miércoles, 10 de agosto de 2016

Dar buen consejo al que lo necesita

 MES DE LA CARIDAD FRATERNA / AÑO DE LA MISERICORDIA.

La segunda obra de misericordia espiritual implica dar buen consejo a nuestro prójimo. Dos dificultades enfrentamos al momento de hacerlo: primero la soberbia implica no recibir buenamente lo que se nos dice, el hombre actual se considera autónomo por lo que se confía ciegamente en su criterio, en su experiencia, en sus poderes, olvidando que sólo Dios se basta a sí mismo. Él es y todo en Él adquiere existencia, en el caso del hombre necesita de mucha ayuda para subsistir. ¿Cuántas personas intervienen con su trabajo, con su esfuerzo para que uno pueda desayunar, pueda estudiar, pueda trabajar, puedan tener los servicios básicos en su propio hogar? Sin duda, infinitud de personas.
Por otra parte, el egoísmo inserto en la cultura individualista hace callar al momento de aconsejar dejando “hacer”, libremente a los demás.  Como creyentes no podemos permanecer indiferentes respecto  del crecimiento espiritual de nuestro prójimo. Si somos capaces de cuidar el crecimiento de una flor e incluso de domesticar en lo básico a una mascota, entonces…¿cuánto más hemos de procurar aconsejar buenamente a los demás?

OBRA DE MISERICORDIA ESPIRITUAL

Es cierto, que resulta más cómodo y fácil guardar silencio (callar)  por un falso respeto humano: nadie se molesta, nadie nos responde con molestia y nadie luego nos tratará con desdén.  Más, sabemos que Dios nos pedirá cuenta de la vida nuestra y de la de quienes un día estuvimos en oportunidad de ayudar y negligentemente no lo hicimos a causa de la desidia, por cobardía o por simple superficialidad.

Sin duda que Nuestro Señor es el mejor y primer consejero. El Nuevo Testamento aplica cuatro nombres a la persona del Mesías: “Consejero admirable”, “Príncipe de la paz”, “Padre Eterno” y “Dios Fuerte” (Isaías IX, 6).

La Santísima Virgen María desde el comienzo de la vida pública de Jesús aconsejó a quien lo necesitaba, tal como aconteció  en las Bodas de Cana de Galilea donde dijo: “Hagan todo lo que Él les diga”. Sin duda, se trata un consejo que nació de la contemplación y de la certeza de tener a Dios en el corazón para poder proponer un camino determinado a seguir.
El dar un consejo es una invitación dada para el bien de quien lo recibe. El consejo tiende a hacer más integra la vida, para lo cual podemos citar algunos criterios para aconsejar:

a).  La necesidad de un consejo: Por diversas formas podemos descubrir que una persona requiere de nuestro consejo. En ocasiones alguien nos pedirá interceder por un tercero, en otras uno mismo descubre que se requiere intervenir. Según sea la necesidad podemos aconsejar para: amonestar, exhortar o animar.

b). Aconsejar en el momento oportuno: La oportunidad es un elemento muy importante que hay que saber discernir correctamente. Para ello se requiere de una dosis importante de paciencia, en vistas a esperar la ocasión más propicia, toda vez que un consejo por bueno que sea, si se da en el momento inadecuado termina siendo ineficaz y en ocasiones, abiertamente contraproducente.

c). Aconsejar sugerentemente:  Es decir, que el aconsejado reciba lo dicho como una sugerencia con el fin que tome inicialmente o retome el camino más perfecto. Un consejo que es asumido -sin duda que- tiene una raíz que dura para toda la vida, puesto que desde el momento que se recibe es tenido como algo propio, personal y necesario. Un buen consejo es aquel que provoca interrogantes, más aun si se trata de lo relativo a la Vida Eterna, pero también el consejo puede abrir un conjunto (abanico) de posibilidades que uno no había reparado en encontrar.

d). Aconsejar en primera persona: Colocarse en el lugar de quien es aconsejado implica buscar las palabras más adecuadas, que nacen de la sabiduría, de la experiencia y del afecto de la corresponsabilidad espiritual. Se trata de dar un consejo que uno hubiese agradecido recibir previamente. “Bendeciré al señor que me aconseja, hasta de noche me instruye (Salmo XVI, 7).

e). Rezar antes de aconsejar: “El consejo del sabio es como una fuente de vida” (Proverbios XI, 14). Dios no deja de hablar en todo momento si se trata de nuestro bien, por ello,  recurrir a Él en la oración antes de aconsejar no sólo es prudente y útil, sino sobre todo es necesario, tal como dice la Sagrada Escritura: “Atiende el consejo de tu corazón, porque nadie te será más fiel. Pues la propia conciencia suele avisar mejor que siete centinelas apostados en una torre de vigilancia. Pero, sobre todo, suplica al Altísimo, para que dirija tus pasos en la verdad” (Eclesiástico XXXVII, 13-15).


f) Aconsejar brevemente: Un consejo muy extenso cansa, aburre, y se olvida. El consejo no debe parecer parte de un sermón. La capacidad actual de concentración y la premura con que se vive habitualmente amerita que al momento de aconsejar se haga de manera sucinta, precisa, sin mayores rodeos, lo cual en caso contrario, puede hacer perder el foco de lo que se quiere enseñar.

DAR CONSEJO AL QUE LO NECESITA

La localidad de Mirasol en Algarrobo (Chile) en su avenida principal tiene todos los árboles inclinados por la fuerza del viento. Ello sucede a causa de no haberle puesto una vara que lo guiase. Algo similar ocurre con el cristiano que necesita de buenos consejos a lo largo de toda su vida con el fin de no correr el riesgo de perder el rumbo, de no perder tiempo en enmendar, pudiendo dedicar ese mismo tiempo en ir más lejos en perfección y santidad.

Salmo XXXII, 8: “Yo te instruiré, yo te mostraré el camino que debes seguir; yo te daré consejos y velaré por ti”. Proverbios VIII, 14: “Míos son el consejo y el buen juicio; míos son el entendimiento y el poder”. Job XII, 13:  “Con Dios están la sabiduría y el poder; suyos son el consejo y el entendimiento”.
                        

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