“ASSUMPTA
EST MARIA IN COELUM: GAUDEM ANGELI”.
FECHA
: NOVENO TEMA MES DE MARÍA / NOVIEMBRE
2018
A
través de nuestra devoción a la Virgen María se cumple lo que Ella dijo ante la
presencia del Arcángel Gabriel: “Todas
las generaciones me llamarán bienaventurada porque el Señor ha hecho obras grandes
por mí” (San Lucas I, 48-49).
El
misterio de la Iglesia que ayer recordamos tan patentemente con la venida del
Espíritu Santo el día de Pentecostés, hoy muestra su esplendor toda vez que
parece unirse la mirada de la Iglesia en sus tres estamentos: La que se purifica en el purgatorio; la que triunfa en el cielo y de la que ahora
formamos parte cual es la peregrina.
En
el Santo Rosario observamos los episodios de la vida de Jesús desde la mirada
de la Virgen María. Cómo ella estaba llena del amor de Dios, y era capaz de ser
feliz, de estar plenamente realizada, de ofrecer toda dificultad por imprevista
que esta fuese; de estar en presencia de Dios en cada acontecimiento, todo lo
cual constituyó una preparación para el día en el cual “terminado el curso natural de su vida terrenal” fue llevada en
cuerpo y alma a los cielos, erigiéndose como el modelo a seguir por cada uno de
nosotros en vistas a alcanzar un día la eterna bienaventuranza.
Sin
duda, que no somos como un “barco a la
deriva” que inexorablemente avanza hacia un destino ciego y oculto, como escrito por el azar y la fortuna, por el contrario, si ya en la vida presente la gracia nos permite ver de tantas maneras
cuán grande es el amor de Dios, y preciso es Dios en sus promesas, ¿cuánto mas no dejará de evidenciarnos toda su
grandeza, su poder, su bondad al estar en su presencia?
Como
creaturas débiles y sujeta a la miseria del pecado nuestro avance a la
bienaventuranza eterna en lento y arduo, en medio de un verdadero “valle de lágrimas”, por lo que podemos
ver que en este misterio del Santo Rosario el gozo que tiene la Virgen de ver a
su hijo y Dios, no ya por un tiempo limitado en este mundo, sino por toda la
eternidad resulta indescriptible habida consideración de lo que el Apóstol San
Pablo nos enseña que “lo que ni ojo vio,
ni oído escuchó, ni mente llegó a imaginar es aquello que Dios tiene preparados
para quienes le son fieles” (1 Corintios II, 9).
Por
esto, nuestra Madre sube a lo más alto
del cielo para interceder por nosotros, en tanto que por estar más cerca de Dios su poder es más
eficaz, pronto y amplio de lo que ya era aquí en este mundo. Basta recordar cómo
sus palabras precipitaron el primer milagro obrado por Jesús, ¡cuánto mas no
dejará de hacer por nosotros estando ya en cuerpo y alma en el cielo!
Hoy,
vemos que la Virgen como madre desea lo mejor para nosotros, que por cierto va
más allá de una salud física deseable, va más allá de un éxito profesional y
laboral por unos cuantos años, va más allá de un reconocimiento de los méritos
y habilidades de parte de la sociedad, todo ello –con seguridad- lo puede
anhelar una madre para cada uno de sus hijos, pero sin duda su mayor preocupación
y ocupación ha de tender ‘a buscar que sus hijos lleguen a ser partícipes de la
Vida Eterna. En efecto, mientras que los demás bienes duran quizás… para toda
la vida, la salvación no tiene tiempo porque es para siempre.
¿Qué
madre no va a querer eso para sus hijos? ¡La primera en hacerlo es la Santísima
Virgen, que no ahorra detalle ni ocasión para obtener este objetivo! Es parte
de glorificar a Dios Padre y de honrar a su Hijo y Dios, pues cada alma salvada
es alma que alaba por siempre a Dios.
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MADRE DE PUERTO CLARO |
La
contemplación de la Asunción de la Virgen María nos debe llevar a un “estilo” de vida que procure:
Fortalecer la virtud de la santa pureza:
Porque la virginidad de María es un estado que se mantiene hasta la
bienaventuranza, toda vez que la resurrección definitiva implica que estaremos “en cuerpo y alma” participando de la
vida en Dios…tal como nos lo recuerda el justo Job: “con mi carne veré a Dios…le veré tal cual es”. En toda la historia
no hubo mi habrá alma más limpia, más pura y virginal, que aquella que tuvo el
privilegio de ser escogida para ser la madre de Jesucristo. Dios quiso que el
alma y cuerpo de la Virgen estuvieran unidos para toda la eternidad.
Por
esto, resulta tal incidente para todo aquel que busca la santidad hoy el hecho que
procure practicar las virtudes inherentes a la santa pureza, como son la
castidad, la virginidad, y el celibato en el caso de los sacerdotes. Por cierto
no es lo impera en la sociedad en la cual la promiscuidad, lo burdo y la impureza
en las actitudes y palabras “galopan”
de manera –prácticamente- desbocada en nuestros días.
Un
regalo inmenso para nuestra Iglesia es el camino del celibato por medio del
cual la configuración con Cristo se hace más visible y patente con aquel que
invita a sus discípulos a seguirle “dejándolo todo”, incluso “padre madre,
mejer, hijos”. En la Ultima Cena cuando instituye el sacerdocio lo hace con
aquellos que optaron por ese modo de vida,
al igual que antes lo experimentaron por el camino de la virginidad tanto San José
como Juan el Bautista. Según esto, el celibato hunde su raíz en el Santo Evangelio
mismo, siendo una “disciplina”
extendida posteriormente pero vivida anteriormente.
En
la vida de nuestra Iglesia Católica siempre el sacerdocio estuvo unido al
celibato: Cristo célibe, San José Custodio célibe, San Juan Bautista célibe,
San Juan Evangelista célibe, los Apóstoles una vez llamados célibes. Por esto
resulta absurdo y está fuera de la enseñanza y vivencia de nuestra Iglesia
católica la supresión de un don otorgado para la Iglesia por el mismo Cristo.
Ninguna
razón dada ´por los hombres de hoy puede tener la pretensión de borrar lo que Dios no se privó de revelar: “Hay quienes no pueden tener hijos que
nacieron así del vientre de su madre, y hay quienes fueron hechos así por los
hombres, y hay quienes a si mismo se han hecho tales por amor del Reino de los
cielos. ¡El que pueda entender que entienda!” (San
Mateo XIX, 12).
El
modo de vivir que tengamos debe procurar imitar el “estilo” y “trato” que
tuvo la Virgen Santa a quien durante este mes bendito honramos día a día. Según
esto, hemos de hacer nuevos y buenos propósitos de vida, los cuales deben
incluir la vivencia de la castidad según el estado de vida de cada uno, según
la vocación recibida sabiendo que hemos sido creados “a imagen y semejanza de Dios”, que somos “templos de Dios”…”O no sabéis que vuestro cuerpo es templo del
Espíritu Santo, que está en vosotros y habéis recibido, y que por tanto, no os
pertenecéis?. Habéis sido comprados a gran precio. Glorificad, pues, a Dios en
vuestro cuerpo” (2 Corintios VI, 19-20) y que la naturaleza no
puede ser tenida como adversaria de los designios dados por el mismo Dios que
de la nada creo todo y nos habla en la Sagrada Escritura. Dios no se
contradice, es el demonio el primer contradictor, por ello la huella digital de
Satanás es toda impureza.
Nuestra
Madre Santísima al ser llevada (asunta) por Dios en cuerpo y alma al Cielo, perpetuó
su existencia terrena para siempre, haciéndola partícipe de la resurrección que
Cristo nos ha prometido. Por esto la castidad es el perfume del Cielo que
aspiramos ya en este mundo. ¡Que Viva
Cristo Rey!