jueves, 23 de octubre de 2014

Homilia Primera Comunión Saint Peter's School 2014


 “ LA  ALEGRÍA  DE  COMPARTIR  A  JESÚS  EN  LA  SANTA  MISA”.


1.      “¡Qué alegría cuando me dijeron vamos a la casa del Señor”.

Con las palabras de este Salmo CXXII, el autor del Antiguo Testamento describe el himno de subida de los peregrinos que llegaban la ciudad de Jerusalén, una vez que ésta ya había sido reconstruida. El mirar a la distancia el templo imploraban para él toda clase de bendiciones.

Para nosotros, los creyentes el centro neurálgico de este lugar es el sagrario, donde realmente vive Dios. Por eso decimos: ¡Vamos a la Casa del Señor! Y, si en una casa vive la familia, en el templo vive la Iglesia, constituida por los bautizados. Entonces,  la nueva Jerusalén es la Iglesia, de la cual,  las piedras vivas de su edificación somos cada uno de los creyentes. Estamos en la casa del Señor porque somos miembros de la única Iglesia en la cual subsiste la plenitud de la revelación y la verdad,  que es Jesucristo.

El templo es expresión de nuestra Iglesia, pero cada uno de los bautizados no sólo es signo que anuncia sino realidad que vive el ser familia de Dios. Somos hermanos en Jesucristo y hermanos de Jesucristo. Toda esta realidad manifiesta el misterio insondable que hoy celebramos, en el cual cada uno de ustedes recibirá por primera vez la hostia consagrada, que es Jesús. No es un símbolo, no es una representación, es el mismo Cristo quién estará en nuestro altar y vendrá a nuestra vida en este día.

En efecto, en la Última Cena, Jesucristo poco antes de ir a la Cruz para morir por todos nosotros, se reunió con sus Apóstoles y les dijo: “tomen y coman esto es mi cuerpo” y añadió: “Tomen y beban esta es la sangre de la mueva alianza que es derramada por muchos”. Sentenciando finalmente un mandato: ¡Haced  esto en mi memoria”.

Se hizo necesario que Jesús se quedara en medio de los suyos para poder enfrentar el misterio de la Pasión: todos los milagros anteriores constituyeron el engaste necesario para la gema central que sería su presencia real y substancial en la Santa Misa, y que luego permanece para ser adorado en el Sagrario como luz que asegura,  y recibido como  alimento que fortalece al enfermo en la extremaunción.

 

 

En este templo todo nos habla de Dios: Como dos manos unidas su carácter ojival parece querer tomar el cielo por medio de nuestra oración; sus ventanales nos enseñan visiblemente la vida de los santos;  su retablo cobija la imagen patronal de la Santísima Virgen del Carmen, del Sagrado Corazón, del Niño Jesús de Praga, y de los santos de la Orden Carmelitana.

Y, de manera muy especial, un grupo numeroso de niños, renovando su condición bautismal se acercará lleno de fe a recibir por primera vez, y con el fervor  como si fuera la única y última vez en su vida, para estar con Jesús y “tener vida en abundancia” y poder ser los apóstoles de la Nueva Evangelización.

2.     ¿Cómo puede evangelizar un niño hoy?

El mejor evangelizador de un niño es otro niño. Por eso Dios, con el fin de atraer a los más pequeños para sí, se hizo presente en el mundo por medio de la figura de un recién nacido. El anuncio fue claro. En esto conocerán que soy yo: “verán a un recién nacido envuelto en pañales”. A la vez que si descubrimos que Dios así se presentó para ser conocido, los primeros en hacerlo de manera pública fueron los niños en la ciudad de Jerusalén,  en la cosmopolita capital fueron sus más pequeños habitantes, no los escribas, rabinos ni fariseos expertos en la Torah.

Y esto, ¿por qué? Porque el corazón de los niños tiene una predisposición como natural para recibir el misterio y la verdad: porque mi padre lo dijo, porque Dios lo dice; un niño no busca segundas intenciones ni se detiene en eventuales rencores. Un niño se puede enojar pero al día siguiente estará jugando con el mismo con el que el día anterior se trenzaba a palos;  en los mayores no acontece así: es tardo y mezquino para perdonar, por eso se le hace cuesta arriba el acto de creer.

Decir “yo creo” implica, a la vez decir: “yo amo, yo perdono, yo respondo, yo mejoro, yo colaboro, yo participo”.  Por lo que, desde este día decisivo de la Primera Comunión, tienen muchos medios para dar a conocer a Jesús desde Jesús. Quien habla con el Señor, puede hablar del Señor; quien ha encontrado al Señor puede ayudar a otros a buscar al Señor.

Es urgente, en los días que vivimos, que cada católico asuma un papel protagónico en dar a conocer a Jesús. También, los niños, evitando tener una actitud de espectadores, puesto que,  una vez que se ha recibido a Jesús en la Primera Comunión, sólo se le puede querer en primera persona, asumiendo luego que el alma del apostolado es el apostolado del alma.

 

a). Por medio de la alegría.

Recordemos que el primer anuncio de la Natividad y de la Resurrección fue a estar alegres. Y, la causa de la verdadera alegría es porque: el Señor está cerca, ha venido a nosotros, se ha quedado con nosotros, en la Santa Misa, y volverá en la Parusía, para –luego- estar con Él para siempre.

Uno de los primeros escritos cristianos dice que “una persona alegre obra el bien, gusta de las cosas buenas y agrada a Dios, en cambio el triste siempre obra el mal” (Pastor de Hermas, Mandamientos X,1). Nuestro gozo definitivo nos lo da Dios.

Esa alegría se caracteriza por nacer de un mutuo compartir, porque el Padre compartió su vida plena al darnos a su propio Hijo; en tanto que una vez que hemos recibido a Jesús se lo entregamos como oblación en la celebración de cada Eucaristía.

Además, la alegría del creyente se mantiene aún en medio de toda adversidad, según descubrimos en la vida de los santos, como es el caso de San Alberto Hurtado, quien en todo momento no dejó de exclamar: “Contento, Señor, contento”. Recuerden niños: ¡la alegría es el amor compartido” por lo que “mientras más se ama, más alegre se estará” (Santo Tomás de Aquino).

b). Por medio de la piedad.

El don de piedad nos orienta permanentemente para dirigir todo hacia Dios. Todo el universo, todas las creaturas, cada persona, por la piedad  encauza todo como en un embudo hacia Dios. Nada se pierde, nada se desparrama: todo llega a Dios por el don de piedad. Los niños tienen una connaturalidad con las cosas que se refieren al Señor, no viéndolo con lo hace la enfermedad del liberalismo que suele separar el ser persona y el ser cristiano. Si se es católico, se ha de serlo en todo; si se es de Cristo,  ha de serlo siempre.

Los niños saben perfectamente que “una vez bautizado, siempre bautizado”; que ser creyente implica serlo en la totalidad de su existencia, por ello con orgullo luce visiblemente un crucifijo, un rosario, o una medalla de la Virgen,  sabiendo que le recuerdan la bondad de un Dios que le ama entrañablemente. Por esto, nunca olviden que el don de  piedad les permite tener “memoria del Creador” (Santa Terea de  Ávila, Libro Vida IX, 5)  en todo y sobre todo.

 

 

c). Por medio de la pureza.

Jesús nos dice: “Bienaventurados los limpios de corazón porque ellos verán a Dios”. La pureza está vitalmente unida a la caridad, por ello es que no hay amor sin pureza ni pureza sin amor. Sean perseverantes al don de Dios por medio del cual descubren que la misericordia del Señor es ilimitada. Por medio de la palabra, de la mirada, de la vestimenta, de las acciones, se ha de notar vuestra pureza del corazón, la cual resulta tan atrayente  como necesaria para la cultura en que estamos inmersos. Con la certeza de tener a Jesús en vuestro corazón,  cada vez que comulguen tendrán la fuerza y luz  para cumplir el programa que Dios ha trazado desde que pensó en ustedes y los creó.

d). Por medio de la obediencia.

Este día de la Primera Comunión es una jornada de felicidad y compromiso, todo lo cual necesariamente pasa por el camino del crecimiento en las virtudes. Hoy por hoy, lo que podemos aprender en un colegio y en los estudios superiores no difiere demasiado de un lugar a otro. Donde se zanja la diferencia, es en la calidad de las personas, es decir,  en las virtudes que se han anclado a lo largo de todo vuestro proceso formativo.  En la infancia de Jesús, leemos que vivió “obedeciendo en todo a su padre y a su madre”. Él, que todo lo podía; Él que todo lo sabía; Él que todo lo tenía, quiso quedar sujeto por la virtud de la obediencia en todo a sus padres, entonces, si acaso queremos imitar a Jesús y seguir fielmente sus pasos, ¿Por qué actuaremos de manera distinta al no ser obedientes con nuestros padres? Hermosamente decía el Papa Juan Pablo II que los padres son “intérpretes del amor de Dios”, a quienes debemos no sólo querer sino –también- obedecer prontamente, tal como nos lo enseñó el Apóstol San Pablo al decir: “Hijos, sean obedientes a sus padres en unión con el Señor” (Efesios VI, 1).

e). Por medio del sacrificio.

El sacrificio del cristiano es “vivo, santo y agradable” (Romanos XII, 1-2). Que sea vivo implica que es constante, consiente y voluntario; que sea santo exige estar dedicado en exclusivo para Dios, y que Dios sea lo principal en nuestra vida; y que sea agradable, dice relación más que con hacer tal sacrificio,  ser uno mismo –en Cristo- el sacrificio, evitando ofrecer a Dios aquello que se hace por simple compromiso, por sola obligación, o por  querer sobresalir. Ya, San Pablo enseña el valor del sacrificio hecho para “completar los padecimientos de Cristo en la cruz, para bien de su cuerpo que es la Iglesia” (Colosenses I, 24).

Queridos niños: La palabra que más se repite en las oraciones del Misal Romano es la de sacrificio. No podría ser de otra manera, pues la Misa es la renovación de lo que Cristo hizo en el Calvario. ¡Todo aquí nos habla de un sacrificio! Por esto, el espíritu de sacrificio en nuestra vida es en sí,  parte y medio,  de fecundo apostolado, el cual podemos hacerlo por siete razones:

Primero: Porque el sacrificio nos ayuda a crecer en humildad: El privarnos voluntariamente de algo por amor a Dios nos recuerda lo pequeños que somos en el contexto de lo que es el universo. Asumir nuestra indigencia nos ayuda a crecer en humildad, que es el primer peldaño del resto de las virtudes.

Segundo: Porque el sacrificio es un entrenamiento para vencer la tentación: Cada partido de rugby, fútbol o voleibol que jugamos contra un equipo que consideramos superior, si lo ganamos tiene un sabor distinto a cualquier otra victoria.  Cada batalla que vencemos nos hace más fuertes para el próximo combate. Por esto,  sacrificarnos en algo cada día nos fortalece para ser fuertes en la vida.

Tercero: Porque el sacrificio nos hace más espirituales: Ya que nos ayuda a vivir según el espíritu de Dios y no según la carne, como enseña el Evangelio (Romanos VIII). Siempre recordemos: ¡uno vale, lo que tiene nuestro corazón, no lo que contiene nuestro bolsillo!

Cuarto: Porque el sacrificio implica una conversión a Dios. Pero,  también es cierto que ofrecer pequeñas renuncias por nuestros pecados nos purifica. Todo lo que implica sacrificio lo valoramos más, y Dios no dejará de premiar al que lo hace por amor a Él y su Iglesia.

 Quinto: Porque el sacrificio nos asemeja a los que sufren: Si hemos estado enfermos, entendemos mejor al amigo que padece; si hemos tenido hambre, valoramos mejor lo que es tener alimento diariamente. Sufrir solitariamente  tiene valor, pero hacerlo con otros es algo que sólo Dios sabe valorar.

Sexto: Porque todo sacrificio ofrecido a Dios constituye un tesoro en el cielo.  La renuncia a cualquier cosa agradable en la vida presente tendrá una recompensa eterna. Si damos el uno por ciento de nuestro tiempo por amor a Dios, tendremos la Vida Eterna.

Séptimo: Porque cada sacrificio asumido es ocasión para unirse a la Pasión de Cristo: Padecer con Jesús  es un camino de santificación. Imitar a Cristo, parecerse a Él también en el sacrificio  que ha padecido por la salvación del mundo, es una actitud cristiana fundamental e irrenunciable, que a partir de hoy viviremos en cada Santa Misa. Amén.

Capellán Pbro. Jaime Herrera González, Saint Peter’s School / Viña del Mar.


 

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