
nula participación en la vida familiar termina difuminando la vida al interior del hogar.
Por esto diremos que la
liturgia del hogar tiene sus ritos
propios. La familia conversa: El living o sala de estar, debe ser lugar
para compartir, y de ser posible estar alejados de aquellos medios que no
apunten a solidificar dicho encuentro. En tanto que aquellos medios de comunicación
que sí permitan interactuar son no sólo legítimos sino hasta necesarios, pero los que apunten a un diálogo personal (y
encriptado) cerrado como celulares y juegos individuales han de ser
pospuestos para otras instancias.
El lugar y el tiempo dado
para Dios son de Dios, por lo que no puede rivalizar con otros intereses y
urgencias en nuestra vida. De manera semejante, El tiempo
que damos a la familia es para la familia, y debe ser tenido como algo sagrado, que requiere del esfuerzo de todos, porque
todos tienen mucho que hacer, todos tienen amigos que atender, todos tienen deseos
de diversión y afectos que atender, pero el tiempo de la familia es único, y
debe ser custodiado como un bien precioso, como parte de una bendición recibida
del mismo Dios.
Si orgullosamente decimos
que hoy no necesitamos de nadie no podremos quejarnos mañana de no ser
considerados por los demás. Quien descarta ahora será
descartado después, y esto puede ocurrir al interior de la vida familiar, donde
el desinterés manifiesto de la vida actual, en la cual cada uno vive su metro cuadrado, es una verdadera
bomba de tiempo puesta en el centro
de la sociedad, como es la familia.
La actitud discriminadora se muestra con toda su crudeza especialmente
en razón de las edades que no se han cumplido o sí se han cumplido…por años menos y
años más se habla de mocoso o de viejo, revistiéndolo de un carácter de “inservible”. Así, se termina
desechando fácilmente a los niños y jóvenes por la falta de experiencia o a los
ancianos por su eventual exceso.
Desde una ideología
utilitarista, en ocasiones las personas en la familia se evalúan por lo que
sirven, en tanto que, desde un arraigado
materialismo, sólo se les considera por lo que poseen. Hay
afectos interesados que tienden a:
usar al prójimo, a abusar de ellos y luego a dejarlos abandonados.
Donde hay poder, autonomía
y dinero rara vez no se dan actitudes
abusivas. Muchas personas creen tener el mundo en sus manos por la sola
conexión a internet en un celular o a un computador. Es importante tener
presente que el uso indiscriminado del
celular en la vida familiar puede ocasionar un daño irreparable en el hogar a
causa de un espíritu de disipación.
¿Se imaginan una persona
que interrumpa a cada rato la conversación que tenemos con los padres, hijos y
abuelos al interior del hogar? Sin duda lo tendríamos como entrometido,
inoportuno, y desubicado. Eso es lo que pasa al permitir el uso de
celulares en la mesa familiar o en general, durante las conversaciones…o en una
sala de clases…o un templo. La
hiperconectividad merma la interioridad. No se puede tener una vida
espiritual…seria, creyente y creíble,
sin que existan momentos de intimidad con Dios y de “confianza
cómplice” con quienes son parte de nuestra vida familiar.
Debemos hacer una verdadera
ascesis de purificación interior en esta materia, porque el ruido y el activismo
están matando la vida espiritual y familiar, por lo tanto esta
Cuaresma, procuraremos vivir nuestro desierto personal junto a Jesús, creciendo
en oración, en espíritu de sacrificio y en la vivencia de la caridad fraterna.
Que la Virgen Refugio del pecador y Compañía del Penitente nos acompañe a lo largo de este caminar cuaresmal. ¡Que Viva Cristo Rey!
CRISTO ME DEJÓ PREOCUPADO…Y OCUPADO
MARTES /SEXTA SEMANA / TIEMPO ORDINARIO / 2018
Queridos hermanos:
Estamos celebrando nuestra Santa Misa correspondiente al día martes de la sexta
semana del tiempo común, en la cual hemos conocido el Evangelio de las
preguntas, pues, en los siete versículos que escuchamos se encierran siete
preguntas realizadas por Jesús.
Quien hace pregunta desea
algo de alguien. Hay interés. Se dice habitualmente que el hombre inteligente
es más dado a preguntar que a responder.
En la vida me ha tocado conocer a personas brillantes que suelen tener un tono algo
introvertido, silente y hasta misterioso. Y es que la búsqueda de la verdad
y su eventual encuentro necesariamente van de la mano con el acto de la contemplación.
La pregunta quiere una respuesta e invita a un cambio
de vida. Recuerdo el libro de un autor católico de los
ochenta “Cristo me dejo preocupado” (Padre
Zezinho). Me lo regalaron para la confirmación, solamente el
titulo ya constituía en sí una invitación para cualquier joven…si, aunque parezca tan lejano como increíble en
1980 era un joven quinceañero. Y aquel
libro tenía la fuerza de presentar diversos desafíos y múltiples inquietudes
que hacían pensar, cuestionarse,
respecto de muchas realidades y contingencias: ¿Qué he hecho?, ¿Qué haré?
…¿Cómo?… ¿Dónde?
La certeza de tales
cuestionamientos radicaba en que no podía seguir igual, en que la preocupación
debía desembocar necesariamente en una ocupación, el problema exigía solución. Y es lo que los apóstoles experimentaron este
día ante las reiteradas preguntas que hace Nuestro Señor, quien dice de si
mismo: “Yo soy el camino, la verdad y la
vida”, vinculando en las dos últimas palabras la verdad con el modo de
vivir, es decir, exhortando a una
integridad, a una complementariedad en la cual, lo que se vive vaya de la mano con lo que se
cree.
Cuando se distancia la
verdad de la vida, nuestra alma pasa a
deambular de un lugar a otro ante los simples estímulos de lo que no es capaz
de trascender ni satisfacer plenamente la capacidad de bien, de verdad y de
belleza que anida en el corazón hecho por Dios para lo grande, puesto que fuimos
“creados a su imagen y semejanza”.
Sin duda, al decir del Magisterio
Pontificio de los últimos setenta años, el mayor mal del mundo contemporáneo
es la escisión entre la fe y la vida, lo cual conlleva a un dualismo
ético, moral y hasta espiritual que nace de la actitud de separar lo que se
cree de lo que se vive, cosa tan absurda como pretender que nuestra alma camine
por una vereda paralela a la de nuestro cuerpo.
Al aventurarse a liberar
el alma de la verdad que es Cristo, se deja al desamparado el corazón humano,
ahora cautivo de ideologías, de
consignas, de volátiles mayorías, y endiosadas redes sociales, por lo que, si acaso no adecuamos oportuna y totalmente
nuestra vida a lo que profesamos, terminaremos cediendo a la tentación de
profesar lo que vivimos. Así, o se vive como se cree o se cree lo que se
vive, y éste es el camino al que conduce irremediablemente el abismo del
progresismo.
Evitando ser mendigos de
verdades y novedades que ofrece la Babel
moderna, los católicos, mas allá de épocas pretéritas o futuras, depositamos
la certeza de la respuesta a tantas preguntas en la persona Jesucristo, quien
en su condición de “Palabra definitiva
del Padre”, es verdaderamente para todo tiempo: “El camino, la verdad y la vida”…!El mismo ayer, hoy y siempre!
Es bueno, por tanto que
subsista en nuestros corazones, a lo largo de toda nuestra vida, la inquietud
por profundizar en las verdades de nuestra fe católica, la cual, sin falsos complejos ha de ser buscada, ha de
ser descubierta y ha de ser manifestada como el mayor bien que para nosotros y
los nuestros puede pasar a lo largo de la vida,
es decir, una fe que nos involucre y permee cada uno de nuestros actos,
palabras y acciones.
La reciente visita a
nuestra Patria del Romano Pontífice para muchos era ocasión de recibir
respuesta a tantas inquietudes que la prensa con avidez exacerbaba. Si hablaría
de compartir el mar con el país de altiplano, si diría algo sobre la violencia
en la novena región, si respondería a
las múltiples inquietudes de la región siguiente referente a sus desavenencias
comunitarias que amenazaban con extenderse a todo el país.
En fin, muchas respuestas se esperaban, más su
visita estuvo marcada por la pregunta, por el desafío, por invitar a salir del
ostracismo, del individualismo, de la ceguera de la humana pretensión de alzar
una vida en un mundo que se construye al margen de Dios, cosa que por un tiempo
puede hacerse…más, tempranamente se
desplomará sobre el hombre mismo y su falso modernismo.
La gracia de saber estar
en el mundo sin ser parte de lo mundano requiere de un grado de fidelidad a
los designios de Dios y a una creciente sintonía con sus mandamientos. La
soberbia del primer pecado cometido por Adán y Eva fue desobedecer a Dios
colocando su proyecto de vida, su manera de pensar su manera de vivir, sus
gustos sobre el amplio margen de la libertad que Dios les había ofrecido: “pueden comer de todos”…menos de uno.
Pero el Demonio los convenció de lo contrario tentándoles con una capciosa pregunta:
“¿Verdad que Dios les prohibió comer de todos los arboles del Paraíso?”
Hoy vemos la urgencia de
centrar la vida personal y social en torno a quien tiene el poder y la bondad
de abrogar la inventiva humana con el fin de aplicar en la vida cotidiana, cada
una de las bienaventuranzas conducentes a alcanzar una vida
propia de los hijos de Dios.
Aquella “levadura de los fariseos” y la “levadura de los herodianos” representaban la desconfianza en las
apariencias de unos y en los poderes de otros, toda vez que su autenticidad se
fundaba en el orgullo. Sus almas estaban infladas de una fuerza que les
impulsaba a colocarse sobre el prójimo y
a erigirse como falsos ídolos de unas verdades consensuadas.
Por eso Jesús llama la
atención a sus discípulos: “Tienen oídos
y no oyen, ojos y no ven”, cosa que nos puede pasar a cada uno si acaso
no centramos el corazón en aquello que no pasa de moda, en lo que no se oxida
ni corrompe como es el amor de Dios y el amor en Dios a los demás.
En este nuevo aniversario
de defunción de nuestra hermana Rosa Pacheco Gil de Riffo, renovamos nuestra fe
en el Dios de la promesa, que habló
de una vez para siempre en la persona de Jesucristo, y nos invita, por medio
de la Virgen María a colocar nuestra vida e intenciones en sus manos
providentes.
Que el cariño
desinteresado y el cuidado lleno de
delicadeza que cada uno recibió de nuestra recordada Laly, constituya una
permanente invitación a seguir su ejemplo de vida
en orden a fortalecer los lazos familiares y de sana amistad, en tiempos
apremiantes que urgen del Cielo tantas bendiciones.
En el Corazón de la
Virgen María, donde todos ocupamos un lugar y donde nadie sobra, nos
abandonamos con la esperanza cierta que por quien hoy imploramos, prontamente
interceda por cada uno en su presencia. ¡Que Viva Cristo Rey!
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