viernes, 24 de agosto de 2018

HASTA PRONTO…NOS VEMOS EN EL CIELO


TEMA  : “ HASTA PRONTO…NOS VEMOS EN EL CIELO”.

FECHA: HOMILÍA EXEQUIAL SRA.CECILIA FICA ESPAÑA / 2018

1.     La vida fue dada para buscar a Dios.

Queridos hermanos: En medio de la celebración del Mes de la Caridad Fraterna, donde hemos ido meditando -día a día- sobre las obras de misericordia que nos propone nuestra Iglesia, nos reunimos para dar cristiana sepultura al cuerpo de nuestra hermana Cecilia Fica España, rezando por el eterno descanso de su alma,   junto a sus seres queridos que le acompañan. Lo hacemos a la luz de las palabras del Señor: “Quien se une a mí con fe viva no muere para siempre”, las cuales resuenan con mayor fuerza en estas horas en las cuales hemos ido gradualmente asumiendo lo pasajero que resulta nuestro paso por este mundo a la luz de las promesas de bienaventuranza eterna hechas por el Señor, quien nos pregunta una vez más: “¿Por qué buscáis entre los muertos al que está vivo?”.
Nuestra mirada se encamina hacia el horizonte donde parece unirse el cielo y la tierra. ¡Tantas veces tenemos la oportunidad de ver los atardeceres a lo largo de nuestra costa generosa! Y precisamente cuando el sol parece dormir en la línea del horizonte se produce un efecto inverso emergiendo el mayor destello…Algo similar acontece con nuestra vida: Mientras se extingue nuestro paso por este mundo se enciende la luz inexorable  de la eternidad, permitiendo al creyente descubrir el misterio de la muerte no como una luz que se apaga definitivamente sino como un destello que se proyecta desde un inicio hasta el fin sin ocaso.
Con esta celebración dominical, culminamos un mes completo meditando respecto del capítulo sexto del Evangelio de San Juan, denominado el “Pan de Vida”, que constituye una carta de navegación para cada creyente. La institución de la Santa Misa, durante la Última Cena es el misterio central para la vida del creyente pues se trata de la misma persona de Jesucristo, perfecto Dios y hombre a la vez, que asumiendo la condición humana se queda “real y substancialmente presente” en medio nuestro bajo la humilde apariencia de un pan y vino, ahora transformados en todo Jesús.
Por ello,  al acercarnos a comulgar no vamos a recibir un trozo de pan que representa el amor de Dios sino que somos participes –por la gracia- del mismo Cristo. En la Misa no se trata de algo sino de alguien.
Nuestra hermana difunta convertida al cristianismo desde su infancia,  procuró como su santa patrona “llevar siempre consigo el Evangelio”, tal como lo recordaba respecto de santa Cecilia el actual Sumo Pontífice.
En efecto, Santa Cecilia es una de las cinco mujeres que resalta el Canon Romano por la fuerza de su testimonio ante la prueba del martirio prefirió mil muertes antes que infiel a su fe. Sin duda, como nuestra hermana difunta lo recordaba durante su estancia en el hospital, tuve oportunidad de bautizar a alguno de sus hijos, de darles la primera comunión y preparar a sus hijos, de confirmar a sus hijos, de bautizar a sus nietos, de celebrar el sacramento de la confirmación y  el santo matrimonio de ella, de cuidar a su retoño varón desde los doce años, hoy algo crecidito ya por cierto, de darle la extremaunción, y ahora de celebrar su Santa Misa de exequias. En su lecho de enferma ella me pidió celebrar esta Misa, la cual hago con fe y esperanza implorando que ahora pueda no sólo descansar sino gozar de todo lo que Jesús tiene preparado para “quienes procuran serle fieles”.
Sin duda,  es muy distinto asumir la muerte de un ser querido desde la realidad de un corazón impregnado por la fe que dejado al desamparo de lo fortuito y finito, tal como nos lo recuerda el Antiguo Testamento: “A los ojos de los necios parecen haber muerto, y su partida de este mundo es considerada sólo como una desgracia” (Sabiduría III, 1-5).
Sabiamente solía repetir nuestro santo contemporáneo de la Caridad Fraterna –San Alberto Hurtado Cruchaga- que: “La vida fue dada para buscar a Dios, la muerte fue dada para encontrarlo y la eternidad para poseerlo”. Palabras que son una síntesis de lo que ha de ser la vida espiritual de todo creyente, que procurará buscar el rostro del Señor en cada acontecimiento incluido el misterio de la partida de este mundo…Si Dios nos dio la vida de la nada…también, puede tomarla cuando estime oportuno…!Bendito sea su nombre! (Job I, 21).
Muchas veces buscamos a Dios, como seres falibles podemos equivocarnos y dar pasos en falso, pero nunca serán vanos aquellos pasos dados en procurar hacer el bien desde el seguimiento de los designios dados por Dios en su Palabra,  inscritos en la naturaleza y explicitados en la voz de nuestra conciencia. Es humano equivocarse, es cristiano convertirse y es divino perdonar, por ello,  el juez último de cada uno de nuestros actos y palabras será el Dios cuyo nombre es Nuestro Padre, en quien nuestra hermana difunta confió hasta  último de sus pensamientos.
Lo anterior nos llena de una confianza fundada en la bondad y misericordia de Dios, que a lo largo de toda nuestra vida  permanece como mendigo a las puertas de nuestro corazón esperando que le dejemos entrar para que habite no como la visita ocasional que viene por un momento y se va, sino para que more como el huésped permanente en nuestra alma, en la habitación principal de nuestras intenciones, proyectos y deseos. ¡No releguemos Cristo al baúl de los recuerdos ni a la despensa de lo accesorio, ni menos a la vitrina de los adornos!
Si, “tu rostro buscaré, Señor…No me escondas tu rostro” (Salmo XXVI, 8): Vale la pena vivir cuando es Dios quien lleva la batuta, cuando es Él quien guía nuestros pasos, cuando es Él quien inspira nuestras acciones, por lo cual no dejemos de buscar al Buen Dios que se dado a conocer para ser encontrado… con el rostro de quien gestado permanece en el vientre materno, con el rostro del niño que desea crecer y aprender, en el rostro del joven que anhela un mundo más justo y veraz, con el rostro del anciano olvidado cuya sabiduría permanece anhelosa de ser descubierta.

2.     La muerte fue dada para encontrar a Dios.

          LA MUERTE DESPUNTA LA VIDA
Madre de seis hijos, cuyas edades fluctúan actualmente entre las cuatro y dos décadas, tuvo oportunidad de ver cómo iban creciendo, hasta poder conocer a cada uno de sus nueve nietos y un bisnietos, verificando en vida la promesa hecha por Dios en la Santa Biblia: “a los hijos de tus hijos los verás” (Salmo CXXVIII, 6).

Siguiendo con la enseñanza de nuestro Santo Chileno, ahora nos recuerda que “la muerte fue dada para encontrar a Dios”, lo cual emerge desde la convicción que Dios es misericordioso y espera como aquel padre de la parábola que nuestro  último día en este mundo sea el primero en la eternidad, donde –entonces-  hará una gran fiesta pues su hijo que todos creían que había muerto está vivo. A ello apunta la expresión que hemos recordado hace un momento, cuando las mujeres fueron de madrugada al sepulcro donde habían dejado el cuerpo inerte de Jesús: “¿Por qué buscan entre los muertos al que está vivo?”( San  Lucas XXIV, 5).
Como creyentes confiamos en Jesús que venció la muerte, y creemos que luego de nuestro paso por este mundo, tan marcado de sinsabores y dificultades, estamos llamados a resucitar para siempre, participando de un gozo que nada y nadie nos podrá arrebatar jamás.
En este mundo las alegrías se suelen extinguir de manera vertiginosa. El espíritu de la nostalgia y el solo acto de recordar tiempos mejores es prueba de ello, mas junto a Dios viviremos de manera intensa, plena y perpetua, por lo cual aunque juntásemos todas las alegrías de toda la vida, éstas serían ínfimas ante el menor de los gozos que tendremos junto a Dios y nuestros seres queridos…porque serán eternos y no perecederos como los actuales.

El acto de encontrar a Dios es algo definitivo para lo cual debemos prepararnos en la vida presente procurando vivir en estado de gracia, prefiriendo la amistad de Dios como la más deseable y entrañable. El encontrar a Dios no es algo que se pueda improvisar sino que debe ser el resultado de una vida de permanente búsqueda, donde las virtudes y valores no sean las fantasías parciales de un mundo caduco sino las que efectivamente conduzcan integralmente a la felicidad de cada uno y de todos. Digámoslo claramente: ¡La eternidad se juega aquí y ahora!…mañana puede ser tarde, por eso estamos en los tiempos favorables para salvarnos, para cambiar radicalmente de vida.
3.     La Eternidad fue dada para poseer a Dios.
Estamos en el templo dedicado a Nuestra Madre del Cielo, bajo la advocación de Nuestra Señora de las Mercedes de Puerto Claro, con el regalo especial de celebrar el Día del Señor para rezar por nuestra hermana difunta Cecilia Fica España.

HASTA PRONTO: EN EL CIELO NOS VEMOS
Imploramos por aquella que tempranamente creyó en Dios, que cobijó en su vientre a sus seis hijos que le acompañan, que prodigó cariño hacia cada uno de sus seres queridos, pueda ahora gozar de una vida en paz, en felicidad, y en amor, lo cual anheló durante toda su vida y para lo cual ofreció, en la última etapa de su vida por medio de la enfermedad,  sus dolencias y padecimientos “uniéndolos a los del Señor en la cruz”  (Colosenses I, 24-28)  para su bien espiritual y el de los suyos, quienes a la luz de la fe ven su partida como la llegada a destino, como recalar en el Puerto Claro de la Eternidad a la que todos estamos llamados a participar. (Por esto, si tienen a alguien que aman en el cielo, tendrán un pedazo del cielo en medio vuestro).


Sea la Virgen Madre quien tienda su mano abierta la que cubra con su manto de bondad a nuestra hermana que golpeando las puertas del cielo implora la misericordia del Señor por medio de la intercesión universal de la Virgen y de la oración incesante de nuestra Iglesia que clama cotidianamente en nuestros altares: ¡Que Viva Cristo Rey!

domingo, 29 de julio de 2018

TEMA   :    “SACERDOTE…SÓLO SACERDOTE”.
FECHA :    HOMILÍA POR LOS CURAS PÁRROCOS JULIO /  2018.

1.     “Los que iban y venían eran muchos, y no les quedaba tiempo ni para comer” (San Marcos VI, 31).

SACERDOTE JAIME HERRERA GONZÁLEZ
Queridos hermanos: El Santo Evangelio nos describe lo vertiginosa que era la vida de los doce apóstoles junto a Jesús en esos días. No muy distinto lo es en la actualidad, aunque es evidente que nosotros –unos más que otros- si tenemos tiempo para comer...Del mismo modo que el Señor los invitó “venid vosotros aparte, a un lugar solitario, para descansar un poco” (v.31), cada día nos reunimos para estar con Jesús Sacramentado en la celebración de la Santa Misa, que hoy dedicamos –especialmente-  para rezar por los sacerdotes diocesanos.
Desde la realidad que se compare podemos hablar de “mucho” o “poco” tiempo, toda vez que hubo y hay sacerdotes que han permanecido por cuatro décadas como párrocos, lo cual nos coloca en un tiempo breve; en tanto que si miramos a quienes han servido en nuestra parroquia la gran mayoría lo ha hecho en tiempos muy acotados, lo que nos ubica en mucho tiempo.
Lo cierto es que para un sacerdote diocesano el hecho de ejercer como pastor propio implica el cumplimiento de su vocación en el sentido que la “pertenencia” o anclaje a una diócesis y a una comunidad determinada, constituye parte de su consagración y, por tanto,  de su identidad.  
Los criterios aplicados en la actualidad suelen valorar la capacidad de cambio frecuente. Los jóvenes egresados de una universidad hoy aspiran a estar sólo  unos pocos años en cada trabajo, cambiándose con mucha facilidad. Antes se compraba la casa definitiva, el reloj definitivo,  el vehículo para toda la vida y se aspiraba a estar en un mismo trabajo para toda la vida laboral. Mirada la vida del sacerdote diocesano, y habida consideración de la habitualidad con que se van asumiendo y dejando las responsabilidades pastorales, sin duda en tiempos de crisis como son los que navegamos,  resulta conveniente y hasta necesario una permanencia  en el tiempo del clero secular, pues permite a los fieles tener la seguridad de saber con quién están y al sacerdote poder conocer a quiénes está llamado a ser el pastor propius del cual habla el código de derecho canónico.


El tiempo transcurrido permite macerar las comidas y evaluar mejor las innovaciones implementadas, una de las cuales ha sido la aplicación en las últimas décadas de un tiempo de permanencia breve de los sacerdotes diocesanos en las parroquias, llegando al extremo  que algunos feligreses ni se enteraban que había estado tal sacerdote en sus comunidades.
PARROQUIA PUERTO CLARO CHILE
Transcurrido el tiempo más allá del gran número de recuerdos vislumbro que los desafíos son aún mayores, por lo que puedo repetir las palabras del Apóstol San Pablo  “el ánimo esta firme pero el cuerpo es débil” (San Mateo XXVI, 41)  y aunque no puedo bajar corriendo por el cerro a jugar un partido de fútbol en la Cancha La Campana, ni subir sigiloso hasta la de la Plaza Bilbao, sé que en modo alguno podemos bajar la guardia en esta particular hora del mundo y de nuestra Iglesia.
Es que “la Caridad de Cristo nos urge” (2 Corintios V, 14)  y los últimos tiempos no están lejanos, por lo cual debemos vivir pensando cada día como si fuere el primero,  el último,  y el único de nuestra vida.
La maravilla de la vida del creyente es que mirando el acontecimiento de la Encarnación del Verbo, se produce una realidad donde lo divino asume lo humano y lo humano se reviste de lo divino, permitiendo que lo que hacemos cotidianamente no sea monótono ni ordinario puesto que se engasta con la trascendencia de lo sublime. Entonces, descubrimos que en cada jornada se juega nuestra eternidad, adquiriendo una novedad que no se agota  con la moda y se cansa con el solo paso del tiempo. ¡El que ama en Dios siempre es joven!



Como sacerdotes estamos insertos en esta realidad que finalmente es la causa definitiva que sostiene nuestra vida, toda vez que somos puestos como un “puente” que conecta un extremo a otro, permitiendo que el Señor  venga a este mundo, que por este mismo medio busca, encuentra y vive con Dios y vive de Dios. Al avanzar por un puente no nos detenemos en él, pasamos por él, entonces,  el sacerdote no es referente de sí sino que es un instrumento puesto al servicio de los fieles y de quienes, por la gracia,  están llamados a serlo.
  SACERDOTE DE VALPARAÍSO CHILE

Por un puente pasan las familias numerosas, pasan los ancianos a paso cansino, pasan los jóvenes y niños con sus travesuras no exentas de espontaneidad y urgencias, pasan los solitarios, en ocasiones con el murmullo de muchedumbres en otras y en otras con el eco de la soledad. Y, transitan por el puente unos y otros, generaciones que ven en ese puente la certeza de cruzar cuando lo deseen.
De modo semejante, el sacerdote diocesano es un puente que es alzado para conectar,  por lo que debe estar enraizado firmemente a uno y otro extremo, es decir, a Dios por medio de la fidelidad a los votos hechos -(promesas sacerdotales) -  y a las almas con todas sus vicisitudes.
El cultivo de una pastoral con “olor a ovejas” requiere necesariamente de hacerlo desde la unión con Jesucristo, el Pastor Bueno, que cuida, acompaña, alimenta, guía. Nunca nos cansaremos de dar gracias a Dios por el don inmerecido del sacerdocio, que invita a “servir y no ser servido” (San Mateo XX, 28).
Por esto, personalmente en cerca ya de tres décadas como sacerdote, y más de dos como Párroco tengo la certeza de nunca haber rechazado una destinación ni tampoco de haber siquiera motivado destinación pastoral alguna…!Nada pedir…Nada rechazar! ¡Todo dar!
Esto implica que como sacerdote consagrados podemos servir de manera ilimitada, sin otra condición  ni limitación más que la de procurar imitar a Jesucristo Sumo Sacerdote, quien se hace presente por medio de nuestra voz, usando nuestra voluntad y libertad, para venir cada día a nuestros altares, misión que no tiene comparación con ninguna otra realidad en este mundo.
Sin duda, se trata de una sublime misión que exige de una inmensa responsabilidad, particularmente en estos días en los cuales cada sacerdote es fuertemente cuestionado fuera y dentro de nuestra Iglesia.
MISA DIÓCESIS DE VALPARAÍSO CHILE
Una vez más, pasados veintitrés años desde que asumí la cura de almas de esta parroquia reitero: Vale la pena dedicar y una y mil vidas por la conversión de una y mil vidas, pues más allá de las miserias de los hombres subyace incólume la santidad de nuestra Iglesia como anticipo de una realidad que imploramos día a día y que es el lema de toda mi vida sacerdotal: ¡Adveniat Regnum Tuum!
Que inmensa alegría constituye el hecho para un sacerdote y Cura Párroco  que sean los mismos niños de ayer, quienes hoy –ya como adultos- me acompañen en esta celebración de la Santa Misa, que ofrecemos por la vida y ministerio de tantos curas párrocos que en el pasado y futuro dedican sus mejores esfuerzos por hacer que nuestra sociedad, busque, encuentre y viva según los mandamientos de Dios y su Iglesia.

San Pablo nos recuerda que “nuestra lucha no es contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra las potestades, contra las dominaciones de este mundo tenebroso, contra los espíritus del mal que están en las alturas”, (Efesios VI, 12-13)  en consecuencia  “a tales males tales remedios”  por eso la fuerza del sacerdote diocesano permanece anclada sobre nuestros altares, y en cualquier lugar donde encontremos,  la mirada de la fe se hunde en nuestros sagrarios, donde Jesús está en medio de nuestro templo, en medio de nuestras comunidades y en medio de nuestra vida sacerdotal.
Tengo la certeza que como sacerdote, no fui constituido como un gestor cultural, ni como un gerente de asistencia social, tampoco como director de un museo que conserva valiosas antigüedades, ni como vendedor de novedades, simplemente tengo la convicción que “un pastor según el Corazón de Dios, es el tesoro más grande que el buen Dios puede conceder a una parroquia, y uno de los dones más preciosos de la misericordia divina” (San Juan María Vianney), por lo que inmerecidamente consagrado, procuraré hasta el último instante en este mundo proclamar de palabra y acción que el sacerdocio católico es la dignidad más excelsa que existe sobre la tierra, el gran don de Dios que el Señor se digna conceder a pobres creaturas, saturadas de defectos y miserias. ¡Ya sabía Él que así éramos! Y,  a pesar de ello, nos ha hecho partícipes de poderes y gracias que ni a los mismos ángeles otorgó, llegando a la realidad que cada día pasa en nuestra parroquias, en orden a confiarnos poderes sobre la persona de su Divino Hijo, de tal manera que allí donde existe un sacerdote aparece Cristo Sacramentado, como alimento y vida de nuestras almas.

PUERTO CLARO VALPARAÍSO CHILE

Por esto, los invito a rezar por cada Cura Párroco de nuestra Diócesis,                       -especialmente-  por todo el clero diocesano,  colocando sus vidas bajo la luz y guía segura de la Virgen María, puesto que nadie como Ella conoce de sus necesidades y debilidades, para encaminarnos al puerto claro de la bienaventuranza eterna. ¡Que Viva Cristo Rey!

domingo, 22 de julio de 2018

TUVO COMPASIÓN PORQUE ESTÁN COMO OVEJAS SIN PASTOR


TEMA    :  “TUVO COMPASIÓN PORQUE ESTÁN  COMO OVEJAS SIN PASTOR”.

FECHA: HOMILÍA MISA EXEQUIAL EDUARDO HENRIQUEZ SEVERIN JULIO /  2018

Queridos hermanos: Estamos celebrando nuestra Misa Exequial por el descanso eterno del alma de don Eduardo Henríquez Severin, nacido el 22 de Agosto del año 1934, y que falleció a la edad de 82 años.
Nuestra mirada se dirige hacia el centro del altar, donde vemos la imagen de Jesús crucificado, como signo visible de lo que en unos momentos contemplaremos no de modo figurado sino real y sustancial como es la presencia de Jesús Sacramentado cuyo año santo celebramos en nuestra patria. Esto marca una realidad, pues la partida de este mundo forma parte del designio que Dios Padre tiene para cada uno de nosotros por lo que ni un minuto antes ni después de lo establecido por el Cielo nos presentaremos ante Él para enfrentar el momento decisivo de nuestra existencia, para el cual la vida presente es una preparación y la celebración eucarística un anticipo.
Así lo han experimentado los santos a lo largo de su vida, para quienes el poder estar en Misa constituye algo vital, sin la cual no se puede vivir verdaderamente. Por esto los primeros creyentes, enfrentados ante recias persecuciones se reunían diariamente a revivir el misterio iniciado en la Ultima Cena cuando Jesús tomo un pan y dijo: “tomen es mi cuerpo” y luego con el cáliz en sus manos señaló: “Beban esta es mi sangre que es derramada para el perdón de los pecados”, dando el mandato final: ¡Hagan esto en mi memoria! Desde ese momento, cada creyente descubre a lo largo de su vida la presencia e importancia que tiene estar en comunión con Dios, uno y trino.
Incorporado tempranamente al sacramento del bautismo, Don Eduardo pudo vivir la fe de la Iglesia al interior de su hogar, constituido por sus padres y seis hermanos, en su condición del “benjamín” de la casa, es decir, el menor de los hijos nacidos, lo cual le haría tener algunas regalías especiales a la vez de ser el último y más protegido, no sólo por sus padres sino –también- por sus hermanos. Probablemente esto hizo que cuando muy joven ingresara a la Escuela Naval provocase que su familia se trasladase hasta nuestra región con el fin de acompañarlo, lo que le llevó a experimentar aquello  que los padres son capaces de enseñar en primera persona en orden a que  “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por los suyos” (San Juan XV, 13) como habitualmente lo suelen hacer padres y madres en bien de cada uno de sus hijos.
Por esto, al momento de fundar su nuevo hogar dedicó los mejores esfuerzos en vistas a custodiar a la mujer que no descansó hasta conquistarla como su esposa, y en prodigar su afecto a sus dos hijos que ahora le acompañan con su plegaria: Brenta y Luis, y por cierto a sus cinco nietos.
Llamado por Dios en el umbral de cumplir seis décadas de vida matrimonial, no podemos dejar de destacar que para llegar a esa fecha fue necesario la asistencia de lo alto.  En efecto, la gracia recibida desde el bautismo no desdeña la naturaleza sino que la eleva y perfecciona, haciendo posible que afloren las fortalezas necesarias para enfrentar la grandeza de la vida matrimonial, que ahora las generaciones emergentes ven como realizable y no una sentimental ilusión. Sí, es posible el amor para toda la vida, Si,  vale la pena cualquier sacrificio para que prime la fidelidad, tal como enseñó el recordado Sumo Pontífice Juan Pablo II: “El amor vence siempre, el amor es más fuerte, el amor siempre puede más”.
Esa misma gracia permite vislumbrar cada acontecimiento de nuestra vida no como producto de un ciego azar sino como parte del cuidado providente de nuestro Dios, que no toma recreo ni pestañea cuando se refiere respecto del  bien de nuestra salvación, cuyo precio lo canceló Jesús en lo alto del Calvario.
Por eso, es en cada Santa Misa donde “comemos y bebemos el precio de nuestra redención”, donde alabamos su grandeza, agradecemos su bondad, imploramos su misericordia e inclinamos su bendición en bien de nuestro hermano que ha partido de este mundo.
Es Jesucristo, la palabra definitiva del Padre Eterno, quien explica todas las interrogantes más hondas que subyacen en nuestro interior. Todos los ¿por qué?, los ¿hasta cuándo?, los ¿para qué?, hoy los vemos explicados en el crucifijo que se alza sobre nuestro altar, lo encontramos en los santos evangelios, y lo develamos en la Hostia Santa –que es el mismo Cristo-  que nos muestra toda su grandeza, todo su poder, y toda su eternidad.
Por esto, ¡Que distinto es enfrentar este momento teniendo fe que careciendo de ella! ¡Qué diferente resulta ver las páginas del dolor y la enfermedad no como el olvido sino como la voz del Buen Dios que susurra silencio y paz!
El Señor nos concede las gracias de múltiples maneras una de las cuales la percibimos en la armonía, que está inscrita en la naturaleza, en el cosmos, en una vida ordenada, y por cierto en las notas de una simple melodía.
Ya en el Antiguo Testamento vemos que a quienes Dios ha llamado, no dejan de alabar y agradecer con hermosos “himnos” cuya vigencia tiene más de tres milenios: Los israelitas entonaban canticos para celebrar el paso durante cuarenta años por el desierto hasta llegar a la tierra prometida (Éxodo XV, 1-21); Moisés escribió una canción para exhortar al pueblo de Israel (Deuteronomio XXXII, 1-43); el Rey David escribió varios salmos acompañados por instrumentos, en uno de los cuales leemos: “Dios es mi fuerza, y con mi canción lo elogiaré” (Salmo XXVIII, 7).
Sin duda, la música suele ser como el “celular” que Dios la usa para que podamos hablarle en la liturgia y por medio de la cual Él nos habla.

Una de las pasiones que tuvo nuestro hermano difunto fue la de escuchar música clásica y folclórica, que interpretaba por medio del piano, del violín y  guitarra. Esto le permitía alegrar y alegrarse a través de la música descubierta como una bendición de Dios.

La vida del creyente debe ser como una armonía, que por medio de la disponibilidad total a Dios, Él pueda “cantar sus bendiciones” al  mundo a través de cada uno de sus hijos, toda vez que la estridencia e impudicia del ruido mundano actual, son expresión de lo amarga que resulta la vida cuando esta se vive de espaldas a Dios.




Finalmente, nuestra mirada se dirige hacia la Bienaventurada Virgen María, bajo la advocación del Carmen, que como “música de Dios”, nos invita con su dulzura no exenta de claridad, a escuchar la voz de su Hijo y Dios, tal como lo señaló en medio de las Bodas de Caná en Galilea, cuando invitó a “hacer todo lo que Jesús nos diga”, lo cual pasa por buscar la santidad en las cosas simples de la vida, para que un día, no lejano podamos presentarnos revestidos por las obras realizadas, ante el Buen Dios, cuyo nombre es Padre. ¡Que Viva Cristo Rey!

domingo, 15 de julio de 2018

ALIMENTO PARA NUESTRO CAMINAR EN MEDIO DEL MUNDO






TEMA  :  “ALIMENTO PARA NUESTRO CAMINAR EN MEDIO DEL MUNDO”.
FECHA:    DOMINGO  DÉCINO  NOVENO   /   TIEMPO  ORDINARIO   /   2018.


1.        “Si uno come de este pan, vivirá para siempre” (San Juan).

SACERDOTE JAIME HERRERA
El domingo pasado descubrimos la sorpresa que experimentaron los judíos respecto de las enseñanzas de Jesús…Si conocemos de dónde viene…hemos visto a sus padres…somos vecinos de sus parientes. ¿Cómo va a ser el Mesías alguien que es “un simple hijo de vecino”? Sorpresa, escándalo, molestia,  Jesús era cuestionado.

En la actualidad se duda de la divinidad de Jesús. Como dice el texto bíblico del Antiguo Testamento (Eclesiastés I, 10): “Nada nuevo bajo el sol” (nihil sub sole novum)  si consideramos que así ha sido la actitud permanente de algunos hasta nuestros días, quienes –incluso- luego del burlesco e ignominioso proceso de aquel viernes le pusieron en  una cruz por el solo hecho de declarar explícitamente su origen divino…cualquier otra cosa le habrían permitido pero en modo alguno la blasfemia de asemejarse a Dios e identificarse como el Hijo Unigénito.
El pan que da Jesús sirve para la Vida Eterna, es como un “anticipo del cielo”. En ocasiones se le denomina en algunas oraciones como “viatico” que permite subsistir mientras se está de camino, lo cual nos hace comprender  que la eucaristía dice relación con nuestra condición de peregrinos, hermosamente señalado en el episodio de los dos caminantes a Emaús el día triunfal de la resurrección. Ambos reconocieron a Cristo Eucaristía en la “Fracción del Pan” por lo que la Santa Misa debe ser vista como la presencia necesaria que tenemos en nuestro camino a la santidad. No hay perfección verdadera sin devoción eucarística. ¡No hay cielo sin Misa!
Los Santos han descubierto la grandeza que implica la celebración de la Santa Misa, lo cual no es una “opción”, pues fue directamente instituida por el Señor en la Última Cena con el fin de “estar junto a nosotros” y fortalecernos en la vivencia de la fe, de la esperanza y de la caridad.
Los milagros eucarísticos nos ayudan a renovar nuestra fe en la presencia real de Cristo en medio nuestro en cada Misa, asumiendo que no es un símbolo, un recuerdo, una apariencia, sino ¡Él mismo!
 Todo su ser presente en las especies eucarísticas, por esto debe ser celebrado con toda dignidad y recibirlo con una conciencia pura toda vez que “este sacramento contiene el misterio de nuestra salvación; por esto se celebra con mayor solemnidad que los demás” (Santo Tomás de Aquino, Suma Theologica 3, q.83,a.4).  
   PADRE JAIME HERRERA CHILE 
Uno de ellos se llevó a cabo en la ciudad de Lanciano, Italia hacia el año 700, en el monasterio de San Longino: En medio de una celebración, un monje tenía ciertas dudas respecto de la presencia real de Cristo en la Santa Misa, y al momento de pronunciar las palabras de la consagración –esto es mi cuerpo y esta es mi sangre- vio que sobre el altar el pan y vino se transformaban en carne y sangre “visibles”, “palpables”, las cuales se han mantenido hasta nuestros días, tal como lo reveló un examen hecho por la Universidad de Siena el 4 de marzo de 1971 lo corroboró para sorpresa de los mayores incrédulos: La carne es verdadera carne, la sangre es verdadera  sangre, la carne pertenece al tejido muscular del corazón (miocardio, endocardio y nervio vago), la carne y la sangre son del mismo tipo AB y pertenecen a la especie humana, igual al grupo sanguíneo  encontrado en la Sábana Santa de Turín; se trata de carne y sangre de una persona viva, ya que la sangre es la misma que se habría podido tomar ese día de un ser vivo;  en la sangre –cinco coágulos que pesan 15, 18 gramos- fueron encontrados, además de las proteínas normales, los siguientes minerales: cloratos, fósforos, magnesio, potasio, sodio y calcio; la conservación de la carne y la sangre, dejados en estado natural por ¡doce siglos! y expuestos a la acción de agentes atmosféricos y biológicos permanece un fenómeno extraordinario.  Por esto los científicos que hicieron el estudio sentenciaron: “Es el Verbo hecho Carne”.
En una oportunidad Jesús dijo: “Bienaventurados los que sin ver crean”, y entre esos sí estamos llamados nosotros, con la ayuda del Magisterio perenne y el testimonio de los santos a través de la tradición viva de nuestra Iglesia, somos parte de quienes participemos de la gracia de las gracias como es poder tener en medio nuestro a Jesús Sacramentado, el “pan del cielo que nos da vida eterna”, permitiéndonos tener -ya en este mundo- y en este tiempo la vivencia del misterio de la Iglesia que peregrina, de la Iglesia que se purifica y de la Iglesia de los santos triunfantes, en una misma realidad cual es ser partícipes de Jesús en medio de nuestros altares.

CURA DE VALPARAÍSO CHILE

¿Cómo podemos fortalecer nuestro amor a Jesús sacramentado?
Fortaleciendo las visitas a los sagrarios solitarios: ¡Qué cuesta dedicar unos minutos al pasar frente a una Iglesia? Son inmensas las gracias que de este acto podemos recibir… ¡Tanto por tan poco! Hay vidas que han tenido un punto de inflexión, un antes y un después por el sólo hecho de entrar a un templo, de estar unos minutos ante el Santísimo, de rezar arrodillados a imagen del publicano que dice Jesús “no se atrevía ni siquiera alzar su mirada”.
Participando en la adoración al Santísimo: Al inicio de cada mes, los Primeros Viernes votivos del Sagrado Corazón de Jesús, podemos dedicar una Hora Santa para acompañar a Jesús que nos guarda un tesoro en cada entrevista que tendremos con Él cuando se encuentre expuesto de manera solemne sobre nuestros altares, recordando la quemante pregunta que hizo a sus propios discípulos en el Huerto de los Olivos: ¿No pueden velar junto a mí por una hora? Ellos se quedaron dormidos…nosotros, ¿también?
Compañía a Jesús sacramentado de nuestros enfermos: En este Año Eucarístico Nacional es una oportunidad para revitalizar nuestros deseos de estar nuevamente con Jesús sacramentado, tal como fue el día de nuestra Primera Comunión…Aquel día con gozo, pureza, piedad, nos acercamos a recibirle por primera vez, de lo cual han pasado a lo mejor ya tantos años. Puede haber envejecido nuestro cuerpo, pueden haber pasado los años, pero imploremos la gracia de procurar recibirle en cada comunión como si fuese realmente la primera, la única y la última vez de nuestra vida. Si estamos impedidos por salud de ir al templo, si las distancias a los lugares de adoración nos resultan prácticamente insalvables, si estamos postrados,  no olvidemos que si podemos ir espiritualmente a nuestros templos, incluso recordando la ayuda de los medios de comunicación e internet en orden a mirar en vivo (on line) los lugares donde se adora a Jesús.
Promover en los niños y jóvenes el amor a Jesús Sacramentado: Al interior de nuestras familias y en el ámbito de las amistades podemos con creatividad motivar que cuantos no han hecho su Primera Comunión puedan acercarse a comulgar luego de recibir una preparación necesaria y oportuna, sin prisas ni pausas excesivas. Ir por la vida junto a Jesús en el alma nos hace inmunes a muchas de las asechanzas del demonio cuyo gran objetivo es alejar al creyente de su fe, especialmente del objeto mismo de ella, que está presente en los sagrarios y en nuestros corazones.
2.        “El pan que yo les voy a dar es mi carne para la vida del mundo” (San Juan VI, 51).
La “carne para el mundo” es la persona de Cristo, hombre y Dios a la vez que puede hacer divinamente las realidades más simples como hacer misteriosamente que lo más misterioso, sublime y trascendente sea asumido “con diligencia y naturalidad”. Cristo es más íntimo a nosotros que nosotros mismos por tanto no es un añadido a la vida humana, o un complemento, sino que forma parte vital de nuestra misma existencia.
Jesús es la respuesta definitiva que entregó el Padre eterno para el mundo. En Jesús hablo de una vez para siempre, por lo que la revelación escrita se acabó con la venida de Cristo al mundo según lo cual no debemos buscar novedades al margen de la Biblia a la vez de rechazar resueltamente todo aquello que se abrogue la competencia complementaria de “perfeccionar” el Nuevo Testamento.
En medio del mes de Caridad Fraterna al que la Iglesia en Chile nos pide celebrar con el testimonio de San Alberto Hurtado, vemos como hermosamente tipificada en su vida la síntesis de amar a Dios sobre todas las cosas, en medio del culto sagrado fiel a la común tradición y ajeno a la personal inventiva que suele falsear la Sagrada Liturgia en detrimento de la santidad de nuestro Señor y del respeto a la vida espiritual del verdadero pueblo de Dios que es nuestra Iglesia Católica.
En el Nuevo Testamento en las dos ocasiones donde se vincula el amor a Dios y el amor al prójimo, se nos dice primero que el marco de la caridad debe ser “uno mismo”, es decir: lo que nos agrada o molesta. Mas, en la Última Cena el Señor cambió la perspectiva diciendo que procuremos amar al prójimo “como yo os he amado”, con lo cual surge de inmediato la pregunta que hacía a los creyentes hace casi siete décadas atrás San Alberto Hurtado: “¿Qué haría Cristo en mi lugar?”.
Sin duda las obras de misericordia enseñadas por el Catecismo de la Iglesia tienen plena vigencia en la actualidad, y no son un tema del pasado porque el amor que Cristo muestra hoy, lo hace a través de su Iglesia que procura descubrir su rostro en cada persona que sufre en su cuerpo y en su alma.

Tengamos presente que al fin de nuestro paso por este mundo seremos juzgamos por las obras que precederán nuestras palabras: ¿Qué hicimos por quien lo necesitaba con urgencia? ¿Qué hicimos por la salvación del alma de nuestros amigos y familiares?
Procurando ser breves…Visitar a los enfermos y a los que están detenidos: Por causas diversas sufren la limitación de no poder moverse con plena libertad. No pueden ir donde quieren, y con el paso del tiempo ambos suelen sufrir el olvido de sus cercanos. Jesús viene en su  busca, dar a conocer un mensaje de esperanza y renovar los corazones enfermos del desprecio y la soledad.
Dar de comer al hambriento y beber al sediento: Es sabido que el alimento producido por el mundo es suficiente para alimentar la población entera, el problema es que se desecha mucha comida y no se comparte lo suficiente para que todos accedan a lo indispensable. Con los índices económicos que tiene actualmente nuestra Patria ninguna persona debería padecer hambre, y si ello ocurre es una realidad que “clama al cielo” y es necesario reparar con urgencia.
Dar consejo al necesitado y corregir al equivocado: Mediante la palabra talismán de tolerancia y las expresiones anglosajonas “no prolem”  se esconden muchas faltas por omisión en la cotidiana vivencia de la caridad fraterna, porque se calla lo debido, se silencia la verdad con el fin de evitar desencuentros con quienes vivimos y compartimos. La verdad tiene su hora pero siempre es necesaria, por esto al momento de ir a enseñar y corregir a otros previamente debemos haber procurado rezar para encontrar las palabras más adecuadas y el momento más oportuno que nunca puede ocultarse en el silencio…!No somos perros mudos¡
Perdonar los defectos y ofensas del prójimo: Hay quienes creen tener un carácter de oro, que por su naturaleza siempre es bien recibido y todos lo  desean como un bien valioso. Pero nuestra personalidad no es así, hay mucho de miseria, mucho de pecado, mucho de debilidades, mucho de superficialidades y torpezas que nos hacen ser no la moneda de oro que creemos sino una moneda de lata que suena pero no tiene gran valor. Por ello, muchos de mucho deben perdonarnos día a día y es lo que en el rezo del Padre Nuestro imploramos colocando como divina hipoteca el perdón dado a otros por la misericordia del Señor que no tiene ocaso. Miremos al rostro de la Virgen Santísima en cuya alma todo ocupamos un lugar especial, para cobijar en el nuestro a quienes más sufren en este tiempo ¡Que Viva Cristo Rey!

sábado, 14 de julio de 2018

“MARIA, CONSAGRADA A DIOS”


 CUARTA MEDITACIÓN NOVENA DEL CARMEN 2018
LA VIRGEN MARÍA CONSAGRADA DESDE NIÑA

La consagración implica que de un todo se separa una parte en exclusiva. Esto aplicado a la fe implica que de todo lo que el creyente dispone elige voluntariamente, en pleno uso de sus facultades superiores como son el intelecto y la voluntad, optar por Dios ¡Vale la pena dedicarse a Dios por completo! Bien podemos preguntarnos: ¿Qué es una vida entera ante la eternidad prometida?

Consagrarse implica estar en las manos de Dios, estar a su servicio, estar disponible a lo que nos pida.

La Virgen estuvo consagrada a Dios desde sus primeros años en virtud de la misión que tenía desde el día de la anunciación. Allí fue reconocida como “la llena de gracia”, que participaba de la bendición de Dios desde su misma concepción, por lo que podemos decir: Después de Dios, la Virgen.

En la Virgen Santísima no hubo pausas,  ni recreos,  ni años sabáticos en su entrega, como una cadena unida por los eslabones su disponibilidad fue ascendente según iba recibiendo las gracias del Señor. No tuvo una vida estática, o plana por el contrario fue una verdadera aventura desde lo que Dios le rebelaba, aquellos momentos de incertidumbre resultaron como un trampolín para sumergirse en la profundidad del amor de Dios.

Esto hace que la vida consagrada a Dios este enriquecida permanentemente por la novedad, por los nuevos caminos que Dios invita a seguir. Lejos del consagrado la monotonía y el quietismo anquilosante que nace de no amar de verdad toda vez que quien lo hace nunca le faltan razones para hacer algo nuevo, para descubrir otros modos de servir, para ahondar en los misterios de la fe.

La consagración implica entrega: Libremente de lo que uno es o tiene, opta por dar a Dios lo que fue, es y será, en un acto sin reservas no como quien entrega algo en custodia. El desprendimiento de los gustos, opciones, deseos, son colocados en las manos del Señor para que sea Él quien dictamine finalmente. Esta entrega libre y perpetua hizo que la Virgen María sea ejemplo para cada creyente que no puede crecer espiritualmente si no acaba de asumir a lo largo de su vida esta dimensión de total disponibilidad. Por esto,  Ella es el modelo perfecto de consagración para quien quiere entregarse a Dios y a su Iglesia totalmente.

La consagración implica comunión: Sin duda,  la Virgen María tuvo una cercanía muy especial –única- con Jesús, verdadero Dios y hombre a la vez. Nadie mejor que Ella conoció los sentimientos del Corazón de Jesús, que luego, palpitaría en la cercanía que tendría la Virgen con la Iglesia naciente fundada por Jesús. A la Virgen la encontramos presidiendo la oración  de los apóstoles al momento de recibir el Espíritu Santo en Pentecostés, y sin duda ocuparía un lugar privilegiado en la vida de las primeras comunidades fundadas por los Apóstoles. De hecho fue en la ciudad de Éfeso donde  la Virgen Santísima fue asunta en cuerpo y alma a los cielos donde san Pablo vivió dos años.

¿Sería espectadora la Virgen de lo que otros hacían en nombre de su Hijo?.  Por cierto que no. Por el contrario, la vemos diligente, audaz, y propositiva al momento de hablar sobre su Hijo y Dios, ajena a los falsos complejos imperantes en nuestros días a causa del espíritu liberal de tantos que hablan  sobre Dios y su Iglesia colocando una escisión cancerígena a la fe como es la pretensión modernista de separar la fe de la vida.

Sin duda la Virgen consagrada a Dios nos invita a crecer en la vida como creyentes, sabiendo que a los que Dios une a si, quiere verlos unidos entre si, para lo cual ha dejado las gracias en manos de la Virgen, para repartirlas en abundancia. Al interior de la vida de la Iglesia, todo bautizado puede estar consagrado a Dios en cualquier estado de vida, incluidos quienes no se han casado ni están ministerialmente consagrados. Así lo enseña el Apóstol San Pablo: “También la mujer soltera, lo mismo que la virgen, se preocupa del Señor, tratando de ser santa en el cuerpo y en el espíritu. La mujer casada en cambio se preocupa de las cosas de este mundo buscando cómo agradar a su marido. Les he dicho estas cosas para bien vuestro, no para ponerles un obstáculo sino para que vosotros hagáis lo que es más conveniente y se entreguen totalmente al Señor” (1 Corintios VII, 34-35).

LA VIRGEN MARÍA: PERTENENCIA DE DIOS



La ejemplaridad de la Virgen María para la consagrada y para todos aquellos que participan de la misión apostólica de la Iglesia adquiere una luz particular cuando se presenta en las actitudes espirituales que la han caracterizado. María, la Virgen en la escucha, María la Virgen en la oración, se ofrece como modelo excelente de la Iglesia en el orden de la fe, de la caridad y de la perfecta unión con Cristo, es decir, de aquella disposición interior con la cual la Iglesia, esposa amante, se halla estrechamente unida al Señor, lo invoca y, por mediación suya, rinde culto al Padre Dios. ¡Que Viva Cristo Rey!.