lunes, 5 de diciembre de 2016

DON DE FORTALEZA EN EL CORAZÓN DE LA VIRGEN MARÍA

 HOMILÍA MES DE MARÍA   /   COLEGIO MACKAY   /   AÑO 2016.

Y estamos en el día vigésimo tercero del Mes de María. Hoy descubrimos el don de fortaleza en el corazón de la Virgen. El don de fortaleza es una disposición habitual que el Espíritu Santo coloca, en el alma y en el cuerpo, para hacer y sufrir cosas extraordinarias, para enfrentar obras muy complejas y difíciles, y para asumir los más grandes peligros y las penurias más amargas.



Uno de los cuarenta y seis libros del Antiguo Testamento relata la vida de un hombre próspero, exitoso, que en cosa de horas pierde todo humanamente... Al meditar sobre lo que le había pasado Job  descubre que todo su padecer tiene un sentido cuya respuesta sólo puede provenir definitivamente de Dios mismo. Así, Job señala que “la vida de un hombre sobre la tierra es un combate” (Job VII, 1).  Avanzando en la Santa Biblia, el Apóstol San Pero dice: “Estad alertas y vigilantes, que vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda rondando y busca a quién devorar.  Resistidle fuertes en la fe, considerando que los mismos padecimientos soportan vuestros hermanos dispersos por el mundo” (1 San Pedro V, 8-9).Es un texto que nos recuerda la firmeza que debemos  tener los creyentes ante las múltiples fuerzas del mal: luchar contra sí mismo (la malicia y debilidad personal); una lucha contra el mundo, y una lucha contra el demonio.

Si vamos a enfrentar los embates de un león feroz no podemos hacerlo con una simple varilla, no podemos confiar en nuestras propias fuerzas –que sabemos son limitadas- sino que hay que buscar asistencia en Dios mismo…a tales males tales remedios, los dones del Espíritu Santo vienen a darnos lo que autónomamente no podemos obtener.

Jesús nos prometió su asistencia: “Yo estaré con vosotros hasta el fin del mundo”, concediéndonos, a su vez, la luz, guía y fuerza del Espíritu Santo, quien os concede el don de fortaleza para ser “heroicamente perseverantes” en la adversidad. Por eso, el Salmista dice: “Yo te amo, Señor, tú eres mi fortaleza, Señor, mi roca, mi alcázar, mi libertador; Dios mío, peña (roca) mía, refugio mío, escudo mío, mi fuerza salvadora, mi baluarte” (Salmo XVII, 2-3). “El Señor es mi fuerza y escudo; en Él confía mi corazón. El Señor es fuerza para su pueblo, apoyo y salvación para su ungido” (Salmo XXVII, 7-8).
El don de fortaleza se hace más necesario a nuestra alma en la medida que nuestra sociedad está más paganizada y que –al interior de la Iglesia- crece con rapidez la mundialización: No podemos ser fieles a Jesucristo si acaso no somos fortalecidos por el Espíritu Santo, para lo cual aspiramos a vencer la tentación por el camino “cristiano” del martirio, de la cruz y de la muerte.

Sin duda, quien procura vivir bajo el influjo del don del Espíritu Santo (de fortaleza) puede soportar con serenidad y paciencia, sin vacilaciones ni alardes, en confianza y sencillez, con una facilidad sobrehumana las contrariedades de la vida presente.

Este don reviste nuestra alma de una fuerza  sobrehumana –porque viene de Dios- lo que nos permite actuar con valentía y sin temor, cobijando en todo momento un carácter sereno que caracteriza a quien vive del don de fortaleza.


El testimonio de los Santos es elocuente a la hora de evidenciar la fuerza dada por el Espíritu Santo que en momentos muy difíciles, de prueba extrema, sufrimientos casi habituales, han mantenido un testimonio heroico en: abnegación, fidelidad y caridad fraterna. Es impresionante la “fuerza de ánimo” que tienen los santos al momento de soportar la adversidad, llegando –incluso- a mantener la alegría (San Alberto Hurtado), el buen humor (Santo Tomás Moro) y la amabilidad (Santa Teresa de Calcuta).

El don de fortaleza es como una piedra preciosa, de gran valor, que luce mayormente al momento de ser colocado sobre el engaste de las virtudes que podemos procurar por medio de diversos caminos:

a). Crecer en devoción a la Santa Cruz: Como católicos nos sabemos identificados por el signo de la cruz, que por Jesús dejó de ser el patíbulo ignominioso para llegar a constituirse en el singo de la victoria y vida definitiva. Por esto, al momento de padecer podemos desde la fe, “completar lo que falta a la pasión de Cristo por su cuerpo, que es la Iglesia” (Colosenses 1, 24).

b). Aceptar las cruces cotidianas: La disponibilidad en manos del Señor debe ser una actitud permanente en nuestra vida de creyentes. La Virgen en todo momento se ofreció para hacer la voluntad de Dios, aunque momentáneamente le resultase incomprensible. “Dadme muerte, dadme vida, dad salud o enfermedad, honra o deshonra; dadme guerra o paz cumplida, flaqueza o fuerza a mi vida, que a todo diré que sí. ¿Qué queréis hacer de mí?” (Santa Tersa de Ávila, Poesías).

c). Ofrecer a Dios mortificaciones voluntarias: El aprender a desprenderse de uno mismo implica avanzar por el camino de la penitencia que nos permite liberarnos de las ataduras de múltiples esclavitudes. La penitencia o mortificación debe apuntar a una liberación interior y exterior, de alma y cuerpo.

d). No ser “quejumbrosos”: Decía San Juan María Vianney, el Patrono de los Párrocos que “un buen católico no se queja jamás”. Según esto, hemos de vivir ofreciendo al Señor todo lo que nos pasa, y cuando algo nos sea desagradable procurar en silencio dejarlo en sus manos providentes.

e). Obedecer por fidelidad: A lo largo de nuestra vida, hay momentos que lo que no haríamos por iniciativa propia, podemos hacerlo por obediencia cuando son mandadas. Así lo enseña Teresa de Ávila a una religiosa: “Hija, la obediencia da fuerzas” (Fundaciones, prólogo 2).
Imploremos el don de fortaleza, para que por intercesión de la Virgen María – Esposa del Espíritu Santo- nos obtenga del Cielo el enfrentar la adversidad con el escudo de la fe. ¡Que Viva Cristo Rey!

     



EL DON DE CIENCIA EN EL CORAZÓN DE LA VIRGEN MARÍA”

 HOMILÍA MES DE MARÍA  / COLEGIO MACKAY / 02 / 12 / 2016.

Continuando con nuestro itinerario del Mes consagrado a honrar a la Virgen María, hoy nos detenemos en el don de ciencia presente en el corazón de nuestra Madre Santísima. Si pensamos en un hombre de ciencia lo situamos de inmediato en nuestra imaginación en un laboratorio, lleno de números, y libros en abundancia, por ello,  solemos definir la ciencia como el conjunto de conocimientos que emanan de un razonamiento. En cualquier caso lo consideramos la ciencia como algo adquirido, más el don de ciencia no es producto de un acto de razonamiento, ni emana de una comprobación empírica. Es un conocimiento exacto infundido por el Espíritu Santo en nuestra alma relacionado a Dios: en sus misterios y en su obra de la creación.


¿De qué manera vivía nuestra Madre los dones del Espíritu Santo?

a). Siendo fieles a la fe recibida: Por medio de este don del Espíritu Santo la Virgen María veía con claridad y naturalidad lo que se refería a Dios, los designios trazados por El no eran algo por descubrir luego de largas disquisiciones, sino que su inteligencia  (razón) lo  presentaba como algo evidente, cierto, exacto, por lo tanto amable de ser aceptado.  Con ello vivía virtuosamente optando por lo mejor, lo más oportuno, lo más urgente, lo más necesario en todo momento, lo que por una parte agradaba a Dios, y por otra, le permitía vivir en paz.

b). Conociendo el estado del alma: Muchas personas actualmente viven leyendo teorías del autoconocimiento… El que mejor nos conoce es Dios, quien al infundir el don de ciencia permite al alma del creyente saber en qué estado se encuentra en relación a la amistad con Dios. La ciencia nos hace descubrir las diversas motivaciones, intenciones más hondas en nuestra alma, por lo que se descubre lo que hay de mérito y de malicia, de virtud y de pecado, de grandezas y miserias.  El don de ciencia es como un espejo en el cual se refleja nuestra alma y que nos hace conocer su actual estado. Cuando la Virgen dice: “Se alegra mi alma (espíritu)  porque el Señor miró la bajeza de su sierva”, está reconociendo el conocimiento que viene de Dios respecto de su alma: porque,  se sabe conocida, ella reconoce las grandezas hechas por Dios por medio suyo.

c)- Percibiendo la importancia de nuestro entorno: En efecto, muchas cosas y situaciones conocemos y vivimos diariamente, las cuales no nos permiten -en ocasiones- saber cuál es necesaria, cuál nos hace bien, en relación a la bienaventuranza eterna. Así se lo dijo Nuestro Señor a las hermanas Marta y María de Betania; “Una cosa es necesaria y ella escogió la mejor parte”, es decir,  la de escuchar a Jesucristo, de la estar con Él. Que nos importe lo que importa. Nuestra Madre “guardaba todo en su corazón” (San Lucas II, 19) lo que le permitió estar focalizada en aquello que era realmente importante y trascendente.

d). Fineza del trato con el prójimo: Una de las características que entraña la vivencia del don de ciencia es que mejora la relación con el prójimo, permitiendo “limar” los eventuales desencuentros, colocando un mayor grado de paciencia y generosidad, predisponiendo el alma para buscar el bien mayor que es la santidad personal y el reinado de Cristo en la sociedad.  La Virgen en todo momento hizo de su vida una búsqueda y vivencia del cumplimiento de la voluntad de Dios, por esto lo comunico en cada palabra, en cada gesto, en cada actitud hacia todos los que estuvieron ella: La entereza en la búsqueda de seguridad para los suyos en tierra extranjera (San Mateo II, 12-15),  el remedio oportuno para la necesidad de unos jóvenes novios (San Juan II, 1-11); la compañía a su hijo en medio de la predicación (San Mateo XII, 46-50), la vivencia de la fe hecha apostolado de pie junto al Calvario (San Juan XIX, 25); la recepción de cada creyente como hijo suyo (San Juan XIX, 26);  la oración junto a los discípulos. En cada uno de estos episodios se manifestó la finura de su alma en el trato con los demás quienes vieron en Ella, como lo ha hecho la Iglesia durante dos milenios, el camino eficaz para ir hacia Jesús.
Don de Ciencia


Mientras que los conocimientos humanos suelen envanecer al creyente, solo el Espíritu Santo de la ciencia es capaz de vivificarnos. Para descubrir la riqueza de este don detengamos un momento en recordar las enseñanzas de Magisterio Pontifico cobre el do  de ciencia:

1.      San Juan Pablo II: “El hombre, iluminado por el don de ciencia, descubre al mismo tiempo la infinita distancia que separa a las cosas del Creador, su intrínseca limitación, la insidia que pueden constituir, cuando, al pecar, hace de ellas mal uso. Es un descubrimiento que le lleva a advertir con pena su miseria y le empuja a volverse con mayor ímpetu y confianza a Aquel que es el único que puede apagar plenamente la necesidad de infinito que le acosa” (Domingo 23 de Abril de 1989).

2.      “Cuando nuestros ojos son iluminados por el Espíritu Santo, se abren a la contemplación de Dios, en la belleza de la naturaleza y en la grandiosidad del cosmos, y nos llevan a descubrir cómo cada cosa nos habla de Él, cada cosa nos habla de su amor. ¡Todo esto suscita en nosotros gran estupor y un profundo sentido de gratitud! El don de la ciencia nos pone en profunda sintonía con la Creación y nos hace partícipes de la limpieza de su mirada y de su juicio. Y es en esta perspectiva que logramos captar en el hombre y en la mujeres culmen de la creación, como cumplimiento de un designio de amor que está impreso en cada uno de nosotros y que nos hace reconocernos como hermanos y hermanas” ((Miércoles 21 de Mayo del 2014)



PADRE JAIME HERRERA GONZÁLEZ / CURA PÁRROCO DE PUERTO CLARO / VALPARAÍSO / CHILE.


   

miércoles, 30 de noviembre de 2016

EL DON DE CONSEJO EN EL CORAZÓN DE LA VIRGEN MARÍA

HOMILÍA MES DE MARÍA    /   COLEGIO MACKAY   /   AÑO 2016.

Estamos celebrando nuestra Misa correspondiente al día vigésimo primero del Mes de María. Esta semana meditamos sobre los dones del Espíritu Santo en el corazón de nuestra Mare del Cielo. El tercer don es de consejo, el cual,  es una luz por medio de la cual el Espíritu de Dios muestra lo que se debe hacer en el hogar y en las vida presente, juzgando rectamente –en los casos particulares- lo que conviene hacer en orden al fin último sobrenatural. Siempre el don de consejo tendrá como objetivo que Dios sea: buscado, encontrado y amado sobre todas las cosas.


No es por tanto la capacidad humana de aconsejar al prójimo, sino que es el Don del cielo por el cual somos aconsejados (guiados) por el Espíritu Santo.

La carencia de este don en nuestra vida implica actuar con precipitación, obrando con demasiada prontitud y sin la debida consideración de las diversas realidades, cosas y circunstancias, sino que siguiendo exclusivamente el espíritu de un malsano activismo. Sin duda, lo anterior sirve de antesala para el surgimiento de conductas contrarias a lo que Dios quiere, como por ejemplo: la necedad, la terquedad, la grosería, y la ignorancia. Si actuamos inconsultamente al Espíritu Santo seremos como las aves que revolotean en círculos sin saber de dónde vienen, por dónde van, y hacia dónde deben llegar. El alma sin el don de consejo es un “tiro al aire”, un “tiro al vacío”.

Muchos vicios pueden encontrar raíz en la falta del don de consejo, pues,  las pasiones como acontece con la fuerza de un río turbulento hace actuar de manera impulsiva e impetuosa, lo cual,  termina llenando el corazón nuestro de: Intranquilidad, amargura e impaciencia temeraria.

Una vez recibido el don del consejo actuamos sin la premura ciega, la cual nos hace confiar en demasía en uno mismo –por orgullo y soberbia- olvidando la voz interior del Espíritu de Dios. Mas, de la misma manera el no recibir el don de consejo hace que uno sea lento en tomar resoluciones y decisiones oportunas. La sensatez no es tozudez, tampoco, es lentitud.

Don del Santo Consejo
¿Cómo vivir el don de consejo en nuestros días?
a). Por medio de la práctica de las obras de misericordia: La bienaventuranza prometida por Jesús al comienzo de su ministerio publico dice: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia”. Enseña San Agustín de Hipona que “Dios no deja de ayudar con su gracia y dones a los que con su desprendimiento asisten al prójimo en cada una de sus necesidades”. El don de consejo apunta especialmente a los frutos de la bondad y la benignidad, por esto, tal como la Virgen permanece atenta a todas nuestras necesidades,  hemos de implorar recibir el don de consejo en nuestra confirmación.

b). En la devoción al Sagrado Corazón de Jesús: Una vez que el Espíritu Santo vive en nuestra alma, y una vez que recibimos el sacramento de la confirmación, con sus siete dones sagrados, el don de consejo comienza a sensibilizarnos a su voz y a orientar nuestros pensamientos, nuestros sentimientos, nuestras intenciones y acciones según el Corazón de Cristo quien nos dice,  cada Primer Viernes de Mes: ¡Aprended de Mi! Sin duda, que es la devoción más segura según enseña el Magisterio Pontificio, toda vez que nace del centro del Evangelio mismo. Si Cristo es la buena noticia al mundo, entonces, su Sagrado Corazón es el que la hace amable, a la vez que,  constituye el Modelo de cada una de nuestras acciones y relaciones con Dios y su obra.

c). En los pequeños detalles de la vida diaria: El don de consejo nos inspira los medios adecuados (qué hacer)  y oportunos (cuándo hacerlo), para realizar –ordenadamente- el bien a los demás. Por esto, si realmente tenemos el deseo de servir al prójimo lo primero es prepararnos convenientemente para el sacramento de la confirmación. En efecto, si queremos dar consejos a los demás, nadie lo hace mejor que aquel que lleva en su alma el don de consejo, que opera “aconsejándonos para aconsejar”. Aún más, nos enseña Santo Tomas de Aquino que: “todo buen consejo acerca de la salvación de los hombres viene del Espíritu Santo” (Sobre el Padrenuestro).

Por medio del don de consejo vamos dejando de lado nuestra “lógica personal” (caminos propios y autonomías de rebeldías revolucionarias) , nuestros deseos más terrenales…tan llenos de falta a la caridad, prejuicios y ambiciones, llegando a preguntarnos antes de actuar y decir cualquier cosa: Señor Jesús, ¿Cuál es tu deseo? ¿Qué deseas de mi ahora y en esto?

Así lo experimentó el salmista cuando escribió: “Bendigo al Señor que me ha dado consejo; también de noche mi alma me instruye. Yo tengo siempre ante mí al Señor, está a mi derecha, no vacilaré” (vv.7-8).

Con el paso de los años, tomamos conciencia que son muchas las oportunidades en que nos desviamos del camino trazado por el Señor para nosotros. El sinnúmero de pecados y pequeñeces es prueba de ello…! Hasta setenta veces diarias nos olvidamos del Señor y su primacía! Y aun así, creemos tener la razón en todo. Mas, el Señor nos ha asegurado: “Yo te haré saber y te enseñaré el camino que debes seguir, seré tu consejero y estarán mis ojos sobre ti” (Salmo XXXII, 8).

El Espíritu Santo es el Consejero de nuestra alma, el amigo permanente que intercede por nosotros, y nos concede como un “instinto divino” para acertar el camino más seguro para obtener nuestra salvación y reconocer la Gloria de Dios.

Imploremos a la Virgen Santísima como Madre del Buen Consejo que nos señale el camino que debemos seguir, los peligros que hemos de evitar y los obstáculos que procuremos vencer. ¡Que Viva Cristo Rey!

LA SABIDURÍA EN EL CORAZÓN DE LA VIRGEN MARÍA

 HOMILÍA MES DE MARÍA  /  COLEGIO MACKAY  /  28/12/2016.

Iniciamos el día vigésimo de nuestro Mes dedicado a contemplar la obra del Espíritu Santo en el alma de la Virgen María. Esta semana recorremos los siete dones, el primero y principal de los cuales es el de Sabiduría. Por medio de este don nosotros podemos juzgar las realidades humanas según la medida de Dios.


Según esto, hemos de distinguir entre lo que habitualmente denominamos como “sabiduría humana” como conocimiento adquirido o profundizado sobre tal a cual realidad,  con el “don de sabiduría” el cual no es adquirido por la experiencia humana sino que es concedido (infundido)  de inmediato por el Espíritu Santo. Por esto, una persona sabia puede conocer mucho sobre Dios, citar de memoria la Santa Biblia y en ocasiones “corregirla y aumentarla” con diversidad de traducciones, más la sabiduría que es recibida como un don del Espíritu Santo hace realmente vivir de Dios y estar permanentemente familiarizado con Él.

El don de sabiduría no se adquiere sentado leyendo, ni teorizando la vida religiosa y espiritual, sino que consiste en observar todo con los ojos de Dios. Si colocamos un vidrio de color ante nuestros ojos todo lo veremos del color utilizado, entonces, toda la realidad observada toma un color determinado…de modo semejante con el don de sabiduría podemos descubrir la realidad desde la mirada de Dios. Se cuenta que San Francisco de Asís participaba del don de sabiduría pues cuando repetía el nombre de Dios o de Jesucristo percibía en su boca un sabor más agradable que el que le producía la miel silvestre.

San Bernardo de Claraval sostenía que “hay almas tan bondadosas que no encuentran sabor más que en el bien y no hacen ninguna cosa que no sea en vistas a realizar un bien”. Cuando no participamos del don de sabiduría caemos en la tentación de ver las cosas según nuestros “gustos  personales”, y según “las circunstancias de nuestro corazón” en ocasiones impregnados de odios, recelos, desconfianzas, mezquindades y envidias.

¿Cómo vivir en el don de sabiduría en este Mes bendito?

a). Con los ojos, oídos y corazón de Dios: Si miramos las realidades con la mirada de Dios, y juzgamos los acontecimientos según la medida divina, entonces,  nuestras: aspiraciones, anhelos, deseos, proyectos, realizaciones y actividades quedaran marcadas por el soplo del Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Qué distinto es el modo de actuar cuando se deja llevar por el don de sabiduría, toda vez que miramos la realidad con los ojos de Dios: vale decir,  nada escapa de sus designios,  por lo que no hay marginados de su amor misericordioso, en tanto que estamos permanentemente llamados a convertirnos e invitados a caminar en su presencia.

Para rodo creyente que vive en el don de sabiduría lo que mira a su alrededor es parte del proyecto que Dios tiene para su salvación. De manera semejante, percibir con los oídos de Dios implica escuchar las necesidades de quienes están a nuestro alrededor especialmente en vistas a conocer a Dios. No hay mayor silencio que no escuchar hablar de Dios ni querer hablar con Dios, por esto nuestros oídos en sintonía natural con el “oído de nuestro Dios” nos hará estar prestos a dar a conocer a Jesucristo a quien lo busca y necesita con urgencia.

Mas, lo que implicar escuchar y ver con la mirada y oído de Dios, requiere de sintonizar necesariamente con el corazón de Dios, del cual los evangelios nos refieren con gran insistencia: “aprended de mí que soy manso y humilde corazón”…”mirarán al que traspasaron”, todo lo cual, nos lleva a juzgar con el juicio de Dios que antecede su misericordia a la justicia.

b). Descubrir la huella de Dios en las realidades del mundo: Siendo participes del don de sabiduría el bautizado puede contemplar con cierta connaturalidad y simpatía la belleza de la creación. El Católico que vive del Espíritu Santo entiende que todo en él habla de Dios, por lo que su vida misma está llamada a ser un signo elocuente que ·descifre  la presencia y amor de Dios. Sabiamente escribió Santo Tomas de Aquino que “Aquel que conoce de manera absoluta la causa, que es Dios, se considera sabio en absoluto, por cuanto puede juzgar y ordenar todo por las reglas divinas. Pues bien, el hombre alcanza ese tipo de juicio por el Espíritu Santo” (Summa Teológica II-II, q.45, art.1)

Don de Sabiduría
c). Comunicar a Dios con nitidez: El don de sabiduría nos permite hacer apostolado con la claridad tal, que todos perciban cómo Dios actúa en nuestra vida, por medio de lo que pensamos, hacemos y decimos: “No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu Santo de vuestro Padre será el que hablará en vosotros” (San Mateo X, 18-20).

Si acaso en la tierra alguien gozó del hecho  de estar “llena del Espíritu de Dios”, fue la Virgen Santísima, por lo que tuvo en sus palabras la capacidad para acercar al Corazón de su hijo las almas más alejadas y necesitadas, en tanto que fue perseverante, supo elegir adecuadamente: palabras,  lugares, tiempos y silencios; supo privilegiar mirando la bondad de las cosas, las cuales descubrió como evidentes porque la acercaban al cumplimiento de la voluntad de Dios y a permanecer en su presencia en todo momento. Junto con la Virgen nuestra Madre, en este nuevo día del Mes de María, imploremos el don de sabiduría para poder comprender y amar a Dios como Él quiere ser conocido y amado por nosotros por medio de su Madre Santísima. ¡Que Viva Cristo Rey!


PADRE JAIME HERRERA  / PARROQUIA PUERTO CLARO / VALPARAÍSO / CHILE





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martes, 29 de noviembre de 2016

EL DON DE INTELIGENCIA EN EL CORAZÓN DE LA VIRGEN

  HOMILÍA MES DE MARÍA   /   COLEGIO MACKAY   /   AÑO 2016.

Hoy nos detenemos a meditar el segundo don del Espíritu Santo que es la “inteligencia”, el cual nos permite discernir la voluntad de Dios en las decisiones que tomamos en la vida diaria. Este don ilumina nuestra mente para entender lo que se refiere a la vida espiritual, de manera particular  para ser capaces de ver la mano de Dios actuando en medio nuestro. Así lo describe el Evangelio en el encuentro de los dos peregrino s de Emaús con Jesús resucitado en la tarde del día de la Resurrección: “Entonces, les abrió la mente para que entendieran las Escrituras” (San Lucas XXIV, 45).
En la vida cotidiana el don de inteligencia nos permite:

a). Descubrir la presencia de Cristo en su Iglesia: Evitando hacer una separación entre la Iglesia y Jesucristo. El Don de inteligencia nos lleva a decir ¡Si a Cristo, si a su Iglesia!, ajeno al espíritu desacralizado que suele confundir las debilidades de la persona producto del pecado original presentes en cada bautizado con la santidad especifica de la Iglesia, llamada a ser refugio de pecadores no de impecables (que no pueden pecar). Por el don de inteligencia podemos amar a la Iglesia como la Virgen María lo hace, buscando hacer que cada vez haya más bautizados con un apostolado pro activo, con la sintonía de los dogmas y verdades proclamados en el Credo Apostólico,  evitando todo descenso y corrupción de la sana doctrina perenne, viviendo las diversas obras de misericordia por medio de las cuales el mundo reconocerá, como al comienzo de la era cristiana, la verdad de Jesucristo y la Iglesia al decir: “!Mirad cómo se tratan (de bien)!”.

Don de Inteligencia

b) Encontrar a Dios en medio de la adversidad: Para muchas personas, incluso aquellas que gozan del don de la fe bautismal, las pruebas que Dios permite a lo largo de la vida, y el misterio del sufrimiento humano constituyen un obstáculo que en ocasiones resulta casi insalvable,  les hace olvidar que por medio del don de inteligencia,  se descubre que aquel que padece cualquier necesidad,  no es un hombre del que Dios se haya olvidado,  sino que es una persona en la cual Dios ha hablado, tal como lo hizo desde Jesucristo en la  cruz. El don de inteligencia viene a fortalecer nuestra fe en las crisis, en los momentos de angustia e incertidumbre. Si miramos el ejemplo de la Santísima Virgen descubrimos cómo era diligente para responder a los diversos desafíos que Dios le fue planteando, ante los cuales no vaciló en responder con la generosidad a la medida de Dios. Los Santos siempre han sido perseverantes en los momentos de dificultad, porque participaban del don de inteligencia que les permitía “entender” con rapidez lo que Dios les pedía.

 c). Fortalece la fe recibida: A lo largo de la vida nos encontramos con momentos en los cuales no comprendemos nada, por ejemplo,  ante un problema matemático o químico, y luego aprendemos unas formulas y todo se aclara, como la neblina cerrada de la mañana desaparece ante la irrupción del sol, algo similar acontece con el don de inteligencia en nuestra alma: allí donde hay vacilación, inquietud, desconocimiento, todo se descubre y entiende con nitidez. Entonces, el don de inteligencia un una luz que nos concede el Espíritu Santo por medio de la cual podemos “descubrir” las verdades más difíciles y los misterios más insondables relativos a la fe. Santo Tomas de Aquino enseña que este don “debe hacer concebir una idea verdadera y una justa estimación del fin último  de todo lo que con él se relaciona; ya que de otro modo no sería un don del Espíritu Santo”.

d). Ilumina especialmente al maestro que enseña: La misión de comunicar lo que uno sabe no está restringida exclusivamente al que hace de esa misión un trabajo, como el profesor que enseña en un colegio, sino que todo bautizado, debe dar a conocer a Jesucristo y su Iglesia por lo que debe profundizar en sus misterios, para lo cual se hace necesario recibir el don de inteligencia en vistas a lo que se dará a conocer. Así lo hizo nuestra Madre Santísima cuyo consejo de “hacer todo lo que Cristo nos diga” lo repite ahora a  cada uno de nosotros.
Mes de María 2016


El don de inteligencia no es una mayor capacidad intelectual, sino que es una gracia concedida por el Espíritu Santo que nos ayuda a entender las enseñanzas de Cristo, a “comprender” el pensamiento de nuestro Dios y a sintonizar con los designios de salvación a lo largo de nuestra vida: Desde Cristo la historia de hombre es historia de salvación.

En la Santa Biblia leemos diversos versículos donde se enuncia el don de inteligencia. Así, el Apóstol San Pablo, al hablar a los fieles de Corinto, describe los efectos de este don y cómo actúa en nuestra alma: “Lo que nadie vio ni oyó y  ni siquiera pudo pensar, aquello que Dios preparó para los que lo aman. Dios nos reveló todo esto por medio del Espíritu Santo”.

Al momento de prometer la asistencia del Espíritu Santo, nuestro Señor dijo a los apóstoles: “Yo les enviaré el Espíritu Santo y él les dará a entender todo lo que Yo les he enseñado”. La palabra “entendimiento”  (inteligencia) significa “intus legere”, que significa: “leer dentro”. Es decir, entender las realidades como Dios…“en un conocimiento íntimo” (Suma Teológica II-II, q.8, art.1).

Pidamos a la Virgen María que por medio del don de inteligencia podamos ver con fe viva la belleza e importancia de la verdad cristiana, de la cual nos sintamos –en todo momento- orgullosos de ser partícipes “del diseño de amor que Él tiene para nosotros” (Papa Francisco, Audiencia General, del 14 de Abril del 2014).

PADRE JAIME HERRERA GONZÁLEZ   /  PÁRROCO DE PUERTO CLARO   /    VALPARAÍSO   /   CHILE


        

lunes, 28 de noviembre de 2016

LA SABIDURÍA EN EL CORAZÓN DE LA VIRGEN MARÍA

  HOMILÍA MES DE MARÍA  /  COLEGIO MACKAY  /  28/12/2016.

Iniciamos el día vigésimo de nuestro Mes dedicado a contemplar la obra del Espíritu Santo en el alma de la Virgen María. Esta semana recorremos los siete dones, el primero y principal de los cuales es el de Sabiduría. Por medio de este don nosotros podemos juzgar las realidades humanas según la medida de Dios.

Según esto, hemos de distinguir entre lo que habitualmente denominamos como “sabiduría humana” como conocimiento adquirido o profundizado sobre tal a cual realidad,  con el “don de sabiduría” el cual no es adquirido por la experiencia humana sino que es concedido (infundido)  de inmediato por el Espíritu Santo. Por esto, una persona sabia puede conocer mucho sobre Dios, citar de memoria la Santa Biblia y en ocasiones “corregirla y aumentarla” con diversidad de traducciones, más la sabiduría que es recibida como un don del Espíritu Santo hace realmente vivir de Dios y estar permanentemente familiarizado con Él.


El don de sabiduría no se adquiere sentado leyendo, ni teorizando la vida religiosa y espiritual, sino que consiste en observar todo con los ojos de Dios. Si colocamos un vidrio de color ante nuestros ojos todo lo veremos del color utilizado, entonces, toda la realidad observada toma un color determinado…de modo semejante con el don de sabiduría podemos descubrir la realidad desde la mirada de Dios. Se cuenta que San Francisco de Asís participaba del don de sabiduría pues cuando repetía el nombre de Dios o de Jesucristo percibía en su boca un sabor más agradable que el que le producía la miel silvestre.

San Bernardo de Claraval sostenía que “hay almas tan bondadosas que no encuentran sabor más que en el bien y no hacen ninguna cosa que no sea en vistas a realizar un bien”. Cuando no participamos del don de sabiduría caemos en la tentación de ver las cosas según nuestros “gustos  personales”, y según “las circunstancias de nuestro corazón” en ocasiones impregnados de odios, recelos, desconfianzas, mezquindades y envidias.

¿Cómo vivir en el don de sabiduría en este Mes bendito?

a). Con los ojos, oídos y corazón de Dios: Si miramos las realidades con la mirada de Dios, y juzgamos los acontecimientos según la medida divina, entonces,  nuestras: aspiraciones, anhelos, deseos, proyectos, realizaciones y actividades quedaran marcadas por el soplo del Espíritu que hace nuevas todas las cosas. Qué distinto es el modo de actuar cuando se deja llevar por el don de sabiduría, toda vez que miramos la realidad con los ojos de Dios: vale decir,  nada escapa de sus designios,  por lo que no hay marginados de su amor misericordioso, en tanto que estamos permanentemente llamados a convertirnos e invitados a caminar en su presencia.

Para rodo creyente que vive en el don de sabiduría lo que mira a su alrededor es parte del proyecto que Dios tiene para su salvación. De manera semejante, percibir con los oídos de Dios implica escuchar las necesidades de quienes están a nuestro alrededor especialmente en vistas a conocer a Dios. No hay mayor silencio que no escuchar hablar de Dios ni querer hablar con Dios, por esto nuestros oídos en sintonía natural con el “oído de nuestro Dios” nos hará estar prestos a dar a conocer a Jesucristo a quien lo busca y necesita con urgencia.

Mas, lo que implicar escuchar y ver con la mirada y oído de Dios, requiere de sintonizar necesariamente con el corazón de Dios, del cual los evangelios nos refieren con gran insistencia: “aprended de mí que soy manso y humilde corazón”…”mirarán al que traspasaron”, todo lo cual, nos lleva a juzgar con el juicio de Dios que antecede su misericordia a la justicia.


b). Descubrir la huella de Dios en las realidades del mundo: Siendo participes del don de sabiduría el bautizado puede contemplar con cierta connaturalidad y simpatía la belleza de la creación. El Católico que vive del Espíritu Santo entiende que todo en él habla de Dios, por lo que su vida misma está llamada a ser un signo elocuente que ·descifre  la presencia y amor de Dios. Sabiamente escribió Santo Tomas de Aquino que “Aquel que conoce de manera absoluta la causa, que es Dios, se considera sabio en absoluto, por cuanto puede juzgar y ordenar todo por las reglas divinas. Pues bien, el hombre alcanza ese tipo de juicio por el Espíritu Santo” (Summa Teológica II-II, q.45, art.1)

c). Comunicar a Dios con nitidez: El don de sabiduría nos permite hacer apostolado con la claridad tal, que todos perciban cómo Dios actúa en nuestra vida, por medio de lo que pensamos, hacemos y decimos: “No os preocupéis de cómo o qué vais a hablar. Lo que tengáis que hablar se os comunicará en aquel momento. Porque no seréis vosotros los que habléis, sino que el Espíritu Santo de vuestro Padre será el que hablará en vosotros” (San Mateo X, 18-20).

Si acaso en la tierra alguien gozó del hecho  de estar “llena del Espíritu de Dios”, fue la Virgen Santísima, por lo que tuvo en sus palabras la capacidad para acercar al Corazón de su hijo las almas más alejadas y necesitadas, en tanto que fue perseverante, supo elegir adecuadamente: palabras,  lugares, tiempos y silencios; supo privilegiar mirando la bondad de las cosas, las cuales descubrió como evidentes porque la acercaban al cumplimiento de la voluntad de Dios y a permanecer en su presencia en todo momento. Junto con la Virgen nuestra Madre, en este nuevo día del Mes de María, imploremos el don de sabiduría para poder comprender y amar a Dios como Él quiere ser conocido y amado por nosotros por medio de su Madre Santísima. ¡Que Viva Cristo Rey!


PADRE JAIME HERRERA  / PARROQUIA PUERTO CLARO / VALPARAÍSO / CHILE





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